Etiquetas

, , , , , , , , ,

por Lilliana Ramos Collado

Edouard Monet, "Estación de St. Lazare" (1877). Los viajes en tren y la lectura de los letreros de los pueblos llevarán al narrador de Proust a imaginar cómo el nombre del pueblo contiene lo que el pueblo es...

Edouard Monet, “Estación de St. Lazare” (1877). Los viajes en tren y la lectura de los letreros de los pueblos llevarán al narrador de Proust a imaginar cómo el nombre del pueblo contiene lo que el pueblo es…

I. Teoría del nombre

“Why do we have proper names at all? Obviously to refer to individuals.”
John Searle, Speech Acts

“…el nombre, ese algo anterior al conocimiento…”
M. Proust, Contra Sainte-Beuve

“Es posible decir que, poéticamente, toda la Recherche ha salido de algunos nombres.”
Roland Barthes, “Proust y los nombres”

La preocupación[1] con el nombre propio surge temprano en Du côté de chez Swann de Marcel Proust. La insistencia con la que el narrador advierte la forma o las sensaciones que le producen los nombres de personas, lugares y obras de arte, indica el lugar especial que ocupan en el proceso de significación y en la estructura narrativa. No es, sin embargo, hasta la tercera parte del primer volumen de A la recherche du temps perdu —“Noms de pays: le nom”— que el narrador despliega, a modo de desarrollo de una teoría, lo que importa el nombre propio a su relato.

La teoría del nombre propio en “Noms de pays” se suscita en medio de la discusión sobre las diferencias entre la naturaleza y el artificio humano. La familia está en el proceso de decidir a dónde irá de veraneo ese año y el narrador trata de imaginar esos lugares, primero Balbec, y luego Venecia y Florencia. Dice el narrador:

“Y es que la naturaleza, por los sentimientos que en mí despertaba, me parecía la cosa más opuesta a las producciones mecánicas de los hombres. Cuanto menos marcada estuviera por la mano del hombre, mayor espacio ofrecía a la expansión de mi corazón. Yo había conservado en la memoria el nombre de Balbec, que nos citó Legrandin como el de una playa cercana a ‘esas costas famosas por tantos naufragios y que durante seis meses del año están envueltas en la mortaja de las nieblas y la espuma de las olas…’”[2]

La discusión del nombre propio se enquista, pues, en la dilucidación de cómo pasar de la percepción directa de la experiencia natural, a su representación artificial, realizada por las manos humanas. Se nos propone como un puente posible entre la experiencia y la representación de la experiencia. Y es que el nombre propio, como lo percibe Proust, es un caso especial de la función referencial y esta especialidad le da la flexibilidad suficiente para llevar a cabo la función tan monumental que, como veremos, le asigna Proust en su novela.

El primer axioma de la teoría proustiana del nombre propio es: el nombre del lugar (“Balbec”) toma el lugar del objeto tangible (Balbec). Es la técnica que utiliza el narrador para establecer la función evocativa, sustraerla de los accidentes de la “memoria involuntaria” surgida de la sensación pasajera, para volver a traer ante sí los sueños del Atlántico de Balbec o los sueños de Italia:

“Y para hacerlos revivir, bastábame con pronunciar esos nombres: Balbec, Venecia, Florencia, en cuyo interior acabé por acumular todos los deseos que me inspiraron los lugares que designaban. Aunque fuera en primavera, el encontrarme en un libro con el nombre de Balbec bastaba para darme apetencia del gótico normando y de las tempestades…”[3]

Pero ese objeto tangible no es un lugar localizado en un mapa, ni siquiera es una de las paradas en un itinerario de trenes: “el Balbec de verdad”[4] es la tempestad + la iglesia gótica de estilo persa. Nada más. Dice el narrador:

“…como los nombres no son muy grandes, todo lo más que yo podía guardar en ellos eran las dos o tres ‘curiosidades’ principales del pueblo, que se yuxtaponían sin intermedio… Acaso la simplificación de estas imágenes fue motivo del imperio que sobre mí tomaron.”[5]

Para Proust, el nombre propio es, primero que nada, la clave de la evocación de otros tiempos/espacios. Como la reminiscencia, por pertenecer al mundo referencial (real), no puede pasar a ser una unidad del discurso, Proust recurre al nombre propio para llevar a cabo esta labor de transubstanciación del mundo en lenguaje. Es su propio “Hágase”, su Fiat demiúrgico.

Según Roland Barthes, el nombre propio dispone de propiedades que el narrador de la Recherche atribuye a la reminiscencia: su poder de esencialización, ya que identifica a un sólo referente, lo destila; y el ser una cita, ya que, al ser proferido, el nombre convoca todo lo que se sume en él.[6]  Ahora bien, lo que ostenta el argumento de Barthes es la capacidad de significación del nombre propio, idea que no toda la literatura lógica de nuestro siglo comparte.[7] Ya John Stuart Mill, en su libro A System of Logic[8], y otros importantes filósofos después de él[9], habían advertido que los nombres propios no tienen sentido; no definen el objeto, no predican nada; no denotan ni connotan.

MauriceUtrillo, "Vista de Pontoise" (1912).

Maurice Utrillo, “Vista de Pontoise” (1912).

Vale señalar, con John Searle en su libro Speech Acts, que no tenemos definiciones para los nombres propios, y que es característica básica de éstos el que se usen para referirse al mismo objeto en diferentes ocasiones.[10] Dice Searle:

“Si nos preguntamos por qué tenemos la institución del nombre propio, parte de la contestación es que necesitamos un recurso conveniente para realizar referencias identificantes a los objetos a los que nos referimos comúnmente, cuando estos objetos no están presentes.”[11]

En su exploración del nombre propio como uno de los problemas de la referencia, Searle reseña también, y parece compartir, la idea de Gottlob Frege según la cual el nombre propio contiene el “método de presentación” que identifica a su referente, por lo que se trata de una “descripción identificante”. El sentido del nombre propio reside en esta identificación. Los nombres propios no se usan para describir o especificar características de objetos, aunque guardan relación con las características del objeto al cual se refieren: una relación muy relajada. De hecho, si pudiéramos decir que los nombres propios tienen sentido, el mismo no podría ser más que impreciso.[12]

Searle concluye su argumento así:

“La singularidad e inmensa conveniencia pragmática de los nombres propios en nuestro lenguaje radica precisamente en el hecho de que nos permiten referirnos públicamente a objetos sin tener que plantearnos problemas y llegar a acuerdos en cuanto a cuáles características descriptivas exactamente constituyen la identidad del objeto. Operan no como descripciones, sino como ganchos de los cuales colgar las descripciones. Por lo que el relajamiento [looseness] de los criterios de los nombres propios es una condición necesaria para aislar la función referencial de la función descriptiva del lenguaje.”[13]

Esta característica de gancho que tiene el nombre propio, ese constituir una categoría vacía, por decirlo así, disponible, que Barthes y otros semiotas como Eco[14] rechazan, es lo que permitió, precisamente, la hipersemantización del nombre proustiano de que nos habla con tanto tino el mismo Barthes. Si el nombre propio singificase, no hubiera podido Proust utilizarlo como lo utilizó. La libertad del narrador proustiano estriba específicamente en su capacidad para expandir los nombres propios, adjudicándoles más y más propiedades y atributos, quitándoselos luego… reconsiderándolos, mutilándoles, recuperándolos, siendo todos ellos personales e intransferibles a la experiencia ajena del Otro, ya que, como nos advierte el mismo Proust, los sueños, y los recuerdos, son intransferibles entre las personas.[15]

La frase proustiana para introducir la operación de un nombre propio será una variante de “para mí, el nombre de ***** significa (evoca, parece, sugiere, es, etc.)”. Esto no se puede hacer con los nombres comunes como silla, mesa, abeja, ventana, porque éstos no aíslan, no esencializan el objeto al que se refieren.

