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Lo sabemos: cuando se siembra siempre es para que sobre, y siempre podemos invitar a otros a nuestra mesa. Es decir, sembrar nos da un lugar y una comunidad, nos da una mesa y una despensa.

En el patio de mi casa, lista para sembrar...

En el patio de mi casa, lista para sembrar…

por Lilliana Ramos Collado

La historia nos habla del proceso de civilización, y es casi un consenso universal que ese momento crítico en el desarrollo de la humanidad tuvo que ver con el comienzo de la agricultura. Casi nadie se pregunta hoy día cómo se le ocurrió a alguien, por primera vez, tomar una semilla, hundirla en la tierra, y esperar muchos meses para ver una planta surgir, airosa, y, eventualmente, ver colgando de ella un fruto comestible. Millones de años deben haber transcurrido entre el momento en que alguien descubrió que el fruto que descolgó de un árbol hallado en el camino del nómada podía ser puesto en la tierra para producir otro árbol del cual pudiera, un día lejano, dar otro fruto. Sembrar nos da la ocasión de someter a nuestra voluntad el proceso de lograr que el fruto ocurra.

¡Mis albahacas!

¡Mis albahacas!

Haber descubierto la relación entre el fruto que comemos hoy y el fruto que, por nuestra voluntad, comeremos mañana tuvo enormes consecuencias. Los primeros homínidos recorrían grandes distancias buscando alimento y no se quedaban suficiente tiempo en ningún lugar como para ver salir una plantita en el lugar donde había echado eso que hoy llamamos semilla. Quizás por eso los primeros asentamientos humanos se dieron en los márgenes de cuerpos de agua, donde sería la carne de peces o animales de tierra lo que nos alimentó por temporadas. Quién sabe si en esos asentamientos cerca del río o del mar fueron escenario para ver progresar esa primera semilla sembrada con o sin intención.

Ahora bien, no fue el asentamiento de pescadores el que nos llevó a fundar ciudades, sino el asentamiento agrícola, que produjo viviendas sólidas y fuertes pues allí viviríamos para recoger la cosecha y, eventualmente, para inventar las formas de almacenarla sin que se dañara.

A la entrada de mi mi pequeño bosque, heliconias.

A la entrada de mi pequeño bosque, heliconias.

De ahí la intuición de que sembrar nos invita a permanecer en lugar. Echar raíces nos regala la cosecha. Es nuestro trabajo de hoy el que asegura el mañana de una comunidad entera. Lo sabemos: cuando se siembra siempre es para que sobre, y siempre podemos invitar a otros a nuestra mesa. Es decir, sembrar nos da un lugar y una comunidad, nos da una mesa y una despensa.

La industria agrícola es hoy tan enorme que ya las ciudades no prosperan por aquello que siembran, pues normalmente estamos totalmente divorciados de la producción de aquello que nos da sustento. No podemos vigilar que se produzca a nuestro gusto, ni tampoco supervisar la calidad de aquello que comemos. Nuestra comida ya no es nuestra. Y nuestra forma de vivienda —urbanizaciones sin patio, vida en condominios— no nos da el espacio indispensable para ver fructificar nuestro propio acerolo ni cosechar nuestra propia vitamina C.

Pero lo estamos pensando. Si bien el huerto casero es un trend para gente que tiene el espacio adecuado, la moda no es suficiente para devolverle a la humanidad el beneficio de saber cómo cultivar el propio jardín. Habría que exigir a las autoridades gubernamentales que todo espacio verde en la ciudad pudiera ser cultivado intencionalmente, sea con flores, sea con yautías. Y no sólo para decorar, sino para alimentarnos como debe ser. ¡Caramba!

Claro, hay que disfrutar el jardín.

Claro, hay que disfrutar el jardín.

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