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Gabriel García Márquez, El Gabo

Gabriel García Márquez, El Gabo

por Lilliana Ramos Collado

El regreso, en García Márquez, es como el retorno de lo reprimido, que aquí se torna en el origen del relato. Origen olvidado o escamoteado. La genialidad del manejo de este origen es lo que nos agarra a la trama: tratar de dar con un por qué. Como en las novelas detectivescas, sin el motivo no hay trama. ¿Por qué, en Cien años de soledad, algunas familias no tendrán una segunda oportunidad sobre la tierra?

Llegamos a ese final —un apocalipsis— para catar cómo, de hecho, esa oportunidad se está desvaneciendo con el viento y sus ráfagas; así como llegamos a la muerte de Santiago Nasar tras un atormentado relato que va y viene buscando y a la vez escamoteando el motivo. Una investigación periodística se pierde por los recovecos de una comunidad testigo y cómplice que guarda silencio de forma pasivo-agresiva —como si la realidad fuera un teatro que nos pide silencio y oscuridad en la sala, de modo que sólo las figuras en escena expresen sus vidas. Sueños premonitorios, redundancias en la trama, frases lapidarias sobre el futuro, sobre el pasado, sobre la memoria, van creando una atmósfera en que el destino se manifiesta imparable, escrito en piedra.

¿Fue la belleza de Nasar la culpable, su desplante a una mujer enamorada, los celos de otros hombres esmirriados? Así fue la historia probable de Esteban, el ahogado más hermoso del mundo, descrito casi como un Nasar, que termina llegando al Caribe como un regalo de belleza a un pueblo que la había perdido. Nasar, claro está, tiene un problema: llega vivo a la “isla” y esa vida viva le costará la vida.

Qué muchas tramas de García Márquez narran el sacrificio de un ser excepcional, sus penurias debidas al exceso de belleza, de inteligencia, de sabiduría, de suerte, de oportunidad. Quizás por eso algunos críticos hablan de la estructura trágica de varias obras del Gabo: todo se debe a una hybris que el propio personaje desconoce: su exceso, del cual no es consciente. Hay una demasía —sobre todo de ceguera— en estos seres excepcionales: la belleza de Remedios la Bella, la lubricidad enajenada y bella de Eréndira, la sorprendente y hermosa y lacónica enjundia de Aureliano Buendía, la sobrecogedora paz mortal del bello Esteban, pero, sobre todo, la hermosura sin par —de hecho, extranjera, exótica— de Santiago Nasar…

Tiziano, "Perseo y Andrómeda" (1556).

Tiziano, “Perseo y Andrómeda” (1556).

Que no nos sorprenda la idea de la belleza como exceso. Así, castigada fue la pobre Psyche —en el relato de Apuleyo— porque Afrodita sentía celos de su extrema belleza. Igualmente la pobre Andrómeda en el relato de Ovidio: su padre se vio obligado a amarrarla a un acantilado para que los monstruos marinos la devoraran, y todo por su extraordinaria belleza que había inspirado los celos de Afrodita. En Noche de Epifanía de Shakespeare, la niña y el niño —gemelos fraternos se disfrazan para ocultar su semejanza y su belleza, como en el Persiles de su contemporáneo Cervantes: tanto Persiles como Sigismunda ocultan su hermoso amor entre dos bellos posando como hermanos para evitar ser asesinados, violados, separados. Balzac, el eterno misógino, lo afirmó así: “Hay algo en toda mujer bella que nunca es casto”. Y cuando Rilke, en su primera elegía de Duino, proclama “Todo ángel es horrendo”, lo dice, precisamente, por la belleza sobrenatural de los seres celestes.

Vivimos dentro de esta tradición mortal para los bellos. Por eso, una sabe desde el principio que, en muchas obras del Gabo, la muerte de estos seres excepcionales será excepcional, y valga la redundancia. Este mundo mata a los hermosos y lo hace con sangre y saña, como si el bello, como dice René Girard, fuera el chivo expiatorio, aquel cuya muerte nos traerá nuestra pequeña y mezquina paz. Y el Gabo nos lo narra sufriendo y nos hace sufrir de ansiedad esperando que culmine finalmente ese odio envidioso que nos arrebatará la belleza del mundo.