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por Lilliana Ramos Collado

ANTRÓPOLIS. Janette Becerra. Ilustraciones de José Hernández Díaz. San Juan: SM e ICP (2012).

ANTRÓPOLIS. Janette Becerra. Ilustraciones de José Hernández Díaz. San Juan: SM e ICP (2012).

La literatura juvenil está dedicada a la formación de un nuevo sujeto, cuya prueba de valor y humanidad está en sobrevivir el laberinto.

Fernando Savater, en “La infancia recuperada”, nos dice que las narraciones para jóvenes son una oportunidad abierta de asomarse al mundo para conquistarlo, desviándose de la ruta y exponiéndose a lo desconocido.

Así son los libros de Tolkien, las bellas “Crónicas de Narnia”, de C. S. Lewis, y los infinitos tomos sobre Harry Potter. La literatura juvenil está dedicada a la formación de un nuevo sujeto, cuya prueba de valor y humanidad está en sobrevivir el laberinto enfrentando monstruos, misterios, una naturaleza hostil, para salir al otro lado más maduros, templados por el peligro y ayudados por el valor y la inteligencia.

Y así es “Antrópolis”, la hermosa novela juvenil de Janette Becerra, ganadora del más reciente premio Barco de Vapor adjudicado por la editorial SM, y presentada la semana pasada en el Festival de la Palabra. Becerra redefine la literatura juvenil en Puerto Rico de forma sagaz: su joven héroe Teo nos llevará de la mano a ese mundo alterno donde se ponen a prueba los cuerpos y los espíritus de aquellos cuyo destino será ayudar a formar un mundo mejor.

Lo del laberinto es importante. Lugar de espanto donde habitaba el famoso Minotauro, representa el gran misterio que es necesario resolver para saltar desde la muerte hacia la vida. Como el famoso relato medieval de Perceval, como los mistéricos castillos del alma que imaginó Santa Teresa, como la Sierra Morena de Don Quijote, la peregrinación de la pobre Eréndira de García Márquez, y más recientemente, la escuela de magos de J.K. Rowling, el triqui del laberinto es éste: siempre hay que decidir entre dos opciones, y si aciertas, pasarás al próximo “nivel” de modo que, eventualmente, alcanzarás la salida. Becerra transforma el laberinto tradicional en un vídeo juego y expone a su joven “héroe-to-be” a un arduo proceso de maduración lleno de claves, de monstruos y de obstáculos sobrenaturales.

Las características del joven que cae en ese laberinto son anticipables: la tendencia al retraimiento y a la soledad, la pasión por el reto, la búsqueda de identidad, la atracción por el misterio y la voluntad para sobrevivir el peligro. La secuencia de las aventuras lleva lentamente al joven desde la perplejidad y el temor, hacia una valentía creciente y una mayor asunción del riesgo. Por eso, entra al laberinto para conocerse a sí mismo. Dice en una ocasión el joven Teo: “Ojalá pudiera ser igual de valiente allá en mi mundo y no vivir siempre con tantos miedos y preguntas.”

En esta novela, el joven Teo —en griego, “dios”—, obsesionado por los videojuegos del Playnetwork, cae en uno de ellos como en la vida real, y su meta es salvar a Antrópolis —en griego, “la ciudad de los seres humanos”— y nivel tras nivel debe superar los obstáculos que el juego le impone. El mundo del videojuego es un mundo “otro” que no es otro que nuestro propio mundo exagerado, fuera de su cauce, alocado y cruel, y al joven le toca dar estructura y forma a esa experiencia para reordenar el sentido de las cosas.

Como en las aventuras juveniles publicadas en los últimos 150 años, el joven Teo encontrará eventualmente un acompañante, la joven Sofía —en griego, “sabiduría”— quien le ayudará en los tramos finales de esta carrera de obstáculos y con quien conversará para ir atando cabos en este mundo alterno. Será esta juntilla del niño y la niña el origen de este reordenamiento que nos llevará al fin de la novela.

Pero no quiero contar el cuento ni aguar la fiesta a mis lector@s. El ritmo rápido, el uso de la mitología antigua, el lenguaje preciso, la sorpresa de las escenas, las bellas ilustraciones de José Hernández Díaz, dan a “Antrópolis” un atractivo intenso. Yo me quedé con ganas de leer más. Y ya yo pasé de los cincuenta…

[Publicado originalmente en El Nuevo Día, 20 octubre 2013]

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