Por otro lado, el nombre propio proustiano es transformador:

“Pero si esos nombres propios absorbieron para siempre la imagen que yo tenía de esas ciudades, fue a costa de transformarlas, de someter su reaparición en mí a sus leyes propias; de modo que esa imagen ganó en belleza, pero también se alejó mucho de lo que en realidad eran esas ciudades…. y así aumentando los arbitrarios goces de mi imaginación, agravaron la decepción futura de mis viajes.”[16]

Porque el nombre propio encierra el goce de la imaginación y predice el rudo golpe de la desilusión ante el choque con la realidad. Y es que Proust quisiera recorrer en una sola dirección el puente del que hablamos al principio. Por lo tanto, y ya lo decía Proust en Contra Sainte-Beuve, el nombre es anterior al conocimiento[17], aunque, tengo yo que añadir, se despliegue durante o después de él, y hasta lo desplace:

“…cada cual [de los lugares] se me aparecía como un desconocido esencialmente diferente a los demás, anhelado por mi alma, que sacaría gran provecho de conocerlo bien. ¡Y qué individualidad aún más marcada tomaron al ser designados con nombres, con nombres que eran para ellos solos, con nombres como los de las personas!”[18]

De hecho, en la obra proustiana, el nombre propio abole la frontera entre personas y lugares, obras de arte, sensaciones, recuerdos, épocas. Les disuelve la piel. Barthes lo vé como “una monstruosidad semántica.”[19]

Pero la teoría sobre el nombre propio expuesta por el narrador en “Noms de pays” no agota ni da cuenta de o hace justicia cabal a la multiplicidad de usos que se le da a dicha función referencial en la Recherche. Lo que sigue es una lista comentada de estos usos a través de Du côté de chez Swann:

A. El nombre propio crea una relación entre persona, lugar y tiempo; localiza (en tiempo y espacio) a las personas y personifica los lugares y los tiempos

Dice Proust en Contra Sainte-Beuve:

“Todavía constituye uno de los grandes encantos de las familias nobles el que parezcan afincadas en un confín de tierra particular, que su nombre, que siempre es el nombre de un lugar, o el nombre de su castillo (que muy a menudo es el mismo), dé enseguida a la imaginación la sensación de residencia y el deseo del viaje. Cada apellido noble contiene en el espacio coloreado de sus sílabas un castillo…”[20]

Pierre-Auguste Renoir, "Paisaje veraniego" (1875).

Pierre-Auguste Renoir, “Paisaje veraniego” (1875).

Más adelante, añade:

“…todo aquello que está en las posesiones del señor [feudal], puebla su nombre.”[21]

Ya en la Recherche estos conceptos están más sutilizados, corren más profundos. Aunque esta relación nombre-lugar es más esperada y sencilla en un nombre como Guermantes, va a ocurrir también con los demás nombres, y la relación va a correr persona / lugar, pero también lugar / tiempo; tiempo / persona.

“¡Y qué individualidad aún más marcada tomaron al ser designados con nombres, con nombres que eran para ellos solos, con nombres como los de las personas!… Pero lo que nos presentan los nombres de las personas —y de las ciudades que nos habituamos a considerar individuales y únicas como personas— es la imagen confusa que se extrae de ellas…”[22]

Tenemos un ejemplo dramático en “Noms de pays”. Ese “lugar aburrido” que era para el narrador los Campos Elíseos, donde sus sueños “no tenían a dónde acogerse”[23], se transforma una vez se pronuncia el nombre de Gilberte. Este suceso es importante aquí por la minuciosidad con la que Proust le permite al narrador el crear su primer “pays” desde cero, por decirlo así. Antes de la presencia de Gilberte, este lugar blanco, invernal, es una especie de tabula rasa donde los sentidos no percibían nada. La idea del frío entumecedor abona a este comentario, ya que, con el frío, los sentidos están “apagados”. El nombre de Gilberte pasa junto al narrador despertando sus sentidos:

“…formando, celeste pasajera…, una nubecilla de precioso color, como esa que está, toda bombeada, flotando sobre un hermoso jardín de Poussin, y que refleja minuciosamente, como nube de ópera, llena de carros y caballos, una apariencia de la vida de los dioses— en fin, echando sobre aquella pelada hierba, en el sitio donde ella estaba (un trozo de césped marchito…), una franjita maravillosa, de color de heliotropo, impalpable como un reflejo y superpuesta como una alfobra…”[24]

Más adelante el narrador nos dice mientras que espera la llegada de Gilberte:

“… y con esa espera era mucho más grande la emoción de que se revestían no sólo los Campos Elíseos enteros y el espacio de la tarde, como vasta extensión del tiempo que a cualquier momento podría revelarme, en un punto cualquiera de ella, la aparición de la imagen de Gilberte…”[25]

Los lugares de Proust se ven constantemente personificados, erotizados por el narrador:

“…yo volvía, como sobre una melodía, sin hartarme, sobre aquellas imágenes de Florencia, de Venecia y de Pisa, que despertaban en mí un deseo tan hondamente individual como si hubiera sido un amor, amor a una persona…”[26]

Los nombres de los dos lados: el lado de Swann y el lado de los Guermantes, son posiblemente la manifestación más significativa en la novela de este fenómeno de “confusión” entre nombres, personas y tiempos. No sólo la infancia del narrador se llama Combray, sino que se llama Swann, incluye a París, y termina con la pubertad y la primera experiencia erótico-amorosa, que a su vez transforma a los Campos Elíseos en un “lugar”. Tenemos que decir, con Genette:

“En Proust … los lugares son activos, se adhieren a los personajes, penetran en la trama de la novela que siguen de página en página, sin cesar recordados, reintegrados, reinvestidos, siempre presentes todos a la vez…”[27]

Otra variante interesante de esto se ve en el uso de los nombres de personas y lugares como epítetos. Al unirse al nombre de un lugar o una persona, los nombres propios nos marcan una época: el narrador habla del Swann de Combray, del Swann de París. También se habla del Swann de Odette, etc. Al cambiar la época con la que se relaciona el nombre propio de la persona, el nombre se percibe como nuevo, o más bien, aumentado, calcando el “aumento” en lo que las personas significan para el narrador, lo que representan para él.[28]

B. Los nombres identifican algunos personajes del mismo modo que en la onomástica novelesca tradicional.

Ejemplos son Legrandin, que podría ser “el gran asno” y, tal vez, Montjouvain, que podría ser un juego con “mi juego vano (malo)”, o “mis delicias”, o “mi juventud”, o “mis placeres vanos”, o todas las anteriores. Oriane, el nombre de Mme de Guermantes, tendría en su raíz el oro de su cabello rubio, así como el amarillo de la landa y del castillo de Genoveva de Brabante.

Pierre-Auguste Renoir, "Verano" (1868).

Pierre-Auguste Renoir, “Verano” (1868).

Los nombres encierran, como tantos otros nombres en la onomástica novelesca tradicional, alusiones literarias variadas. El nombre de Oriane alude probablemente Oriana, la Sin Par, amada por el Doncel del Mar, Amadís de Gaula.[29] Esta alusión trae a la Recherche el universo de las novelas de caballería, unido a todo el trasfondo noble feudal de Oriane, duquesa de Guermantes.

