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por Lilliana Ramos Collado

Jacopo Bassano, "Última cena" (1542)

Jacopo Bassano, “Última cena” (1542)

La temática crística cruza Los heraldos negros, de César Vallejo. Muchos de los poemas paracen estructurados temáticamente desde un profundo desamparo existencial cuya vértebra intertextual bien pudiera ser “Padre, por qué me has abandonado”. En “La cena miserable”, Vallejo aprovecha la anécdota límite de la última cena, en la que Cristo, consciente ya de su final, se prepara a sí mismo y a sus discípulos para su muerte. En un último momento de comunión, Cristo da a comer su cuerpo y su sangre a todos los comensales. En este poema, Vallejo parece sumar a la última cena algunos motivos de esa otra última cena que fue la crucifixión, en la que Cristo vio, en efecto, su carne mordida y su sangre escanciada de su costado, bebida por la tierra. Antes de la muerte, Cristo emite sus famosas palabras. Recordémoslas: forman una pregunta retórica. El poema de Vallejo lee así:

Hasta cuándo estaremos esperando lo que
no se nos debe… Y en qué recodo estiraremos
nuestra pobre rodilla para siempre. Hasta cuándo
la cruz que nos alienta no detendrá sus remos.

Hasta cuándo la Duda nos brindará blasones
por haber padecido
Ya nos hemos sentado
mucho a la mesa, con la amargura de un niño
que a media noche, llora de hambre, desvelado…

Y cuándo nos veremos con los demás, al borde
de una mañana eterna, desayunados todos.
Hasta cuándo este valle de lágrimas, a donde
yo nunca dije que me trajeran.
De codos
todo bañado en llanto, repito cabizbajo
y vencido: hasta cuándo la cena durará.

Hay alguien que ha bebido mucho, y se burla,
y acerca y aleja de nosotros, como negra cuchara
de amarga esencia humana, la tumba…
Y menos sabe
ese oscuro hasta cuándo la cena durará!

“La cena miserable” se compone de una sucesión de preguntas retóricas, o variantes de la misma pregunta. El recurso de la pregunta retórica se caracteriza por no implicar un interlocutor, sino que suele llamar la atención sobre sí mismo como estructura que no busca quién responda, por lo que la contestación implica un desplazamiento del sentido, y una invitación al lector a fijarse en esa condición de boomerang que no lo toca sino para hacerle repetir la pregunta como si fuera la respuesta. La pregunta retórica crea una comunión en la incertidumbre, un acuerdo tácito e inmediato en cuanto a aquéllo sobre lo cual hay que dudar, abre el círculo del “nosotros” para incluir a los otros en la cacería de un sentido inasible. En la pregunta retórica no hay un “tú” que cierre el círculo de la comunicación, sino que el “tú” es llamado a devolver la misma pregunta, a reiterarla.

El “yo” hablante poético y el “tú” interpelado forman entonces un “nosotros” del mismo lado del mensaje: la pregunta retórica. Ese “nosotros” desamparado del sentido es el que se sienta a la mesa y reitera “hasta cuándo la cena durará”. A la hora de la fuga del sentido, todos somos emisores de la pregunta retórica. Esta fuga, no obstante, organiza el nivel semántico del poema. La última pregunta y la última cena se corresponden.

El sistema metafórico del poema es bastante claro: el hablante poético iguala la muerte a la última cena. En la primera estrofa, hasta cuándo estaremos esperando lo que no se nos debe (la muerte), en qué recodo estiraremos nuestra pobre rodilla para siempre (la muerte), hasta cuándo vamos a sufrir el cargar esta cruz (la espera de lo que no se nos debe, la muerte). La reiteración de la pregunta desde diferentes ángulos no hace más que ampliar la falta de simetría de la muerte, los sufrimientos que suscita, y el desamparo ante ella. El resultado, la muerte, viene de afuera, está fuera del control y del conocimiento del hablante poético. Quizás ella sea el “tú” tan esperado y tan postpuesto. O quizás ese “tú” sea el “nosotros” en la muerte, para formar así una sucesión temporal de personas gramaticales que se anonada ante la eternidad definitiva de la muerte.

