Etiquetas

, , , , , , ,

Me provoca examinar a la luz de estos comentarios algunas estructuras conocidas: la fachada del Plaza las Américas (PLA); las fachadas de comercios en el Viejo San Juan (VSJ) y la verja que rodea el complejo de viviendas conocido como Encantada. Estoy siendo arbitraria: me he vuelto ciega, por exceso de familiaridad, a PLA. Nunca he entrado en Encantada. Fui residente de un edificio restaurado en el VSJ y nunca compro allí. Por lo tanto, soy una extraña en tierra de otros. Y me pregunto, ¿qué ocurre cuando el objeto expuesto al deseo de posesión es una tabula rasa, un no-rostro, y de ello deriva su valor?

por Lilliana Ramos Collado

“No es usted del castillo, no es usted de la aldea, no es usted nada. Pero, por desgracia, es usted, sin embargo, algo: un forastero, uno que resulta supernumerario y está siempre ahí, molestando; uno por cuya causa se tienen constantemente líos, por cuya causa hay que despedir a las criadas; uno cuyas intenciones se desconocen…” 

—Franz Kafka, El castillo

“La mentira está en las cosas.”
— Ítalo Calvino, Las ciudades invisibles


0.  Embocadura: la retórica del rostro

Nada más desconcertante que el rostro, espacio de encuentro y desencuentro con el Otro, instrumento privilegiado de comunicación. El estudio del rostro —la fisionomía— es cosa antigua, y las teorías parten de una misma esperanza: que el cuerpo nos revele el alma. El rostro es también un espacio de alta tensión: conjuga el deseo de expresar y el de ocultar. Es campo de batalla entre descubrir y encubrir. Es lucha de los otros por develar —y la lucha de nosotros por proteger— nuestra intimidad.

Ocurre, pues, que una misma ciencia —la fisionomía— puede permitirnos descubrir y encubrir. Los actores —esos seres dedicados a la prestidigitación de los mensajes del rostro— fundan su talento en el control de las expresiones que enuncian eso que podríamos llamar la “retórica gestual”. La posibilidad de un instrumentario retórico de la gestualidad insinúa lo que ya los sabios antiguos sabían: esa excelsa arma de persuasión que nos ayuda a que la verdad, al decirla, parezca verdad, implica necesariamente que puede usarse con igual impunidad para mentir… y para que esa mentira parezca verdad. En suma: el rostro engaña. Existe, pues, una brecha insalvable entre el rostro y el alma.

Esa mentira verosímil explica la ferocidad de las leyes que reglamentan los anuncios de consumo (“truth in advertising”), la contratación de servicios bancarios (“truth in lending”) y la contratación de servicios de arquitectos, contratistas e ingenieros civiles y de suelos (“garantía decenal”), y así otras leyes como las del “right to know” y del “freedom of information”. Estas leyes compensan, o más bien mitigan, nuestra incapacidad de distinguir al hipócrita del sincero. Como no siempre lo verdadero es visible, la mentira, una vez descubierta, debe compensarse mediante una garantía  contra la mentira. Estas leyes nos protegen de nuestra propia ingenuidad, de nuestra tendencia a creer en el rostro. Nuestra sociedad del espectáculo, fundamentada en el gesto teatral, convierte el rostro en instrumento de una retórica gestual que, como toda retórica, ayuda a que la verdad parezca verdad. Y, ¿quién niega que la mentira también puede parecer verdad? No obstante, estamos malacostumbrados a la más ingenua imprevisión y nos creemos infalibles en la interpretación de los rostros.

“Doublures”, ilustración de J. Wright para la Anti-Jacobin Review (1789) que expresa la importancia de dominar la fisionomía, siguiendo las teorías de Johann Kaspar Lavater en su famoso libro sobre el tema, publicado en 1772 en Alemania.

Por eso, el rostro es muchas cosas: por analogía se extiende a toda superficie ofrecida a trámites y actividades de interpretación… la fachada del edificio, su rostro, por ejemplo. ¿Cómo nuestro sistema fisonómico condiciona o apoya nuestra comprensión de la arquitectura, cuyo arte usualmente se nos ofrece a la mirada desde su afuera, desde su rostro o fachada?

1.  Moralidades semióticas

La fisionomía equipara “lo bello”, “lo verdadero”, “lo cognoscible” y “lo bueno”. La fachada, por ejemplo, debe revelar lo que el edificio contiene, ofrecernos un anticipo del interior. Esta estética moral crea parejas indisolubles: rostro-alma, adentro-afuera, forma-contenido (en tanto la superficie opera como una piel contenedora, como una horma). La horma nos remite a la forma como instrumento ortopédico. En nuestros días de fervor entrópico, cuando todo se chorrea amorfo e indefinido, la horma nos promete la integridad del adentro, su verdad, su autenticidad. En su verdad y coherencia, el edificio nos dice: “Soy lo que tú ves”.