C. El nombre propio es un relato.

El ejemplo más sencillo de este uso se encuentra en las etimologías de los nombres de las tierras de la Normandía que nos menciona el cura durante una de sus visitas a la tía Léonie:

“‘Roussanville no es hoy día más que una parroquia de campesinos, aunque en tiempos pasados tomara mucho impulso esa localidad… (Por cierto que no estoy seguro de la etimología de Roussanville. Me inclino a creer que su nombre primitivo era Rouville (Radulfi villa) como Châteroux (Castrum Radulfi), pero ya hablaremos de eso otra vez)’” p. 130.

Siguiendo el modelo de las etimologías que encierran en un nombre la historia de un lugar, puede decirse que Proust usa el resto de los nombres propios en su novela de la misma forma, adjudicándoles capas de significado que corresponderían a las etimologías mencionadas. Según Barthes,

“…cada nombre contiene varias “escenas” surgidas primeramente de una manera discontinua, errática, pero que solicitan federarse y formar así un pequeño relato.”[30]

Es curioso, sin embargo, que Barthes no mencione para nada las etimologías en Proust, que son, me parece a mí, el origen de este uso del nombre propio.[31]

D. El nombre propio es tótem

De Genoveva de Brabante al resto de su familia hay un hilo que es su nombre: Guermantes. El borrador de los Guermantes que aparece en Contra Sainte-Beuve encierra ya la teoría proustiana del nombre, y casi podría decirse que fue ese nombre, Guermantes, el primero, el que fundó la teoría:

“Si yo pudiese liberarlo delicadamente de la usura de la costumbre y volver a ver en su frescor primero este nombre de Guermantes, cuando únicamente mi sueño le prestaba su color, encararlo a esa Mme de Guermantes que yo conocí y cuyo nombre significa para mí ahora la imaginación que su conocimiento materializó, es decir, destruyó… Mme de Guermantes estaba igualmente formada de la sustancia toda color y leyenda que yo veía al pronunciar su nombre.”[32]

Al comienzo de Du côté de chez Swann:

“El castillo [de Genoveva] y la landa eran amarillos, y yo no necesitaba verlos para saber de qué color eran, porque antes de que lo mostraran los cristales de la linterna ya me lo había anunciado con toda evidencia la áureo-rojiza sonoridad del nombre de Brabante.”[33]

Y más adelante:

“… pero cuando pensaba en ellos me los representaba […] envueltos siempre en el misterio de tiempos merovingios y bañándose en una puesta de sol en la anaranjada luz que emana del final de su nombre, de esa sílaba “antes”… su persona ducal se distendía desmesuradamente, se inmaterializaba, para abarcar a ese Guermantes de su título, a todo ese “lado de Guermantes” tan soleado.”[34]

Vale aquí mencionar los comentarios de Levi-Strauss[35] sobre el uso del nombre propio y las relaciones de parentesco: El nombre propio es una marca de identificación que confirma la pertenencia del individuo a quien se nombra a una clase preordenada (grupo social dentro de un sistema de grupos, rango natal dentro de un sistema de rangos). Realmente, en esta situación, no se nombra sino que se clasifica. Y en la medida en que se utiliza la palabra “Guermantes” para designar una clase lógica como podría ser una familia, un código de conducta, una visión de mundo, una historia, y hasta para aplicárselo a objetos, lugares o personas que gozan de ciertos rasgos, podemos decir que asistimos al proceso de transformación de un nombre propio en un nombre común.

Pierre-Auguste Renoir, "A la orilla del mar" (1883).

Pierre-Auguste Renoir, “A la orilla del mar” (1883).

E. El nombre propio es tabú

Lo mágico y lo religioso andan por la Recherche como por su casa. Como “palabra mágica”, el nombre propio tiene por lo menos las siguientes funciones:

1. El nombre propio es el instrumento de invocación del daemon

Por un lado, la invocación del nombre sagrado del daemon protector[36] debilita/vence al enemigo.[37] El ejemplo más jocoso es la mención del nombre de Guermantes a Legrandin:

“‘¿Conoce quizás a las señoras del castillo de Guermantes?” […] ante aquel nombre de Guermantes vi abrirse en los ojos de nuestro amigo una pequeña muesca oscura, como si lo acabara de atravesar una punta invisible… Sus ojeras se ennegrecieron y se agrandaron. Y la boca, plegada en una amarga arruga, se recobró antes, sonrió, mientras que el mirar seguía doliente, como el de un hermoso mártir que tuviera el cuerpo erizado de flechas. ‘No, no las conozco’, dijo…”[38]

Con este suceso se pone de manifiesto el esnobismo de Legrandin, la falla mayor en el mundo proustiano, porque signa la falta absoluta de autenticidad, de esencia.

Por otro lado, la invocación del nombre (daemon) del objeto, nos da poder sobre él:

“…le dije, ‘¿Conoce usted a las señoras del castillo de Guermantes?’; y sentía una especie de felicidad, porque al pronunciar aquel nombre adquiría como una especie de dominio sobre él, por el solo hecho de extraerle de mis sueños y darle una vida objetiva y sonora.”[39]

Este uso lo vemos en las escenas en que Swann menciona el nombre de Odette, hace que otros lo mencionen, etc. Lo mismo con el narrador cuando menciona el nombre de Gilberte o de Swann y hace que sus padres también los mencionen. Por ejemplo: “Todas las raras seducciones que para mí adornaban el nombre de Swann las encontraba cuando ellos le pronunciaban.”[40]

El nombre reificado como objeto de magia que puede usarse para la invocación está postulado también la primera vez que el narrador vé a Gilberte:

“Y pasó por junto a mí ese nombre de Gilberte, dado como un talismán, con el que algún día quizás podría encontrar a aquel ser que, por gracia suya, ya se había convertido en persona…”[41]

No cabe duda, además, de que la palabra “Combray”, la primera que aparece en Por el camino de Swann, invoca toda la memoria del lugar, las personas, los tiempos, que iremos viendo desarrollarse de ahí en adelante.

2. El nombre propio marca el rito iniciático

Antes de entrar a considerar este aspecto, deseo recordar algunos pasajes significativos de La rama dorada de James George Frazer. Su discusión del nombre propio se encuentra en el capítulo titulado “Palabras tabuadas”:

“Incapaz de diferenciar claramente entre las palabras y los objetos, el salvaje imagina, por lo general, que el eslabón entre un nombre y el sujeto u objeto denominado no es una mera asociación arbitraria e ideológica, sino un verdadero y substancial vínculo que une a los dos de tal modo que la magia puede actuar sobre una persona tan fácilmente por intermedio de su nombre como por medio de su pelo, sus uñas o cualquiera otra parte material de su persona. De hecho, el hombre primitivo considera su nombre propio como parte vital de sí mismo y, en consecuencia, lo cuida… [L]os hombres, mujeres y niños, además de su nombre personal, que es de uso corriente, tienen otro nombre que es secreto o sagrado que les es conferido por sus mayores poco después de su nacimiento y que sólo conocen los miembros totalmente iniciados del grupo… [Por ejemplo, cada egipcio recibía dos nombres conocidos respectivamente como el nombre verdadero y el nombre ‘onomástico’, o el nombre grande y el pequeño; mientras que el ‘onomástico’ o pequeño era público, el verdadero o grande se ocultaba cuidadosamente.”[42]

Pierre-Auguste Renoir, "Camino en el bosque".

Pierre-Auguste Renoir, “Camino en el bosque”.

El nombre propio, en su función mágica o sagrada, marca varios ritos iniciáticos en la Recherche.

