Etiquetas

, , , , ,

doubting_thomas 1599

Caravaggio, La duda de Santo Tomás (1599).

por Lilliana Ramos Collado

Jelou… ¿Habrá una obra de arte que NO sea abstracta? ¿Podrá un artista poner en su obra el “todo” de un asunto? Un paisaje pintado exhaustivamente, ¿será posible? Una foto que tenga TODO lo que existe frente al lente de la cámara, ¿será podrá tomar? Algo se queda siempre fuera de la imagen creada. De hecho, una obra de arte no tiene la misión de ser prolija, perfecta en su total captura del todo. Al contrario: existe para darnos la impresión de ser cabal y completa en lo que pretende plantear. Hablemos, pues, de una totalidad “negociada”.

¿No es así en la filosofía? ¿Habrá algún pensamiento que no sea abstracto? ¿Estará la exhaustividad reñida con el pensamiento agudo de las distinciones y las precisiones que se revela en el habla de la filosofía?

En realidad, en los haceres humanos, no hay forma de escapar del gesto abstracto. Sí podemos hablar de grados de abstracción: desde la abstracción no tan evidente en el descarnado óleo de Caravaggio La duda de Santo Tomás (1599); hasta el famoso y desconcertante cuadro Blanco sobre blanco (1918), del extraordinario artista conceptual-abstracto, Kazimir Malevich. La abstracción siempre nos ha ayudado a puntualizar: es la base del drama de lo pertinente. Cuando hablamos de “énfasis”, entramos de lleno en la abstracción. Es la postura de Wittgenstein en sus Investigaciones filosóficas cuando intenta explicar, con cierta perplejidad, que, sin los otros, no podemos saber si lo que digo hoy significa lo mismo que lo que diré mañana. La abstracción nos ayuda a compartir el habla y así abrazar ese drama de la puntual pertinencia.

Kasimir Malevich, Blanco sobre blanco (1918).

La abstracción captura nuestro interés por su capacidad de “auto-reflexividad”, por referirse al propio proceso de pensar, de hacer y de transmitir tanto el gesto filosófico como el gesto artístico. No hay abstracciones inocentes: cada gesto abstracto implica que hemos realizado la tarea intencional de seleccionar aquello que nos parece representativo de un todo, o que, incluso, desatiende deliberadamente el todo para enfocarse en los énfasis.

Sin duda, algo tan abstracto como la abstracción tenderá a contener contradicciones, desgarraduras y duras polémicas (por cuestión de sus énfasis, como ya dije), pero sobre todo abre la puerta a la coexistencia de lo diverso, de lo ideal y lo material, del transcendentalismo y el estructuralismo, en suma, de la ambigüedad. Porque el mundo no es uno sólo, ni es chato ni semejante a sí mismo, la abstracción es la vía más directa —aunque más arriesgada— para transmitir nuestra perplejidad ante él, como la crisis de lo literal que nos propone Paul Klee en su estupenda Máquina de piar.

Klee-La máquina de piar (1922)

Paul Klee, La máquina de piar (1922).

Existen la abstracción “formal”, la abstracción “económica” y la abstracción “social”. La primera se enfoca en los aspectos matéricos de las obras de arte y a través de ellos busca con cierta violencia asediar nuestra “condición humana”, señalando sus contradicciones mediante el junte ocasional de medios como la pintura y la fotografía. Un gran ejemplo de esta “abstracción formal” nos lo ofrece el óleo 900-50-80, de nuestra Olga Albizu.

La abstracción “económica” asedia el hecho palmario de nuestra cultura que todo lo traduce a estadísticas, a consensos y a una informática del número. El valor de uso de todo objeto —que le da concreción— deviene valor de cambio —un valor ajeno a su valor propio—, y así el objeto desaparece detrás de su precio, por ejemplo.

olga-albizu-900-50-80 (1978)

Olga Albizu, “900-50-80” [Amarillo] (1978).

La abstracción social, por su parte, pide “recoger las velas” del pensamiento y de la creación, e implica apartarse de las corrientes dominantes de la cultura, de las versiones trilladas de lo real, de los slogans de la política más cacareada. Lo abstracto deviene lo autónomo, incluso en el concepto “autonomía colectiva”: el apartamiento de comunidades enteras fuera del mainstream.

¿Estaremos de vuelta en la utopía trascendente de la que nos habló Vassili. Kandisky en su De lo espiritual en el arte (1911)? Bueno, “espiritual” también quiere decir demasiadas cosas…