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por Lilliana Ramos Collado

Inés María Mendoza en su juventud.

Cuando definimos la “buena literatura” solemos comenzar por las cuestiones de estilo, para pasar luego a la intensidad con la cual el escritor, a través de su texto, pone ante nuestros sentidos aquello de lo que se habla. Nos puede conmover tanto la belleza del idioma, como la importancia que tiene el tema para nosotros como lectores; también, la energía con la cual el texto puede agarrarnos y hacernos vivir, en la imaginación, realidades distintas a la nuestra. Con frecuencia a los textos que nos impresionan le soportamos alguna deficiencilla en la expresión, o alguna falta de tino en la selección de las palabras. Con frecuencia en un texto que, en general, nos gusta, saltamos pasajes enteros porque no están bien logrados, o son repetitivos, o no parecen guardar una relación obvia con lo demás. Por eso, ¡qué grato nos parece el escritor que sabe conjugar sabiamente la belleza expresiva, la pertinencia temática, el entusiasmo contagioso y la buena ordenación de ideas profundas! Nos sentimos entonces ante la presencia de un gran texto que nos ha tomado en cuenta a nosotros, los lectores. Ante un texto así, sentimos que el autor pensó en nosotros. Un gran texto es el que nos incita a recorrer nuevos caminos hacia nuevas intuiciones sobre el mundo y sobre nosotros mismos.

Los textos de Inés María Mendoza, fruto de su afán de tocar el alma y la mente del lector, son así. En sus textos usualmente breves, redactados para periódico o incluso producidos como textos de ocasión, Inés, la ensayista, está atenta siempre a la belleza de su lengua, a la pertinencia de sus palabras, al pensamiento convocador y al entusiasmo contagioso. De esa gran escritora que fue Inés María deseo hablar aquí.

Lilliana Ramos Collado, ed. Inés María Mendoza: En sus propias palabras (FLMM, 2008).

Quien fuera Inés María Mendoza lo sabemos, primordialmente, no gracias a la crónica histórica del Puerto Rico que le tocó vivir, sino gracias al valioso rastro literario que nos legó en sus artículos de prensa, en sus discursos, en su enorme y variado epistolario, y en sus diarios. Ocupada durante toda su vida en sus intereses cívicos como maestra, como madre y esposa, como sufragista, como nacionalista, como colaboradora de campaña del joven Luis Muñoz Marín, como Primera Dama, como conservacionista, como defensora de los desposeídos y defensora de la democracia, Inés siempre encontró tiempo para contestar miles de cartas que recibía a diario, ofrecer discursos en las actividades públicas donde se reclamara su palabra, para pormenorizar en sus diarios los giros de su pensamiento acerca de eventos inmediatos, para poner por escrito sus reflexiones acerca de todo aquello sobre lo cual sentía que debía pronunciarse. Victoria Muñoz, en la charla que ofreció hace pocos meses en la sede de la Fundación Luis Muñoz Marín, manifestaba asombro sobre lo mucho que Inés escribía a pesar de su vida tan llena y ajetreada. Sus nietas, a quienes he tenido la dicha de conocer durante el proceso de preparar mi libro Inés María Mendoza: en sus propias palabras (FLMM, 2008) y el un segundo libro, realizado en colaboración con Ivette Fred, que se titula Largo saber, breve palabra: citas y pensamientos de Inés María Mendoza (FLMM, 2010) me han comentado lo mismo: “No entendemos cómo le daba el tiempo para escribir tanto y con tanta constancia”, a lo que yo añadiría, “y con tanta belleza y pertinencia.”

Este afán de escribir, que la acompañó toda la vida, es lo que nos permite hoy conocerla de primera mano. Es su persona escritural, la que vive y respira en sus páginas, la que regresa hoy a hablarle a Puerto Rico y al mundo. Inés María siempre se ocupó de tomar la palabra, y sigue viva entre nosotros gracias a su empeño de dejarnos conocer su pensamiento a través de sus escritos.

Me parece necesario comenzar hablando de Inés María la escritora, en términos de una Inés aún más fundamental: Inés María la lectora. Para Inés, la lectura era la clave de la educación personal y perpetua, la que nos permitiría “desatar una reacción en cadena de enseñar al que no sabe”. Recuerda Inés que su madre le decía que “quien sabe leer y rezar no se aburre nunca, porque nunca se queda solo”. Constantemente invitaba a los campesinos a aprender a leer. Les decía: “Las 28 letras son como el machete y el arado – un instrumento de trabajo; pero también son como la guitarra, un instrumento de comunicación con el ritmo, la belleza y el entendimiento.” No era para Inés suficiente dominar la mecánica de la lectura. Para ella, lo importante era “leer por gusto, por interés, por pasión”, para llenar con lectura los frecuentes vacíos de la vida íntima. Para ella, “ir a comprar libros y a rebuscarlos en la librería, era tan importante para la felicidad del hogar como ir a comprar a los colmados lo que mejor nutre.” Encargaba a las mujeres el dotar sus casas de una biblioteca porque entendía que le tocaba a la madre lograr en los hijos la familiaridad con los libros y el amor a la lectura. Es claro que Inés entendía que la lectura daba al lector la independencia de aprender a su ritmo y de desarrollar sus intereses para lograr un aprendizaje de por vida. Y en esto, como en tantas otras cosas, Inés se adelantó a la filosofía educativa de su época al promover recursos que ayudaran a los individuos a pensar por su cuenta y asumir la consecuente responsabilidad cívica que tienen todos los que saben leer.

