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La embriaguez del alcohol y de las drogas no se opone a la sanidad, sino a la abstinencia.

por Lilliana Ramos Collado

para Ángel, un encuentro y un regreso.

Peter Sloterdijk nos habla del extrañamiento del mundo. Trátese de un “cambio de morada del alma” en su dialéctica de huída y búsqueda del mundo, o se trátese de subterfugios cobijados por la impronta de la sanidad o bajo la máscara deshumanizante de las adicciones, las drogas son, ante todo, la posibilidad de construir un paraíso artificial. Así lo llamó Charles Baudelaire en un librillo homónimo —Les paradis artificiales (1860)—, y así lo sugirió Thomas de Quincey, el primer opiómano confeso en la Inglaterra estirada y victoriana hace más de un siglo, en su fascinante Confessions of an English Opium Eater (1821). Según lo documenta Antonio Escohotado, la opción de mudarse a ese paraíso artificial ha estado ahí siempre, y el descubrimiento paulatino, en cada época de la humanidad, de substancias psicoactivas, ha sido objeto de interés, de veneración y parte de lo que Michel Foucault aptamente llamó “cuidado de si”, aunque él mismo no tomó por los cuernos este toro perennemente embriagado.

Thomas de Quincey

Thomas de Quincey

La embriaguez del alcohol y de las drogas no se opone a la sanidad, sino a la abstinencia. La idea de un cuerpo bajo control pertenece a la caja de herramientas de un cuerpo apto para la interacción social, y de una mente consciente de su lugar en este mundo. La abstinencia garantiza ese estado fenomenológico en el cual yo y mi cuerpo constituimos, juntos y contentos, un omphalos, es decir, un ombligo del mundo: desde el yo sobrio se ordena el cosmos y a la vez puedo compenetrarme con el cosmos de los demás.

En oposición a la abstinencia, las substancias psicoactivas son una invitación a la alteridad, implican la posibilidad de un sujeto que construye, a sabiendas, un mundo alterno totalmente ocupado por una consciencia desatada habitante de un cuerpo que ha desviado la operación de su sensorio hacia el amortiguamiento o hacia la exaltación. Ese cuerpo exacerbado, irritado en sus sentidos, provoca en la consciencia la errabundez por caminos caprichosos azuzados por una química que alegremente delira. Sea o no con temblor, el delirio mismo es ese otro mundo lleno de sorpresa en el cual el alma se abandona.

Charles Baudelaire

Charles Baudelaire

Pensemos en el Alcibíades socrático, que entra borracho al famoso banquete de Platón y exige a Socrates que acepte su cuerpo a cambio de saber. “Te doy mi belleza a cambio de sabiduria”, exige el más importante general de Grecia a un filosofo malvestido y maloliente. Alcibíades estaba ocupado por el alcohol desafiante, desinhibido, dando rienda suelta a su deseo. Así, de Quincey, encerrado en su paraíso de opiáceos, reclamó plena libertad de hacer y de pensar; y Baudelaire, provocó un solipsismo salutífero para protegerse de un Paris solitario, insoportable, áspero, peligrosamente timorato y aburrido. Ahí, en ese paraíso artificial, el poeta de Las flores del mal (1857) cultivaría, precisamente, sus flores del mal. O más cerca de nosotros, un novelista tan tradicional como Aldous Huxley peroraba sobre sus domingos con mescalina —The Doors of Perception (1954)— que le ayudaban a abrir las puertas de la percepción. Pensemos también en Los Beatles y en esa gozadera de música e imágenes de su film Yellow Submarine (1968), una fiesta para los sentidos que, explícitamente en la canción “Lucy in the Sky with Diamonds”, nos promete el LSD: un momento visionario que armoniza en una nueva melodía el universo entero.

Aldous Huxley

Aldous Huxley

Han sido los escritores los que han defendido el uso de las drogas como apertura del mundo, como ocasión para imaginar una literatura otra, para provocar otras experiencias que les lleven a otros temas, a otros personajes, a otras narrativas. Será la metáfora, esa herramienta infinita, riquísima, casi perversa en sus posibilidades contrarias y contradictoras, la que mejor aproveche ese disloque de la ley social y de la ley del cuerpo, para volar hacia una alteridad inédita, gozosa, siempre demasiado nueva.

Lo sabemos: el hambre y la falta de sueño también nos llevan a la alucinación. Y las drogas pueden empujarnos a la paranoia, a la suma incomodidad del cuerpo, a la muerte. Se nos dice que tanto la abstinencia como la embriaguez pueden sabotear tanto nuestro proyecto de pureza como el de crear ese reducto artificial que deseamos. Pero, sin duda, esa alucinación, ese disloque que ha sido hechura nuestra, esa creación, ese desvío nos llevarán a nuevos territorios donde nos encontraremos distintos, alocados, dueños de otras subjetividades que mucho tienen que enseñarnos, o nos arrojarán al hoyo negro del delirio, de la esquizofrenia, o simplemente de la muerte del cuerpo y de la mente. El extrañamiento es signo de búsqueda, y de eso se trata la vida. Pero estamos, en realidad, abocados a los encuentros y a los regresos. La mayoría de los versos hijos del delirio no valdrán el sacrificio de nuestra conciencia: no toda embriaguez nos convertirá en Baudelaire…

Lucy in the Sky with Diamonds...

with tangerine trees and marmalade skies…