Etiquetas

, ,

por Lilliana Ramos Collado

“Me encontré con mi vocación debajo de unos árboles, haciéndonos cuentos los muchachos del barrio.  Tendría yo doce años y recuerdo el salto que me dio el corazón, de pura sorpresa, al ver que los niños aprendían, como un milagro.”
—Inés María Mendoza, “Mi primera lección”

“No conozco jardinero con mano santa para sembrar que no sea un enamorado de su jardín y, por enamorado ,conocedor de cada una de sus matitas.”
—Inés María Mendoza, “Nombrar, un buen ejercicio”

Jardines de Inés, Fundación Luis Muñoz Marín, foto por Panoramio.

Jardines de Inés, Fundación Luis Muñoz Marín, foto por Panoramio.

A los doce años, ya Inés lo sabía: el espectáculo de la naturaleza es nuestro principal recurso para hacernos un lugar en el mundo y para comprender nuestra condición humana. En sus recuerdos de infancia predomina el elemento natural: su primera zambullida en el río en brazos de su padre, el recorrer la finca a caballo, la lucha de su madre contra la depredación del producto de su cosecha a manos de comerciantes inescrupulosos… paisaje y jardín son espacios entre los cuales oscila el pensamiento de Inés: la rica lejanía de nuestro bosque y de nuestro agro, y la íntima cercanía de un jardín lozano y bien atendido.

Amistarse con la tierra para hacerla rendir fruto, considerarla y protegerla para que nos fuese propicia, educar la mano labriega para cultivarla con deleite laborioso, fueron, desde el inicio de su pensamiento de niña, verbos tutelares que enriquecieron tanto su experiencia como su capacidad para comunicarla. Naturaleza y palabra, árboles y cuentos, serían para Inés inseparables. Por eso, maestra y estudiantes aprendieron en un mismo día iniciático el placer del campo y el placer de nombrar. Lo que comenzó ese día auspicioso bajo los árboles en 1920 pautó toda una vida de apego a nuestro paisaje, de defensa de nuestra naturaleza, de afirmación de nuestra firme y pequeña isla borinqueña.

Inés, al igual que los padres de la filosofía occidental, se planteó, desde su infancia, plantar su tierra y plantarse en su tierra: nos dice que fueron los poetas —y no sus maestros de escuela— quienes le enseñaron a apreciar la grandeza del paisaje isleño, que ella describe con entusiasmo como quien se encuentra ante un espectáculo sublime.  En un testimonio temprano de su caminata por nuestras montañas de la mano con Gabriela Mistral, contagia a la poeta chilena, laureada con el Premio Nobel, su gran amor por nuestro paisaje.  En “Descubrimiento de la Isla”, de 1953, reseña el pormenor de esa visita al campo:

Yo andaba en mi descubrimiento de Puerto Rico con aquella majestad [Gabriela Mistral]. La llevaba como en peana protegiéndola de que no tropezara, de que no se fatigara. Me sentía como una pluma junto a aquella mujer tan cargada: de emoción, de ternura, tan pasada y repasada en sus sentidos poéticos por la belleza hemisférica: estepas y selvas, volcanes y cordilleras, llanuras inmensas, gentes tan diversas.

Me parecía que la Isla se le iba a escapar de debajo de la planta del pie si yo no se la enseñaba bien, fijando con mi dedo su mirada. Pero no, la cogió en vez en la palma misma de su mano y con dulzura la fue llamando nombres inolvidables como si la arrullara.  Le decía a la Isla: “Cordelia, Cordelia amarga, tierra niña, isla trémula de alma, de las constelaciones amamantada, isla en caña y café apasionada, tan dulce de decir como una infancia, bendita de cantar como un hosanna, Cordelia de las olas…”

Más tarde, Inés recalcó el papel del poeta, en este caso Luis Lloréns Torres, en el proceso de concienciar al pueblo sobre la grandeza natural de Puerto Rico. Dice Inés, en su artículo de 1954 titulado “Luis Lloréns Torres y nuestro paisaje”, lo siguiente:

Cuando entré a la escuela […], me enseñaron que mi tierra era la más pequeña  de las grandes Antillas, con énfasis y tremendo acento en lo de pequeña.  La insignificancia de mi tierra se perdía en la geografía y en la historia.  Me pareció por mucho tiempo que era un milagro el que esta islita de suelo se quedara por fuera de las aguas para diminuta habitación nuestra. No me acuerdo de haber recibido conocimientos de nada que no fuera el paisaje mismo de ellas y sus gentes (a los que conocí por invitación de mi padre y mis hermanos), que me insinuaran grandeza alguna en mi país.  Empezaba la escuela por la insignificancia del tamaño isleño, seguía con  relatos de indios mansos y  murientes, pronto borrados por unos españoles conquistadores.  De la grandeza de los conquistadores pasábamos sin detenernos a la grandeza de los norteamericanos.

La geografía mínima, la gente de mansa y rápida adaptabilidad, anonadada entre dos grandezas: la de España y la de Estados Unidos, ¿dónde me dejaban con lo que veían mis ojos y percibían mis sentidos en el ser de mi pueblo por tierra, montaña, valle, mar y cielo?  Comprenderá usted mi mala educación de la que me han salvado los poetas, arcángeles guardianes de las verdaderas dimensiones de mi país.

Por Lloréns empecé a comprobar y a tomarlo como cierto y bueno lo que veían  mis ojos y oían mis oídos.  Los paisajes eran ciertos, eran como yo los veía.  Tenían las anchuras, las honduras, las alturas fuera de toda la falsa dimensión de la geografía escolar —los colores, celajes, luces venían en Lloréns con las brisas y los aromas, los gustos de las frutas, la dulzura de las mujeres borincanas— todo como yo lo había conocido.

Por eso Inés se aprestaba siempre a pasear su mirada por el horizonte agreste y remoto de Puerto Rico, a la vez a posando su mano en tierra para plantar su propio jardín. Así nos habla de su jardín de Trujillo Alto y de su “jardín hundido” en La Fortaleza. Si la naturaleza grandiosa del paisaje la hacía pensar en los grandes problemas de la humanidad, el jardín atendido por su propia mano diligente le hablaba de su capacidad de “cuidar”, de enseñar aprendiendo a cultivar su propio jardín. La naturaleza grande la condujo hacia una sabia humildad, y la jardinería, cual una pequeña naturaleza, le advirtió sobre cuán compleja es la tarea de combinar las plantas, del buen tino en cuidarlas, de velar por su crecimiento, de mantener el orden en el jardín, que es, a fin de cuentas, hechura humana. Esa constancia como admiradora del paisaje y como buena jardinera es lo que revela su talante de buena maestra. Para Inés había que observar el infinito mundo natural y, a la vez, educar el jardín y educar en el jardín.

Inés María Mendoza

Inés María Mendoza

Arrancar un pedazo de terreno para en él ejercer la volición humana, plegar la naturaleza a nuestros deseos, ordenar los tamaños y los colores de las plantas, elegir la combinación de frutos y flores, es hazaña humana que poco se parece al orden natural, desmesurado, del paisaje. Si bien las plantas crecen y se multiplican “por naturaleza”, si bien se adaptan a suelo propicio, la buena jardinera tiene como tarea —y como reto— construir un espacio —el jardín— donde todo sea, por designio humano, más auspicioso para la propia naturaleza. El jardín es naturaleza potenciada, enriquecida, exaltada por la buena mano humana. Así, el jardín es imagen de la escuela, y la escuela es imagen del jardín. La buena jardinera es, pues, la buena maestra. De ahí la importancia enorme de ese espacio natural como escenario de una vocación de enseñar y de una vocación de aprender.

El texto clave para comprender la filosofía educativa de Inés María Mendoza se titula “Mi primera lección” (s.f.), y cito el final por su enorme pertinencia:

Quise estar presente en [las] vidas interesantes [de los niños].  Mi hice maestra rural.  Y un día me encontré siéndolo frente a un salón de clases.  ¿Y ahora?

