La buena crisis o la Universidad: una reflexión

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Una hermosa jungla de los saberes... el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico.

Una hermosa jungla de los saberes… el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico.

por Lilliana Ramos Collado

En realidad me asombra siempre hablar de nuestra Universidad en crisis. Pensando en la crisis como un acontecimiento aparentemente fortuito, sorpresivo, de causas desconocidas o aterradoras, que causa incertidumbre y que parece no tener solución lógica o inmediata es, de muchas maneras, soslayar que la crisis vive en la naturaleza misma de la universidad. Como comunidad académica vivimos de la diversidad de disciplinas y de constantes cruces entre ellas, lo cual promueve, deliberadamente, un perenne estado de una complejidad sistémica. El potenciamiento de la independencia de criterio, de la tensión entre materias, entre prioridades, entre puntos de vista y entre intenciones, nos pone siempre al borde del caos, y pienso que sin ese constante asomarnos al caos no es posible la universidad. El proceso educativo para adultos que quieran incidir en lo social, que deseen crear nuevo conocimiento o que deseen reinterpretar o dar nueva luz al viejo conocimiento necesariamente crea polaridades entre intereses cada cual igualmente invitado a levantar su cabeza y exigir tarima, a ser escuchado y aceptado. La universidad no es institución de tolerancia sino de plena aceptación, y en ese sentido estamos en palestra perennemente abierta. Y suele ocurrir que quien dice que no escuchado sí lo es, pues lanza su queja en el espacio de la escucha. El turno para hablar es complejo y el reto es no permitir que nadie prepondere y secuestre el espacio del habla.

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“Pinned-up”: La beldad desnuda en Ingres, Bellmer y Sherman

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por Lilliana Ramos Collado e Ivette Fred Rivera

“The nude remains the most complete example of the transformation of matter into form.” —Kenneth Clark. The Nude: A Study of Ideal Art

Jean-Auguste Dominique Ingres, “El baño turco” (1962).

A finales de mayo de 2006, las autoras visitaron varias exposiciones importantes en París como corresponsales de ArtPremium. La riqueza y variedad del replanteamiento de artistas de la envergadura de Jean-Auguste Dominique Ingres, Hans Bellmer, Pablo Picasso, Dora Maar, René Magritte y Cindy Sherman atestiguan el panorama de diligente puesta en escena de estos clásicos de los siglos XIX y XX. El texto que sigue recoge algunas intuiciones sobre un tema que definitivamente enlaza a algunos de los artistas contemplados durante esta fructífera visita: el desnudo femenino.[1]

I. Tema y variaciones

Habría que comenzar por El baño turco—la  gran obra crepuscular del maestro del retrato francés decimonónico—, que según Charles Baudelaire, habla del “libertinaje serio de las odaliscas de Ingres”, al igual que ese otro poderoso icono de la época —La Gran Odalisca. Con El baño turco, Jean-Auguste Dominique Ingres explora el desnudo femenino como el objeto fantasmal de las mil y una variaciones en un ambiente de serrallo que reseña las tórridas orgías de las mil y una noches. Que nada de esto nos sorprenda: al igual que la famosa traducción dieciochesca de Galland[2] de la erótica obra anónima protagonizada por Scherezada, la noche del serrallo debe estar poblada por mil y una mujeres, o por una mujer capaz de ser, a la vez, o en vertiginosa sucesión, todas las mujeres.  Ingres ejecuta esta obra a los 82 años, y mencionar la edad del pintor no es una floreada afectación de historiadoras del arte: el propio Ingres consigna su edad al lado de su firma: “AETATIS LXXXII”. El artista, ya muy anciano, cierra el ciclo de sus grandes lienzos con esta fiesta visual que resume su idea múltiple de la mujer, y que lleva, como protagonista, nada más y nada menos que una citarista desnuda de espaldas al espectador.

