Profanaciones: No hay que olvidar esos famosos bigotes…

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Los museos, más que exponer obras, exponen la gente a las obras. Son Pepa y Pancha quienes, al entrar al museo, quedan expuestas al arte.

Lilliana Ramos Collado

El interesante comentario —publicado en la revista digital puertorriqueña 80 grados http://www.80grados.net/2012/03/mejorar-a-augusto-marin/ — de la colega Margarita Mergal sobre la intervención publicitaria de Claro sobre el mural de Augusto Marín en el Centro de Bellas Artes en Santurce, Puerto Rico, requiere una meditación profunda pues describe el riesgo de todo arte: hacerse invisible por falta de conexión con el presente, o por falta de pertinencia obvia para el que lo observa. El problema del “arte público” es mayor, pues está ahí asumiendo el riesgo de sobrevivir entre los infinitos estímulos que el paisaje urbano supone.

La oferta sensorial de la ciudad es inmensa, y una obra de arte es un fenómeno más en esa maraña de conexiones deliberadas o accidentales que llamamos “ciudad”. Para tener “buen arte público”, el issue no es tener un “gobierno educado”, pues si algo queremos evitar son los dirigismos culturales que, precisamente, fueron el origen del Centro de Bellas Artes así como lo conocemos. No nos interesa una cultura que nos venga “desde arriba”. Tampoco ese “buen arte” es una cuestión de “gusto” o de “educación” como lo proponían los estetas del siglo XVIII y XIX. Si el arte entraña y vehicula la libertad, no podemos sino invitar al público a que lo trate con la misma libertad con la cual lo asumió el artista. Porque no sólo el artista es libre: Doña Pepa y Doña Pancha también pueden asumir con entera libertad su apoyo al arte. Sigue leyendo

El arquitecto que amó a Josephine Baker, etc.

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por Lilliana Ramos Collado

Una casa “teatral” necesitaba de un contenido extraño, dislocante de las tradiciones de la mirada occidental, un contenido literalmente “obsceno”, casi intolerable.

Second Skin. Josephine Baker and the Modern Surface. Anne Anlin Cheng. Oxford: Oxford U Press (2011).

Soy afortunada. La mayoría de los libros que me caen en las manos son extraordinarios, o extraños o geniales… o todas las anteriores. ¿Qué más puede pedir una reseñista febril como yo?

El libro de Cheng es ejemplo de lo que digo. Especialista en cuestiones de identidad y raza, sus estudios culturales brillan por su ingenio implacable. Hace unos años, un libro anterior —“The Melancholy of Race”— me alertó de propuestas inéditas sobre raza: la melancolía del descastado, del excluido. Su “Second Skin” va más allá y desata nuevos debates sobre el asunto.

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Kiki Smith: una reflexión

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Aquí una serie de obras de la artista alemana/norteamericana Kiki Smith, a quien admiro. Casi todas estas fotos son de su retrospectiva en el Whitney en 2007, titulada Kiki Smith: A Gathering, 1980-2005. Estoy escribiendo sobre ella, pero quiero adelantar a mis lector@s algunas de las imágenes que más me entusiasman. More to come…

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De viajeros y turistas: Una reflexión

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Ilustración para Cinco semanas en globo (1863), de Julio Verne.

Lilliana Ramos Collado


“Se aprende sobre el alma humana en las desgracias y en los viajes”
—Marqués de Sade

Los hay que nunca salen del territorio conocido, y los hay audaces, que encampanan su deseo al coger calle, trillo, río, mar, aire…  sea andando, sea cabalgando, motorizado o a vuelo de pájaro. Nada más recordar esa extraordinaria serie de novelas llamadas, en conjunto, “viajes extraordinarios”, donde el padre de la ciencia ficción, Julio Verne, imaginó un viaje sobre África en globo durante cinco semanas, un viaje bajo el mar, iniciado por el Capitán Nemo que llevó a su tripulación alrededor del mundo, un viaje en cohete hasta la luna, and back, un viaje a las entrañas de la tierra, que comenzó en lo alto de una Catedral en Islandia, y un viaje bastante bumpy alrededor del mundo en 80 días, que en el film de la década de 1950 fue protagonizado por David Niven en el papel del elegante Phileas Fogg, por Cantinflas en el papel del mayordomo Passepartout, y con la nueva estrella de cine, Shirley MacLaine, en el papel de la princesa hindú Aouda. Desde las nieves eternas de la Antártica, hasta las islas del Pacífico, Verne nos lleva trotando a alta velocidad por todas las esquinas del planeta. A veces por error, a veces a propósito, los viajeros de Verne nos introducen al mundo de lo diverso, de lo extraño, de lo extranjero, donde son ellos mismos —los viajeros— los que son diversos, extraños, extranjeros. Sigue leyendo

Mear: una reflexión sobre Orlando

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Pero el problema no es una pasión —el odio—, sino la denegación del derecho a poseer un territorio, el derecho a estar ahí, el derecho a ese Dasein fundamental que funda, para cada cual, un lugar en el mundo. Yo también quiero estar. Debo estar. La guerra que se nos impone tiene que ver con la territorialidad. Se nos quiere obligar a escondernos, a regresar al closet, a morir de muerte social.