Una de las páginas del libro, editado por Lilliana Ramos Collado e Ivette Fred Rivera, "Largo saber, breve palabra: citas y pensamientos de Inés María Mendoza" (FLMM, 2010).

Según Inés María, “el que coge un libro le abre la puerta al pensamiento y por allí entra el pensamiento, buscando en las palabras su suelo firme porque las palabras son la tierra firme del pensar volador. Las palabras se encuentran en los libros, en los periódicos, en las personas que nos relatan, que nos discuten, que nos entretienen conversándonos de libros, sobre libros.”  “Si Puerto Rico lee, piensa”, nos dice Inés María, “si piensa aprende a usar los elementos de juicio con que razonar y entender; si entiende será un buen país siempre y un buen pueblo–porque sabe querer, y el que entiende y ama difícilmente se pierde o se confunde.” Porque, para ella, “leer es pensar.” Y nos puyaba diciendo: “Traten de leer sin pensar y verán que no están leyendo.  Y pensar es imaginar, ensoñar, profundizar en lo hondo del alma del hombre y volar más alto que las aves, más alto que los misiles. No hay límite al vuelo de una buena cabeza … con un buen libro en la mano.”

Inés María estaba muy segura de las virtudes de la lectura como espacio de transformación de la persona: “Se le ocurren a uno ideas nuevas leyendo.  No es lo que dice el autor, es que el autor nos provoca al pensamiento y nos brota como una flor una idea que nunca antes tuvimos.” Y le sigue a esta idea una anécdota personal: “Por leer a Luis Lloréns Torres empecé a comprobar y a tomarlo como cierto y bueno lo que veían  mis ojos y oían mis oídos” sobre el grandioso paisaje de Puerto Rico.

¿Y qué lecturas poblaban la “biblioteca de Inés”? ¿Cuáles fueron los sucesivos libros de cabecera que le dieron a ella la independencia y la plenitud de pensamiento que la llevó a su temprana madurez literaria? Ella misma los recomendaba una y otra vez con fervor a los jóvenes, a las secretarias, a las madres, a las esposas, es decir, usualmente a aquellos que, en su época y por su condición o posición social, se encontraban al margen de la toma de decisiones, al margen de los espacios prestigiosos como la universidad y las profesiones, al margen de ejercer con consecuencia un civismo útil. Mediante el fomento de la lectura, Inés María esperaba forjar una mejor ciudadanía, fundamentada en un quehacer fortalecido y pertinente gracias a un saber válido que le serviría de base. En su biblioteca figuraban los clásicos puertorriqueños que cobraron nueva presencia gracias a las reediciones hechas por el Instituto de Cultura Puertorriqueña desde su fundación en 1955, cuya institución que ella ayudó a crear. Los relatos del Rey Arturo y los caballeros de la Tabla Redonda, y los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós también se paseaban por la biblioteca de Inés. Textos contemporáneos sobre ciencia y filosofía, sobre política y sobre educación allí se encontraban, tranquilos entre tanta variedad. Inés fue ávida lectora de periódicos y revistas, tanto locales como internacionales. Contrario a la máxima de Azorín en su ensayo “Las nubes”, Inés entendía que había que leer de todo, lo bueno, lo tan bueno, y quizás también lo malo, porque así iría creciendo el criterio independiente y la habilidad para separar la paja del grano, el meollo de la corteza. Saber leer implica aprender a distinguir entre los libros y entre las ideas que éstos exponen.

Inés María Mendoza al salir de una de sus múltiples reuniones con gente de la comunidad.

Pero,  sobre todo, Inés María aprendió mucho escuchando la gran literatura oral nuestra en boca de los empleados de su casa cuando niña, en boca de sus maestros, de sus amigos, y del país completo que la detenía en el camino para hablarle, o que puso ante sus ojos miles de cartas redactadas en todos los estilos —desde el más torpe hasta el más elegante— sobre todos los temas imaginables. Con paciencia leyó cada carta y cada escrito con el fervor del que lee textos en los cuales los autores se jugaban la vida. Así, aprovechando su capacidad para leer con agudeza y para escuchar con interés, Inés fue cosechando un estilo a la vez culto y coloquial, apegado a la belleza y a la sencillez, nutrido por sus continuas referencias al autor benemérito y al jíbaro locuaz, madurado en el crisol de su amable inteligencia humana.