La segunda estrofa añade ironía a la estructura de la pregunta retórica. El hablante poético no pregunta “hasta cuándo voy a dudar”, sino hasta cuándo la duda nos distraerá de la certidumbre de la fuga del sentido. Es la duda la que brinda blasones frágiles, falaces, fantasmales, porque, en la anécdota del poema, lo cierto es que “nos hemos sentado mucho a la mesa”, que ciertamente está representada como un valle de lágrimas. Y nuevamente la cita de la anécdota crística: un niño hambriento, desvelado, nos remite otra vez al “tengo hambre, ¿por qué me has abandonado?” El que da de comer su cuerpo, nada tiene qué comer en la noche oscura de su desesperanza.

La tercera estrofa expresa el deseo de subsanar esta desigualdad en un desayuno democrático: el amanecer en que “todos” habremos comido. Los próximos dos versos de esta estrofa amplifican la pregunta retórica inicial: lo que no se nos debe es este valle de lágrimas (“a donde yo nunca dije que me trajeran”). El hablante poético mismo, al describir el quebranto de su cuerpo, asume para sí la imagen: él mismo es el valle de lágrimas. La pregunta sería entonces, hasta cuándo yo seré yo, hasta cuándo seré este valle de lágrimas. Al final de esta estrofa se expresa, finalmente, la pregunta-fulcro: “hasta cuándo la cena durará”.

Cossimo Rosselli,

Cossimo Rosselli, “Última cena” (1481-1482)

En la última estrofa se introduce un personaje otro, que parece no participar de la comunión perpleja del “nosotros” creada por las preguntas retóricas: “alguien que ha bebido mucho y se burla”. En una especie de juego freudiano de fort da, este personaje acerca y aleja el momento final, representado por la tumba. En este caso, el problema para el hablante poético no es que la tumba se acerque, sino que se aleje, prolongando la cena miserable. Este personaje satánico nos remite a la Duda, la falaz, que confunde, da falsas esperanzas, juega a dotar de sentido a lo que ninguno tiene: precisamente porque no se sabe hasta cuándo la cena durará. El sentido, como culminación de la cena, está perennemente postpuesto, en fuga, porque la cena es interminable, como la pregunta retórica.

El sistema de alusiones crísticas se apoya en el uso equívoco de series retóricas menores: los quiasmos (estirar la rodilla = doblar el recodo, que es dirigirse ciegamente hacia la muerte); los oxímoros: cruz que alienta, duda que blasona; los zeugmas: al borde de una mañana, hasta cuándo (y no hasta dónde) este valle de lágrimas. Hay frases con semántica ambigua como “desayunados todos”, que puede completar el ciclo de esta antropofagia existencial (en Poemas humanos, Vallejo dirá “que se lo coman todo y acabemos”) o que puede aludir al momento en que el hablante poético pueda, al fin, comer y no ser comido, y ya no tenga hambre. Lo mismo ocurre con “y acerca y aleja de nosotros… la tumba”. El sentido no puede completarse, porque se abre en opuestos irreconciliables.

“La cena miserable” crea además una relación ambigua, coextensiva, entre el espacio y el tiempo. Series como esperar/padecido/sentado/cabizbajo/vencido/media noche/valle de lágrimas/oscuro se relacionan con la preposición “hasta” y la duración se construye por la acumulación de vocablos que señalan hacia el espacio del desamparo, que no tiene fronteras: sentarse a la mesa amarga; terminar el tiempo (la durée) en algún recodo; salir de este valle de lágrimas, que es oscuro y es también el hablante poético mismo. La cena del cuerpo propio, comido por la duración del tiempo, que parece sólo tener fin cuando se acabe el cuerpo mismo y subraya el binomio: cuerpo/tiempo, mundo/temporalidad. Renunciar al cuerpo es dejarse comer por la tierra, deshacerse, para verse “al borde de una mañana eterna”, desayunado, después de haberse entregado a la ”negra cuchara” de la tierra voraz.

