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Crimen y cadalso 2

por Lilliana Ramos Collado

Tanta cultura me viene a la memoria leyendo Undead, la última e impecable entrega poética de John Torres. He reflexionado mucho sobre su denso barroquismo para asediar la mortal relación entre la palabra y la cosa, entre eterizar el mundo mediante el poema y, simplemente, vivirlo en sus escorias.

Aquí pulula el hit parade pop de la muerte en nuestra cultura, comenzando y terminando con zombies y vampiros y su fan club universal, sus fatídicas B-movies, incluso el Lestat de la adorable Anne Rice… Pero no ha sido eso lo que me ha llamado la atención, ni lo que provoca mi lectura en el más allá de los “ratings”. Me interesa más el mito que mueve a Torres —y a tantos otros— de coquetear con la escritura como muerte del escritor, y con ese más allá tópico que surca, de rabo a cabo, el ultramundo en Occidente.

Recuerdo el episodio del Hades en La Odisea donde el tramposo Ulises ofrece sangre fresca a la sombra de Aquiles para que éste le explique la ruta de regreso a Ítaca. Homero equipara el Hades con el lugar donde se cuaja la ruta como relato. Y a Dante desarrollando una comedia sobre el más allá, y atento a todo para escribirlo todo, porque es en la muerte donde se cuaja el cuento.

Muerto (disque dormido) está Don Q en la cueva de Montesinos, tratando de entender el relato de su propia vida ficcional. Y así están Víctor Frankenstein y su “criatura” durante una ardua conversación en un pico mortalmente helado de los Alpes: ensayando sus respectivos relatos.

Pero sobre todo recuerdo el olvidado relato de Edgar Allan Poe, “Some Words with a Mummy”: luego de que un grupo de arqueólogos desentierra una momia y la devuelve a la vida al aplicarle electricidad, la momia cuestiona su propio estado de no-muerte: “Had I been, as you say, dead,” replied the [mummy], “it is more than probable that dead, I should still be…”

Estamos ante una larga tradición de no-muertos que nos traen el relato del mundo del más allá. Ese limbo de la no-muerte oscila entre dos mundos que —según suele ser— son el mismo y su sombra.

Para Torres, ese otro mundo no es otro que el lenguaje, y es el “undead” la metáfora activa que explica su tarea de escritor en su relación con la palabra. Amarrado al ordenador, careado con el detritus creciente de sus borradores, componiendo los jirones y las tachaduras que regresan como regresa lo reprimido, el poeta escribe. Sentimos que cada golpe de tecla abole un objeto, una emoción, una parte del mundo, como en aquel genial cuento de Jorge Luis Borges donde el rey pide al poeta que describa su palacio, y cuando el poeta dice “Universo”, el palacio entero desaparece desplazado por la palabra. Claro, el rey decapita al escritor… pero el palacio nunca regresará.

UNDEAD. John Torres. Trujillo Alto: Gato Malo Editores (2013).

UNDEAD. John Torres. Trujillo Alto: Gato Malo Editores (2013).

 

Undead es el registro de la lucha del escritor contra su alienación del mundo, narra la muerte en vida que es la escritura, cómo el poeta se alimenta de la corrupción —el proceso en que las cosas ceden su lugar a las palabras— y cómo, al estar de espaldas a la vida absorto en la fosforescencia de la pantalla, sólo ve pedazos ininteligibles, como ocurría a los sujetos encarcelados en la caverna platónica.

Torres ha escrito un gran libro sobre la muerte del escritor. Roland Barthes afirmó esa muerte proponiendo que no existe un autor individual. Pero Torres va más allá al ver el cuerpo de la cultura como un muerto que sigue devorándose a sí mismo y sujeto a ser devorado por otros que, también, devoran al devorador.

La autofagia parece ser el gesto preferido del sujeto letrado. Estoy de acuerdo, y el libro de Torres, en su expresión brillante sobre la oscuridad de la letra, no me lo dejará olvidar. Si bien, cuando de la muerte se trata, habrá que estar vivo para contarla…

[Esta reseña se publicó originalmente el la sección Tinta Fresca del periódico El Nuevo Día el 20 de abril de 2014]