Inés María, como Primera Dama del Estado Libre Asociado de Puerto Rico examinando documentos relacionado con el diseño de unidades de vivienda mínima en la década de 1950.

En fin, si no hubiera sido la lectora ávida que siempre fue, Inés María no hubiera tenido el empuje para escribir a toda hora y sin descanso. Fue la lectura lo que la invitó a escribir. Es inescapable, pues, establecer un paralelo con un autor mundialmente conocido como Jorge Luis Borges. Borges, al igual que Inés María, se consideraba a sí mismo y ante todo, un lector invitado a escribir tironeado por la lectura que le lanzaba un escritor. La escritura, tanto en Borges como en Inés María, respondía entonces a un doble juego: por un lado, era respuesta reflexiva a un texto de otro; por otro lado, la lectura provocaba que el lector se convirtiera en escritor quien, mediante su nuevo texto provocaría a otro lector a escribir lo suyo, que a su vez retaría a un nuevo lector también a escribir lo suyo, cuyo texto provocaría a otro lector a escribir, y así sucesivamente hasta el final de los tiempos. La concatenación de lectura y escritura debía provocar, entonces, una voluntad de respuesta, a la vez que establecía el orden de los reactivos en esa reacción en cadena que debía enseñar a los que nada sabían. Inés María, al igual que Jorge Luis Borges, buscaban así crear una cadena de comunicación definida en cada momento por un lector que se convertía en escritor que creaba un nuevo lector, que se convertiría a su vez en lector, y así sucesivamente. Y ese era el propósito primordial de Inés María como maestra que decidió escribir para expandir su aula en tiempo y en espacio: retar, provocar un pensamiento que llevara al lector a la acción de crear y comunicar conocimiento.

Pero, contrario a lo que hoy consideramos literatura retante y provocadora—que abusa del insulto, la mofa y la ironía que zahiere al lector y busca sacudirlo mediante la humillación de sí o de otros—Inés María recurrió a estilos y géneros literarios usualmente considerados secundarios y femeninos, que ella aprovechó para atraer a un lector mediante interpelaciones que fueran directo a sus aspiraciones como persona en un país en rápida transformación que padecía de grandes desigualdades y que luchaba briosamente contra la escasez. En todas las culturas conocidas, en los sectores sociales cuya falta de privilegio se enmascara detrás de prejuicios biológicos, son las mujeres y los niños el tipo de ciudadano de segunda clase a quien Inés María deseaba convocar con sus textos, escritos con agudeza, elegancia y suma sabiduría, y sobre todo redactados en un lenguage generoso dirigido a invitar al lector a pensar.

Inés María en su discurso de 1981 en defensa a la dignidad de los haitianos encarcelados por el Gobierno Federal en el Fuerte Allen (Ponce, Puerto Rico).

De hecho, al examinar los recursos retóricos y la amplitud temática de los casi 330 escritos de Inés María que podemos clasificar como artículos o discursos, nos percatamos, primero que nada, de que nos encontramos ante una gran escritora que dominaba plenamente una compleja caja de herramientas literarias, sobre todo narrativas y argumentales. Vemos en sus textos a una Inés María con una insistente preferencia por la carta, por el diario íntimo y doméstico, por el manual de etiqueta, por la estampa costumbrista, por el refrán, por el apólogo, todos los cuales son modos literarios históricamente preferidos por mujeres y por otros individuos o grupos que ocupaban puestos secundarios o de servicio en la sociedad. Se trata de géneros que se distinguen por su brevedad y por el carácter intimista del tono narrativo o explicativo. También se distinguen por ser ensayísticos, es decir, por ser prosa argumental dedicada a la discusión de un asunto de manera informal, sin recurrir al tecnicismo del tratado erudito o filosófico. Perteneciente a la filas de ensayistas de la talla de Montaigne, de Martí, de Virginia Woolf y del Bertrand Russell más llano, Inés María, la ensayista, asediaba los más variados temas con el atrevimiento de una mente inquisitiva que escribe para comprender mejor aquello de lo que escribe.

Hay que decir que el recurso a estos géneros llamados femeninos —es decir, “menores” o “informales”— le dio un “aire femenino” —es decir, “menor” o “informal”— a sus alocuciones, aire que, sin duda, era intencional. Al notar que la mayoría de los temas tratados en sus escritos atañen a las mujeres y a otros marginados de los espacios donde se ostenta el poder, y que esperan encontrar entre esos marginados a su público lector, nos revela con cuánta consciencia literaria casó Inés María el contenido y la forma, la voz autorial y el público lector. En este sentido, Inés María no escribía para exhibir una subjetividad narcisista, sino para interpelar a su lector en los propios términos de éste. Escritora hábil y profunda, prefirió que en sus textos se manifestara la voz de su lector.

