Bocetos de la belleza efímera: el haiku

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por Lilliana Ramos Collado

El haiku hace poesía directamente del mundo literal: como si las cosas reales nos hablaran de un mundo detrás del mundo.

Kano Eitoku,

Kano Eitoku, “Aves y flores de las cuatro estaciones” (fragmento). Siglo XVI.

Siempre me extraña que la gente me diga, con sus ojos fijos en los míos y con una sonrisita sobresaltada, “no entiendo la poesía”. Me extraña porque nuestra manera de pensar es curiosamente metafórica: solemos atrechar por la metáfora para decir las cosas de modo que “nos entiendan mejor”. Aunque no lo admitamos, sabemos que, con metáforas, decimos más con menos. Renegar de la metáfora es, pues, una tontería.

Nada mejor que el haiku japonés para demostrar nuestro apego al lenguaje poético. Nos dice José María Bermejo —editor y traductor de la flamante antología “Instantes”— que el haiku es “el poema más breve del mundo.” Esta forma construida a base de meras 17 sílabas (en realidad, de 17 “sonidos”) contiene, en su brevedad, “la totalidad de la vida”. Es producto de una honda comunión con la naturaleza; fija el instante, aviva la sensibilidad, y enfoca nuestra mirada en los detalles de las cosas. Sigue leyendo

Por un Edipo adivino: Breve reflexión sobre el buen gobernante

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A Sófocles, en su pluscuamfamosa tragedia, lo que le interesaba era el buen gobierno de la buena ciudad, los retos de ese buen poder bien ejercido, las trabas mitológicas que ponían en jaque el buen gesto de gobernar, y el capricho de los dioses contra esa sabia y buena inteligencia.

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por Lilliana Ramos Collado

Siempre he resentido que Sigmund Freud nos echara a perder a Edipo. Un niño colgado de un árbol por los tobillos en gesto de compasión por un pobre campesino no es mi imagen de Edipo. Tampoco es mi imagen de Edipo un rey desesperado que entra en escena con los ojos reventados y de ellos manando el sangriento humor vítreo de su visión. No: en vez de sacrificado ante el poder del Padre omnipotente, de ese Layo asesino de niños que nada merecía sino la muerte, prefiero soñarlo joven, desnudo y de piel suave, mirando atentamente a la esfinge antes de contestarle la terrible pregunta que lo llevaría al trono de Tebas. Así lo pintó el célebre Jean Auguste Dominique Ingres en 1864, en uno de sus cuadros mitológicos más célebres y menos victorianos.

Edipo fue, antes que todo, un niño abandonado que logró llegar muy lejos gracias a su astuta inteligencia. Muchos piensan que casarse con su madre fue su error —y así descubrimos que Freud era un mediocre analizando mitología. Al contrario: el castigo de Edipo vino antes. Fue un hijo ejemplar de sus padres adoptivos corintios y huyó de su cómoda casa para evitar hacerles el daño que había predicho un oráculo: su bondad ingenua y pura le indujo a error. Su segundo error: fue más inteligente que la Esfinge. Y su tercer error fue enfrentar y matar a su padre verdadero cuando, caminando solo por una carretera en busca de un nuevo hogar, el anciano lo golpeó abusivamente para sacarlo del camino .

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Traer la guerra a casa

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Aquí en Puerto Rico no hemos vivido la guerra. Nuestras “masacres” son icónicas y han sido dolorosas, pero no lo suficientemente horrorosas como para dejar una herida indeleble en la memoria colectiva. Por eso la importancia de tener entre nosotros el portafolios Desastres de la guerra, de Francisco de Goya y Lucientes…

Francisco de Goya y Lucientes, Desastres de la guerra #65" (ca. 1810-1815).

Francisco de Goya y Lucientes, Desastres de la guerra #65″ (ca. 1810-1815).

por Lilliana Ramos Collado

Bringing the War Back Home: House Beautiful es el título de una de las series fotográficas más recordadas de la época de Vietnam. Los collages, construídos por Martha Rosler entre 1967 y 1972, contraponían a la estética de la “casa bella” a las fotos de los soldados norteamericanos en Vietnam, creando una especie de quiasmo visual que adviertía que, mientras decorábamos la casa, olvidábamos que cada norteamericano participaba de una Guerra imperialista al otro lado del mundo, un mundo distante que no veíamos asomándonos a nuestras ventanas. Con esta serie, Rosler nos obligó a ser testigos de una guerra, hoy remota en tiempo y en espacio.

Aquí en Puerto Rico no hemos vivido la guerra, no se ha asomado a nuestras ventanas. Nuestras “masacres” son icónicas y han sido dolorosas, pero no multitudinarias, no lo suficientemente horrorosas como para dejar una herida indeleble en la memoria colectiva. Para nosotros, las guerras no sólo son remotas, sino que son guerras de otros contra otros, con nuestra participación mínima y no siempre recordada por la población completa. En suma, hasta ahora nos hemos librado de la guerra, carecemos de memorias de la guerra, nuestra guerra es un feature de televisión, o un acto de ficción en el cine. Sigue leyendo

Encancaranubladores: JMW Turner y Gerhard Richter ante la imagen histórica

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por Lilliana Ramos Collado

Para Cindy, tardíamente.

