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por Lilliana Ramos Collado

Revolución es palabra caprichosa. En nuestra época de crisis semántica gracias a los desvaríos y los juegos de palabras de la publicidad, hablamos de la revolución del pantalón y a la vez de la Revolución Cubana, de la revolución de los sexos y de la revolución de las masas, de la revolución digital y de la revolución científica. Usada de esta forma casi indecidible, olvidamos su origen cotidiano — palabra latina que significaba “virarse” o “dar una vuelta”— que luego evolucionó hacia las ciencias naturales, donde se hallaba atada a la palabrita “traslación”, por ejemplo.

La palabra se sale de su tranquila existencia como descripción de la conducta de los planetas cuando se aplica por primera vez a las sacudidas sociales que comienzan a cambiar el orden del mundo en la modernidad, sea en su estructura política, en su constitución social, o sea en sus bases económicas. En realidad, estas tres van juntas, pues las revoluciones modernas surgen del malestar social por una desigual repartición de bienes y derechos, cuyas desigualdades se manifiestan, específicamente, en el panorama económico donde hay desigualdad en el acceso a bienes materiales y morales, desigualdades que son condonadas por la estructura política misma, que le asigna a cada cual su lugar en los teneres y en los haberes.

Este uso de la palabra “revolución” se extenderá, por analogía, a todo movimiento convulso, radical —“cambio de paradigma”, al decir de Thomas Kuhn— que cambie la estructura de las actividades humanas, y de ahí hablamos de la revolución industrial, que se refiere al cambio extremo del proceso de fabricación de bienes del modo artesanal al modo industrial o de producción en masa; a la revolución científica, que se funda con la invención del método científico y la ciencia pasa de la observación del mundo a la experimentación para cambiar el mundo; hoy, la revolución tecnológica, que nos mueve del espacio de las materias al espacio de lo virtual. Hablamos también de una revolución ideológica que reconoce que el mundo es como lo pensamos, y no como simplemente “es”, y así hemos ido aprendiendo que los modos de hacer están determinados por los modos de pensar. También hablamos de una revolución cultural que se distingue por el ingreso de comunidades reprimidas y de las minorías en el campo del quehacer cultural, de modo que lo que hoy llamamos “cultura” es el campo expandido de los haberes y quehaceres humanos en signo pluralista.

Rueda unoRueda dosReconocemos la riqueza de posibilidades de nuestra revolución cultural por el vaivén entre tiempos: hemos recreado nuestra idea de pasado y nos movemos con suma agilidad entre pasado y presente en provisión de pensar el futuro, por ejemplo; el mundo se ha ido des-occidentalizando gracias a la revolución cultural, pues ya los países no occidentales se van volviendo parte —sin abandonar su diferencia, siguiendo al Regis Debray que propone la idea de lo “glocal”— de un panorama en el cual la circulación de bienes de consumo y de materia prima, de lenguaje y de bienes culturales ha perdido su contorno y nadie ya tiene la hegemonía “simple”; el mundo se abre hacia la exploración de otros mundos: la indagación expoliadora de los polos terrestres, la cartografía agiotista del fondo del mar, y la mal llamada “exploración espacial” son parte cada vez más fuerte de los imaginarios de lo que llamamos “nuestro mundo conocido”… y, claro está, (presuntamente) dominado.

De hecho, esos espacios en proceso de ser cartografiados, y que, técnicamente, aún no pertenecen a nadie, están siendo devastados por la explotación a manos de empresas privadas como si del Viejo Oeste se tratara. Siendo espacios de donde surge una nueva riqueza, deberían —pienso yo— ser reclamados, quizás, mediante una “revolución territorial” que forzara a los glotones a bajar el diapasón de su desbocada ambición. Claro, mientras unas firmas transnacionales en manos privadas nos roban el polo norte o el fondo del mar, nos entretenemos con la guerra del pantalón que trivializa la revolución de los derechos de género. Tenemos que olvidar el lápiz labial, y fijarnos más en lo que dicen los labios que nos mienten y nos roban. En esa nueva mirada probablemente resida la verdadera revolución…

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