(a) El primero y más obvio es el que marca el comienzo de la intimidad sexual/erótica, como cuando Swann le da a Odette no solamente una nueva imágen, la de un personaje de un cuadro de Boticelli, sino un nuevo nombre, un nombre secreto: Céfora. Dentro de la categoría de nombres “sexuales” tal vez podríamos incluir también los “noms de guerre”, o nombres de batalla, que se utilizan para referirse a las mujeres, similares a (como era) Odette, que “desfilan” por el Paseo de las Acacias al final de la tercera parte:

“Me habían dicho que en aquel paseo podría ver a muchas elegantes que, aunque no todas eran casadas, solían nombrarse cuando se nombrara a la señora de Swann, pero, por lo general, con su nombre de guerra; sus nuevos nombres, cuando los tenían, no eran más que una especie de incógnito que los que hablaban de ellas tenían buen cuidado en quitarles para que se supiera a quién se referían.”[43]

Madame Swann es la reina del Paseo de las Acacias. Dice el narrador que hasta los que no conocen a Odette sienten al verla “una impresión rara y excesiva”. Se preguntan quién es:

“‘¿No lo sabe usted? La señora de Swann. ¿No cae usted? Odette de Crécy.’”[44]

(b) El ejemplo más llamativo del nombre mágico secreto es el nombre del narrador. Este, que nunca conoce el lector durante Du côté de chez Swann, se “pronuncia”[45] una sola vez, y, en el momento en que se pronuncia,  marca el paso del narrador desde la infancia hacia la pubertad. En los ritos sociales, se trata de la transición de lo público a lo íntimo, del usted al tú:

“‘Sabe usted, puede llamarme Gilberte, yo, por lo menos, le voy a llamar por su nombre de pila, porque es más cómodo’. Sin embargo, aún siguió por un momento llamándome ‘usted’, y cuando yo le dije que no cumplía su promesa, sonrió y compuso una frase como esas que ponen en las gramáticas extranjeras sin más finalidad que el hacernos emplear una palabra nueva, y la remató con mi nombre de pila. Y acordándome luego de lo que entonces sentí, he discernido en ello una impresión como de haber estado yo mismo por un instante contenido en su boca, desnudo, sin ninguna de las modalidades sociales que pertenecían, no nólo a mí, sino a otros camaradas suyos, y, cuando me llamaba por mi apellido, a mis padres, modalidades que me quitó y me arrancó con sus labios.”[46]

Cuando el narrador y Gilberte intercambian sus nombres de pila, cuando se tienen sus nombres respectivos en sus bocas, es como si tuvieran su primera relación sexual. En una próxima escena, el narrador tiene ya la “edad del juicio”, edad suficiente para ir a mirar a las mujeres al Paseo de las Acacias, y hasta galantear a Mme. Swann, como van otros hombres a ese lugar a participar en el rito del flirt.[47]

F. El nombre propio es “ayudamemoria”

Aunque tenemos que coincidir con Deleuze en que el tema de la Recherche es “Marcel deviene escritor”[48] y no la recuperación del tiempo (de los sucesos acontecidos) como ostenta el título de esta obra, no hay duda de que la memoria juega un papel fundamental, como contenido y como método, en la estructuración del relato.

El argumento lo propone Barthes, aunque no llega a elaborarlo por completo en su ensayo “Proust y los nombres”. Baste la siguiente cita suya para lanzar el tema:

“La onomástica proustiana se presentará a tal punto organizada que parecería constituir el comienzo definitivo de la Recherche: poseer el sistema de los nombres era para Proust, y es para nosotros, poseer las significaciones esenciales del libro, la armadura de sus signos, su sintaxis profunda.”[49]

¿Y por qué esta estructura tan vigilada, a base de nombres? En una obra cuya vastedad había concebido Proust desde escribir la primera letra, el autor necesitaba de algún elemento mínimo que le ayudara a marcar los temas, los sucesos, los órdenes de estos acontecimientos. Necesitaba de una taquigrafía que le facilitara el trabajo, los mojones en el largo camino. Como hemos podido observar en los diferentes usos del nombre propio, decir “Combray” tiene el mismo efecto para el narrador que saborear la madeleine. Dentro del nombre de ese espacio que es Combray se encuentra la infancia, las personas que poblaron ese tiempo y ese espacio. Lo mismo ocurre con los demás nombres.

Proust los usa, pues, como una mnenotecnia. Me parece útil recordar algunos comentarios de Frances Yates sobre el arte de la memoria:

“No es cosa difícil entender los principios generales de la mnemónica. El primer paso es imprimir en la memoria una serie de o lugares. Por lo común… se emplea como sistema de lugares mnemónico el tipo arquitectónico… A las imágenes por las que el discurso se ha de recordar … se las coloca dentro de la imaginación en los lugares del edificio que han sido memorizados. Hemos de pensar en el orador antiguo como desplazándose, en su imaginación, a través de su edificio de la memoria mientras hace su discurso, sacando de los lugares memorizados las imágenes que ha alojado en ellos. El método asegura el orden correcto en que se han de recordar los puntos, ya que la secuencia de los lugares dentro del edificio fija el orden… El arte de la memoria es como un alfabeto interno.”[50]

No es raro que, como introducción al primer episodio mnemónico de la Recherche, la taza de té y la madeleine, el narrador se refiera al “edificio enorme del recuerdo.”[51] Siguiendo este razonamiento, no es inesperado que, al final de su narración, cuando ya la vocación y el Libro están en el umbral de tomar forma y manifestarse, el narrador compare su trabajo con la construcción de una iglesia, de una catedral.[52]

Claude Monet, "Catedral de Rouen al Mediodía" (1894).

Claude Monet, “Catedral de Rouen al Mediodía” (1894).

La función mnemotécnica en Proust está presente no solo en su imagen de la novela (y su memoria) como “edificio”, sino en detalles menos abarcadores como los mapas y los itinerarios de tren. Si en más de una ocasión el narrador, y Swann antes que él, le dedican horas a examinar mapas de París, de la Normandía, de Oriente, a la secuencia de los sistemas neumáticos de correo, la secuencia en que el ser amado recorre los restaurantes, las tiendas, la ruta que sigue su barco, etc., es para establecer las rutas y localizar las paradas por sus nombres, memorizarlo todo como un mantra que se usa para invocar al ser amado y recordar la posesión. Y no solamente son la invocación de la Odette o la Gilberte ausentes, o de las experiencias que aún no se conocen, sino que son la promesa del conocimiento y de una vida más plena en ese otro lugar tan misterioso, sea Egipto o las calles en que habitan los esposos Swann, donde se desarrolla la vida incógnita de la amada.

Y no sólo operan estos nombres como los ayudamemoria del narrador y del autor. También ayudan los nombres al lector, que podría “releer” la Recherche completa con sólo convocar los nombres que la novela encierra y en los cuales se apuntala. Yo he comprobado la experiencia: hace dos meses, reconstruí mi lectura primera de Proust siguiendo la ruta trazada por los nombres.

Resumamos. Si, al comenzar el episodio de la madeleine, el narrador nos habla de cómo el olor y el sabor soportan el edificio del recuerdo, ¿por qué ha de sorprender al lector que sea el nombre, esa parte del Otro que podemos sostener en la boca y degustar, el que convoque el recuerdo? El nombre propio es el puntal de la novela, el que marca las secuencias significantes, cuyo descubrimiento comprueba la vocación del escritor Proust, del narrador Marcel, y de la lectora Lilliana Ramos Collado. Claro está, como nos dice Barthes, “[e]l novelista posee la libertad (pero también el deber) de crear nombres propios, inéditos y ‘exactos‘ a la vez…”[53], y creo que la enumeración anterior basta para comprobar la minuciosidad con que Proust ha escogido y ha laborado con sus nombres.