Cuando asediamos la representación de la mujer en Ingres, no podemos más que referirnos, pues, a la idea de “tema y variaciones”. Pero se trata de un tema mítico que va al corazón mismo de la tradición de esta representación. En uno de los textos fundantes del arte de la modernidad, Leon Battista Alberti[3] rememora la perplejidad de Zeuxis cuando, obligado a pintar a Venus, y en vista de que ninguna mujer podía igualársele, convocó a todas las mujeres de Crotona a posar para él. De cada mujer, el célebre pintor de la Antigua Grecia tomó lo más bello, y al compendio de bellezas lo llamó “Venus”. Revivimos recientemente este mito poderoso cuando el pobre Truman —en el filme The Truman Show, de Peter Weir— va componiendo una imagen del rostro de su amada de juventud recortando los rasgos bellos de diferentes modelos en revistas de modas. Tema y variaciones… Una mujer que es todas las mujeres; todas las mujeres que son La Mujer. Sigue leyendo

Marañas: Consuelo Gotay / Edgardo Rodríguez Juliá

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Portada de la versión de divulgación de

Portada de la versión de divulgación de “Las Brujas”, publicada en formato de libro por S/M Editores, San Juan, Puerto Rico, 2014.

por Lilliana Ramos Collado, Ph.D.

“Una obra de arte es la suma de sus destrucciones.” Pablo Picasso

Es necesario comenzar diciendo lo evidente: Consuelo Gotay —una de nuestras más extraordinarias grabadoras— es también una de nuestras mejores lectoras literarias. Es fácil afirmarlo: aparte de una obra substancial centrada en las artes del grabado, su dedicación vital al “libro de artista” como expresión que reclama un espacio igualmente vital en nuestras artes se apuntala en más de 10 cuidadosos proyectos en los cuales obras de autores como Luis Palés Matos, Aimé Césaire, Pedro Mir, Lourdes Vázquez, Ángel Darío Carrero y Edgardo Rodríguez Juliá han conversado de tú a tú entre letra e imagen. Hoy presentamos ante ustedes el tomo Las Brujas, de la Editorial SM, que nos ofrece tenso diálogo entre un relato breve y siniestro de Edgardo Rodríguez Juliá dedicado a un lectorado juvenil, y los intrincados grabados de Gotay. Hay un elemento en común entre los escritores que atraen a Gotay: la riqueza en la descripción, la intensidad metafórica, la belleza de un lenguaje que nos tienta a mirar a la vez que a leer. La descripción es clave aquí, pues en ella la palabra se borra a sí misma al invitar al lector a abrir los ojos de la imaginación para andar el camino venturoso desde la idea convocada por la palabra, y la respuesta de ese ojo mental que a todo quiere ponerle forma y color.

Consuelo Gotay, Guarda inicial y final del libro de artista

Consuelo Gotay, Guarda inicial y final del libro de artista “Las Brujas” (2014).

Para Gotay, el reto es mayor pues, al concentrar su trabajo en el alto contraste en blanco y negro, y abrazando el diseño tipográfico para solventar la composición de cada página, ella literalmente evita “ilustrar” el texto. Gotay prefiere elaborar sus énfasis como contrapeso de los énfasis temáticos del texto de Rodríguez Julia, un cuento casi de terror, casi de misterio, casi de silencios y ciertamente casi de soledad. Relato y grabado quedan suspendidos en un mano-a-mano de fuerzas opuestas en precario equilibrio, y cada cual aporta lo suyo a la idea del misterio literario: la idea del arte, la del texto, la de los paisajes claustrofóbicos y los personajes extraños, las de los susurros en la densidad del bosque, la de la extraña permeabilidad entre la vida y la muerte. Sigue leyendo

Thunderbirds: El linaje de Melibea

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Escribo este breve ensayo en homenaje a Evadne, a Melibea, a Thelma y a Louise… mujeres que decidieron lanzarse al vacío cuando descubrieron que no había lugar para ellas en el mundo tal como lo conocieron.

