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Derrotado el personaje, triunfa su historia de dignidad, de honradez, de ingenio y de justicia. Queda para nosotros como un cuento iniciático de aventuras formativas del cuerpo y del carácter.

Gustavo Doré, "Don Quijote de la Mancha y Sancho Panza" (grabado) (1863), realizado para la traducción francesa del clásico español .

Gustavo Doré, “Don Quijote de la Mancha y Sancho Panza” (grabado) (1863), realizado para la traducción francesa del clásico español .

por Lilliana Ramos Collado

Los viejos amores no se olvidan. Regresé a Cervantes el otro día y volví al shock de encontrar una obra demasiado genial: exactamente escrita para nuestros tiempos de crisis, de achongamiento, de perplejidad y de frustración.

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha es el libro pesimista más optimista que he leído en mi vida. Le dedico hoy mi modesto homenaje a este libro demasiado inmenso: un “clásico”, el tipo de libro que, como decía Italo Calvino, “nunca termina de decir lo que tiene que decir”. Amigos, me consta que el Quijote es infinito.

La anécdota del Quijote es bastante simple: sorbido el seso por la lectura de libros de aventuras caballerescas, un hidalgo empobrecido por la crisis económica y moral de su época decide lanzarse al mundo para “hacer justicia”. Busca unas armas viejas y mohosas que tiene guardadas, decide ponerse un nombre a la usanza de los caballeros andantes y, a falta de corte de reyes que le nombren caballero, monta un viejo caballo a quien bautiza “Rocinante”, inventa a Dulcinea como la amada a quien dedicar sus futuras aventuras y se evade de su casa (por la puerta de atrás) y, luego de detenerse a que un ventero le exalte al rango de caballero, parte a “desenredar entuertos”, es decir, a enderezar el mundo. Eventualmente recluta a su vecino Sancho Panza como escudero, y este dúo dinámico intentará sanar la injusta sociedad de su tiempo.

Portada de la primera edición de Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes. Pero hey, cualquier edición que tenga la novela completa está kool conmigo.

Portada de la primera edición de Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes. Pero hey, cualquier edición que tenga la novela completa está kool conmigo.

Ofuscado por las tramas de caballerías, por doquier ve las escenas imaginarias que ha leído en sus libros. Batallas improbables con seres de ensueño, luchas con gigantes que son molinos, viajes en fabulosos caballos de madera, este anciano señor, que un buen día adquiere el nombre de “El Caballero de la Triste Figura”, nunca deja de luchar por lo que percibe como “el bien en el mundo”.

En esta larguísima novela nunca hay desperdicio, pues en cada batalla imaginaria, encuentro fortuito u ocasión de descanso fugaz, el propio don Quijote no deja de aprender la lección de la maldad y la injusticia, y su prevalencia por doquier. Sus frustraciones y derrotas son enormes, y eventualmente regresa a su casa apaleado para descubrir que su familia ha quemado sus libros y ha tapiado su biblioteca.

Eventualmente, don Quijote se entera de que se ha vuelto famoso. Alguien ha escrito una novela sobre él alabando su ingenio, y el viejo aún convaleciente de los golpes, decide lanzarse a la batalla otra vez. Como ahora todo el mundo le conoce, en esta nueva salida, su caminar se vuelve más filosófico, y su inteligencia más madura. Será derrotado de nuevo y eventualmente regresará a su casa frustrado. Sancho le invita a salir otra vez vestidos de pastores, pero ya el viejo, cansado y decepcionado, se deja morir. Al final, muerto don Quijote, la propia pluma que escribió la historia nos habla: “Para mí sola nació don Quijote y yo para él…”, de modo que nadie siga estirando este cuento.

Derrotado el personaje, triunfa su historia de dignidad, de honradez, de ingenio y de justicia. Queda para nosotros como un cuento iniciático de aventuras formativas del cuerpo y del carácter. Queda la novela para explicarnos cómo la fantasía es ocasión de explorar el yo y el Otro. Queda el mejor relato de cómo hacerse a uno mismo mediante la búsqueda de un lugar en el mundo y de un mundo para convertirlo en nuestro lugar.

Oigan, digo “juvenil” haciendo la salvedad de que la juventud es relativa, de que cada edad tiene su sabiduría, y de que nuestra oportunidad pare ser mejores y estar a la altura de los tiempos es seguir aprendiendo de por vida. El reto de los malos tiempos es la mejor escuela. Dice Simone Weil, “Uno a la batalla entra muerto. Todo es ganancia”. Si damos la guerra contra la barbarie del mundo, probablemente saldremos triunfantes.

[Publicado en la sección Tinta Fresca del periódico El Nuevo Día el 19 de enero de 2014]