II. La infancia se llama Combray
huele a soleada cadencia
     y sabe a té

“La palabra no tiene significado preciso. Es un camaleón que nos muestra matices y aún colores distintos.”
Iuri Tinianov, El problema de la lengua poética

“A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu: voyelles,
Je dirai quelque jour vos naissances latentes:”
Arthur Rimbaud, Voyelles

“Como largos ecos que de lejos se confunden
en una tenebrosa y profunda unidad,
vasta como la noche y como la claridad,
los perfumes, los colores y los sonidos se responden.”
Charles Baudelaire, Correspondencias

Ya dijimos que el nombre propio proustiano es un todo-en-uno: un Aleph. Pero aún no hemos hablado de cómo dice lo que dice.

En Proust, el nombre no lleva su cosa a cuestas, sino que lleva la sensación o las imágenes que la cosa suscita. Cuando de la sensación se trata, el nombre manifiesta su contenido mediante la sinestesia.[54] Y cuando de imágenes se trata, Proust recurre a la metáfora. Y no es que sinestesia y metáfora sean soluciones deslindables de forma clara y distinta, Escila y Caribdis en el maremagnum del texto proustiano. La correspondencia sinestésica puede expresarse bien por una sustitución (Combray por infancia, por ejemplo), y entonces ofrece la misma estructura formal que la metáfora (relación por similitud de sentido); o bien por la simultaneidad de órdenes sensoriales distintos, como solemos conocerla.

Sabemos que la relación entre una vocal y un color es puramente individual y arbitraria. Se fundamenta en asociaciones cuya motivación, inclusive en el texto literario, no es cierta o clara. “La sinestesia ocurre en el plano de la percepción, anterior a la actividad lingüística,”[55] nos dice Michel Le Guern. Cualquiera puede cambiar las asociaciones. Aunque, como atinadamente comenta Le Guern[56], no hay que olvidar que el escritor tiene la posibilidad de familiarizar a su lector con un sistema de correspondencias que será la marca de su universo particular. Dice el narrador de la Recherche:

“… lo que nos presentan los nombres de las personas —y de las ciudades…— es una imagen confusa que extrae de ellas, de su sonoridad brillante o sombría, el color que uniformemente las distingue… El nombre de Parma, una de las ciudades donde yo más deseo tenía de ir, desde que había leído La Cartuja, se me aparecía compacto, liso, malva, suave, y si me hablaban de alguna casa de Parma donde yo podría ir, ya me daba el gusto de vivir en una casa compacta, lisa, malva y suave, que no tenía relación alguna con las demás casas de Italia, porque yo me la imaginaba únicamente gracias a la ayuda de esa sílaba pesada del nombre de Parma [Parme, en francés], por donde no circula ningún  aire y que yo empapé de dulzura stendhaliana y de reflejos de violetas. Si pensaba en Florencia, veíala como una ciudad de milagrosa fragancia y semejante a una corola…”[57]

Camille Pissaro, "Boulevard de Montmartre en invierno" (1897),

Camille Pissaro, “Boulevard de Montmartre en invierno” (1897),

Toda la evocación es sensorial y nos la provoca el nombre desde su sonoridad propia. El próximo ejemplo es aún más elocuente:

“Cómo decidirse por uno de esos nombres? Bayeux, tan alto, con su noble encaje rojizo y la cima iluminada por el oro viejo de su última sílaba; Vitré, cuyo acento agudo dibujaba rombos de negra madera en la vidriera antigua; el suave Lamballe, que en su blancura tiene matices que van del amarillo de huevo al gris perla; Coutances, catedral normanda, coronada con una torre de manteca por su disptongo final, grasiento y amarillo; Lannion, silencio pueblerino, roto por el ruido de la galera escoltada de moscas; Questambert, Pontorson, sencillotes y risibles, plumas blancas, picos amarillos, diseminados en el camino de aquellas tierras fluviátiles y poéticas; Benodet, nombre aguantado por una leve amarra, que parece que se lo va a llevar el río entre sus algas; Pont Aven, revuelo blanco y rosa del ala leve de un sombrero que se refleja temblando en las aguas verdinosas del canal; Quimperlé, muy bien amarrado, que está desde la Edad Media entre arroyuelos, todo murmurante, de color perla como esa grisalla que dibujan a través de las telas de araña de las vidrieras los rayos del Sol convertidos en enmohecidas puntas de plata parda.”[58]

¿Y quién ve una contradicción en que el narrador quiera “mirar y tocar con los órganos de los sentidos lo que fue obra de [su] imaginación”[59]?

Hay que advertir, junto con Le Guern, que la metáfora permite dar nombres a realidades para las que la lengua no tiene un término apropiado. Y si la metáfora permite dar nombre a una realidad que aún no tiene nombre, permite también designar las realidades que simple y sencillamente no pueden tenerlo. Ejemplos famosos de esto son las descripciones metafóricas de la experiencia mística y de la experiencia amorosa. Estas metáforas que se esconden en los nombres son la otra cara del método evocativo de Proust:

“Por lo que hace a Balbec, era uno de esos nombres en los que se veía pintarse aún, como en un viejo cacharro normando que conserva el color de la tierra con que le hicieron, la representación de una costumbre abolida, de un derecho feudal, de un antiguo inventario de un modo anticuado de pronunciar que formó su heteróclitas sílabas…”[60]

Con la sinestesia —reina de la percepción— y la metáfora —reina de las figuras— el nombre propio, pletórico, despliega todo un ambiente: tiempo, sensaciones, personas:

“…porque para mí los nombres no eran un ideal inalcanzable, sino un ambiente real a donde yo iba a hundirme…”[61]

Es el mundo entero en una sílaba, el pasado completo que cuelga de una gota de té.

III. Wanting

“No basta la visión de cuerpo deseado
para satisfacer [al amante], ni siquiera la posesión,
pues nunca logra desprender ni un ápice
de esas graciosas formas sobre las que discurren,
vagabundas y erráticas, sus caricias.”
Lucrecio, De rerum natura, Libro iv

“Un viejo amor ni se olvida ni se deja.
Un viejo amor de nuestra alma sí se aleja
pero nunca dice adiós.”
Alfonso Esparza, Un viejo amor

“El nombre proustiano … puede ser leído solo, en sí, como una totalidad de significaciones …  es decir como una esencia … o si se prefiere, como una ausencia, pues el signo designa lo que no está allí.”
Roland Barthes, “Proust y los nombres”

En inglés, el vocablo wanting funde deseo + carencia. Al comentar el texto de Searle sobre los nombres propios, ya habíamos advertido que éstos se utilizan para nombrar, precisamente, las cosas que no están presentes. Después de todo, a las que están presentes, las podríamos señalar con el dedo y no decir nombre alguno, ya que es redundante nombrar y señalar. Este detalle de su uso lo privilegia como vehículo de la evocación, de la invocación. Lo que es más, el nombre propio, que identifica una ausencia, al convertirse en el recurso retórico de la reminiscencia en la Recherche, señalará siempre hacia el deseo, y por lo tanto —como nos recuerda el Platón de El banquete— hacia la carencia. A través de toda la novela, el narrador nos presentará, bajo múltiples formas, ese wanting.

Claude Monet, "Mar en calma" (1869).

Claude Monet, “Mar en calma” (1869).

Al comienzo de “Noms de pays”, el narrador está rememorando la decoración de las habitaciones en el hotel de Balbec y menciona que los espejos bajos de las estanterías recogen el reflejo del mar, como si fueran “cuadros fugitivos, desarrollando así un friso de claras marinas”[62]. Claro está, para ver las “claras marinas” hay que darle la espalda al mar real, preferir su “ausencia” para admirarlo en su “esencia”. Vemos el interés del narrador en lo que Genette llama la “visión indirecta”[63]. El nombre de Balbec se relacionará entonces con estas vistas marinas reflejadas. Este comentario sobre las marinas de Balbec es un atisbo de la teoría de la reminiscencia proustiana: lo que no se tiene es lo que se desea, lo que se desea y no se tiene es la causa de los sentimientos que, a su vez, darán pie a la imaginación y a la novela.

