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por Lilliana Ramos Collado

"... destinada / a relucir, / constelación constante, / redonda rosa de agua, sobre / la mesa / de las pobres gentes." Oda a la cebolla

“… destinada / a relucir, / constelación constante, / redonda rosa de agua, / sobre / la mesa / de las pobres gentes.” Oda a la cebolla

El enigma al que parece buscar solución Neruda en sus tres tomos de Odas elementales[1] tiene que ver, explícitamente, con la justa distribución de las cosas: por un lado, el devolver a las cosas cotidianas su lugar en las vidas de los que no las poseen; por otro, devolverle a las cosas cotidianas su lugar en el lenguaje poético que, como constitutivo de un género literario, suele pasarlas por alto. De modo que la “oda elemental” nerudiana constituye un acto de habla realizado como acto social de distribución igualitaria —si bien simbólica o metafórica— de las palabras y las cosas entre los miembros de la comunidad humana desposeída de palabras y de cosas.

¿Con qué palabras/cosas desplazadas, preteridas o indecorosas[2] Neruda puebla sus Odas? Alimentos humildes (como la papa, la cebolla, el apio, el caldillo de congrio…), los meses del año, días que no son de guardar, aquellas partes del cuerpo que resultan demasiado corpóreas en la poesía (como el cráneo o el hígado, o mi propio ojo —y no el de la amada—), momentos fugaces e irrisorios (como el “día inconsecuente”), las estaciones del año, los útiles o las realidades del escritor (como el diccionario, la tipografía, la crítica, los amados precursores —como Rimbaud o Whitman)… Y cuando se trata de traer a la oda un objeto o asunto exaltado en la poesía tradicional (la luna, las estrellas, el sol, la amada, el mar), el poeta lo acomete con desdoro, quiebra su tradicional belleza, la denuncia, la cuestiona, la vuelve cebolla, apio, mera cosa.

El manifiesto poético que encabeza la primera colección de Odas —titulado “El hombre invisible”— establece con firme claridad su propósito:

… y yo paso y las cosas
me piden que las cante
[…]
todo me pide
que hable
todo me pide
que cante y cante siempre,
todo está lleno de sueños y sonidos,
la vida es una caja
llena de cantos…[3]

En el mundo animista de las Odas, son las cosas mismas las que han elegido al poeta para que las revele. El poeta ocupa el lugar del intérprete de las cosas, encargado de darle lenguaje humano al canto que las cosas entonan de por sí. El poeta asume el canto de las cosas como un acto de dación que, en la poesía tradicional (incluso en la poética nerudiana previa a las Odas), suele estar protagonizado por la “musa” como inspiratio sobrenatural indicadora de la desmesura del poeta vis à vis el resto del género humano. Contrario al poeta tradicional (el “viejo poeta”, según Neruda mismo), el autor de las Odas nos indica que la inspiración —y parafraseo a Carlos Marx— viene del mundo y va hacia el mundo, y sólo atañe a las cosas en su más descarnada y natural naturaleza.

Cornelius Hankins, "Bodegón con papas" (1902)

Cornelius Hankins, “Bodegón con papas” (1902)

En las odas nerudianas, el mundo existe pletórico de cosas que esperan ser cantadas, y el proceso de “cantar” o de nombrar la cotidianidad implica una apropiación que el poeta mismo presentará como un proyecto sistemático mediante su gesto de constituirse como una suerte de diccionario en orden alfabético que no sólo define cada cosa, sino también su lugar y su justo dueño. La alfabetización hace las veces de esfuerzo exhaustivo de nombrarlo todo, e implica también que cada cosa posee un nombre y es de todos conocida por él. En el diccionario de las odas —que el poeta describe como “plantación de rubíes … granero del idioma” (NOE, p. 250)— se encuentran todas las palabras de las cosas, así como en los tres libros de Odas se encuentran todas las cosas nombrables con sus respectivas palabras.

Las Odas de Neruda, ordenadas como un diccionario, constituyen, pues, una “caja llena de cantos” celebratorios por demás (las odas son, según la retórica, cantos celebratorios), que nos devuelven a la utopía ancestral, elemental, que presupone una lengua perfecta, conocida por todos, una lengua que exhaustivamente se refiere a, o señaliza, las cosas que son nuestras, una lengua que, inequívoca, atribuye a las cosas su nombre convencional (en el sentido de ser fruto de un convenio humano) o verdadero (en el sentido de que este nombre expresa la verdad de la cosa), y en la cual nombrar implica poseer colectivamente la cosa, su verdad, su uso y su usufructo.

