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por Lilliana Ramos Collado

La escritora puertorriqueña Yolanda Arroyo Pizarro, editora y antóloga de la serie "Cachaperismos".

La escritora puertorriqueña Yolanda Arroyo Pizarro, editora y antóloga de la serie “Cachaperismos”.

Ésa es la tragedia del español, su especificidad. Y su ventaja. En español, una puede puede estar o no estar y, además, ser o no ser. Para Hamlet todo fue mucho más fácil con su simple “to be or not to be”, pero en esta famosa frase se mezclaron, más allá de lo razonable, la esencia y la estancia. En español abortamos la ambigüedad en aras de la especificidad. Me conviene la especificidad. Soy poeta lesbiana pero no estuve en Cachaperismos I (2010). Aunque en el idioma de Shakespeare, hubiera gozado de haber sido y estado en tersa ambigüedad. En aquel entonces fui y no estuve, y ahora soy y estoy.

Para mí no es un mero juego de palabras. Me hubiera gustado estar en Cachaperismos I, pero entendí perfectamente que se trataba de la voz de un nuevo grupo de mujeres poetas que se afirmaba con bríos un paso más allá que mi grupo, que cobró forma en las manos de la amiga y poeta Áurea María Sotomayor, quien publicó nuestra bitácora literaria en 1987 en su De lengua, razón y cuerpo, bajo el sello de la Editorial del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Allí incluyó Áurea ensayos individuales sobre mis colegas poetas, e incluyó una jugosa antología, igualmente individual, que daba muestra de nuestra poesía, que además sumaba una “generación literaria” que más parecía algo así como la obra del “linaje de las mujeres”, como hubiera dicho, desde su peculiar misoginia, Hesíodo, al hablar de la progenie de Pandora. El trabajo de Áurea buscó configurar el espacio de la mujer puertorriqueña en las letras de avanzada (circa 1987), y enfocó los rasgos que se consideraban “feministas”. Lo queer, aún no configurado como recurso de clasificación literaria, quedó, pues, subsumido en la literatura “de mujeres”. El ala lésbica, aún no totalmente emplumada, apenas comenzaba a agitarse en la poesía estallante de Nemir Matos Cintrón —en su Las mujeres no hablan así—, y en la mía, mucho más modesta y más preocupada por explorar y expresar un compromiso político genérico.

Portada de "Cachaperismos I" (2010), antología de poesía lésboerótica realizada por Yolanda Arroyo Pizarro.

Portada de “Cachaperismos I” (2010), antología de literatura lésboerótica realizada por Yolanda Arroyo Pizarro.

Mucho ha andado la literatura lésbica puertorriqueña desde allí, como lo demostró en 2010 Cachaperismos I, tomo editado por Yolanda Arroyo Pizarro para Publicaciones Boreales, con un elenco de 14 poetazas dedicadas a explorar, en verso y en prosa, un erotismo que sí se atrevió a decir su nombre. El impulso general de ese primer Cachaperismos fue palmario, comenzando por la “Apología de la vagina”, de Amárilis Pagán, pasando por el “Cyberskin” de C. Cheryl Roster-Gómez, la “Seducción” de Marlyn Cruz Centeno, el “Hambre” de Muna, el gesto incendiario de Aixa Ardín, los grajeos de Zulma Oliveras, los mares menores de Karen Sevilla, las orugas de Mayda Colón, hasta llegar a las puertas del cielo de Yolanda Arroyo. Este tomo se movió de boca en boca, de arriba abajo y de cuerpo en cuerpo para configurar una serie de lugares comunes, en el sentido en que “como perejil de tiesto” o “zumba la manigueta” lo son. Sin lugares comunes no hay un lenguaje compartido, y sin lenguaje compartido no hay comunidad, no, al menos, una comunidad de hablantes. Y ese primer tomo de Cachaperismos tuvo el efecto inmediato de afincar unos modos de decir, de hacer referencia, y de, literalmente, fundar lengua y darnos de lengua: una lengua lésbica ardiente y batiente, ágil y fuerte, rica y dulce, agria y zafia.

