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por Lilliana Ramos Collado

Una casa “teatral” necesitaba de un contenido extraño, dislocante de las tradiciones de la mirada occidental, un contenido literalmente “obsceno”, casi intolerable.

Second Skin. Josephine Baker and the Modern Surface. Anne Anlin Cheng. Oxford: Oxford U Press (2011).

Soy afortunada. La mayoría de los libros que me caen en las manos son extraordinarios, o extraños o geniales… o todas las anteriores. ¿Qué más puede pedir una reseñista febril como yo?

El libro de Cheng es ejemplo de lo que digo. Especialista en cuestiones de identidad y raza, sus estudios culturales brillan por su ingenio implacable. Hace unos años, un libro anterior —“The Melancholy of Race”— me alertó de propuestas inéditas sobre raza: la melancolía del descastado, del excluido. Su “Second Skin” va más allá y desata nuevos debates sobre el asunto.

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Chen intima que, durante el siglo XX, el encuentro del Occidente blanco con el Otro racialmente signado ha convertido al occidental en un ser atento a la diferencia, no sólo porque se esfuerza en marginarla, sino porque no ha podido evitar esa influencia que, a fuerza de su presencia contundente, ha afectado la forma en que la hegemonía ve y ordena el mundo.

SECOND SKIN. Josephine Baker and the Modern Surface. Anne Anlin Cheng. Oxford: Oxford U Press (2011).

SECOND SKIN. Josephine Baker and the Modern Surface. Anne Anlin Cheng. Oxford: Oxford U Press (2011).

Las preguntas de Cheng: “¿Por qué los arquitectos modernos que odian la ornamentación, los tatuajes, y otras marcas eróticas, han decidido pensar las superficies de sus edificios como “pieles”? ¿Por qué los primeros trajes de baño femeninos se parecen a los uniformes de los presos del siglo 19? ¿Por qué las exhibiciones de los museos se parecen a un performance de “burlesque”? ¿Acaso la fascinación del siglo 20 con la transparencia es un placer relacionado con ver hacia adentro o a través de las cosas?”

¡Fueeeeelte! Estamos ante lo que Cheng llama “los misterios de lo visible”, y para discutirlos escoge examinar la casa que el arquitecto austriaco Adolf Loos —famoso por su ensayo “El ornamento como crimen”— diseñó (pero no construyó) para la célebre bailarina desnudista americana Josephine Baker, quien tomó por asalto los cabarets de Paris en los “rolling twenties”. Loos asistió a una de las funciones de Baker, y el resultado fue el diseño de una casa para “alojar a Baker y vestir a Loos.”

Según Cheng, Baker —cuya foto más famosa la muestra bailando desnuda con los brazos en alto, adornado su torso por un largo collar de falsas perlas que exaltaba sus senos y su sexo semioculto bajo una sarta de guineos de metal (chequéenla en Google)— impulsó al austero arquitecto a diseñar una casa con una llamativa fachada a rayas y una enorme piscina interior orlada por pasillos para que el “público” pudiera observar las piruetas eróticas de la artista en el agua. La piscina transparente acentuaría a Baker como espectáculo, como ese otro “exhibido”. Piel tras piel, se iría manifestando el cuerpo de la bailarina exótica.

Maqueta de la casa de Adolf Loos para Josephine Baker...

Maqueta de la casa de Adolf Loos para Josephine Baker…

Una casa “teatral” necesitaba de un contenido esquivo, que dislocara la mirada occidental tradicional, un contenido literalmente “obsceno”, casi intolerable. El cuerpo insoportablemente atractivo de la bailarina quedaría inaccesible, dentro de su pecera, y así obligaría a desear separar los barrotes pintados en la fachada de la casa, penetrar la piel de cristal de la pecera, entrar dentro de la piel de Josephine.

“Second Skin” explica la insistencia contemporánea de dotar a los edificios de superficies que, al revelar su interior, convierten esas entrañas en ornamento que—gracias a la transparencia— quedan también “afuera”. Esa nueva anatomía “inside out” del edificio-como-escaparate desafía, entonces, la idea misma de “piel”, como si la piel ya no nos dijera nada por sí sola y tuviéramos que penetrar hasta la entraña para conocer la identidad de eso que miramos. La piel negra de Baker sería, simplemente, otra “piel”, otra transparencia. Loos nunca podría saciar su deseo de tocar la piel debajo de la piel debajo de la piel, pues Baker siempre se “escaparía”.

Planos de planta de Loos para la casa de Josephine Baker.

Planos de planta de Loos para la casa de Josephine Baker.

Extraña y audaz manera de Cheng de proponernos que ya la superficie no nos dice nada, que no es signo de identidad. Y, si alguien lo duda, dese un paseíto por esas grandes ciudades cuyos edificios, en su transparencia, nos presentan el mundo complejo, abigarrado y sorprendente que contienen, más allá de las “razas”…

[Esta reseña fue publicada originalmente en El Nuevo Día el 1ro de diciembre de 2013.]

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