Utopía de la lengua soñada por el legislador platónico en el Cratilo[4]; reafirmada en la lectura tomista de las Sagradas Escrituras como verdadera historia sagrada y humana[5]; replanteada durante la Ilustración como proyecto abiertamente político en el Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers (mejor conocido como L’Encyclopédie), de Diderot y D’Alembert, retomada en los manifiestos románticos[6] al ser expresada como búsqueda de una especie de justicia lingüística, Neruda la recupera en el acto poético como un acto de habla que nos devuelve a un estado previo a la expulsión del ser humano de lo que yo llamaría el “paraíso de la igualdad”, el illo tempore cuando decir equivalía al gesto de mostrar o señalar, y cuando, por lo tanto, no había problema alguno con significar. Los acuerdos sobre las cosas correspondían a los acuerdos en cuanto a la institución lingüística en la cual las cosas se instalaban en el ser y en el estar de todos.

En las Odas elementales, la voz del poeta, transmutada en escritura y divulgada a los cuatro vientos, es, pues, detentora y trasmisora de propiedad. En ellas, Neruda nos entrega la utopía bajo la guisa del “lugar común” (topos) que todos poseemos y al que todos podemos referimos, signo y referente hermanados. La palabra es la cosa. Decir es dar, atribuir, la palabra y la cosa.

El nombrar colectivo y el poseer colectivamente se alegorizan como modos de apropiación de la vida, de las materias y del lenguaje, como ocurre en la “Oda al edificio”:

"Cemento, hermano oscuro...", Oda al edificio

“Cemento, hermano oscuro…”, Oda al edificio

… extendiendo y puliendo
sube la llamarada construida,
la edificada altura
que creció para el hombre […]
El hombre pequeñito
taladra,
sube y baja,
Dónde está el individuo?
Es un martillo, un golpe
de acero en el acero,
un punto del sistema
y su razón se suma
al ámbito que crece.
Debió dejar caídos
sus pequeños orgullos
y elevar con los hombres una cúpula,
erigir entre todos
el orden
y compartir la sencillez metálica
de las inexorables estructuras.
Pero
todo sale del hombre.
A su llamado
acuden piedras y se elevan muros,
entra la luz a las salas,
el espacio se corta y se reparte.

El hombre
separará la luz de las tinieblas
y así
como venció su orgullo vano
e implantó su sistema
para que se elevara el edificio,
seguirá construyendo
la rosa colectiva,
reunirá en la tierra
el material huraño de la dicha
y con razón y acero
irá creciendo
el edificio de todos los hombres. (OE, pp. 54-55)

Ahora bien, en las Odas, la poética nerudiana no es tan simple. Al poeta le compete cantar las cosas en tanto que éstas han sido hurtadas de las manos de aquellos que, por lo general, han trabajado en su producción y que, por lo tanto, tienen más derecho a nombrarlas y utilizarlas.

… todo el mundo me habla […]
todos pasan y todos
me dicen algo,
y cuántas cosas hacen!
cortan maderas,
suben hilos eléctricos,
amasan hasta tarde en la noche
el pan de cada día,
con una lanza de hierro
perforan las entrañas
de la tierra
y convierten el hierro
en cerraduras […]
y los hombres
quieren decirme,
decirte,
por qué luchan,
si mueren,
por qué mueren… (OE, pp. 11-12)

"Las palabras  son muertas / junto a tu rayo amarillo...", Oda al fuego

“Las palabras son muertas / junto a tu rayo amarillo…”, Oda al fuego

El poema actúa como ocasión de empoderamiento —si bien bajo la forma de una promesa o una profecía—: la comunidad explotada y desposeída obtendrá, en un futuro próximo, plena justicia retributiva al recuperar cada palabra con su cosa a cuestas. No sólo será la cosa restituida a su legítimo dueño, sino que además será restituida a su legítimo uso. La primera oda del primer tomo, dedicada al aire, expresa el programa político de las Odas. El poeta le pide al aire:

No, aire,
no te vendas,
que no te canalicen,
que no te entuben, que no te encajen
ni te compriman,
que no te hagan tabletas,
que no te metan en una botella,
cuidado!
llámame,
cuando me necesites,
yo soy el poeta hijo
de pobres, padre, tío,
primo, hermano carnal
y concuñado
de los pobres […]
aire,
déjate respirar […]
vamos
donde esté floreciendo
la nueva primavera
y en golpe de viento
y canto
repartamos las flores,
el aroma, los frutos
el aire de mañana. (OE, pp. 15-18)

La “Oda al átomo” es, entre otras, un ejemplo elocuente de esta restitución de la utilidad de las cosas:

… el guerrero
te guardó en su chaleco
como si fueras sólo
píldora
norteamericana,
y viajó por el mundo
dejándote caer
en Hiroshima.
[…]
Todos los pájaros
cayeron calcinados.
[…]
[P]onte a nuestro servicio
y en vez de las cenizas
mortales
de tu máscara […]
entréganos
tu sobrecogedora
rebeldía
para los cereales,
tu magnetismo desencadenado
para fundar la paz entre los hombres,
y así no será infierno
la luz deslumbradora… (OE, pp. 29-32)

Lo mismo plantea la “Oda al cobre” (OE, pp. 43-48) y la “Oda a la energía” (OE, pp. 55-58).

