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por Lilliana Ramos Collado

El haiku hace poesía directamente del mundo literal: como si las cosas reales nos hablaran de un mundo detrás del mundo.

Kano Eitoku,

Kano Eitoku, “Aves y flores de las cuatro estaciones” (fragmento). Siglo XVI.

Siempre me extraña que la gente me diga, con sus ojos fijos en los míos y con una sonrisita sobresaltada, “no entiendo la poesía”. Me extraña porque nuestra manera de pensar es curiosamente metafórica: solemos atrechar por la metáfora para decir las cosas de modo que “nos entiendan mejor”. Aunque no lo admitamos, sabemos que, con metáforas, decimos más con menos. Renegar de la metáfora es, pues, una tontería.

Nada mejor que el haiku japonés para demostrar nuestro apego al lenguaje poético. Nos dice José María Bermejo —editor y traductor de la flamante antología “Instantes”— que el haiku es “el poema más breve del mundo.” Esta forma construida a base de meras 17 sílabas (en realidad, de 17 “sonidos”) contiene, en su brevedad, “la totalidad de la vida”. Es producto de una honda comunión con la naturaleza; fija el instante, aviva la sensibilidad, y enfoca nuestra mirada en los detalles de las cosas.

En el haiku, “lo corriente es lo extraordinario”. Tan importante es lo que se canta como lo que se calla. Esa hondura de sentido apretada en la brevedad de un fogonazo de calma y luz hace del haiku “un camino de perfección, tanto desde el punto de vista espiritual como desde el punto de vista estético”.

INSTANTES. Nueva antología del haiku japonés. Traducción, introducción y notas de José María Bermejo (Edición bilingüe). Madrid: Hiperión (2010).

INSTANTES. Nueva antología del haiku japonés. Traducción, introducción y notas de José María Bermejo (Edición bilingüe). Madrid: Hiperión (2010).

Nos dice Îo Sôgi (1421-1502), “casa en ruinas / han tomado el jardín / las mariposas”. El haiku es natural, agranda las cosas pequeñas, es conciso, es fruto de la observación. La ruina, llena de tiempo, coexiste con la vida breve de la mariposa. Lo bello y fugaz  abraza a lo viejo y eterno. La pequeña mariposa y la ruina nos hablan del tiempo, de la materialidad y del espíritu de forma precisa y a la vez profunda.

Gracias al gran Bashô Matsuo (1644-1694),  sabemos que el haiku no afirma una proposición lógica, ni contiene o pormenoriza una reflexión: “déjale al sauce / el odio y el deseo / que te atormentan”. El sauce, a la vera del río o del estanque, se dobla hacia el agua como si llorara el llanto del triste, como si asumiera sus pesares y pecados. Nada de lógica tiene esta transferencia, pero la aceptamos por la fuerza de la imagen poética, como una verdad: el sauce llora a nombre nuestro.

El haiku hace poesía directamente del mundo literal: como si las cosas reales nos hablaran de un mundo detrás del mundo, como sugiere Bashô aquí: “yo me pregunto / avanzado el otoño / ¿qué hará el vecino?” ¿Habrá el vecino almacenado suficientes víveres y leños para sobrevivir el invierno? ¿Morirá cercado por la nieve sin que yo lo sepa? ¿Qué preparativos estará haciendo para su diversión o para su enfermedad? ¿Necesitará de mí el vecino durante las frías nevadas? La pregunta, en sí, abre el poema a nuestra especulación. Nosotros, los lectores, enriquecemos los versos del poeta.

Central al haiku es el énfasis en lo efímero, en lo que apenas podemos avistar en un momento y que sólo podemos capturar en un poema brevísimo. Y así lo afirman los poetas del haiku una y otra vez. Sin embargo, con frecuencia el haiku recoge nuestras fugaces intuiciones de la inmortalidad, de lo permanente, de lo que no cesa de regresar, como en este poema de Ugeshima Onitsura (1661-1738): “el ruiseñor / posado en el ciruelo / desde hace siglos”. Miles de ruiseñores y de ciruelos nos hablan del “orden natural” como tema y variaciones del hacer y deshacer del universo. Un ruiseñor es todos los ruiseñores, un ciruelo es todos los ciruelos.

El haiku es conmoción, apretujamiento del tiempo, poesía mínima, apunte apresurado para abocetar la inmensidad de la vida y de la experiencia; contenedor de pensamiento, de exploración, de aventura, pero sobre todo de metáforas que nos devuelven un universo enriquecido. Una amiga, a quien leí el borrador de esta reseña, me pregunta por qué no vivir una vida “haiku”. Le respondo: “sin caos, no podríamos pasar el trabajo de dar orden a nuestra propia experiencia. Pasar ese trabajo nos hace humanos.”

[Publicado en El Nuevo Día el 17 de noviembre de 2013]