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Una hermosa jungla de los saberes... el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico.

Un hermoso jardín de los saberes… el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico.

por Lilliana Ramos Collado

En realidad me asombra siempre hablar de nuestra Universidad en crisis. Pensando en la crisis como un acontecimiento aparentemente fortuito, sorpresivo, de causas desconocidas o aterradoras, que provoca incertidumbre y que parece no tener solución lógica o inmediata es, de muchas maneras, soslayar que la crisis vive en la naturaleza misma de la universidad. Como comunidad académica vivimos de la diversidad de disciplinas y de constantes cruces entre ellas, lo cual promueve, deliberadamente, un perenne estado de complejidad sistémica. El potenciamiento de la independencia de criterio, de la tensión entre materias, entre prioridades, entre puntos de vista y entre intenciones, nos pone siempre al borde del caos, y pienso que sin ese constante asomarnos al caos no es posible la universidad. El proceso educativo para adultos que quieran incidir en lo social, que deseen crear nuevo conocimiento o que deseen reinterpretar o dar nueva luz al viejo conocimiento necesariamente crea polaridades entre intereses cada cual igualmente invitado a levantar su cabeza y exigir tarima, a ser escuchado y aceptado. La universidad no es institución de “tolerancia” sino de una laboriosa y retante “aceptación” de las diferencias, y en ese sentido estamos en palestra perennemente abierta. Y suele ocurrir que quien dice que no es escuchado sí lo es, pues lanza su queja en el espacio de la escucha. El turno para hablar es complejo y el reto es no permitir que nadie prepondere y secuestre por sí solo el espacio del habla.

Elementos como la libertad de cátedra y como la libertad de investigación causan una necesaria e inevitable desestabilización en la Universidad: la discusión indispensable entre la propuesta del profesor y la respuesta del estudiante, y entre la propuesta del estudiante y la respuesta del profesor, causan constante tensión, pero ocurre que el conocimiento sólo se pone a prueba si es interrogado, y no vale la pena de otra forma. La dinámica universitaria es compleja en todos sus renglones, y habría que decir que la universidad no se “administra”, sino que se manifiesta en la tensión entre la pluralidad y la “administración”. Por eso el discurso de la “crisis” es perenne en la universidad, pues solemos confundir la idea de crisis con la idea de complejidad. La máquina que llamamos universidad tiene muchas piezas y demasiadas opciones de operación y funcionamiento como para que podamos decidirnos —todos— qué botones accionar y hacia dónde queremos enfilar esta máquina. Por eso, en la Universidad el conocimiento no es una cosa, sino una experiencia, un proceso, pues todos sabemos que nada de lo que se afirme como conocimiento quedará firmemente plantado en el futuro del conocimiento. Por eso la Universidad no se “administra”, sino que encauza la diversidad, con todos los riesgos que eso implica, incluyendo el riesgo de fracasar. Pero lo sabemos: el fracaso también es una gran escuela.

El Teatro del Recinto de Río Piedras recién terminado de construir. Escenario de los saberes...

El Teatro del Recinto de Río Piedras recién terminado de construir. Escenario de los saberes…

La llamada “crisis universitaria” que vivimos hoy no tiene nada que ver con la buena crisis perenne de los saberes y los sujetos que en torno a ella se manifiestan. Es una crisis que tiene que ver con la prioridad que —alegadamente y según sus críticos externos— debe tiene la universidad al usar los chavos del pueblo de Puerto Rico. Siendo la universidad problemática por naturaleza, sospechosa de ineficiencia, y acreedora de tensiones sin término, el problema es validarla de cara a los que no pertenecen a o no conocen la Universidad. En este momento la universidad está rodeada de reclamos de eficiencia puntual, de mecanismos ciertos, de utilidad. Pero lo cierto es que la universidad no está en el lugar de atender esos reclamos de forma literal: nuestra propia naturaleza diversa y dispersa, que se relaciona con el conocimiento —que siempre es diverso y disperso—, hace de la universidad algo que propone más preguntas que respuestas, más tensiones que alivios o medicinas de resultado rápido. La Universidad reconoce que las soluciones que pueda aportar a problemas concretos siempre serán coyunturales, pues está en nuestra naturaleza incluso cuestionar siempre todo aquello que parezca una solución única y rápida.

Nos estamos quedando sin chavos, y eso es un problema pues nos quita recursos para seguir experimentando, conversando, provocando disensos indispensables para alcanzar nuevas soluciones coyunturales a los retos del país. Probablemente perderemos dinero para viajes o para comprar libros para las bibliotecas, tendremos que consolidar programas con pocos estudiantes, incluso consolidar recintos y perder plazas docentes y puestos administrativos. Pero también a lo mejor debemos traer más estudiantes, cambiar la forma de organizar las clases, quizás eliminar muchos puestos innecesarios ocupados por catedráticos pero dedicados a una burocracia banal e innecesaria. Lo cierto es que la pobreza o la riqueza de las universidades no está necesariamente predicada en su riqueza material, sino en las voluntades que aquí se reúnen para chocar y para provocar la chispa de un conocimiento producto de la pluralidad y dirigido a un país plural.

Nuestra Universidad ha sido pobre siempre. Quizás debamos comenzar a hablar de nuestras prioridades de cara a nosotros mismos y al país como binomio indisoluble. Tenemos que batallar nosotros por ella y explicar mejor lo que ella es, y tenemos que hacerlo con un poco más de realismo y menos arrogancia en cuanto a nuestra titularidad y legitimación, ninguna de las cuales es absoluta. Nuestra universidad es pública, y eso no lo podemos olvidar.

Hay que cultivar nuestro propio jardín.

Jardín Botánico de la Universidad de Puerto Rico. Ya lo dijo Voltaire: “Tenemos que cultivar nuestro propio jardín” para el bien de todos.

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