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Vista del volcán Rano Raraku, donde se fabricaban los moai. Mi foto

Vista del volcán Rano Raraku, donde se fabricaban los moáis.

Lilliana Ramos Collado

El 2008 fue un gran año. Durante mi estadía en Chile para realizar un postdocrorado en estudios patrimoniales decidí realizar un sueño, quizás un poco cursi, de viajar a Isla de Pascua, o Rapa Nui, como la llamaron sus nativos antes de que ingleses y franceses fueran a saquear sus tesoros de piedra en el siglo XIX. Era un sueño viejo, de niña, pues mi primer libro fue uno que encontré en la calle y que se titulaba “Los misterios de la Isla de Pascua”. Luego de ver sus extrañas fotografías pensé que ese lugar en el fin del mundo debía ser el destino de mi primer viaje fuera de esta pequeña isla de Puerto Rico. Pero ese sueño se me vino a dar tarde, 54 años después que nací y unos 44 luego de toparme con el libro en una acera.

Pues fue un gran año ese 2008 cuando finalmente pude dar el salto de 8 horas de vuelo desde Santiago de Chile hasta Hanga Roa, capital de la diminuta Isla de Pascua. Pensaba en el librito, que me inspiró a escribir mi segundo poemario, premiado pero nunca publicado, que se titula “Avión de papel sobre la Isla de Pascua”. De papel por ser el lugar del poema, Isla de Pascua por ser, literalmente, el fin del mundo, pues eso es lo que significa en español el topónimo Rapa Nui: fin del mundo. Es literal. Ocho horas de vuelo sobre el Pacífico que no me imaginaba tan largas —así son los sueños, optimistas—, ocho horas de vuelo por el vacío ciego de un mar interminable, pues Rapa Nui es el lugar habitado más lejano de cualquier otra ciudad en el mundo. En el planeta tierra esas ocho horas significan que vuelas hacia el fin del mundo.

Volcán Orongo, cerca de Rapa Nui. Mi foto

Volcán Rano Kau en el pequeño poblado de Orongo, cerca de Rapa Nui.

Viajé ligera de equipaje para pasar tres semanas en el fin del mundo, pero confieso que observar el mar por ocho horas —quitando los 35 minutos de vuelo sobre suelo chileno para despedirnos de tierra firme sobrevolando la ciudad de Valparaíso, hermosísimo puerto de mar. Viajé ligera, como nos recomienda Charles Baudelaire debe una viajar para poder ambular libre y sin preocupaciones. Viajé casi sin equipaje porque iba al fin del mundo.

Volando interminablemente sobre el mar, me entretuve catando la extraordinaria variedad del azul marino, turquesa por ratos, casi amarillo cuando las nubes eran golpeadas por el sol y el oro de la luz se volcaba sobre las lejanas crestas de las olas. Otras veces, un mar crespo se removía en mi imaginación hipnotizada por la altura y la distancia. Otras, el mar se veía oscuro, llano, sin textura, como duro titanio, y otras amable y rojizo, como si en su fondo se moviera la lava secreta de un volcán inatendido y desconocido. A ratos regresaba a ojear la guía de turismo de Rapa Nui, generosa en fotografías mediocres de los impresionantes monumentos de piedra que pespuntean la islita.

Mar y más mar, mientras más lo miraba desde la enorme altura de vuelo de este viaje casi interminable, más variantes podía ir catando: olas a veces agudas y filosas, otras, rítmicas y saltarinas, a veces demasiado espumosas, y las imaginaba gigantes y pensaba cómo se vería un tsunami desde el aire, y cuán segura me encontraba yo en este asiento incómodo de avión, aquí sentada al borde de un calambre.

Llegar a Rapa Nui fue impresionante. El avión dio la vuelta por este casi perfecto triángulo de tierra. Desde arriba se veía la aridez de la isla, las enormes calderas de sus tres volcanes, se iban revelando los moáis y sus templetes, la roca de la costa brava, el mar estallando contra las piedras, poca playa, pocos habitantes, pues casi nadie de los locales sale de Hanga Roa y la isla se ve desierta. Pensé: el fin del mundo está vacío.

Encontrar en el vacío de tierra después de admirar por tantas horas el vacío del mar, descubrir lentamente la piedra dura y oscura que es Rapa Nui, vista así, en su totalidad, a través de una atmósfera cristalina, me hizo añorar las horas eternas suspendida en vuelo. Y me sentí agradecida de haber llegado volando y descubrir de lejos, y lentamente, la rugosa superficie de esta isla extraña. Ya en tierra Rapa Nui fue otra cosa: el misterio se volvió arqueología.

Continuará…

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Poblado de Orongo, caldera del volcán Rano Kau.

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