Allí estaban los limpios aposentos:  almas nuevas como Dios las hace, corazones infantiles – estremeciéndose de anhelos, cabezas de par en par, esperando.  ¿Quién era yo?  ¿Qué claridades traía conmigo?  Se me olvidaron los planes que me enseñaron a escribir en la normal.  Me subió a la cara, como un rubor, toda mi ignorancia.  No se los dije … porque me entró el respeto de aquellas miradas prendidas de mí, de aquella inocente atención pendiente de mis palabras, del quieto candor en espera de mis gestos.  Me sobrecogió ver aquella ilusión de aprendiz que les veía con mis propios ojos, registré el alma, aprisa, buscándome que tenía yo que valiera aquello.

La mañana está fresca – les dije, vámonos afuera a decirnos los nombres, a ver el campo, antes de empezar la clase.  Salieron volando.  Afuera se me fue aliviando el rubor  porque yo me conocía el campo aquel de memoria y empecé a enseñarselo;  el monte con sus guajos, las vertientes por cuchillas y barrancos, las vegas con sus bajos, el salto del río con charcos, pozas y corrientes y que se daba en la tierra por todo aquel mundo hasta los cocales de la ola del mar.

Me dí cuenta de que aprendían por salto de sorpresa que me volvió a dar el corazón, avisándome.  Nos conocíamos  y sabíamos donde estábamos.  Fue mi perimera lección.

A su tierna edad profesional, primeriza y cohibida por su inexperiencia, Inés María recurre a aquella escena de los doce años —citada en el epígrafe a mi ensayo—cuando descubrió que el espacio de la naturaleza es el aula original, e invita a sus alumnos a salir del edificio para “decirnos los nombres”. Intuitivamente, Inés ha relacionado el espacio natural con el acto de nombrar, gesto fundacional, creador, que no es otro que el de regresar al origen, al momento en que las cosas cobran existencia cuando reciben su nombre. Es el momento del “génesis” el que Inés repite ante sus alumnos en un momento inspirado. Así lo reafirma Inés en su artículo  de 1954 titulado “Nombrar, un buen ejercicio”:

Se conoce y se reconoce mejor lo que se sabe nombrar.  Hasta que se nombra, como que no se distingue lo que es de lo que no es.  Va en el nombre el sujeto del pensamiento.

Jardines de Inés, Fundación Luis Muñoz Marín, foto por Panoramio.

Jardines de Inés, Fundación Luis Muñoz Marín, foto por Panoramio.

Los niños, a la par que los elementos del paisaje, pasan a formar parte del lenguaje: aprenden a decirse y a decir su entorno, se lo apropian, aprenden a saberlo y se aprestan a conocerlo. El paisaje, invadido por el gesto inquisitivo irreprimible del niño, deviene cultura, aquella que, a su vez, en la boca de nuestros grandes poetas, le permitió a ella comprender la naturaleza sublime, enorme, del paisaje puertorriqueño y del pueblo digno, luchador, que lo habita. Precisamente por ese apego a lo que nuestro campo ofrece, Inés en una alocución a las maestras de economía doméstica titulada “La casa rural guarda paz y justicia del pueblo”,  de 1953, les aconseja no abandonar el campo:

La maestra tiene que ser la primera en querer habitar el campo.  Que no se apresure a dejarlo cuando termina la tarea del día.  No puede estar velando la guagua de las tres y media para fugarse de lo rural sin que se lleve lo rural por delante.  Su misión es mejorar el campo.

Ese paisaje, convertido ahora en idea, en lugar de ideas, en la mejor aula que pudiera una maestra tener,  quedó, desde ese momento inicial de su carrera como maestra, capturado en la imaginación como escenario propicio para desarrollar las capacidades de los niños y para ir templando las capacidades, hasta ahora intuitivas, de la buena maestra. En ese momento el paisaje ya no era la escena observada a través de las ventanas de la escuela, sino una realidad inmediata y urgente que reclamaba ser atendida. En el instante en que Inés salió con los niños y nombró sus nombres y los nombres del paisaje, ese entorno se convirtió en un jardín, no ya de infantes, sino de jóvenes exploradores de los misterios de la naturaleza natural y humana, dispuestos a plegarla a su albedrío. El tránsito del paisaje lejano al jardín cercano marcó el tránsito entre la ignorancia del niño y la cultura del estudiante.