Devolver las cosas a su uso legítimo, devolverlas al seno de la humanidad del “todos”, significa devolverles su bondad natural y originaria, su condición rousseauiana de buenas (cosas) salvajes, listas para apoyar la perfectibilidad humana si usadas con honestidad para bien de la comunidad. Rescatar las cosas de su secuestro en las manos de unos pocos que las explotan, las deforman, las pervierten y las hace nocivas para la salud colectiva es el propósito expreso de las odas nerudianas. Y así como las cosas deben recuperar su “inocencia”, las palabras, de regreso al espacio de lo natural, se suman a ellas. Las palabras del poeta se asumen como el lenguaje propio o apropiado de la naturaleza misma.

A ti, fertilidad, entraña
verde […]
yo canto,
yo poeta,
yo, hierba,
raíz, grano, corola,
sílaba de la tierra,
yo agrego mis palabras a las hojas,
yo subo a las ramas y al cielo.
[…]
[S]oy semilla, follaje,
encino que madura,
y entonces todo el día,
toda la noche canto,
sube de las raíces el susurro,
canta en el viento la hoja.
[F]ertilízame […]
dame
la secreta tenacidad de las raíces,
y deja que mi canto
caiga en la tierra y suban
en cada primavera sus palabras. (OE, pp. 64-66)

La historia de las cosas, según las Odas, narra la paulatina sustitución de su valor de uso —su íntima y legítima utilidad para la comunidad humana— por su valor de cambio, que las vuelve, al decir de Marx, fantasmagóricas mercancías o fetiches[7] que se desligan de la mano humana que las produjo y asumen “vida propia”[8]. Neruda no se conforma con reproducir las teorías económicas de Marx en su campaña de igualdad social en tanto equidad en la distribución de las cosas.

"Lomo de buey, pesado / cargador, sistemático / libro espeso...", Oda al diccionario

“Lomo de buey, pesado / cargador, sistemático / libro espeso…”, Oda al diccionario

La poética de las Odas mimetiza o reproduce esta postura: lo que yo llamaría ‘economía lingüística elemental’ que proponen estos poemas —que asumen la cosidad de las palabras mismas— presupone plena igualdad en el reparto del espacio locutorio e igual acceso a los actos de decir y nombrar como actos de producción y uso del lenguaje. Hablar es también un acto de producción y el producto de este acto debe a su vez recuperar su valor de uso por encima de su valor de cambio. El lenguaje debe volver a ser concreto, perder su bruma semántica, su enredo figurado, fantasmagórico. Por eso la parquedad de Neruda en términos de su instrumentario retórico: la preferencia del símil por encima de la metáfora, y el juego constante con literalizar las metáforas que de vez en cuando levantan su borrosa cabeza en estos versos. Neruda propone que sus palabras sean cosas en tanto instrumentos de producción o haberes útiles para la vida humana:

Yo destroné la negra monarquía,
la cabellera inútil de los sueños,
pisé la cola
del reptil mental,
y dispuse las cosas
—agua y fuego—
de acuerdo con el hombre y con la tierra.
Quiero que todo
tenga
empuñadura,
que todo sea
taza o herramienta.
Quiero que por la puerta de mis odas
entre la gente a la ferretería

Yo trabajo
cortando tablas frescas,
acumulando miel
en las barricas,
disponiendo
herraduras, arneses,
tenedores:
que entre aquí todo el mundo,
que pregunte,
que pida lo que quiera. (NOE, pp. 209-210)

Para Neruda, toda palabra debe tener un propósito directamente relacionado con el bienestar humano. Las palabras, nunca fines en sí mismas, serán como martillos o barrenos: herramientas para otra cosa que no sea ser meramente arte. De ahí que el poeta insista en separar, disectar, examinar y replantear aquellas instancias o aquellos escenarios predilectos de la literatura tradicional que le han impedido a la poesía ser herramienta expresiva del cambio social para beneficio del pueblo. Así, el poeta se lamenta de haber dedicado sus versos de juventud, no a la alegría callejera, sino a la tristeza libresca, y distingue así entre la experiencia secundaria que otorgan los libros y la espontánea elación que da la vida experimentada sin mediaciones:

Te desdeñé, alegría.
Fui mal aconsejado.
La luna me llevó por sus caminos.
Los antiguos poetas
me prestaron sus anteojos
y junto a cada cosa
un nimbo oscuro
puse,
sobre la flor una corona negra,
sobre la boca amada
un triste beso. […]
Equivoqué mis pasos
y hoy te llamo, alegría. […]
Hoy, alegría,
encontrada en la calle,
lejos de todo libro,
acompáñame:
contigo
quiero ir de casa en casa […]
No eres para mí solo […]
Voy a cumplir con todos
porque debo
a todos mi alegría […]
[E]s mi deber terrestre
propagar la alegría.
Y cumplo mi destino con mi canto. (OE, pp. 21-23)

Así el amor literario, apasionado y fugaz, surcado por la complejidad de una tradición de tópicos y alejado de la cotidianidad, nada deja sino soledad. Así la estrella, la luna o el sol, no son los astros que gobiernan los cielos alegóricos de estas odas, sino el objeto de un brusco replanteamiento de su simbología y recapturados para la cotidianidad.

Estas “odas transparentes” (NOE, p. 211) lo son porque pretenden estar expresadas por un lenguaje “elemental”, que pretende referirse directamente, como ya vimos, a los objetos rastreros de la cotidianidad, a las materias elementales de las que están hechos, y a las experiencias vitales y epifánicas de la gente común ante los actos de uso o posesión de estos objetos. Se trata de un lenguaje que rechaza la densidad retórica. Sobre la página, la forma del poema afirma una lenta longitud, carente de estructuras de “arte mayor”. Exhibe sus delgadas columnas de palabras que parecen sueltas, enhebradas morosamente para que cada cual que las escucha las entienda con la calmada y morosa prestancia que invita a su posesión.

"En mi país / alambre, alambre...", Oda al alambre de púa

“En mi país / alambre, alambre…”, Oda al alambre de púa

En esta ferretería que es la casa de las odas, el feísmo reina absoluto como estética de la cotidianidad y como triunfo cultural de lo mezquino y humilde sobre lo ampuloso y tradicional. Así, en la “Oda al cactus de la costa”, el pequeño y espinoso espécimen declara sus haberes y echa sus “pétalos milagrosos” opacando el sobrecogedor paisaje marino; permite, alegórico, que el poeta proclame así la moral de su historia:

donde
estés, donde vivas,
en la última
soledad de este mundo,
en el azote
de la furia terrestre,
en el rincón
de las humillaciones,
hermano,
hermana,
espera, trabaja, firme
con tu pequeño ser y tus raíces. (NOE, p. 230)

Sin duda, lo elemental atañe a una especie de pastoril de la igualdad, como ya dije, a aquél illo tempore antes de nuestra caída en la retórica, que aquí sin duda alegoriza nuestra caída en un valor de cambio que, si acá —sobre la página— es el proceso mediante el cual las cosas devienen metáforas, allá —en la fábrica o en el supermercado— es el proceso mediante el cual las cosas devienen mercancía.

(1998)


[1] Pablo Neruda. Odas elementales. Obras II. Buenos Aires, Editorial Losada (1993), pp. 7-204; Nuevas odas elementales. Ibid.,  pp.207-367; Tercer libro de las odas. Ibid., pp. 369-538.

[2] Me refiero aquí al concepto de decorum, base de la retórica latina, que presupone la armonía perfecta entre asunto del discurso y registro lingüístico. Ver, entre otros, Cicerón. Retórica a Herenio. Madrid: Gredos (1997).

[3] “El hombre invisible”. Odas elementales, ibid., p. 12. En lo sucesivo, se citará dando las siglas del título del poemario y la página correspondiente entre paréntesis en el cuerpo del ensayo, de la siguiente forma: Odas elementales, OE; Nuevas odas elementales, NOE; Tercer libro de las odas, TLO.

[4] Platón. Crátilo. Diálogos II. Madrid. Gredos (1992).

[5] Umberto Eco. The Aesthetics of Thomas Aquinas. Cambridge: Harvard U Press (1997).

[6] Ver, por ejemplo y entre muchos otros, William Wordsworth, “Preface” to Lyrical Ballads. John Keats. “A Defence of Poesy”. Este gesto se repite en la obra gigantesca de Victor Hugo, poeta romántico y portavoz político por excelencia, tanto en su poesía como en sus múltiples novelas.

[7] Carlos Marx. “4. El fetichismo de la mercancía y su secreto.” La mercancía. El capital. Crítica de la economía política. Vol. I. México. Fondo de Cultura Económica (1976), pp. 37-38.

[8] Ibid.

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