[Frente a un precipicio en el Cañón del Colorado
y con la policía detrás de ellas]
Thelma: OK, escúchame: no nos dejemos agarrar.
Louise: ¿Qué estás diciendo?
Thelma: ¡Síguelo!
Louise: ¿Qué quieres decir?
Thelma: …¡Dale!
Louise: ¿Estás segura?
Thelma: ¡Sí!”

por Lilliana Ramos Collado

 

  1. … y para terminar…

Al[1] final de La Celestina, de Fernando de Rojas, Pleberio se lamenta amargamente no sólo de la muerte de Melibea, su única hija, sino de la absoluta carencia de modelos para poder formular su lamento y plantear inteligiblemente su dolor:

Pleberio—…desconsolado viejo, ¡qué solo estoy! Yo fui lastimado sin aver ygual compañero de semejante dolor, aunque más en mi fatigada memoria rebuelvo presentes y passados… Que todo esto es bien diferente a mi mal… ¡O incomparable pérdida! ¡O lastimado viejo! Que quanto más busco consuelos, menos razón fallo para me consolar.[2]

Ocurre que la ‘tragedia’ de Pleberio radica, precisamente, en el darse cuenta de que se halla ante un vacío, ante una situación que ha creado nuevas relaciones de producción de sentido que él no está preparado para descodificar. Pleberio se encuentra ante el desastre. Su dolor, huérfano de modelos, se traduce en perplejidad: su fórmula principal es la pregunta. Al carecer de respuesta, la obra termina, pero no cierra:

Pleberio—¡O mi hija despedaçada! … ¿Por qué me dexaste cuando yo te havía de dexar? ¿Por qué me dexaste penado? ¿Por qué me dexaste triste y solo in hac lacrimarum valle?[3] Sigue leyendo

Sembrar: Una reflexión

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Lo sabemos: cuando se siembra siempre es para que sobre, y siempre podemos invitar a otros a nuestra mesa. Es decir, sembrar nos da un lugar y una comunidad, nos da una mesa y una despensa.

En el patio de mi casa, lista para sembrar...

En el patio de mi casa, lista para sembrar…

por Lilliana Ramos Collado

La historia nos habla del proceso de civilización, y es casi un consenso universal que ese momento crítico en el desarrollo de la humanidad tuvo que ver con el comienzo de la agricultura. Casi nadie se pregunta hoy día cómo se le ocurrió a alguien, por primera vez, tomar una semilla, hundirla en la tierra, y esperar muchos meses para ver una planta surgir, airosa, y, eventualmente, ver colgando de ella un fruto comestible. Millones de años deben haber transcurrido entre el momento en que alguien descubrió que el fruto que descolgó de un árbol hallado en el camino del nómada podía ser puesto en la tierra para producir otro árbol del cual pudiera, un día lejano, dar otro fruto. Sembrar nos da la ocasión de someter a nuestra voluntad el proceso de lograr que el fruto ocurra.

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El viaje: Una reflexión

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La persona que regresa a casa regresa a rehacerla más ancha, más hermosa, enriquecida por el viaje.

por Lilliana Ramos Collado

El viaje se adelanta cuando nos adelantamos nosotros hacia el mundo. Los hay que nunca salieron de su casa, como Mercier y Camier, locos payasos de Samuel Beckett; los hay que prefirieron el más allá, como Dante, y pusieron pie en el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso; los hay delirantes y ansiosos, como los que abordaron un cohete inventado por Julio Verne para ir de la tierra a la luna; los hay miedosos, los que viajan en secreto, y atisban el mundo de incógnito, como el hombre invisible de H.G. Wells; las hay chicas adorables secuestradas por piratas después de una falsa muerte, que regresan a su casa todavía vírgenes a pesar de haber visitado el mundo entero, como la Alatiel de Giovanni Boccaccio. Estos son ficción, pero están también los viajes verdaderos, como los de Pausanias, el primer turista de Occidente; como los de Marco Polo, primer antropólogo de Oriente porque regresó a su casa para hacer el cuento. Y más cerca de nosotros, Víctor Segalen nos cuenta sus aventuras como médico naval en el pacífico y nos da su versión material de lo que sólo habíamos conocido en las imágenes de nativas pintadas por Paul Gauguin.

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