En uno de sus “aforismos”, dice el narrador:

“Hasta si se mira desde un simple punto de vista realista, ocupan más espacio en nuestra vida las tierras que a cada momento deseamos que aquella en la que realmente vivimos.”[64]

Esas tierras del deseo y de la memoria, como las llamaba también Felisberto Hernández, tienen su itinerario especial para llegar a ellas, como ya comentamos. Cuando ese itinerario de viaje imaginario queda interrumpido por la realidad, el narrador literalmente se enferma, le prohiben el viaje, cualquier emoción fuerte y hasta ir al teatro a ver a la Berma.[65] Confrontado con la posibilidad de ver la realidad de los lugares imaginados, el narrador crea una carencia, suprime la experiencia.

¿Habrá alguna diferencia entre estos boicots continuos que el narrador se inflige a sí mismo, y experiencias tales como los celos, que, precisamente se autoprovocan para crear una carencia y azuzar el deseo, mantener vivo el amor? Lo hace Swann con Odette y lo hizo el narrador al inventar el rechazo a priori de Gilberte en el seto de espinos[66]. Cuando el narrador vuelve a ver a Gilberte en los Campos Elíseos después de muchos años, comenta:

“Aquel nombre de Gilberte pasó junto a mí y evocó con gran fuerza la existencia de la persona que designaba… —llevando a bordo la amistad y las nociones que tenía de la persona a quien la voz estaba encaminada… todo lo que… poseía en su memoria la muchacha, de su diaria intimidad, de sus mutuas visitas, de la vida, desconocida, aún más inaccesible y dolorosa para mí.”[67]

El narrador se interesa en Gilberte precisamente por esa vida íntima que él desconoce y a la cual anhela entrar. Ese anhelo, esa carencia, son los que espolean su imaginación. Ya vimos antes en “Unos amores de Swann” la tortura y el delirio imaginativo que despierta en Swann la otra vida de Odette, que no le importaba antes de desear poseerla, y que, una vez llegan los celos, cobra para él el más doloroso y apremiante interés. Y cuando otra vez se da cuenta de que, aunque sea por conveniencia económica, Odette seguirá recibiéndolo, Swann se obsesiona con el supuesto lesbianismo de ella: él nunca podrá poseer esa otra vida íntima, sexual, de Odette, que por fuerza lo excluye a él porque es hombre. El lesbianismo de Odette no es otra cosa que la garantía de un deseo y una carencia permanentes.

La incapacidad del narrador de disfrutar los momentos en el parque junto a Gilberte emulan la noche del beso en Combray. Allá, esa noche, que pudo haber sido la más feliz de su infancia, se convirtió en la más triste porque, durante toda su duración, el narrador estuvo anticipando el momento en que se separaría de su madre. También emula la noche en que, después de tantas peripecias, Swann logra quedarse con Odette y, en vez de tener una noche de amor, la interroga hasta la tortura sobre sus preferencias sexuales y prácticamente la obliga a rechazarlo.

Sobre los días en los Campos Elíseos, comenta el narrador:

“… esos momentos que pasaba junto a ella [Gilberte], tan impacientemente esperados desde el día antes… no eran, de ningún modo, momentos felices; de lo cual me daba cuenta perfectamente, porque eran los únicos momentos de mi vida a los que yo prestaba una atención meticulosa y encarnizada sin descubrir ni un átomo de placer en ellos.”

Y más adelante:

“… en cuanto me hallaba delante de esa Gilberte Swann… en seguida ocurría como si ella y la chiquilla objeto de mis sueños fueran dos personas distintas… podría estar absolutamente seguro de que la que yo recordaba era exactamente la Gilberte real y de que mi amor por ella era lo que yo iba agrandando poco a poco como una obra que estamos componiendo.”[68]

Antoine Blanchard, "Arc de Triomphe et  Rond Point des Champs Elysées en 1900".

Antoine Blanchard, “Arc de Triomphe et Rond Point des Champs Elysées en 1900”.

El narrador no puede ni disfrutar, en el momento en que ocurre, el que Gilberte haya pronunciado su nombre de pila por primera vez:

“Pero no me fue dable apreciar el valor de estos placeres nuevos en el momento mismo. No venían esos placeres de la muchacha que yo quería… sino de la otra, de la chiquilla con quien yo jugaba, y eran para ese otro yo que no estaba en posesión del recuerdo de la verdadera Gilberte, y que no tenía aquel corazón que hubiera podido apreciar el valor de la felicidad, por lo mucho que la deseaba.”[69]

No hay placer en el presente de la experiencia, sino en la soledad del recuerdo. El deseo, siempre preterido, aparecerá siempre bajo la guisa de la carencia. Ni el narrador, ni Swann antes que él, quieren “prisioneras”. Su felicidad, y la imaginación con la cual podrán “recobrar el tiempo”, dependerán exclusivamente de las “fugitivas”. Así Swann desea a Odette, como luego Marcel deseará a Albertine: disparue.

Las últimas páginas de “Noms de pays” transcurren en el presente narrativo, muchos años después de los sucesos con Gilberte en los Campos Elíseos. Describen la visita del narrador, más bien su retorno, al lugar donde antaño iba a mirar a las hermosas mujeres pasearse. Camina por el Bosque de Bolonia en pleno otoño, estación en que el follaje del bosque exhibe todavía los rasgos del verano y prefigura el invierno. Caminando por este “parque mitológico” —a cuya entrada le llaman la atención las hojas altas de un árbol, llameantes, “como un candelabro incombustible y sin brillo donde arde un cirio en la encendida punta”, y los castaños que elevan hacia el cielo “sus crispados dedos de oro”,[70] y nos hacen pensar en la rama dorada de la Eneida— dice el narrador:

“Y así miraba yo los árboles penetrado de infinita ternura que iba mucho más allá de ellos, que se encaminaba, sin darme yo cuenta, hacia esa maravilla de las mujeres hermosas que se pasean por entre la arboleda unas horas cada día. Iba camino del paseo de las Acacias.”[71]

Pero ya esas mujeres eran mera sombra; las de su presente son “mujeres cualesquiera”, cuya ordinariez excita en él “un apego fetichista a las cosas antiguas… como si nuestra incredulidad actual tuviera por causa contingente la muerte de los dioses”[72]. Al aludir al bosquecillo virgiliano de los mirtos[73] —las “Llanuras del Llanto” de la Eneida, donde todavía gritan las amantes desesperadas, y Eneas encuentra a Dido por última vez y trata de consolarla[74]— el narrador nos expresa la muerte de Eros, porque él no pudo corresponderle en su momento, al igual que Eneas no pudo corresponder a Dido. Con angustia exclama, al sentir en este “cementerio” la carencia y el deseo de todo ese pasado:

“La realidad que yo conocí ya no existía. Bastaba con que la señora de Swann no llegara exactamente al igual que antes, y en el mismo momento que entonces, para que la Avenida fuera otra cosa. Los sitios que hemos conocido no pertenecen tampoco a ese mundo del espacio donde los situamos para mayor facilidad. Y no eran más que una delgada capa, entre otras muchas, de las impresiones que formaban nuestra vida de entonces; el recordar una determinada imagen no es sino echar de menos un determinado instante, y las casas, los caminos, los paseos, desgraciadamente son tan fugitivos como los años.”[75]

En fin, el nombre del deseo es Combray, Swann, Guermantes, Odette, Gilberte, Balbec, Parma, Venecia, Florencia, y tantos otros nombres de personas y nombres de tierras ausentes. Y el nombre de la carencia es, pues, El Nombre, esplendente.