No resulta extraña la intuición de Inés de sacar a los estudiantes del salón y enfrentarlos a la naturaleza. Hasta hace muy pocos años, el jardín como concepto y como símbolo estaba preñado de sentido: en la tradición mundial el jardín como espacio generador de conocimiento y como escenario del aprendizaje se retrotrae a los primeros filósofos de Occidente —Platón, con su Academia,  Aristóteles con su Liceo, y Epicuro con su jardín— quienes decidieron fundar estas primeras instituciones educativas en entornos naturales apartados de la ciudad. Confirmaban que en ese entorno natural podía hacerse filosofía, pensar la ciudad y su democracia, y educar niños para convertirlos en hombres sabios, en ciudadanos  dedicados y en gente de bien.

Inés María Mendoza

Inés María Mendoza

¿Cuál es, pues, el aprendizaje del jardín? Mucho saca Inés intuitivamente de este espacio siempre privilegiado: por una parte, es un espacio edénico —y por lo tanto, del buen comienzo— donde han de fraguarse la personalidad y el aprecio de lo natural; por otra parte, es cultura abonada por la mano devota de la buena jardinera; es, además, espacio de cuidado y de convergencia: el jardín atrae la conversación y el placer del  contacto humano. De hecho, cuando diversas tradiciones occidentales y orientales hablan del jardín del amor, no sólo se refieren  a la sensualidad apreciativa de olores, colores, texturas, sonidos y gustos, sino a la bienestancia del coloquio amable entre “amantes” del conocimiento del mundo y del prójimo.

Es esa amena conversación —la que Inés quería conservar dentro del jardín en el famoso bohío de Trujillo Alto y en los bancos que bordeaban los trillos embaldosados de su jardín hundido en el Palacio de Santa Catalina, casa del Gobernador de Puerto Rico—, la que Inés quería propiciar. Sin, duda, el placer sensorial que provoca el jardín bien atendido no sólo sirve de ambientación ideal para la conversación interminable, sino que sirve de complemento a la atención que la buena jardinera le ha dado a su jardín, escenario de tanto bienestar para los que en él se dan cita.  Por eso, jardín y hospitalidad van de la mano en la filosofía de Inés, y por eso todo Puerto Rico aprovechó el fruto de esas conversaciones —a veces cotidianas y familiares, a veces cónclaves del estado mayor de Luis Muñoz Marín— que se dieron en los propicios jardines de Inés. Así, en el jardín se sembrarían semillas y palabras, se cultivarían tanto las flores más hermosas, como el hermoso florilegio de la buena frase, aguda, profunda, reveladora, de la que la propia Inés siempre hizo gala. El jardín sería, pues, el vivero del idioma para luego recoger la flor de la palabra: la inteligencia.

Curiosamente, el jardín que Inés imaginó y que tuvo la ocasión de cultivar, no podría escapar del cambio, del estrago de las fuerzas de la naturaleza —como en alguna ocasión lamentó ante las heridas de un árbol a causa de una tormenta—, ni de la veleidad misma de las plantas. Un jardín, como sabemos, se desarrolla en el tiempo, crece, se detiene, recomienza, oscila con las estaciones, florece o no florece, y esto puede ser independiente del cuido esmerado que aplique con tesón la buena jardinera. Por eso nos cuesta pensar en el jardín como espacio memorioso, siendo su naturaleza con frecuencia remisa a aceptar de buen grado nuestras atenciones.  Sin embargo, para Inés, este jardín a veces caprichoso, fue siempre acicate de la memoria, como espacio de recordación de las bondades naturales de Puerto Rico, y como escenario de gestas familiares y políticas. Tanto el jardín de Trujillo Alto, como el jardín en La Fortaleza, fueron lugares de aprender nombres y de aquilatar y recordar hombres y mujeres que allí estuvieron en esa conversación placentera.

Pensar el jardín como ayudamemoria va al alma del pensamiento de Inés, y prueba de ello es su artículo titulado “Nombrar, un buen ejercicio”, ya citado:

Como la gente, las plantas tienen su nombre de pila, mal nombre y hasta apodos cariñosos. Voy a hacer este largo ejercicio de nombrar mi jardín a ver si las mujeres de mi país empiezan conmigo a nombrar sus jardines.  Nos crecerá el habla como a los niños que salen del balbuceo gozándose cada palabra que recogen y repitiendo el hallazgo hasta el estribillo, encantados de exhibirla.  Cuando a cada mujer le queden bien nombrado su jardín, su tala, los árboles del patio, los pondremos juntos como a pedazos del cañamazo de nuestra tierra y tendremos entonces el deseado idioma del jardín borincano.  Le pondremos al final del dechado aquellas palabras que poníamos antes en el cañamazo con puntos de cruz: “Dechado de los Nombres de la Tierra Puertorriqueña, Hecho por sus Mujeres”.

