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por Lilliana Ramos Collado

“Es posible obtener una imagen que resista
toda prueba gracias a lo que tenga
de definitiva, de justa.” —René Magritte

Como la pintura, la fotografía inventa. Del lado de acá, quizás haya prometido realidad, pero le vemos a veces la intención de travestirse en otra cosa, más allá de darnos la ilusión. Reconocemos en la foto algún rasgo de verdad que nunca desmiente su voluntad de fábula. Es la historia que insinúa la foto lo que nos devuelve al artilugio de una representación. Así, por su cualidad definitiva y justa, tan contraria a lo real, la foto se alza como imagen de otra cosa, de una alusión, de un querer decir lo otro, y de otra forma. La serie fotográfica Desde la otra orilla, de Tari Beroszi, insiste en esto: aquí no hay fotos solitarias: todas son facetas de un concepto: la viajera inmóvil, la paradoja.

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Esta serie convoca metáforas que se espejean en pares infinitos y que anclan y expanden el deseo —detenido—de levar anclas: llegada y partida, irse y quedarse, tierra y mar, cielo y tierra, naufragio y flotación, quietud y movimiento, abrirse y cerrarse, lejano y cercano, sujeto y mundo, orilla y horizonte, figura y materia, sencillez y misterio, lo enorme y lo pequeño, el espacio y el objeto que lo ocupa, el principio y el fin. Formas y objetos conversan entre sí, migran de sus nombres, de sus formas y de sus almas gracias a semejanzas de color —entre el mar, la maleta y el cielo—, de forma —la toalla, el velo, las nubes, la cortina de agua—, de encubrimiento —el velo, el guante de látex, las nubles que tapan el cielo, la tela de la maleta—, de materia —líquido, aire, tela, papel, cristal, látex, piedra—, y su manifestación equívoca al ocupar papeles cambiantes: el cristal como agua o como cielo, la tela como vela de barco, como arena, como red y como vaporizo de nube sobre el horizonte. Interesa la arena regada sobre la valija: quizás se trate del tiempo que se ha escapado del reloj de arena que, como el sol en el centro del atardecer, remeda el horizonte.

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Las fotos, realizadas sin truco alguno, redundan en un circuito amplificante para explicitar, de forma binomial, una esencial reflexión sobre el viaje. No presenciamos aquí una historia en desarrollo, sino un impasse, un sujeto a punto de lanzarse al viaje, o recién regresado de una larga travesía habiendo aprendido que esta orilla es también la otra, pero mirada desde allá. Pues la orilla de partida y de llegada son como el horizonte que siempre retrocederá ante nuestros pasos: uno y el mismo, una y la misma.

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