Pero quizás sea verdad que ese núcleo rotundo, ese adentro duro e indivisible, sea irrepresentable. Quizás estemos condenados a conformarnos con la corteza y a renunciar para siempre a manosear el meollo. Si mi señora la Cebolla se quitase sus trajes a montón, correría el riesgo de deshacerse. Eso que Derrida llama “el yo exfoliado”[1] carece de núcleo. El striptease ideal nos dejaría deseando ver a mi señora la Cebolla.

La arquitectura ha sido el arte de separar el adentro y el afuera y, sobre todo, el arte de jerarquizar los diferentes destinos del edificio. En tanto ciencia del diseño (o designio), es fundamentalmente moral: encarna en el edificio los mores de lo público y lo íntimo, de lo propio y ajeno, de lo sagrado y lo profano, de lo urbano y lo agreste, del trabajo y de la diversión, etc. Pero, ¿cómo leer el rostro del edificio para conocer su núcleo, su alma, su verdad? ¿Cómo legitimar la barrera que funda el adentro y el afuera?

A la izquierda, la falsa bóveda ejecutada por Andrea del Pozzo en la Iglesia del Jesù en Roma. A la derecha, una de las recientes obras de arte callejero de John Beever: una bóveda al revés, hundida en la calle.

En la historia de la arquitectura existen propuestas que buscan desestabilizar la armonía entre el adentro y el afuera al atacar el paraíso semiótico y moral de la redundancia. El “trampantojo” (trompe l’oeil) es una de esas formas que, mediante una semiótica caprichosa, crea ilusiones espaciales que desorganizan la relación forma-fondo, y hace parecer que el interior está vinculado al exterior. Esta técnica —elemento arquitectónico importante en las estructuras barrocas— aprovecha las ficciones visuales de la perspectiva tradicional para falsear, en espacios interiores planos, la tridimensionalidad. Sus motivos principales son la falsa ventana y la falsa bóveda abierta al cielo.

El trampantojo estaba hecho para que el espectador disfrutara de este artificio deliberado, para que descubriera que la pared o el cielo raso, como superficies expuestas a la semiosis, pudieran mentir… y, de hecho, mentían. La capacidad visual del espectador del trampantojo se medía, pues, como la capacidad para  detectar mentiras. Al igual que el sombrero del mago y que el “cuarto negro” de Hitchcock, la habitación, trampeada para el ojo, devenía encantada.

2. Y ahora, bajo nueva gerencia…

Sin duda, el instrumentario retórico de la publicidad consumista se ceba de la relación de encantamiento entre el empaque y la cosa. Como señalaba Marx, la malversación del valor de uso como valor de intercambio redefine (y, por supuesto, malversa) los objetos de la manufactura. Compramos empaque como objeto que representa valor. El objeto de intercambio se convierte en ostentación de una clase, de una idea, de un estilo de vida, deviene también ilusión, trampantojo, una ventana (falsa) hacia fuera o hacia el arriba: Barroco.

Me provoca examinar a la luz de estos comentarios algunas estructuras conocidas: la fachada del Plaza las Américas (PLA); las fachadas de comercios en el Viejo San Juan (VSJ) y la verja que rodea el complejo de viviendas conocido como Encantada. Estoy siendo arbitraria: me he vuelto ciega, por exceso de familiaridad, a PLA. Nunca he entrado en Encantada. Fui residente de un edificio restaurado en el VSJ y nunca compro allí. Por lo tanto, soy una extraña en tierra de otros. Y me pregunto, ¿qué ocurre cuando el objeto expuesto al deseo de posesión es una tabula rasa, un no-rostro, y de ello deriva su valor?

Una calle típica del Viejo San Juan, área colonial en Puerto Rico. Muchos de los pisos principales están dedicados al comercio, pero no es evidente a primera vista.

El trampantojo resemantiza la pared o el techo para “desdomesticar”  o “desfamiliarizar” el espacio de habitación. Cada superficie es el escenario potencial del trampantojo. En una especie de trampantojo al revés, las fachadas de la zona histórica del VSJ apelan a nuestro amor por el prestigio de lo antiguo, por lugares y objetos cuya falta de valor de uso se delata al entrar a los establecimientos y ver que la arquitectura colonial interior es incompatible con la función económica y ha sido total o parcialmente demolida. La fachada antigua —quizás “auténtica”— deviene una suerte de máscara que al crear la ilusión de que lo que vemos es otro de lo que es, y simula la antigüedad como lujo. La mayoría de los establecimientos del VSJ padecen de la incompatibilidad insalvable entre el adentro y el afuera. Aquí estamos en una ciudad temática, como Disneyland o el Magic Kingdom, cuyo tema es el consumo de objetos que se vuelven prestigiosos por estar expuestos en el estuche arquitectónico de lo antiguo.