Jardines de Inés, Fundación Luis Muñoz Marín, foto por Panoramio.

Jardines de Inés, Fundación Luis Muñoz Marín, foto por Panoramio.

La memoria propiciada por el jardín —central este artículo— tiene que ver con conocer lo propio: saber el nombre de cada una de nuestras plantas típicas o autóctonas. También tiene que ver con recordar el orden de los procesos, con desarrollar conciencia de la cultura propia, con cultivar el aprecio por el idioma vernáculo, y con conocer cuál es el lugar de cada cual en la comunidad. Para Inés, conocer es una actividad inmanente a la buena ciudadanía, sin la cual el individuo no se desarrolla ni permite que la comunidad entera desarrolle al máximo su potencial de buen país. Aprenderse los nombres de las cosas, como comprendió Inés desde los doce años, es antesala al desarrollo de un saber esencial para el ser humano: el apropiarse del entorno y el poder asumir responsabilidad plena sobre éste.

Inés fue insistente en su “filosofía del jardín” durante toda su vida. Desde su “primera lección” hasta su militancia ambientalista al final de su vida, Inés exaltó las múltiples bondades del jardín. En sus artículos sobre la casa puertorriqueña, hizo indispensable la consideración de un jardín que fuera la sala externa de la vivienda: lugar para recibir a los invitados y sentarse a conversar. En los consejos que le daba a las mujeres sobre cómo mantener un hogar bello, siempre insistió en la necesidad del jardín como contrapunto de la casa y como lugar de belleza y esparcimiento para toda la familia. En sus múltiples alocuciones sobre la agricultura y su bien manejo rentable, subrayó la semejanza entre el buen huerto y el buen jardín, como conceptos intercambiables: ni el jardín, ni la buena finca pueden ser aprovechados sin la mano adiestrada en el buen cultivo, sin el conocimiento de cómo hacerlas fructificar. Su constante consejo a los habitantes del campo sobre la necesidad de saber cultivar la tierra y mantener siempre un huerto casero entronca con su “fábrica de los diez dedos”, gracias a la cual “la paja que nos dan” deviene un tesoro que puede aprovechar una comunidad entera. Para Inés, el jardín es ocasión de mantener el cuerpo ocupado y la mente productiva. El producto de esa actividad es un mejor Puerto Rico.

Con frecuencia, los lectores de Inés tildan de “jibarista” el énfasis que ella siempre puso en desarrollar las dotes de la jardinería doméstica y del huerto casero, que tanto ayudó a defender. Estos lectores, entusiasmados por la creación de un nuevo tipo de orquídea, tal vez no se fijan en la cualidad metafórica que el jardín tenía para Inés. En muchos de sus artículos de periódico y en muchos de sus discursos, Inés insistía en homologar el jardín con la isla entera, y su preocupación por sembrar árboles para evitar la erosión de tierra cultivable era una de sus muchas maneras de interpelar al pueblo de Puerto Rico sobre la urgencia de participar en el buen gobierno de nuestro elemento más útil e importante, el territorio isleño. En su artículo “La erosión en Haití”, de 1953, manifiesta su gran preocupación de este mal provocado por la inatención:

Cuando se vuela sobre la tierra haitiana y cuando se camina por sus montes, le duele al viajero la visión de una tierra pelada, de la roca viva, del descalabrado de las vertientes.  Es como si uno viera a una amiga flaca en el hueso y supiera que la dieta para hacerla de nuevo su carne, le toma siglos de convalecencia cuidadosa.

Todavía en Puerto Rico la erosión no nos hiere los ojos así, ni nos duele como lo que es: una enfermedad propia. La pérdida de la tierra en la erosión es la pérdida de nuestro alimento: de la fruta, del vegetal, de la leche, del café, del azúcar, de la sombra y de la belleza.  Los pueblos se van muriendo poco a poco en la pérdida de la tierra suelta de cultivo de sus suelos.