Inés María y su nieta Victoria Inés durante las fiestas de Navidad. Foto El Imparcial.

Dado el hecho de que mi reciente libro Inés María Mendoza: En sus propias palabras buscaba ser vehículo introductorio de divulgación sobre la figura de Inés, dejé guardados en el tintero algunos comentarios más técnicos sobre el instrumentario literario que Inés María utilizó con tanto tino e inteligencia escritural en los escritos allí citados a veces extensamente. Ya he indicado la importancia autobiográfica que el género epistolar tenía para Inés María. La carta personal ha sido tradicionalmente uno de los pocos vehículos de expresión de las mujeres en Occidente desde la más remota Antigüedad. Constituía un espacio de libertad de expresión, aunque reconocía la restricción drástica del público lector, que solía reducirse a una sola persona: un familiar o un deudo. La carta suele ser espontánea, redactada en lenguaje llano y natural, con visos de intimidad y con frecuencia apresurada y elíptica. Nos dicen Umberto Eco y Roland Barthes, que cuando una carta se publica en un periódico, es como si la intimidad subjetiva invadiera y transformara ese espacio público en un espacio personal que da cuerpo tanto al que la escribe como a quien está dirigida. Las cartas públicas son, claro está, falsas cartas íntimas. Así, Inés María jugó con la doble naturaleza de la carta, que podía oscilar entre la intimidad y la publicidad. Sin duda, lo que ganaba Inés María en ese juego era la convicción del lector de que se encontraba ante una voz auténtica y sincera.

El diario íntimo cuenta con las mismas características de la carta, salvo dos que sólo pertenecen a él: la continuidad en el tiempo, y el consecuente desarrollo narrativo de los eventos invocados; y el hecho de que constituye un espacio reflexivo privado que, en teoría, sólo será recorrido por los ojos de la que escribe. De hecho, no hay modo literario más privado e íntimo que el diario. Inés, constante escritora de diarios íntimos, los aprovechó para ensayar su reflexión, para ejercitar la ponderación filosófica, para que le sirviera de ayudamemoria de sucesos, pensamientos o personas que no quería olvidar. Los recursos literarios del diario son variados y complejos, y lo que nos transmiten es el pensamiento de la persona en su estado auroral, elaborado con el descuido de quien sabe que no será leído. Debo señalar que algunos de los diarios de Inés permiten pensar que ella sabía que serían leídos como documentos históricos, en especial los que escribió durante la campaña política de la década de 1940 y luego como Primera Dama del Estado Libre Asociado de Puerto Rico. Lo interesante es que, en muchas ocasiones Inés María tomó fragmentos de su diario y los publicó en el periódico, incluso alertando al lector de que lo que estaba leyendo era parte del diario íntimo de la autora. Este juego de Inés María con los recursos del diario íntimo es similar a su juego sabio con la forma epistolar: ambos géneros le dan al periódico un aura de intimidad que no suele tener, y legitiman ante el lector la veracidad o autenticidad de lo que se dice en ese escrito. De hecho, tanto la carta como el diario hacen que el lector se sienta como un depositario privilegiado de confidencias y reflexiones que sólo él o ella tiene el privilegio de conocer. Así el lector se ve interpelado en su individualidad, y olvida que cientos de miles de lectores del mismo periódico se sienten interpelados de la misma forma.

Pablo Casals saluda al público que asistió a la cena de gala que el Presidente de los estados Unidos, John F. Kennedy, brindó al gobernador Luis Muñoz Marín en 1961.

Es muy probable que, junto a muchos puertorriqueños nacidos a principios del siglo XX, Inés María conociera El Carreño, nuestro manual de etiqueta criollo. Pero independientemente de si lo conociera o no, lo cierto es que Inés vivió eternamente preocupada por la pérdida de la cortesía y de las buenas costumbres, las cuales, según ella, sólo podían transmitirse eficientemente por la vía de lo que ella llamó “la escuela del ejemplo.” De ahí su insistencia en que todo ciudadano viviera una “vida ejemplar” para beneficio, sobre todo, de los niños. En un pasaje memorable de un artículo aptamente titulado “El ala de la cortesía”, nos advierte Inés:

He notado, por acá en las ciudades entre la gente educada, que hay unas maneras distraídas de no darse cuenta de la “presencia” de las demás personas. Esta distracción y descuido es mayor cuando las demás personas son niños. Los niños no son pequeños pedacitos de personas mayores o personas mayores incompletas que, por lo tanto, no se merecen entera estimación. El niño más pequeño es una persona completa y ningún adulto debe descuidarse para ofenderlo con la desatención o el mal ejemplo. Si de estar presente se trata, el niño está más presente que nadie porque es más impresionable, más dúctil, más sensible a la huella digital indeleble que le deje nuestra conducta en el buen o mal ejemplo. […]   A la cortesía la preceden el cumplimiento de las obligaciones, el decir la verdad y la gran fineza de la honradez intelectual. (“El ala de la cortesía”, agosto de 1954.)

