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Unión y separación del entorno expanden el alma y la cuajan al descubrir sentidos nuevos de nuestro lugar en el mundo. Al caminar salimos hacia el mundo para hacerlo nuestro.

por Lilliana Ramos Collado

… nos alecciona nuestro Juan Antonio Corretjer en uno de sus poemas más bellos y pertinentes. Y abraza así una larguísima tradición de caminantes cuya andadura recoge una vida de pensamiento, de aventura, de aprendizaje existencial.

Viajeros, deseosos, fugitivos, peregrinos, penitentes, averiguaos, turistas del misterio de lo que hay “al otro lado del monte”, han cruzado nuestro planeta en busca de algo que aún no saben que no saben, pero que intuyen esencial para culminar su existencia. Caminar, andar, vagabundear son verbos no solamente infinitivos, sino infinitos. Ni con la muerte cesa el tesón del alma andariega, ni con el amor, ni con el deber. En realidad, el andarín anda por andar. El camino nunca termina.

¿Qué tiene el caminar que nos tienta y nos alienta? A eso le dedica David Le Breton uno de sus libros más recientes. Este antropólogo dedicado al estudio del cuerpo en sociedad, atento a la carne, al rostro, al dolor, al riesgo y sus pasiones, abraza ahora una meditación profunda —de una belleza elocuente— sobre esta actividad humana que vamos perdiendo por culpa del automóvil, del tren y del avión.

Si andar es un desvío hacia la contemplación por la vía activa (perdonen mis lector@s la paradoja), este libro sobre el caminar es un desvío de la usualmente rigurosa prosa investigativa del Le Breton antropólogo. El caminar voluntarioso, que revienta bolsitas de agua en los pies y que quiebra la espalda bajo la mochila, es ocasión de un pensamiento transitivo, cuyo tránsito desborda el sensorio y le fija en la conversación entre el cuerpo y un entorno cambiante.

“El caminar es una apertura al mundo. Restituye al hombre el feliz sentimiento de su existencia. Lo sumerge en una forma activa de la meditación que requiere una sensorialidad plena… Caminar es vivir el cuerpo, provisional o indefinidamente… El caminar es a menudo un rodeo para reencontrarse con uno mismo,” comienza diciendo Le Breton. Y así nos invita a recorrer con él este libro espléndido.

Pues lo que hemos perdido es el cuerpo en su autosuficiencia, y el caminar nos lo despierta. El caminar nos devuelve la capacidad de sentir con atención, de permitirle a nuestros sentidos asumir la misma errabundez que usualmente sólo le permitimos a los pies. Mientras se avanza, el escenario cambia y nuestros ojos cambian, y nuestros oídos cambian, y nuestro tacto permite a las manos abrirse con la promesa de ese cambio incesante. Si el automóvil fija nuestra atención en evadir el peligro, nuestros pies inquietos nos regalan un mundo denso, complejo, lleno de gratas sorpresas.

Sucesivos capítulos pormenorizan nuestro “primer paso” (¡ay! ¡qué difícil es echarse a andar!), la sensación del tiempo, los efectos del caminar en nuestro cuerpo, cómo debe ser nuestro equipaje, si debemos ir solos o acompañados, cómo dormir, qué hacer con las heridas en los pies, qué nos ofrece el silencio, por qué canturrear al ritmo de nuestros pasos, cuán larga debe ser la marcha, cómo recibir la apertura del mundo y cómo luego escribir de nuestro viaje. Otros capítulos narran las aventuras de caminantes famosos. Otros nos hablan del caminar en la ciudad, para cerrar con capítulos que exaltan la espiritualidad del caminar.

El paisaje —sobre todo en el espacio natural — tramita un pensamiento complejo que nos permite el vaivén entre el cuerpo nuestro y el cuerpo del afuera, nos ayuda a regresar y a abandonar, a la vez y en rápida sucesión, lo que es el “yo” y lo que es “lo otro”. Unión y separación del entorno expanden el alma para luego cuajarla al descubrir sentidos nuevos de nuestro lugar en el mundo. De hecho, al caminar salimos hacia el mundo para hacerlo nuestro.

“La carne del mundo exige siempre un eco proveniente del caminante, una resonancia íntima,” y eso es, para Le Breton, lo elemental. Carne nuestra es ese todo. Por eso, es necesario —urgente— caminar.

Elogio del caminar. David Le Breton. Madrid: Siruela (2011).

Elogio del caminar. David Le Breton. Madrid: Siruela (2011).

[Publicado originalmente en El Nuevo Día el 8 de diciembre de 2013]