Yo quisiera que los niños puertorriqueños aprendieran a mirar y a ver los síntomas de esta grave enfermedad que les puede matar a su patria: la erosión.  Hay dos pueblos donde ya se agrava el mal, Cayey y Comerío.  Pero sobre todo Comerío. Puede que el desmonte para sembrar tabaco haya tenido que ver con el mal.  Pero más que nada ha tenido que ver el descuido, el no ‘darse cuenta” de que lo padecemos… es como un mirar sin ver ni sentir de que a menudo se adolece en la Isla. Lo que yo quisiera es que los niños que crecen aprendan a verle la cara a nuestra Isla como “un semblante” de ser vivo.

Más tarde, en 1964, reitera la necesidad de proteger nuestra naturaleza y en su artículo “Carta a mis hijas sobre la tierra”, afirma con fuerza los peligros que enfrenta una naturaleza desatendida:

Somos cada vez más pobres los puertorriqueños cuando desaparece una variedad de las especies de la vida natural  de la Isla.  Éramos más ricos con los sabores de caimitos, calambreñas, guamá y corazones.  Somos más pobres sin las rosas francias, sin las de la tierra, sin heliotropos, nardos y estefanotas.  Somos más pobres sin el aroma de la reseda, del mirto, de malaguetas y alcanfores.  éramos más ricos con el canto de las aves y con los asombros en las miradas de los niños cuando podían seguirle el vuelo a los pájaros.  Porque es el desaire, el desamor lo que deshila el variado tejido fuerte de la tierra, el que apaga y borra el rico diseño de la Naturaleza – así el desamor destruye la habitación del hombre en la Isla y por eso les escribo esta carta.

Sus constantes llamados a proteger la capa vegetal de Puerto Rico, de convertir el Día del Árbol en un día central en nuestro calendario, no perseguían la instauración de un gesto superficial. Al contrario, su compromiso conservacionista, basado en la siembra de árboles, iba al corazón mismo de la productividad básica de Puerto Rico gracias a las manos cada vez más expertas de la población entera.  Así lo expresa con énfasis en su artículo “Renovemos los Festivales del Árbol”, de 1955:

Cuando celebramos una fecha importante es por lo general una fecha del pasado.  La fiesta del árbol se la hacemos en un día del presente, pero es una celebración del futuro.  Es un día en que se siembran árboles que serán grandes árboles diez, veinte, cien años después.

La gente del trópico tenemos que hacernos la sombra por pura necesidad, para no asarnos, para buscar debajo de ella las brisas y aliviarnos las tremendas resolanas.  El árbol da sombra acogedora, embellece la ciudad y el campo, es su verde follaje el pulmón vivo que purifica el aire llenándolo del oxígeno que nos es imprescindible.  La clorofila que reside en las hojas fabrica, misteriosamente con la luz del sol, las bellas flores y la rica fruta.  Como si todo esto fuera poco, lo que él por sí solo siendo árbol hace para nosotros, todavía hay más – hay lo que él, el árbol, hace con nosotros. 

He descubierto sembrando árboles con mis manos, que sembrarlos proporciona un descanso.  Es un descanso distinto al de sentarse o al de estar sin hacer nada.  Es un descanso vivo que es muchísimo más descanso que el descanso inerte.  Se descarga la mente al ejercitarse las manos en su poder de sembrar para hacer crecer.  Da cierta ternura al bregar con semillas, retoños y cogollos con la que recobra el nombre mientras siembra, inocencia, reminiscencias tal vez de cuando era él nuevo en medio de la naturaleza, de cuando conocía su Edén.  El descanso que da el sembrar se va prolongando con el cuido mañana y tarde de la siembra, como en una serenidad que ya es más que descanso, es un estado de gracia que dispone el ánimo, cuando quedan terminadas las tareas.  Se establece entre el sembrador y la madre naturaleza tendrá y tiene intimidad de regazo.

Me gustaría que la juventud se aprendiera como una lección a gozar de los árboles, a sembrarlos y a conservarlos.  Es la manera más segura de conservar la tierra que al fin y al cabo es el único aposento que lo mismo el pobre como el rico, tiene el hombre.