Si los niños son, como creía Inés María, la semilla del país futuro, ¿cómo garantizar la transmisión de la cultura, de la bienandanza, de la democracia misma, de forma sincera y eficaz, si no por el ejemplo? De ahí que Inés fuera escribiendo entre líneas, como quien no quiere la cosa y poco a poco, su propio manual de etiqueta, como antes lo hicieron tantas mujeres en la Antigüedad, en la Edad Media, en la Modernidad temprana y todavía en nuestra época. En manos de mujeres brillantes y profundamente reflexivas como la afamada Judith Martin (la sabia y ubicua Miss Manners), la etiqueta deja de ser un recurso antisocial para separar los ricos de los pobres, a los distinguidos de los que carecen de distinción, o para dotar de base a los peores prejuicios. La verdadera etiqueta, que no es otra cosa que lo que se conoce en francés como “etiquette” o “pequeña ética”, es fundamental a la hora de exhibir una conducta que tienda a la tolerancia y a la buena aceptación de la diferencia. Sin buenas maneras, como nos recuerda Norbert Elias, no hay civilización. Para Inés María, como para las autoras antiguas, medievales y modernas de manuales de etiqueta, la mala educación era sinónimo de barbarie y de desatención a los valores de una sociedad unida. La escuela del ejemplo, la primera escuela a la que asiste el ser humano, da la llave de entrada a la sociedad y permite el pleno disfrute colectivo de los talentos de cada cual. Cortesía es, para Inés María, casi un sinónimo de austera democracia.

Inés auspició, desde la década de 1950, una campaña dirigida a promover la costura para proveer a la mano de hombres y mujeres las destrezas de un oficio. Foto Colección FLMM.

Por otra parte Inés conjuga con suma habilidad los géneros diversos que conocemos como el apólogo y la estampa costumbrista. El apólogo era, en la antigüedad, simplemente una anécdota rematada con una moraleja. No hay más que recordar los libros de ejemplos de Filóstrato, el del famoso Conde Lucanor, siempre aconsejado por su fiel Patronio, y los apólogos de Boccaccio en su Decamerón. Lo que llamamos ejemplo moral hoy día proviene del apólogo. Su estructura contiene un relato usualmente cotidiano que se aprovecha luego para elaborar una reflexión general. Es decir, el apólogo va desde lo particular hacia lo universal. En sus escritos, Inés María aprovecha esta estructura para extraer enseñanzas morales tanto de escenas cotidianas, como de estampas costumbristas. Un ejemplo espléndido de Inés María es el siguiente, incluido en un artículo dirigido a los puertorriqueños en Nueva York:

De tramo en tramo se ve [en Nueva York] a una mujer vieja con moño alto, cara jíbara, pálida y surcada. Es la abuela; sentada sobre un cajón vacío la encontraba la mirada cada cuatro o cinco casas.  Para venir acá vendió una vaca con becerro, unas gallinitas, perdió un barranco con calabazas, una loma con jengibres, un limón, palos de panas, mango, aguacates, unas yerbitas de adobar y aromáticas, guardarrayas de gandules, un fondo de agua de lluvia que la canal recogía del techo y aquella cocina olorosa a humo y a leña con amaneceres que desde la ventana se le veían al cielo, olorosos a tierra húmeda de rocío, subían envueltos en suaves nieblas abriéndose a la luz: mediodías calientes con cantar de gallo y café; al caer el día el regreso de los hombres al batey, ¡oh, cuánta nostalgia…!

Pero todo esto no es nada. Lo más grande es que se le perdió a ella […] su persona  — una persona magnífica en su dignidad que de aquí, del campo de Puerto Rico, quedó borrada con su ausencia… La abuela mira esta tarde larguísima de domingo neoyorquino, cargada de humedad, pesada de respirar.  “¿Qué mira?”  Mira a sus hijos  “loitering”, que no saben adónde ir, que no tienen adónde ir porque aún no han adquirido el gusto del museo, el parque está tan lleno como la calle, y todo cuesta.

[…] yo creo que es mejor dejar a la abuela en su casita del campo, su digna persona siendo quien siempre fue:  […] amiga de sus amigos, madrina de sus ahijados, vecina de sus vecinos, dueña y señora de su gran persona y de sus escasos y compartidos bienes; merecedora de la dulce letanía: madre amable, admirable, prudentísima, amable, admirable, prudentísima, mujer sabia y fuerte, entraña y corazón de la tierra puertorriqueña.