Explorar sexualidades aviesas, aventureras y venturosas fue el gesto común en esta primera entrega, dar lengua, presencia en la página y, por consecuencia, en nuestra historia literaria, tan renuente a estas “diversiones” o ambulaciones fuera de la ruta heteronormativa. De una política de los partidos políticos, y de un mundo dividido entre derechas e izquierdas, de pronto los cuerpos se rebelaron y emprendieron su cháchara desde la necesidad de una libertad distinta: la del cuerpo mismo, que reclamaba, como es natural, otro corpus para contenerla y lanzarla.

Cachaperismos II (2012) amplió su red y dio paso a una benigna arqueología. A algunos de los talentos del primer volumen se sumó la “vieja guardia” a la que pertenecemos Nemir Matos Cintrón y yo. Estar entre las voces nuevas sin duda me ha dado nuevo aliento, si bien —a gran distancia de los poemas de mi reróticas (1998)— ahora, además de vivir, repaso lo vivido. Aunque me hubiera gustado compartir la página con escritoras de la audacia de C. Cheryl Roster-Gómez, Mayda Colón y Marlyn Cruz Centeno, me siento retada por Charlene González y Raquel Salas Rivera —quienes entran por primera vez a Cachaperismos—, mientras me siento en terreno familiar con Karen Sevilla, Mercedes Garriga, Zulma Oliveras y Yolanda Arroyo Pizarro.

Portada de "Cachaperismos II" (2012), antología de literatura lesboerótica realizada por la escritora Yolanda Arroyo Pizarro.

Portada de “Cachaperismos II” (2012), antología de literatura lesboerótica realizada por la escritora Yolanda Arroyo Pizarro.

He leído detenidamente ambos tomos y siento que no sólo se ha ampliado el registro mismo de la sexualidad, sino que a la sexualidad raw del primer tomo se le ha unido un tono reflexivo que distingue este volumen del anterior, que fue más gozoso de los cuerpos que del corpus. Pienso, no obstante, que el nuevo gesto reflexivo en tanto movimiento “del hecho al dicho” estuvo representado en Cachaperismos I en la selección de Aixa Ardín (desde su matérico “Apenas un sorbo” hasta su político “Préndeme”), en Mercedes Garriga (entre su filosófica “Mujer en el espejo” y su exaltada “Diosa clandestina”), entre el “First Love” de Zulma Oliveras y su rica “Guanábana”, entre la extranjería lateral de Karen Sevilla y su “Naranja”, en los recuerdos desfondantes de Mayda Colón y en los recuerdos de mermelada de Yolanda Arroyo. En el nuevo Cachaperimos, la sexualidad regresa, en mi caso, como un erotismo del olvido liberador, en los juegos redivivos de Charlene González, en las preguntas insidiosas de la mujer de Karen Sevilla, en las ofrendas de Amárilis Pagán, en los cuerpos ampulosos que manosea Nemir Matos, en los besos hurtados de Raquel Salas-Rivera, en los actos de provocación de Carmiña Pasos, en el Global Warming de Zulma Oliveras y en los Flashbacks de Yolanda Arroyo. Podemos decir que en ambos Cachaperismos se oscila entre el “soy, luego pienso” y el “pienso, luego soy”.

Estar y no estar. Ser y… seguir siendo parece ser la consigna de éste y de los próximos Cachaperismos que de seguro vendrán y siempre bajo la sabia vigilancia editorial de Yolanda Arroyo Pizarro. Gente irá saliendo, otras voces y otros tonos entrarán, con nuevos temas y nuevos puntos de vista de una experiencia —la experiencia lésbica— que es tan compleja como cualquier experiencia vital, y que siempre y necesariamente oscilará entre la carne y el espíritu por ser, en una sociedad con frecuencia hostil, un lugar común para nosotras: no un refugio, sino una plataforma de lanzamiento.

Yo, feliz de estar entre cachaperas, me conformo con seguir siendo… esté o no esté.

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