Como la poesía, la pintura… y la música y la danza y la tragedia y la comedia y la astronomía y la elocuencia y la historia y …

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Giulio Romano, Las Musas en compañía de Apolo (1520)

Lilliana Ramos Collado

Nunca me cuesta acercarme a un cuadro para escucharlo. Aprendí a pegar la oreja al óleo con Charles Baudelaire, quien bien sabía, como lo sabemos sin saber que lo sabemos, que las artes son, en realidad, buenas hermanas. Aquí mi traducción de “Correspondencias”: Sigue leyendo

De monumentos y otras marchas que sí llegaron al Hit Parade

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El escritor queer David Caleb Acevedo. Foto por Patsy Livmar González

Lilliana Ramos Collado

Hacerse sitio, abrir camino, dejar paso son acciones que implican desembarazarse de lo ajeno y hostil para la vida de in individuo o grupo humano. No ha habido jamás un espacio ‘abierto’ de antemano, sino que lo han abierto la espada y la llama, el hacha y el arado. Y el arte consagra esa violencia primigenia.” —Félix Duque[1]

“Le monument naît de la mort, et contre elle.” —Régis Debray[2]

“The memorial, insofar as it is human, is not alien to any of us.” — Robert Pogue Harrison[3]

Observando la foto introductoria que presenta al escritor puertorriqueño David Caleb Acevedo (foto de Pabsy Livmar González) en el Monumento LGBTT a las víctimas de la Masacre de Orlando, Florida, se me ocurre comenzar este ensayo recordando ese claro en el bosque que tan elocuentemente nos describió Martin Heidegger en su epocal ensayo “Construir habitar pensar”[4]. Heidegger nos dice: “Para habitar, hay que crear un claro en el bosque”. Es decir, “estar” es el resultado de un arduo trabajo que consiste en hacerse espacio literalmente contra natura y contra hominem. Ese espacio apropiado y aquello que allí coloquemos servirá —así nos lo recuerdan muchos— como soporte de nuestra historia individual y colectiva. Mantenerlo abierto es el reto diario de una vida significativa que se negará a renunciar a su historia.

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Et in Arcadia ego: Arnaldo Roche y el bodegón jardín

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Lilliana Ramos Collado

“Debacle de la teoría o regreso a la teoría del deseo (teórico), al estallido, al desvío, a la ruptura de la delectación y el goce, a la Arcadia: utopía-insignificancia.” — Louis Marin, Détruire la peinture[i]

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Nicolás Poussin, Los pastores de Arcadia (1638-39)

… y es que, cada vez que regreso a la obra de Arnaldo Roche Rabell, y visualizo sus autorretratos desconcertantes, sus paisajes en extinción, sus abigarrados bodegones, regreso también a ese locus mortal que de muchas formas me recuerda ese paisaje crepuscular que Nicolás Poussin tituló Los pastores de Arcadia (1637-1638). En el centro de un paisaje abierto, tres pastores y una mujer observan detenidamente un sarcófago de piedra que lleva una misteriosa inscripción: “Et in Arcadia ego”, o “Yo también estoy en Arcadia”. Ese lugar no es otro que una especie de tierra prometida, el Paraíso, el territorio de las almas eternas y felices. Pero, ¿lo es? La inscripción es ambigua: no sabemos si el muerto dice que está allá, en la Arcadia eterna y feliz, o si se quedó al lado de acá: en una Arcadia devaluada y donde se quedaron los pastores mortales.

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Profanaciones: No hay que olvidar esos famosos bigotes…

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Los museos, más que exponer obras, exponen la gente a las obras. Son Pepa y Pancha quienes, al entrar al museo, quedan expuestas al arte.

Lilliana Ramos Collado

El interesante comentario —publicado en la revista digital puertorriqueña 80 grados http://www.80grados.net/2012/03/mejorar-a-augusto-marin/ — de la colega Margarita Mergal sobre la intervención publicitaria de Claro sobre el mural de Augusto Marín en el Centro de Bellas Artes en Santurce, Puerto Rico, requiere una meditación profunda pues describe el riesgo de todo arte: hacerse invisible por falta de conexión con el presente, o por falta de pertinencia obvia para el que lo observa. El problema del “arte público” es mayor, pues está ahí asumiendo el riesgo de sobrevivir entre los infinitos estímulos que el paisaje urbano supone.

La oferta sensorial de la ciudad es inmensa, y una obra de arte es un fenómeno más en esa maraña de conexiones deliberadas o accidentales que llamamos “ciudad”. Para tener “buen arte público”, el issue no es tener un “gobierno educado”, pues si algo queremos evitar son los dirigismos culturales que, precisamente, fueron el origen del Centro de Bellas Artes así como lo conocemos. No nos interesa una cultura que nos venga “desde arriba”. Tampoco ese “buen arte” es una cuestión de “gusto” o de “educación” como lo proponían los estetas del siglo XVIII y XIX. Si el arte entraña y vehicula la libertad, no podemos sino invitar al público a que lo trate con la misma libertad con la cual lo asumió el artista. Porque no sólo el artista es libre: Doña Pepa y Doña Pancha también pueden asumir con entera libertad su apoyo al arte. Sigue leyendo

El arquitecto que amó a Josephine Baker, etc.

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por Lilliana Ramos Collado

Una casa “teatral” necesitaba de un contenido extraño, dislocante de las tradiciones de la mirada occidental, un contenido literalmente “obsceno”, casi intolerable.

Second Skin. Josephine Baker and the Modern Surface. Anne Anlin Cheng. Oxford: Oxford U Press (2011).

Soy afortunada. La mayoría de los libros que me caen en las manos son extraordinarios, o extraños o geniales… o todas las anteriores. ¿Qué más puede pedir una reseñista febril como yo?

El libro de Cheng es ejemplo de lo que digo. Especialista en cuestiones de identidad y raza, sus estudios culturales brillan por su ingenio implacable. Hace unos años, un libro anterior —“The Melancholy of Race”— me alertó de propuestas inéditas sobre raza: la melancolía del descastado, del excluido. Su “Second Skin” va más allá y desata nuevos debates sobre el asunto.

Le Bal Negre.jpg

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Kiki Smith: una reflexión

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Aquí una serie de obras de la artista alemana/norteamericana Kiki Smith, a quien admiro. Casi todas estas fotos son de su retrospectiva en el Whitney en 2007, titulada Kiki Smith: A Gathering, 1980-2005. Estoy escribiendo sobre ella, pero quiero adelantar a mis lector@s algunas de las imágenes que más me entusiasman. More to come…

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