Andrea del Sarto,

Andrea del Sarto, “La última cena” (1520-1525)

La lectura de “La cena miserable” no puede dejar de lado la historia del tópico. Las cenas, sobre todo la última de Cristo, implican comunión: el simposio platónico, el banquete de bodas con el que suelen terminar la comedia clásica y la novela helenística, incluso el banquete fúnebre… Según Frye (Anatomy of Criticism) y Bajtín (Rabelais and his World), la cena precisamente afirma los lazos comunitarios, fortalece lo que los comensales tienen en común. Ahora bien, una cena en la cual los lazos que unen a los comensales son preguntas retóricas, y el desamparo y la soledad priman por sobre la escena entera, atenta contra los esquemas de la cena como dispositivo de comunión. No hay que olvidar la tentadora homofonía entre “mesa” y “misa” que señala hacia el hablante poético como plato principal en la mesa misa (la mesa “puesta”), con una intensa nostaligia de compartir, no la cena miserable, sino un simposio, un banquete.

El banquete frustrado será un tema predilecto de Vallejo para significar ese estar mordido por las circunstancias, por la existencia, por el mundo material. El “Poema XXVIII” de Trilce…

He almorzado solo ahora y no he tenido
madre ni súplica, ni sírvete, ni agua…
Cómo iba yo a almorzar. Cómo me iba a servir
de tales platos distantes esas cosas…

…ilumina este “estar fuera” que imposibilita el banquete, la desaparición de la madre y la ruptura del hogar. Y continúa:

Cuando ya se ha quebrado el propio hogar,
y el sírvete materno no sale de la
tumba,
la cocina a oscuras, la miseria del amor.

La orfandad del niño desvelado que llora de hambre en “La cena miserable”, repercute en la posterior cena miserable sin la madre en Trilce.

Leonardo da Vinci, "La última cena" (ca 1497)

Leonardo da Vinci, “La última cena” (ca 1497)

Ya en Poemas humanos, la fragmentación del sentido es tal que se pierde incluso el desarrollo de la escena misma de la cena, y apenas aparecen alusiones como mendrugos  de la cena miserable, vestigios de vestigios:

Y también de resultas
del sufrimiento, estoy triste
hasta la cabeza,
y más triste hasta el tobillo,
de ver al pan, crucificado, al nabo, ensangrentado,
llorando a la cebolla,
al cereal, en general, harina,
a la sal, hecha polvo, el agua, huyendo,
al vino, un ecce-homo… (“Los nueve monstruos”)

Hasta la desesperación total:

Y un pedazo de pan, ¿tampoco habrá ahora para mí?
Ya no más he de ser lo que siempre he de ser,
pero dadme
una piedra en que sentarme,
pero dadme
por favor, un pedazo de pan en que sentarme,
pero dadme, en español
algo, en fin, de beber, de comer, de vivir, de reposarse,
y después me iré…
Hallo una extraña forma, está muy rota
y sucia mi camisa
y ya no tengo nada, esto es horrendo.
                                    (“La rueda del hambriento”)

La cena a cuya mesa el hablante poético de Los heraldos negros esperaba la muerte, completó su viaje circular. De regreso a ella, en Poemas humanos, exclamará:

¡Y si después de tántas [sic] palabras,
no sobrevive la palabra!…
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo y acabemos!…
                                    (“¡Y si después de tantas palabras…”)

Pan de poesía su cuerpo, que el lector, ávido, deglute a la luz significadora de “una mañana eterna”. Morir en la escritura, renacer en la lectura: se trata del ciclo de la muerte y resurrección del poema. Poeta consumido es poeta consumado. Y ya sabemos, entonces, hasta cuándo la cena durará.

Rosselli,

Rosselli, “Última cena”, detalle.