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Esa comunidad chistosa y chismosa, que bien puede ser llamada “tribunal de la opinión”, define un territorio de inclusión/exclusión entre el colectivo y la víctima.

por Lilliana Ramos Collado

Por supuesto que me estoy gufeando a Freud y su afamado e inteligente libro El chiste y su relación con lo inconsciente. Para comenzar, el chisme mantiene un juego dinámico entre los ámbitos de lo público y lo privado: propone un problema que no debe dilucidarse en público y que se comenta en voz baja y en la falsa intimidad de la vox populi en tanto se trata de un “secreto a voces”. El chiste, por su parte, con el fin de degradar la conducta o la personalidad de un individuo, crea un juego dinámico entre dos campos del sentido provocando una expresión equívoca que de forma indirecta pero contundente alude a una falla en el carácter del individuo al cual se dirige. El chisme, en la oscuridad del secreto, saca a la luz una alegada verdad recibida que siempre carece de autoridad para ser dicha, pues viene de alguien desconocido y desde el anonimato llega a la esfera social. En ese sentido, siempre es falso decir “Te lo digo como me lo dijeron”. Es el colectivo el que cuenta el chisme que, como una bola de nieve, zumba cuesta abajo acogiendo más materia, siempre imaginaria. Mientras, es el colectivo el que se ríe colectivamente de un sujeto excluido del colectivo a quien se ridiculiza y degrada.

El chisme, como el chiste, busca la complicidad y a la vez deja afuera siempre a una persona: aquella a costa de quien se dicen el chisme o se hace el chiste. En el chiste, a esa persona le llamamos “el punto”. Una se ríe “con”, y a la vez se ríe “de”. En el chisme, se habla “con” y se dice “de”: esa persona es el tercero que reconocemos como un peligro para la moral colectiva y que el chisme excluye de la conversación dentro del colectivo. A veces el contenido y la persona son los mismos en chisme y chiste. Quizás podamos decir que el chiste en la forma burlona de manejar el chisme: la burla que toma el lugar de la acusación, pues el chisme es siempre una acusación que nunca se dice “de frente”.

Esa comunidad chistosa y chismosa, que bien puede ser llamada “tribunal de la opinión”, define un territorio de inclusión/exclusión entre el colectivo y la víctima. Chiste y el chisme tienen dos temas favoritos: la vida sexual de las personas y la probidad moral en el manejo de bienes y dinero. Como si la gente se dividiera entre la cama y el Banco Nacional, por ejemplo. ¿Por qué? Porque atienden lo privado y personal: aquello que, estando en la vida secreta de la gente, no puede ser visto y mucho menos demostrado pero que permite una especulación sin freno. Por eso, tanto el autor del chiste como el autor del chisme son “anónimos”: cada cual que dice uno u otro lo que hace es repetir una idea que está en el ambiente: tanto en el chiste como en el chisme quien habla es esa figura borrosa e imprecisa que llamamos vox populi o “la voz del pueblo”.

Hay que ver que tanto el chiste como el chisme tienen el propósito expreso de denigrar, de señalar que el objeto de su crítica es una persona peligrosa. Como nos recuerda Michel Foucault en un breve ensayo sobre el tema, tildar a alguien de “peligroso” lo condena a la duda colectiva de por vida, pues cada cual que escucha la palabra “peligroso” imagina un contenido diferente: el peligroso viola mujeres, o roba dinero, o es pederasta o mujeriego o mentiroso, o vende drogas, etc. Dada la complejidad del imaginario de lo peligroso, la víctima del chisme y del chiste nunca podría aclarar, para efectos del colectivo, que no es ni mujeriego, ni pederasta ni ladrón, ni pusher de drogas. De hecho, es casi imposible salir del cerco de esa acusación colectiva que tanto el chiste como el chisme promueven con tanta agilidad y a la velocidad impresionante en que se riegan tanto el chiste como el chisme. De hecho, uno de los rasgos más efectivos de ambas maneras de destruir el carácter de una persona es colocándolo frente al dedo causador del chisme o del chiste.

Algo hay de severo en estos dos gestos de desaprobación que se demuestra cuando vemos que el gran Freud y el gran Heidegger le dedican comentarios importantes. En su texto sobre el chiste, Freud nos llama la atención de la duplicidad del habla del chistoso, y en su sección sobre la habladuría en El ser y el tiempo, Martin Heidegger nos detalla que, en la habladuría, el habla no se refiere a nada, sino a sí misma, pues pretende que repite lo dicho por otro, pero los otros que repiten pretenden que cuentan un secreto cuya naturaleza es ser también la vez un habla pública. Es decir, el chisme es “un secreto a voces”.

Hay sin embargo una diferencia entre el chiste y el chisme: nos dice Freud que el chiste revela nuestro inconsciente colectivo moral pues siempre es en serio: crea colectivo y crea un chivo expiatorio. Y el chisme es consciente, se dice a propósito, a sabiendas, y se espera con desesperación a repetirlo dentro de un colectivo que disimula su carácter colectivo. Pero ambos, chisme y chiste, parecen tener el mismo propósito: desterrar a la víctima del seno de lo social.

En las sociedades primitivas, tanto el chiste como el chisme son vehículos de corrección moral, gestos conservadores cuyo contenido siempre puede ser compartido por todos a base de una moralidad en común. Por eso es tan difícil recuperarse de un chisme, y tan difícil dar cara a un chiste cuando una misma es el punto. Ambos te empujan al límite de lo social. Ambos deforman tu carácter. Ambos son crueles. De hecho: todo chiste es un “chiste cruel”. Y todo chisme es un “chisme colorao”, algo así como pornografía política. Tengo que decir, entonces, que vivimos en una sociedad primitiva donde nos reímos mucho del otro y lo pelamos a sus espaldas, sin fin. Ufffff!