[…] Ustedes, si quieren, váyanse por esos mundos de Dios. Ustedes son jóvenes, críen los hijos ustedes mismos como ella los crió a ustedes.  […] Recuerden que esta madre sentada en las aceras era la dueña  de su casa acá, dueña y señora. Esta emigración de la madre vieja, que no sabe el idioma y a quien se le deshace un mundo de gracia, de modesto y sereno vivir, no les enriquece a ustedes en Nueva York y la empobrece tanto a ella. Emigren ustedes, pero no la emigren a ella. (“Carta de Puerto Rico”, Revista Temas, agosto de 1959.)

Una anécdota sobre la cotidianidad de los puertorriqueños en su nuevo hogar lleva a Inés María a una profunda reflexión acerca de la relación entre cultura e identidad, acerca de la imposibilidad de transportar de forma intacta las costumbres patrias, y sobre la necesidad de explorar el problema ético que resulta de arrancar a una persona de su contexto cultural. La abuela es el personaje principal en la tragedia colectiva de la diáspora puertorriqueña, los peligros de cuyo desarraigo Inés María detecta mucho antes que los doctores en sociología. El apólogo es breve, e imparte su sabiduría mediante el fogonazo súbito de una epifanía. La moraleja suele ser contundente e inolvidable, justo lo necesario para invitar a la reflexión a un público lector como el puertorriqueño de kla década de 1950, que se estrena en los espacios infinitamente variados de la lectura.

Por su parte, la estampa costumbrista, que Inés María utiliza como apólogo, era típica de medios culturales en los cuales se percibía que las costumbres identitarias estaban en proceso de extinción. Las estampas constituían, pues, una especie de museo de espacios y personajes pasados que exhibían valores periclitados cuya memoria se deseaba conservar. Inés María, como sabemos, tuvo siempre gran interés en la preservación de nuestras más beneméritas tradiciones, atadas a valores de prestigio inmemorial—los valores del campesino, quien, según Inés María, era su principal salvaguardia. Inés, en vez de conformarse con la descripción nostálgica de los escenarios originarios de estos valores en extinción, aprovecha estos escenarios para invitar al lector a restaurar los valores en los nuevos escenarios que le ofrece la nueva sociedad a la que aspiraba Puerto Rico. Así, también en el contexto de la diáspora puertorriqueña, nos construye una estampa mostrenca sobre la nostalgia ante la necesidad de renunciar a costumbres esenciales del puertorriqueño al momento de saltar el charco:

Me llora el que la policía […] arreste [a los puertorriqueños en Nueva York] por “loitering”, la palabra es hasta bonita, es la más deliciosa cosa para el boricua: es sentarse en la escalera de la casa a coger el fresco, a charlar con el que pasa, a mandar a buscar cervecitas para luego pegar a cantar, a darse bromas y a hacer cuentos. Pero por acá no se usa. Acá eso es malo.  Me duele en el alma decírselo pero no lo deben hacer.  Es lástima que una cosa tan buena no se permita. Que se acabe el “loitering”. “Al país donde fueres has lo que vieres”. Pero me llora en el corazón, con otras cosas. (“Carta de Puerto Rico”, Revista Temas, octubre de 1958.)

Este texto, que seleccionó el gran escritor Antonio Skármeta para cerrar su conferencia magistral en el teatro de la Universidad hace tres años, vira patas arriba  la escena costumbrista de pasar las primeras horas de la noche al fresco conversando frente a la casa con los vecinos, al colocarla en el ambiente hostil e incomprensivo de Nueva York. ¿Deberán conservarse las costumbres patrias en el nuevo suelo? Con mucho pesar, Inés María contesta que no. “Amigos”, parece decirnos Inés, “no todo en la patria es portátil”.

Con frecuencia, Inés María lograba transmitir su invitación a reescenificar los valores al redondear la estampa costumbrista con una invitación moral a rescatar del pasado aquello que podía seguir sirviéndonos bien en el presente: para ello dedicó más treinta escritos a las tradiciones de la Navidad, que ella identificaba con lo mejor de nuestras tradiciones comunales y colectivas. Si bien Inés María sabía que, eventualmente, el empuje de la modernización —que ella defendía en pro de una mejor calidad de vida— iría echando a un lado los valores del puertorriqueño humilde, lo cierto es que, al redactar sus escenas, quiso dejar constancia de la grandeza de ese pasado criollista y generoso, modesto y sabio, que Luis Muñoz Marín, en su ensayo “Propósito de Puerto Rico”, llamó con elocuencia “el buen saber del jíbaro”.

El "buen saber del jíbaro" incluye el sabio manejo de la tierra.