Así expresa Inés la necesidad de educar a toda la población isleña, dentro del aula florida de nuestra isla-jardín, sobre las artes —ahora abiertamente políticas— de la buena jardinería. Ese conocimiento que puede resultar, en apariencia, banal, es lo que garantiza, según ella, el futuro de la comunidad. Y son los jóvenes los que deben cargar con la responsabilidad de pasar a las generaciones venideras, el apego al cuido esperado del ambiente natural.

Inés María Mendoza

Inés María Mendoza

Llama la atención que Inés, una mujer tan comprometida con el lenguaje directo y tan comprometida con la construcción política de Puerto Rico, prefiriera comunicar sus ideas sociales más profundas y polémicas mediante la metáfora del jardín.  Creo que la explicación es sencilla: el recurso a una imagen conocida por todos, y cuyo manejo es tradicional en todas las edades, los niveles de conocimiento y las clases sociales, puede ser la carta de triunfo para comunicar ideas complejas sobre el “buen gobierno”. Central al pensamiento de Inés fue la necesidad de educar para crear una mejor ciudadanía, hábil en el manejo de sus haberes personales y colectivos, presta a acudir a las urnas, a colaborar e la construcción de su realidad y del espacio que habría de compartirse de forma comunal. El apego de Inés al cooperativismo, al cuidado de la infancia, a la buena salud del pueblo, a la buena alimentación, al cuidado y la promoción de nuestro vernáculo y a la educación para propiciar destrezas en cada puertorriqueño —desde las escuelas públicas para niños y jóvenes, pasando por la universidad, hasta llegar a la División de Educación de la Comunidad, dirigida a los adultos no escolarizados— está siempre fundamentado en el elogio al paisaje y al jardín como lugares en que se solventan esos esfuerzos colectivos. No podemos olvidar que, en sus cartas a los jóvenes soldados puertorriqueños en la Guerra de Corea, aquello a lo que Inés dedicó mayor pormenor fue siempre a la descripción minuciosa y entusiasta de nuestro paisaje, siempre alabado como nuestro jardín. En su pensamiento, entendía que hablarles a nuestros soldados destacados en Corea acerca del paisaje de la isla sería el mayor consuelo que pudieran recibir estando tan lejos y en el ambiente hostil, mortal, de la guerra. La descripción del paisaje isleño en su “Mensaje a los soldados boricuas en Corea”, de 1951, es casi hipnótica porque está dirigida a avivar la memoria que tienen los soldados de la pacífica naturaleza de Puerto Rico:

Quisiera aprovechar la voz que esta cinta guarda para levarles recuerdo, del paisaje de Puerto Rico.  Estamos en junio….

Acuérdense de cómo es su Isla en junio.  Empiezan a soplar ahora las brisas frescas sobre nuestros calores y siempre por alguna ventana de la casa y por el lado donde cae la sombra, esta brisa de los vientos alisios nos refresca el mediodía….

Amanece temprano.  Ya a las cinco se ven los ramalazos de la aurora, y a las seis está de día.  El sol se pone tarde y hasta que se pone brilla y alumbra sacándole colores a la última nube.

Están florecidos los flamboyanes.  Yo he estado con Luis Muñoz Marín en estos días por las carreteras de Mayagüez, de Ponce, por los caminos de Arecibo, de Humacao, de Guayama, de San Sebastián, de Jayuya y a lo largo de todos los caminos florecen los flamboyanes cargados del precioso color que ustedes recuerdan. Está hermosa la carretera de Cidra a Cayey, y la de Arecibo a Lares….

En los jardines, en junio, como ustedes saben, florece el mirto, que se le llama también café de la India y que tiene ese olor a novia, tan agradable.

En Barranquitas, Orocovis, Adjuntas, en el alto de Comerío están cargadas de macetas florecidas las gardenias.

Por toda la Isla maduran los mangós y en la altura se gotean las pomarrosas…

Empiezan a cuajarse los aguacates y las guayabas.  El mar está bueno de navegar alrededor de la Isla.  En las Cabezas de Fajardo han tenido una fiesta de pescadores por muchos días, y se ven manchas de tuna y de buena pesca cerca de San Juan.