Créeme, lector, son los accidentes los que me llevan escribir. Como proponía Hegel, la idea cristaliza al azar en el flujo constante de los estímulos mentales. Algo debe chocar, algo percusivo debe producirse para engendrarla. Para mí fue un flipbook, de Jean-Vincent Sénac, cómodamente anidado en un pequeño exhibidor de libritos en la caja registradora de la librería del Centre Georges Pompidou en París. Estaba a punto de pagar y me golpeé la nariz con uno de los libritos, titulado “le couvreur de temps” o, en inglés, “cloud maker”.

Mientras flipeaba el flipbook, me vino la idea. Acababa de llegar de Londres a París, y de disfrutar de dos eventos visuales sobrecogedores: en el Tate Modern, una espléndida exhibición de Gerhard Richter titulada Panorama; en el Tate Britain, las bellas galerías dedicadas a la colección permanente de JMW Turner, y su sala acompañante dedicada a acuarelas y a bocetos de nubes ejecutados por Turner, John Constable y David Cox.  Recordé las bellas notas de John Ruskin sobre los cielos nubosos de Turner, el mejor “cloud maker” de Inglaterra, según el lírico autor de Modern Painters. Y Richter regresó a mi memoria con sus extraordinarios paisajes de nubes. De momento, quedé suspendida: las nubes me halaron hacia ellas. Sigue leyendo

Sueño que sueño: una reflexión

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El sueño del sueño da mucha sed, esa sed que uno imagina sienten los que han recorrido un desierto interminable y perecen rendidos de sueño.

Henri Rousseau, "El gitano dormido" (1897).

Henri Rousseau, “El gitano dormido” (1897).

por Lilliana Ramos Collado

Muchas veces he soñado que sueño. Y me despierta el desasosiego de —finalmente— perder el arraigo entre mis cosas. No es que mis cosas me quieran o me necesiten —pues en el sueño las cosas suelen avivarse, tener deseos, desamores, iras y ciertos modos de referirse a mí que no me gustan—, sino, literalmente, perder mi lugar. La firmeza o el carácter definitivo de mi lugar. De ese sueño sobre el sueño me despierto enmohecida, renuente a calzar los zapatos, a beber un poco de agua. El sueño del sueño da mucha sed, esa sed que uno imagina sienten los que han recorrido un desierto interminable y perecen rendidos de sueño.

Sueño que el desierto que sueño debe ser escaparate de mi estufa, de mi bolígrafo favorito y de algunos discos Lp que regalé hace tiempo. En ese sueño, me sueño rodeada de sombras duras que contienen la cafetera vieja y otra desconocida que quizás sea la que deseo y aún no lo sé. Y entonces pienso —dentro del sueño— que vivo un sueño premonitorio y que debo salir del sueño para que se vuelva realidad. Y luego pienso que nunca reconoceré, durante la vigilia, esa cafetera por venir pues nunca la vi y nunca la reconoceré cuando la vea por primera vez. Pero me sentiré forzada a buscarla.

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Hilar fino en el teatro de un mundo cruel

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La adaptación teatral de Gil René es una joya pues de muchas maneras hace buenas las promesas y las sorpresas que ofrece Luis Negrón a sus lectores en los cuentos de Mundo cruel.

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por Lilliana Ramos Collado

Mundo cruel, adaptación teatral de Gil René del libro de cuentos de Luis Negrón

Cambiar de mundo no es tan fácil. No es que las “sister arts” necesariamente se repelan, y se pelen unas a las otras y se peleen entre sí… pero lo cierto es que hay muchas musas porque ninguna puede ser todas las musas. Cada género o medio artístico tiene lo suyo propio y su modo de ser y de hacer. De ahí que haya cierta desesperación justificada al intentar cross-overs entre, por ejemplo, la poesía y la pintura, la narrativa escrita y la narrativa cinematográfica, o entre la novela y el teatro, incluso entre el teatro y el cine. El ut pictura poiesis (como la pintura, la poesía) es, definitivamente, una utopía. Por algo una escoge un género para elaborar una idea, y deja de lado los demás. El salto intergenérico con frecuencia es un salto al vacío que puede llevarnos a la muerte, o peor: al ridículo.

Mucho me pone a pensar la impecable, delirante, jocosa y temeraria adaptación que ha hecho Gil René del muy exitoso libro de cuentos de Luis Negrón, Mundo cruel. Publicado hace apenas cinco años, esta colección de cuentos le ha dado la vuelta a Puerto Rico, se lanzó con éxito rotundo en su migración hacia el inglés gracias a las notables y notorias capacidades interlingüísticas de Suzanne Jill Levine (que le ganaron al libro el prestigioso premio Lambda hace dos años), y se preparan traducciones a otros idiomas, luego de ediciones en español en otros países en América Latina. Mucha gente ha leído y ha comentado los cuentos de Mundo cruel, de modo que una adaptación teatral se enfrenta a un público conocedor del libro, que ya tiene sus ideas hechas, y que ya está acostumbrado a pensar estas historias narrativas sobre la página, y no sobre un escenario. Sigue leyendo

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