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La ciudad se eleva sobre la destrucción y el desgaste paulatinos de la ciudad misma: sometida a las necesidades individuales y colectivas de sus habitantes y de la relación dialógica entre ciudad y entorno, la ciudad vive del cambio, y se manifiesta, más que como un lugar, como un proceso.

por Lilliana Ramos Collado

El laberinto está hecho para que el visitante no se vaya, para que permanezca en los confines de la ciudad, para que abra su maleta, la vacíe y coloque sus pertenencias en gavetas para así convertirse en habitante permanente que recorre una y otra vez calles que redibujan la forma del laberinto, es decir, la forma de la ciudad. Quizás el habitante llegue a dominar las rutas y descubra las que llevan a otra parte, pero el visitante, por ejemplo, siempre se perderá al no haber tenido el tiempo de descubrir las rutas verdaderas. Quizás esta verdad sea la que ha convertido a nuestras urbanizaciones cerradas en pequeñas ciudadelas amuralladas que son pequeños laberintos designados a atrapar al visitante, a castigar al ladrón. Pues el laberinto obedece al paradigma de la disyunción entre alternativas inciertas, de cuyo acierto ocasional e inesperado, el caminante no puede aprender a cómo salir de ahí.

Quizás la del arquitecto sea una ciudad hija de las formas que soñaron antes otros arquitectos que en vano trataron de hacerlas materialmente reales, fluidas, simples de comprender. Quizás la del arquitecto sea la ciudad madre de una retahíla de nuevas utopías que buscan corregir el desorden con el cual tradicionalmente se asocia a la ciudad: el laberinto. Quizás la ciudad del arquitecto sea, simplemente, su gesto de tirar la toalla ante la imposibilidad de controlar la forma definitiva de la ciudad con “C“ mayúscula. De hecho, quizás la ciudad en la que vivimos y en la que viviremos no sea otra cosa que —para citar una famosa frase de Pablo Picasso— esa masa de fracasos de cada arquitecto, esa historia íntima de la ciudad como sucesión de destrucciones: del paisaje, del agro, de los cuerpos de agua, la destrucción de la ciudad original, de la segunda, de la tercera y de la enésima que ocuparon el mismo sitio a través de los siglos, y desde la ciudad, la destrucción de las visuales al campo, al mar, al cielo, como ocurre hoy en el Viejo San Juan, donde los nuevos hoteles tapan la visual a la bahía histórica; como ocurre hoy en Nueva York, donde el cielo es una fisura entre los rascacielos; como ocurre hoy en Ciudad México, desde donde ya el campo no puede contemplarse. La ciudad se eleva sobre la destrucción y el desgaste paulatinos de la ciudad misma, pero esta destrucción es el signo de su propia pervivencia: sometida a las necesidades individuales y colectivas de sus habitantes y de la relación dialógica entre ciudad y entorno, la ciudad vive del cambio, y se manifiesta, más que como un lugar, como un proceso. Podría decirse, a fin de cuentas, que, más que un espacio, la ciudad es un espacio-tiempo, una coyuntura donde se vive el tiempo marcado en las erosiones sucesivas de las materias que posibilitan la ciudad.

Distinto al arquitecto que sueña el concepto de la ciudad, y que fija en su proyección su utopía formal en pro de una vivencia comunal, el viajero escritor artista la vive, la acoge en sí con sus cinco sentidos, se siente sentirla cuando la toca y es tocado por ella de mil formas. La deja entrar en posesión de su cuerpo, y el imaginario que en él suscita no es más que el efecto quizás delirante que causa la ciudad en el sensorio alborotado con sus estímulos incontables. La ciudad del viajero escritor artista es una ciudad pensada desde la piel, desde el oído, desde los ojos, o desde el asco o el paladeo placentero que suscitan el gusto y el olfato. Así, la ciudad es recordada desde sus efluvios materiales, desde sus texturas, sus aromas o hedores, desde los sabores de su cocina o sus aguas o sus aires, desde sus imágenes livianas como nubes o pesadas como piedras de cantería. El que la vive, lo hace desde su cuerpo tangiblemente humano el cual es, a fin de cuentas, el laberinto primigenio. Si la urbe es deforme, laberíntica, ¿acaso no lo será también el cuerpo nuestro?

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