Pasó la sequía y hay una alfombra verde, florecida, sobre la tierra…. Están buenas las cosechas.

Este año el café ha estado tan cargado de flores que todavía murmuran algunos jíbaros supersticiosos…. “cuidao si va a haber tormenta….”

Y la gente…. ¡la gente piensa tanto en ustedes ….!  Cuando se apaga la luz en los campos y se van durmiendo las montañas en la oscuridad, el último pensamiento en cada casa que apaga su luz y de cada mujer que arropa y arrulla a sus hijos, es para ustedes.  Les echan la bendición que ustedes desde allá piden: “¡Que Dios los acompañe!”, y por la mañana: “¡Que dios los proteja!” (Las bastardillas son mías)

Lo mismo hace Inés en sus misivas mensuales a nuestros compueblanos emigrados a Nueva York, como en la “Carta de febrero”, de 1960, publicada en la Revista Temas en Nueva York:

Desde mediados de diciembre hasta fines de enero llegan cargados los aviones de puertorriqueños que desean mirar a Puerto Rico en sus claras luces de diciembre y enero, de ver los campos verdes, la ola del mar con sus randas de cocoteros, la montaña fresca, las muchas colinas con casitas en los topes.  Es la nostalgia puertorriqueña que no hay quien se libre de ella.

Vienen los braceros de las fincas agrícolas, vienen los estudiantes, vienen los trabajadores diestros de Detroit y de Michigan, vienen los ricos, vienen los pobres, vienen las abuelas con sus nietos y vienen los jóvenes recién casados a buscarle mieles a la luna y al sol.  Imponente espectáculo el del aeropuerto de San Juan lleno de caras sonrientes, de ojos ávidos de luz clara y de limpio verde.  Se quieren libertar por un rato del frío, de la seca calefacción que quema el aire dentro de la casa, buscan aire bueno de respirar, llegan cansados de capotes y abrigos.  Vienen muchos y más vendrían.  Solo no vienen los que no pueden, a ver estos meses del invierno puertorriqueño que son los meses de una primavera florida y diáfana aquí. […]

Pero tal vez lo mejor nuestro sale y saldrá de este puertorriqueño, amor por la belleza de la tierra.  No se puede ser un artista ni un científico tampoco sin observar y amar la naturaleza.  El artista y el científico lo que hacen es arrancarle belleza y misterios, de ella es que se nutren.  Además del deleite que da la contemplación, la naturaleza le proporciona una norma de valores al niño y al adolescente que no puede descartara en su vida de hombre una vez que la adquiere.  ¿Qué puede valer más que un amanecer? ¿Quién puede comprarlo, venderlo, regalárselo a nadie? ¿Qué cuesta el mar, la brisa y el paisaje? ¿Cuánto dura el renovado placer que dentro de la naturaleza trae cada nuevo día que comienza?  ¿Qué cuesta mirar y ver? ¿Quién puede robarnos el azul, el verde, el marullo, las lomas?

En suma, el jardín de Inés es el gran motivo filosófico de esta pensadora intuitiva que quería que cada puertorriqueño diera el salto a la buena ciudadanía, cimentara el amor por su tierra y su paisaje, y abrazara plenamente la democracia que a cada cual asigna la tarea de mantener la isla-jardín de todos. La idea de cultivar es central a su pensamiento de buena maestra y de buena jardinera que nos invitó a pulir nuestras herramientas comunales en el jardín. Al utilizar hermosamente esta metáfora a través de sus artículos y discursos, Inés —excelente escritora y comunicadora— aprovechó lo conocido para decir lo nuevo, echó mano de lo trillado para trazar nuevos trillos hacia una vida mejor para nuestra gente. Inés se sabía buena maestra y buena jardinera, y al invitarnos año tras año a compartir el gusto por cultivar su aula florida, nos legó tareas duras, pero tareas, al fin y al cabo, irrenunciables, fundamentales… eternas.

[Este ensayo figura como postfacio al libro Largo saber, breve palabra: citas y pensamientos de Inés María Mendoza, Lilliana Ramos Collado e Ivette Fred, editoras, Fundación Luis Muñoz Marín]