[1] Este ensayo fue originalmente una ponencia leída en un congreso de literatura en 1994 en San Juan, Puerto Rico.

[2] Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, 1. Por el camino de Swann, traducción de Pedro Salinas, Alianza Editorial S.A., Madrid, 1985, págs. 452-453. Todas las citas corresponden a esta edición. He cambiado la traducción sólo en aquellos casos en que ha sido necesario para fines de claridad.

[3] Ibid., pág. 456. Además, Swann le ha comentado al narrador que en Balbec hay una iglesia gótica “que parece una cosa persa” (pág. 453), por lo que ambos elementos, el mar y la arquitectura gótica, estarán presentes en la imagen que el narrador tiene de Balbec.

[4] Ibid., pág. 452.

[5] Ibid., pág. 459.

[6] Roland Barthes, “Proust y los nombres”, El grado cero de la escritura  seguido de Nuevos ensayos críticos, Siglo XXI, México, 1973, pág. 176.

[7] “El Nombre propio es también un signo y no sólamente un índice que designaría sin significar como lo requiere la concepción corriente, de Pierce a Russell. Como signo, el Nombre propio se presta a una exploración, a un desciframiento: es a la vez un “medioambiente” (en en sentido biológico del término), en el cual es necesario sumergirse bañándose indefinidamente en todos los ensueños que comporta, y un objeto precioso, comprimido, embalsamado, que es necesario abrir como una flor.”  Ibid., pág. 177. Como veremos, el argumento de Barthes, es en verdad, un non sequitur, ya que el proceso de identificar y el de significar no son indénticos. El primero comporta los problemas entre el significante y el referente; el segundo, los problemas entre el significante y el significado.

[8] Longmans, Green & Co., Londres, 1936. (El libro fue publicado originalmente en 1843). Citado también en John Searle, Speech Acts: An Essay on the Philosophy of Language, Cambridge University Press, 1977, cap. 4, “Reference as a Speech Act”, y cap. 7, “Problems of Reference”.

[9] Notablemente, Bertrand Russell. Russell distingue entre los “nombres propios ordinarios” (Sócrates o Bismarck, por ejemplo) y los nombres propios lógicos. En el caso de los nombres propios ordinarios, nos dice, enmarcándolos en su discusión sobre la “familiaridad” (acquaintance),  que, salvo para la persona misma que lo lleva (Sócrates, quien, sin duda, estaba familiarizado consigo mismo), el nombre propio es ininteligible. Añade Russell que “[e]n este caso, tiene el uso directo que siempre desea tener, el de simplemente tomar el lugar de cierto objeto, y no de una descripción del objeto”. Russell, Problems of Philosophy,  Oxford University Press, Londres, págs. 44-45, 54. Ahora bien,  una persona que nombra a Sócrates o a Bismarck, y que no está familiarizada con ninguno de los dos, sí está familiarizada con una serie de datos que pueden relacionarse con el cuerpo de Bismarck o de Sócrates. Esta serie de datos constituye una descripción, pág. 55. (Nótese que la descripción no es una definición del objeto, ni constituye un “significado”, en el sentido saussureano del término.)

En cuanto al nombre lógico, nos advierte que el nombre ostensible sólo puede ser un verdadero nombre propio lógico si el mismo no puede ser reemplazado por alguna descripción que transmita el significado que queremos expresar en una proposición atómica. Esto, según Russell, sólo puede ocurrir cuando se utiliza un símbolo para designar ostensiblemente un objeto con el cual estamos familiarizados. La consecuencia de este argumento es clara: “Las únicas palabras que podemos usar como nombres en el sentido lógico son palabras como ‘este’ o ‘aquel’.” Russell, “The Philosophy of Logical Atomism”, en Logic and Knowledge, George Allen & Unwin Ltd., Londres, 1956, pág. 201. Para una discusión sobre el problema del nombre propio en lógica, ver, además de Searle, a Robert J. Clack, Bertrand Russell’s Philosophy of Language, Martinus Nijhoff, La Haya, 1969, págs. 30-36.

[10]  Searle, op. cit., pág. 167

[11] Ibid. págs. 74-75.

[12] Ibid., pág. 170.

[13] Ibid., pág. 172.

[14] Umberto Eco, “Denotación de nombres propios y de entidades puramente sintácticas”, Tratado de semiótica general, Nueva Imagen, México, 1980, págs. 162-167.

[15] Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, 7. El tiempo recobrado, traducción de Consuelo Berges, Alianza Editorial, Madrid, 1970, pág. 333.

[16] Proust, op. cit., pág. 456.

[17] Marcel Proust, “Apellidos de personas”, Ensayos literarios II (Contra Sainte-Beuve), EDHASA, Barcelona, pág. 106.

[18] Proust, Por el camino de Swann, pág. 456.

[19] Barthes, op. cit., pág.178.

[20] Proust, Ensayos Literarios II, op.cit., pág. 104.

[21] Ibid., pág. 107.

[22] Proust, Por el camino de Swann, op.cit., pág. 456.

[23] Ibid., pág. 464.

[24] Ibid., pág. 465.

[25] Ibid., pág. 478.

[26] Ibid., pág. 460.

[27] Gérard Genette, “Proust palimpseste”, Figures I, Editions du Seuil, Paris, 1966, pág. 60.

[28] “Ese nombre de Swann, aunque le conocía yo de antiguo, era para mí ahora un nombre nuevo, como sucede a los afásicos con las palabras más usuales. Y mi alma, aunque siempre lo tenía presente, no podía acostumbrarse a él. Yo lo descomponía, lo deletreaba; su ortografía era para mí una sorpresa.” Proust, Por el camino de Swann, op. cit., pág. 486.

[29] Anónimo, Amadís de Gaula, refundida y modernizada por Angel Rosenblat, Editorial Losada, Buenos Aires, 1968, págs. 31-34. Quizás podría decirse que, con la madeleine (que tiene la forma de una “concha de peregrino”, págs. 60-61), la mención de la cocha incrustada en una de las paredes de la iglesia de Combray (pág. 81) y otras menciones de conchas (en Balbec, cerca del mar, pág. 85) a través de Por el camino de Swann, el narrador nos está haciendo una alusión muy velada a su propia naturaleza marina, que lo emparenta a él, metafóricamente, con este Doncel del Mar quien, a comienzo de la novela anónima, carece de nombre, al igual que el narrador. La alusión a la peregrinación a Santiago de Compostela no está reñida con mi comentario; en fin de cuentas se refieren a épocas de peregrinaciones religiosas medievales, búsqueda de objetos sagrados, el concepto de “quest”, o empresa religiosa o caballeresca.

[30] Barthes, op.cit., pág. 180.

[31] Al hablar de estos nombres de las tierras normandas, se refiere Barthes más bien a la “fonética simbólica” que Proust utiliza para inventar estos nombres “franciens” (la palabra es de Barthes) y cuyas sílabas remiten a un sistema de colores y sensaciones que el narrador ha ido ensamblando desde que comienza la novela.Ibid., págs. 182-183. Y no es que el comentario de Barthes carezca de pertinencia, sino que no va al meollo de la idea de Proust.

[32] Proust, Ensayos literarios II, op. cit., pág. 98. En este ensayo, Proust elabora con bastante minuciosidad el conjunto de rasgos físicos y de personalidad de los Guermantes, sus “birthmarks”. Ya en la Recherche, estos rasgos, más sutilizados dentro de la narración, se utilizan para “reconocer” a los miembros de esta familia: el color del pelo, la tez, la forma de la nariz, su tipo de humor, etc.

