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… son las desesperadas palabras de Lady Macbeth al tratar de borrar de sus manos las imaginarias manchas de sangre que ha dejado en su conciencia el asesinato del rey de Escocia para arrebatarle el trono. Sus manos están limpias, pero en su sueño delirante, ella intenta eliminar la marca del crimen. En su Macbeth, William Shakespeare sabía que nuestro mundo separa lo “limpio” de lo “sucio”, y que todo lo “sucio” es peligroso, sea en la materia de lo real, sea en la substancia inasible de lo moral o espiritual.

Alessandro di Pietro. “El libro de las manchas. Guía completa y eficaz para su limpieza”. Madrid: Alianza Editorial (2010).

por Lilliana Ramos Collado

Se trate de la mancha de vino tinto en la alfombra, de la mancha moral sobre nuestra reputación, o de la mancha de sangre en las manos asesinas, hemos declarado una guerra a muerte contra ese estigma demasiado rico en significados. Nos dice la antropóloga Mary Douglas, en su clásico Purity and Danger, que perseguir el sucio, decorar, ordenar la casa, no expresan ansiedad contra la enfermedad, sino una búsqueda de orden que pretende alejarnos de conductas peligrosas sintomáticas de una mala ciudadanía. Lo estudia William Ian Miller en su Anatomía del asco: se trata de un sentimiento moral y social que declara nuestra aversión hacia lo amenazante.

Por eso he leído y usado con fascinación el manual de Alessandro di Pietro titulado El libro de las manchas. Guía completa y eficaz para su limpieza. Di Pietro, un prominente ambientalista enfocado en la cotidianidad como campo de batalla, recopila aquí los consejos sobre ecología del hogar que ha ofrecido en su programa ¡Ojo al malgasto! en la televisora italiana Rai Uno.

Para di Pietro, somos “víctimas” de las manchas, que él llama “circunstancias desfavorables, momentos de despiste, alteración del orden de las cosas.” La mancha acecha a “las mujeres más avisadas” y a “los hombres más sagaces”. En la imaginación colectiva, la mancha es “más que una huella… como si esa inocente salpicadura de salsa o de café nos hubiese golpeado nuestra conciencia. La mancha es una palabra llena de significados épicos, perversos, y al mismo tiempo inocentes.”

Significados “perversos” de la mancha son “culpa, defecto, pecado, delito, traición, ignominia. Error de juventud, deterioro de la pureza.” La mancha es tabú. Y al declararse sorprendido ante la fama de su manual contra la mancha “inocente”, di Pietro nos dice con humor que, aquí, las buenas amas de casa y los solteros quisquillosos hallarán, de paso, la salvación contra estigmas sociales, morales y religiosos. Y así es. Al recurrir a muchos de sus consejos, me he dado cuenta de que, además de sentirme inteligente en la aplicación de principios básicos de química, me siento mejor persona eliminando las manchas de mis camisas blancas.

El libro, ordenado alfabéticamente por substancia y por material afectado, nos explica cuál detergente usar según la mancha, y nos da recetas detalladas para preparar y usar substancias “homemade” con ingredientes accesibles. Comienza por la casa y los objetos domésticos, y desemboca en el tratamiento de los tejidos, cuyo énfasis no es de extrañar: sabemos que las telas son, en cada cultura, signo de destreza y civilización, de rango social y de virtud, sean para vestir la casa o para vestir nuestra persona.

El libro cierra con listas detalladas de los detergentes más usados, algunos productos de limpieza no tradicionales, tipos de tejidos y soluciones para lavado en seco.

Di Pietro extrae sus consejos de “la sabiduría de los ancianos, de los límites de la naturaleza, de la experiencia personal y sobre todo de las leyes de la Naturaleza.” Declara así que sus ideas sobre lo limpio y lo sucio son de antigua estirpe y tradición, basados en una específica noción de los límites y posibilidades de las materias. Acepta el origen cultural de nuestras nociones de higiene e insinúa que, en otras culturas, serán otros los síntomas de impureza. Es decir: la mancha es, esencialmente, hija de la cultura. Y este cultísimo manual de ecología doméstica es benéfica terapia tanto para nuestras alfombras, como para nuestras almas.

[Esta reseña se publicó originalmente en el Suplemento ¡Ea! de El Nuevo Día el 26 de mayo de 2013]