El dolor tiene rostro: los nuestros asesinados en Pulse, Orlando

Lilliana Ramos Collado

El otro día, mi indignación ante los dolorosos sucesos de Orlando, Florida, me invitó a regresar a uno de los libros más difíciles que he leído en mi vida: El mal propio: ¿Contaminar para apropiarse de qué?, del filósofo francés Michel Serres. La primera oración del libro es espléndida: Le tigre pisse le bord de sa tanière, o, literalmente, El tigre mea el límite de su guarida. Lo sabemos, los animales lo hacen, “marcan su territorio” con su inmundicia, con saliva, con sangre. Nosotros lo hacemos: con nuestro sucio corporal, con nuestra huella, con nuestra firma, también marcamos territorio. Así son las verjas, las fronteras internacionales, las puertas, las ventanas, las trincheras. Así es la vestimenta, así es el esgrimir la manguera desinfectante en el exacto límite de propiedad que nos separa del vecino. Sí, marcamos territorio. Dentro de la marca del chorro de orín —real o simbólico— sólo entra el invitado que es amigo o familiar, o, en contra nuestra, el ladrón, el traidor, el Otro. Pienso que es una pena desperdiciar tanto orín creando barreras. Dicen los científicos que no hay mejor fertilizante que el orín humano para lograr sin mucho gasto una cosecha espléndida.

¿Por qué usar nuestra inmundicia para establecer nuestro dominio sobre un lugar? De hecho, usualmente echamos nuestra inmundicia sobre una inmundicia anterior. Queda muy poco espacio en nuestro planeta que no haya sido usurpado ya —es decir, infectado por nosotros y luego limpiado para ocuparlo nosotros. Somos irremediablemente invasores, parásitos: hacemos guarida meando lo que le quitamos al Otro. En realidad, no somos humanos, sino primates meones. Sigue leyendo

Vernáculos de lo físico y lo poético: La ética lesbo-erótica de Aixa Ardín

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Una tiene que debatirse entre apreciar la maravilla retórica de esta poesía o caer en la total desesperación una vez se comprende lo que ‘dice’. Quedarse en la superficie de este trabajo poético y contentarse con desglosar los componentes del talento de Ardín implica embarcarse en un proyecto anestesiante. Estos poemas parecen decirse solos, ser producto improvisado en el momento. 

Aixa Ardín, “Troposturas” (autorretrato)

Lilliana Ramos Collado

“… mi discurso es más fiel a la idea de mí que a la realidad de mí. Más importante aún es que trato de lograr que mi discurso no niegue esa realidad de mí y al contrario la exponga y me humanice, me vulnere y le devuelva la fragilidad a la complacencia del yo.” —Aixa Ardín, mi status de facebook

Fue emocionante hace unas semanas escuchar a Aixa Ardín  leer de improviso una cantidad substancial de sus poemas. Me he quedado cavilosa y decidí escribir sobre ello, quizás para ordenar mis propios pensamientos sobre la Poesía con mayúscula —es decir, como género literario—, para poder entonces abordarla con minúscula —es decir, caso por caso, pero me ocurrió lo contrario. Parto de que la poesía contemporánea tiene peculiaridades francamente reñidas con su estánding en el mundo de las letras, y estamos en tiempos en que anything goes. Y por eso me interesa la poesía de Ardín: porque ella, de muchas maneras, parece decirnos que nothing goes, una idea que me parece a la vez justa y espeluznante.

Palabras palabras palabras

“Tengo claro, que no es lo mismo palabrificar o apalabrar que dirimir palabrerías que abaniquen mis certezas o agazapen mis faltas.” —Aixa Ardín, mi status en facebook

Para Ardín, el ejercicio de escritura es primordialmente un ethos: busca insertarse en pleno mundo humano al versear lo social. Su reto como poeta es enfrentar el lenguaje en busca de una precisión “fallida”: su poética dramatiza la brecha entre las palabras y las cosas, y el despliegue léxico —siempre sustentado en una especie de duda metódica— no hace más que hundir al lector más y más en la incertidumbre. Entre el poema “Los poetas necesitamos más palabras” (Batiborrillo, 1988) y el más reciente “Día del poeta” (Esto y Aquello, http://estoyaquello.wordpress.com/tag/poemas/) donde advierte que “buscó poeta en el diccionario /
“género común” /
y encontró otra razón para
/ desconfiar del lenguaje”, Ardín ha acendrado esa duda que pone en jaque un lenguaje agotado, institución que ya no puede albergar ni vehicular la experiencia, el pensamiento o el sentido. En la cotidianidad abusiva que nos abruma, la falla del lenguaje —su traición— sólo apunta al hecho de que, en el creciente abismo entre las palabras y las cosas, se agazapa impune la injusticia. Sigue leyendo