Una de las fachadas de Plaza las Américas, San Juan, Puerto Rico, el mayor centro comercial del Caribe.

Plaza las Américas es aún más radical. El exuberante exceso de las mercancías sólo puede representarse mediante fachadas ciegas, con portales adornados con las tres carabelas de Cristóbal Colón. PLA es el edificio-viaje, aventura tan intensa y personal que no puede representarse en la fachada. Esta no-fachada es la invitación a abandonar lo conocido, “to go where no one has gone before…”  Los objetos asumen así el prestigio de lo ya prestigioso, de lo único, de lo costoso. Al igual que el VSJ, PLA imita una ciudad temática, babélica, dedicada al comercio de objetos de lujo en establecimientos que imitan boutiques de boulevard. Ciudad fantasma por la noche, PLA crea ilusión de comunidad, ilusión de necesidad, ilusión de valor de uso, ilusión de felicidad. PLA es un down sin town. No hay idiosincrasia de PLA. Si acaso, una tendenciosa mezcla de lo real y lo fantástico.

Sección típica de la verja que rodea la comunidad de Encantada, en Trujillo Alto, Puerto Rico.

Encantada tiene mi verja favorita. Como el pobre ingeniero K., protagonista de El castillo, la famosa novela de Franz Kafka, me he sentado ante la verja ominosa, en blanco, de Encantada a imaginar sus predios, a recorrer mentalmente sus calles, a penetrar en sus laberintos, a catar sus jardines, sus gimnasios, sus canchas de tenis. Pero, sobre todo, a imaginar a esa comunidad privilegiada que habita una pequeña y hermética ciudadela en medio de un paisaje que hace muchos años debió haber sido agreste.

La verja de Encantada incita al mito de su contenido. Camuflando el hecho de ser, no una comunidad, sino un escaparate de bienes raíces, la fachada tersa de Encantada invita a llenar los blancos. Que la verja de Encantada resulte inescrutable delata tensión entre el lujo y su recato. Si el rostro humano busca atenuar una interioridad inenarrable, la belleza artificiosa, casi insípida, de Encantada tienta al observador a leerla como una utopía perversa que, al igual que Pleasantville, o el simpático suburbio burgués de casas idénticas en la falda del castillo-fábrica de galletas del film Edward Scissorhands, propone serios conflictos subterráneos. La verja de Encantada, perteneciente a la mitología del castillo gótico, provoca, al igual que ese castillo laberíntico, falsamente diurno, la desazón de lo ominoso. Encantada quizás obedece a un severo sentido de nostalgia de lo pastoril, de lo jerárquico, de lo protegido, de lo edénico. Lo que excluye Encantada es la urbe, la democracia, la intemperie, el trabajo. Encantada nos invita a una búsqueda del mundo premoderno, a la recuperación de la infancia despreocupada.

Contrario a PLA, Encantada será una ciudad fantasma de día, cuando sus habitantes, agobiados por las deudas hipotecarias, acudan a sus empleos inmencionables. Irónicamente, siendo Encantada un bien de consumo cuyo valor de uso nada tiene que ver con el imaginario que la potencia, su hechura borra, a pesar de su ominosidad, toda distancia, toda ironía, toda autorreflexión. Espacio deliberadamente alienante, su éxito depende de su sostenida invisibilidad, de su rostro benignamente inescrutable, de su ser una ciudadela, murada y vigilada, allá en un Trujillo (muy) Alto.

Vivir en Encantada es vivir el trampantojo. Pero eso sólo lo sabe el extranjero, el que molesta, aquél o aquélla cuyas intenciones se desconocen… y cuyo rostro, al igual que el de Encantada, resulta inescrutable.

[Este artículo se publicó originalmente como “Lilliana Ramos Collado.  ‘Encantada”. Entorno. Revista del Colegio de Arquitectos. Año 1 #2, marzo 2006, pp. 12-15.]


[1] Jacques Derrida, “Yo — el psicoanálisis”. Suplemento Núm. 13, “Jacques Derrida. Desconstrucción: textos y documentación.”  Traducción de Cristina de Peretti. Anthropos: Madrid (marzo de 1989), p. 41.