[33] Proust, Por el camino de Swann, op.cit., págs. 19-20.

[34] Ibid., págs. 206-207.

[35] Claude Levi-Strauss, “Universalización y particularización”, El pensamiento salvaje, Fondo de Cultura Económica, México, 1968.

[36] Los dióscuros de este “lar” que es la Recherche, son dos: Swann y Guermantes, a cuyos nombres, tiempos y lugares (los caminos) en más de una ocasión el narrador atribuye el carácter de lo sagrado. El que, en Le temps retrouvé, los caminos lleguen a encontrarse, nazca Mlle de Saint-Loup, mitad Swann y mitad Guermantes, y Odette se convierta en una Guermantes por cuenta propia, sólo marca el paso, o más bien, la confusión (merger) de un nombre con el otro, formando “la novela”.

[37]  Angus Fletcher, Allegory: The Theory of a Symbolic Form, Cornell University Press, New York, 1964, págs. 49-51, 156.

[38] Proust, Por el camino de Swann, op. cit., pág. 156.

[39] Ibid.

[40] Ibid., pág. 176, y luego en la pág. 486.

[41] Ibid., pág. 173.

[42] James George Frazer, La rama dorada: Magia y religión, Fondo de Cultura Económica, México, 1969, págs. 290-291. Cito a Frazer por haberse publicado su libro en 1890 y haberse difundido mucho durante el tiempo en que Proust estaba ya trabajando en la Recherche.

[43] Proust, Por el camino de Swann, op. cit., pág. 492.

[44] Ibid., pág. 494.

[45] Presenciamos el acto de la enunciación, pero no escuchamos el nombre.

[46]  Proust, Por el camino de Swann, op. cit., pág. 475.

[47] “… yo me quitaba el sombrero con ademán tan exagerado y tan prolongado, que ella no podía por menos de sonreir.” Ibid., pág. 495.

[48] Gilles Deleuze, Proust and Signs, Georges Brazilier, Nueva York, 1972, pág. 4.

[49] Barthes, op. cit., pág. 187.

[50] Frances A. Yates, El arte de la memoria, Taurus, Madrid, 1974, págs. 15-19.

[51] Proust, Por el camino de Swann, op.cit., pág. 63.

[52] Proust, El tiempo recobrado, op.cit., págs. 404-405.

[53] Barthes, op. cit., pág. 181.

[54] Vale mencionar aquí a dos escritores a quienes Proust recuerda constantemente cuando se refiere a fenómenos sinestésicos, aunque en muchas ocasiones no los nombra directamente: Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud. En su famosa “Carta del vidente” dirigida a Paul Demeny y escrita en 1871, Rimbaud dice: “Je dis qu’il faut être voyant, se faire voyant. Le Poète se fait voyant par un long, immense et raisonné dérèglement de tous les sens.”  Arthur Rimbaud, Rimbaud, Complete Works, Selected Letters, con traducción “en face” de Wallace Fowlie, The University of Chicago Press, 1966, pág. 306.

En su libro A Natural History of the Senses, Vintage Books, New York, 1991, Diane Ackerman recoge comentarios de varios psicoanalistas sobre el fenómeno clínico de la sinestesia en el recién nacido, quien aparentemente percibe su entorno como una mezcla de olores que penetran en su cuerpo mediante todos los sentidos y no solamente por la nariz. “But for some people, the sensory blending never quits… Those who experience intense synesthesia naturally on a regular basis —only about one in every five hundred thousand people— are rare… While it is a small plague to the person who doesn’t want all that sensory overload, it invigorates those who are indelibly creative… Some of the most famous synesthetes have been artists.” pág. 290.

Estos “espacios” proustianos de la sensación, estos “pays”, recuerdan los paraísos artificiales, plenos de sensaciones mezcladas y halucinaciones, de que nos hablaron Thomas de Quincy (Confesiones de un inglés comedor de opio, Alianza Editorial, Madrid, 1984, en donde se describe la exacerbación de los sentidos y la inteligencia mediante el uso del láudano) y Charler Baudelaire (Paradis artificiels: Du vin et du hachisch, comparés comme moyens de multiplication de l’individualité, Charles Baudelaire, Oeuvres complètes I, Gallimard, Paris, 1975, “… le hachisch [causes] dans l’homme une exaspération de sa personalité et en même temps un sentiment très vif des circonstances et des milieux… les sons ont une couleur, les couleurs ont une musique. Les notes musicales ont des nombres, et vous résolvez avec une rapidité effrayante des prodigieux calculs d’arithmétique à mesure que la musique se déroule dans votre oreille… Cette imagination dure une éternité.” págs. 391-393. En Proust podría decirse que es el erotismo (o el onanismo, el sexo con la ausente) la droga que evoca los paraísos artificiales.

[55] Michel Le Guern, La metáfora y la metonimia, Ediciones Cátedra, Madrid, 1978, pág. 59.

[56] Ibid., pág. 56.

[57] Proust, Por el camino de Swann, op.cit., pág. 457.

[58] Ibid., pág. 458.

[59] Ibid., pág. 460.

[60] Ibid., pág. 457.

[61] Ibid., pág. 459. Ver comentario sobre los paraísos artificiales, supra, nota 53.

[62] Ibid., pág. 451.

[63] “… de esta forma, el paisaje natural cobra, por un artificio de la puesta en escena especialmente rebuscado, la apariencia de una obra de arte: la realidad se entrega para su propia representación. Estos espectáculos sofisticados traducen muy bien el gusto de Proust por la visión indirecta, o más bien su marcada incapacidad para la visión directa.” Genette, op. cit., pág. 49.

[64] Proust, Por el camino de Swann, op.cit., pág. 459.

[65] Ibid., págs. 462-463.

[66] Ibid., pág. 172.

[67] Ibid., pág. 465. El episodio es casi idéntico al primer encuentro con Gilberte: “Y pasó junto a mí ese nombre de Gilberte… con todo el misterio de la vida de la que le llevaba… y desplegó bajo la planta del espino rosa, y a la altura de mi hombro, la quintaesencia de su familiaridad, para mí dolorosa, con su vida, con la parte conocida de su vida, en donde yo no podía penetrar.” Pág. 173. La teoría está expuesta aún más temprano en la novela: “Porque creer que una persona participa de una vida incógnita cuyas puertas nos abriría su cariño, es todo lo que exige el amor para brotar, lo que más estima y aquello por lo que cede todo lo demás.” Pág. 125.

[68] Ibid., págs. 472-473.

[69] Ibid., pág. 475.

[70] Ibid., pág. 497.

[71] Ibid., pág. 498.

[72] Ibid., pág. 500.

[73] Ibid., pág. 502.

[74] “No lejos de allí se extienden hacia todas partes
las Llanuras del Llanto; con ese nombre las llaman.
Aquí los que duro amor de cruel consunción devoró
ocultan senderos escondidos y un bosque de mirto
los envuelve; ni en la muerte les dejan sus cuitas.
Por estos lugares distingue [Eneas] a Fedra y a Procris y a la triste
Erifile mostrando las heridas de su cruel hijo,
y a Evadne y Pasífae; Laodamía les acompaña
y Céneo, mozo un día y hoy mujer de nuevo,
vuelta a su antigua figura por obra del destino.
Entre todas ellas la fenicia Dido, reciente aún su herida,
errante andaba por la gran selva; el héroe troyano
[…] llegó a su lado y la reconoció oscura
entre las sombras…”
Virgilio, Eneida, Libro VI, traducción de Rafael Fontán Barreiro, Alianza Editorial, Madrid, 1991, págs. 160-161.

[75] Proust, Por el camino de Swann, op.cit., págs. 503-504.