Inés María era además era una extraordinaria sintetizadora de su propio saber y del saber de otros. A pesar de que su estilo literario era moroso y divagador, para así invitar al lector a acompañarla en todos los estadios evolutivos de su pensamiento, recurría a la sentencia y al refrán para rematar sus argumentos. No quiero decir con esto que Inés echaba mano de refranes acuñados por la sabiduría popular, o de sentencias expresadas por algún sabio del pasado. No.  Inés construía sus propios textos que, en estructura, en contenido y en estilo, emulaban la forma de la sentencia y del refrán. Como dije en la introdución a Largo saber, breve palabra, “los refranes no son cosa fácil. Son producto de un sentido común cocinado a fuego lento por siglos en el sabio y memorioso caldero del pueblo, aderezado con la diversa experiencia vital de los que los han repetido y modificado a golpes de pura existencia. Son breves, limados y pulidos. Encierran verdades universales que se revelan de forma abierta e iluminadora. A través de los tiempos, han sido la primera y, a veces, la única escuela que han tenido los individuos para conducir una vida moral y plena. Son aquellas palabras inteligentes que recordamos pero que no sabemos de dónde nos vinieron o quién nos las dijo. Los refranes simplemente son. Y son de todos, por todos y para todos.”

Abrazando la ancestral sabiduría popular de la humanidad, Inés María Mendoza, inquieta y espontánea pensadora, vocal maestra, ingeniosa conversadora y excelente escritora, aprovechó su enorme talento para condensar, en breves palabras, el tipo de frase que nos recuerda el refrán milenario, silvestre y anónimo. Gracias a su coyuntura experiencial de mujer de campo, de maestra, de ciudadana que asistió a la radical transformación de su país y que alcanzó una eventual prominencia política como esposa del Gobernador de Puerto Rico, Luis Muñoz Marín, Inés estuvo, a lo largo de su vida, en contacto íntimo y atento con todas las esferas sociales del pueblo de Puerto Rico. Y, al haber querido siempre “estar ahí”, Inés supo escuchar esas diversas voces de nuestro pueblo: supo hacerlas resonar y fecundar en su pensamiento.

Así, Inés fue abrevando su espíritu fogoso y justiciero en la savia nutricia del saber comunitario para construir profundas reflexiones sobre las experiencias de la gente y de ella misma. Al redactar sus múltiples escritos, le fueron surgiendo “refranes” o “pensamientos” como cristalizaciones del proceso reflexivo mismo, frases que llevaban la intención de servir de anclas en la argumentación, de puertos de llegada en el discurrir de su meditación, de felices encuentros con la verdad, de verbalizaciones de las preocupaciones de la gente e, incluso, de grandes preguntas filosóficas dichas a la luz del “nosotros” puertorriqueño. Ella misma expresó el mejor lema para entender su pensamiento: “Hay que nosotrarse”, es decir, tenemos que pensar siempre en clave de “nosotros”.

Cada una de estas frases de Inés, agraciada en verbo y en contenido, se apoya en su gran generosidad humana, en su compasión por los menos afortunados, en el análisis sagaz de la situación vital del individuo y de la sociedad. En conjunto, estos “refranes” o “citas” o “pensamientos” van formulando una teoría de la vida moral que nos puede ayudar a formar un mejor individuo para un mejor Puerto Rico y para una mejor humanidad. Estas joyas de la palabra, expresión óptima de un gran talento literario, se encuentran diseminadas a través de los escritos y discursos de Inés, dirigidos a un público amplio, textos literarios de gran profundidad cuya elocuente sencillez no necesita recurrir a la pesada carga de la ornamentación verbal. Son sencillos y fáciles de comprender porque fueron escritos pensando en el lector cotidiano como ser moral y como ciudadano. Fueron escritos para educar deleitando.

Portada del libro "Largo saber, breve palabra: citas y pensamientos de Inés María Mendoza" (FLMM, 2010).

Y en la moral intuitiva y práctica de Inés se revela la íntima conexión entre su pensamiento y la utilidad inmemorial de los refranes: ser, con su síntesis dramática, a la vez simples y densos, ricas apoyaturas para un aprendizaje básico sobre la vida. Los refranes nos enseñan a vivir y, al formular los suyos “sin querer queriendo”, Inés fue, en realidad, una mujer verdaderamente sabia. Esa sabiduría suya de muchas formas recoge, explica y valora la sabia valentía con la cual el pueblo puertorriqueño enfrentó su desarrollo y los retos de su rápida y compleja modernización. Cada página escrita por Inés, su casa de palabras, acogió las experiencias de la gente que le permitieron cosechar su pensamiento. Les ofrezco hoy una pequeña antología de los “refranes” de Inés María, que forman parte de  Largo saber, breve palabra, publicado también bajo el sello editorial de la Fundación Luis Muñoz Marín:

El amor no es una debilidad, es una fuerza.  (AIMM025)

Yo quiero muchísimo a los niños.  Eso es fácil.  Quiero protegerlos.  Eso es difícil. (AIMM028)

Los poderes políticos hablan de cuántas bombas y misiles tienen y no del hombre y su destino. (AIMM030)

El maestro fue primero, la escuela después. (AIMM032)

No es labor del maestro puertorriqueño hacer técnicos, sino hacer hombres. (AIMM032)

Servir no es sino darse a los demás. (AIMM032)

A la altura que esté la mujer, a esa altura estará la patria. (AIMM034)

La presencia de la gente se incrusta en la presencia de la tierra.  (AIMM046)

El que guarda demasiado su vida la pierde, y el que la entrega la salva. (AIMM049)

Las madres no cosen, las hijas no cosen.  (El ejemplo) (AIMM052)

La familia es la materia prima de la escuela y no meramente el niño. (AIMM059)

El que hace su casa es porque quiere hacer su paz. (AIMM064)

Los niños tienen derecho al ejemplo. (AIMM068)

Los ensueños nos hacen heroicos. (AIMM078)

El más hombre es el que  produce y provee, no el que destruye y devasta. (AIMM086)

Poseer el uso de las palabras obliga al respeto de su significado. (AIMM087)

El talento es una mera paja que nos dan.  El trabajo la trasmuta en oro. (AIMM104)

No quiero hablar para los oídos ni para los ojos, sino para el corazón y para las manos. (AIMM121)

La cortesía es un ambiente general o no es. (AIMM158)

Lo bien enseñado causa un cambio orgánico en el estudiante que de ahí en adelante es ya otra persona. (AIMM182)

El trabajo es lo único que vale, el dinero es papel y las monedas son oro, solo valen porque representan trabajo y producción. (AIMM214)

Todos perdemos algo cuando se muere un poeta. (AIMM223)

La primera condición para enseñar en Puerto Rico es amar a Puerto Rico. (AIMM228)

La libertad no existe sin la igualdad. (AIMM254)

Ahora –inquebrantable valor y sin miedo. (AIMM285)

Lamento no darles ejemplos de las “sentencias” de Inés, porque son un poquito más extensas.

Vale notar que los géneros literarios de los que echa mano Inés María Mendoza que suelen clasificarse como géneros secundarios, subordinados o “femeninos”, tienden a provocar la impresión de que la que escribe se ha borrado, y que los textos se escriben solos. Quizás esa humildad de Inés María provocó que nadie tomara en serio su extraordinario talento como ensayista, como polemicista de issues morales de gran impacto en la ciudadanía. Aprovechando el ocultamiento de sí misma que le permitían los géneros que prefirió utilizar, Inés María, tuvo el sosiego para construir un espacio reflexivo privilegiado que le sirvió para ensayar, como ensayista que era, vehículos de enseñanza ética o moral, en especial, el manual de etiqueta, el apólogo, y la sentencia o refrán para convertirse en una de las mejores escritoras de la década de 1950 en Puerto Rico. Vale señalar, no obstante, que Inés María era perfectamente capaz de asumir la altura retórica ciceroniana cuando lo estimó necesario. Ejemplo de sus mejores escritos forenses son su defensa del vernáculo como vehículo de enseñanza ante la Comisión Hays en 1937, su ataque a los abusos de los haitianos encerrados en Fort Allen, y, su ataque a la Legislatura por intentar legalizar la grabación de llamadas telefónicas. Inés María era muchas personas, pero todas esas personas lucharon por la democracia, por la igualdad y por la justicia.

Cabe concluir, pues, que el gesto literario de Inés María fue preponderantemente ético, y buscó siempre incitar en su lector ciertos cambios de conducta que propiciasen actitudes éticas en provecho de la vida democrática en comunidad. La ética, como la democracia, es una conducta que se desenvuelve y se explaya en la andadura de la cotidianidad, para de ahí saltar a las esferas de un pensamiento general. Por eso, me parece a mí, es tan actual el pensamiento que atesoran los escritos de Inés. En las entrañas de sus palabras pervive su preocupación por limpiar, de toda yerba y piedra de tropiezo, el camino hacia un mejor Puerto Rico. Su verbo, a la vez dulce y útil, como quería el poeta Horacio que fuera toda literatura, está dirigido a encauzar conductas, y no meramente a deleitar nuestros oídos: está dirigidó a las manos y al corazón del lector. Espero yo que, al igual que Inés María me ha revelado la gran espiritualidad que permea toda acción a favor de la bienandanza colectiva, otros lectores aprovechen esta hermosa sabiduría, tan bien adornada y tan sabiamente dicha. Espero que ustedes también disfruten los textos de Inés, sobre todo que los disfruten viviéndolos, como debe ser.

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