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por Lilliana Ramos Collado

La escalera eléctrica de Plaza Las Américas, que nos transporta a La Terraza de Plaza…

[En la madrugada del 21 de julio de 2009, Nelson Rivera, uno de nuestros más destacados dramaturgos, me invitó a un performance titulado Coge pa’Plaza y siéntate en la Terraza (A Frieda Medín), que ejecutaría en La Terraza de Plaza Las Américas ese mismo día, de 9:00 a.m. a 9:00 p.m. Su invitación echó a volar mi imaginación y, de inmediato, me puse a escribir, durante esas horitas antes del performance, este texto que registra el rumbo de mi pensamiento sobre la idea de la “plaza”… He reescrito algunos pocos pasajes y añadido notas y referencias para formalizar este escrito*, pero he preferido no sacrificar el tono coloquial de los e-mails originales.]

E-mail #1 a Nelson Rivera, 21 de julio de 2009, 10:43 a.m.

Nelson:

Gracias por la curiosa invitación a verte performear en La Terraza de Plaza Las Américas. Esta vez no te voy a fallar.

Primero estacioné mi carro en el estacionamiento bajo techo…

Me has puesto a pensar en las plazas, uno de mis temas favoritos, y te incluyo unas meditaciones al respecto. Perdona si sueno un poco altisonante, pero es que he tratado de ser breve, y la brevedad siempre castra el tono lírico. Pienso en la plaza, en cómo este artefacto urbano es producto de transacciones políticas que dan cuerpo y consecuencia a la relación entre el estado y la ciudadanía, y cuyo lenguaje formal convoca la imagen que la ciudad tiene de sí misma y la que usa para carearse con el mundo más allá de sus fronteras. La plaza, como espacio público, va al alma —y puede constituir el alma— de la ciudad, y las conductas que en ella se propician o se prohíben son fiel índice de su forma política. Si bien M. Christine Boyer insiste en que las narrativas que definen los espacios urbanos como enclaves de autenticidad pueden ser ficticias cuando estos espacios han sido manipulados con fines políticos[1], hay que preguntarse si un repaso de la forma, del uso y de la pertinencia cultural que han tenido estos espacios puede darnos un indicio de por qué parecen haberse vuelto obsoletos en nuestro presente inmediato[2], sobre todo en Puerto Rico. Pensar espacios como la plaza nos obliga a preguntar qué es la ciudad: la que está hecha de casas y monumentos, o la ciudad de la gente, en especial en un presente en que muchos de los usos del espacio público están siendo limitados por las autoridades urbanas[3]. De modo que trataré de comenzar por el principio…

Primero fue la zona común entre las chozas de pieles y huesos, troncos y escombros, o frente a la caverna primitiva… o quizás no. Quizás este punto de encuentro frente al fuego central rememoraba otro lugar primigenio donde, en el intercambio de historias, se fue formando el primer lenguaje. Reunirse es un gesto humano, y narrar suele ser su consecuencia. Narrar requiere un lugar vacío, disponible, que pueda ser ocupado por la gente para poner el gesto en acto y echar a volar las palabras.

La próxima transformación que se me ocurre es el ágora griega. Lugar de intercambio de bienes, espacio de infección y contagio, de deliberación política, de careo, de chisme, de teatralidad desatada donde a cada cual le tocaba, en su momento, ser parte del drama o ser parte del público espectador. Espacio necesariamente vacante, el ágora era la condición de posibilidad del diálogo comunitario, sin el cual hubiera sido imposible el llamado gobierno de la ciudadanía, es decir, la democracia. Allí, la ciudad se volcaba en una gestualidad ubicua gracias a una coreografía política cuyas variantes obedecían inveteradas fórmulas rituales que templaban las tensiones entre la polémica y la aquiescencia.

El instinto colectivo intuyó que esa plaza originaria era indispensable para la democracia en tanto ésta, en su forma auroral, era performativa: una conducta, un repertorio de gestos y actos. Los ciudadanos participaban en actos de un poder diseminado y elevado en cada mano, o arrojado en la urna en forma de óbolos blancos o negros. Estando todos los participantes de pie y al mismo nivel, en el ágora nadie podía verlo todo ni escucharlo todo. El testimonio de los actos públicos no podía más que ser fragmentario: cada ciudadano presente debía aportar su pedazo de testimonio al recuento general. Nadie tenía dominio cabal del evento. En ese sentido, la memoria colectiva de cada gesto político albergaba la semilla de narrativas conflictivas[4]: sedimento aglomerado de opiniones y de retazos del recuerdo de cada cual y, al fin y al cabo, leyenda o mythos.

Luego caminé hacia la entrada del segundo piso del centro comercial…

Cuando la ingente multitud se volvió inmanejable, la presencia del podio o del terraplén fijó un espacio desde donde expresarse, sembró la jerarquía entre locutor e interlocutor, e instauró el turno para hablar. Con el podio se profesionaliza la expresión, y de ahí, la invención del forum romano da al traste con esa ingenua democracia de los pares pareados y parados al mismo nivel. Restricto por muros, propiedad o hechura de este o aquél emperador, el foro romano definió una primera modalidad de la política como espectáculo… en sentido moderno. La teatralidad de este “poder en escenas”[5], cuya existencia ya Platón había pronosticado y para la cual ya había acuñado el término “theatrocratía”, implicaba un montaje para ser mirado, que acabó por inhibir definitivamente la participación equitativa, impetuosa, idiosincrática, de cada cual. La aclamación aquiescente fue índice de los acuerdos. Una sola memoria, establecida por el drama en el podio, determinaba el significado y la trascendencia de los actos públicos, que ya no eran forjados por el público, sino apenas mostrados ante la mirada el público. La democracia había muerto.

En Occidente, este espacio de reunión —ágora, foro— se borra por varios siglos. Diezmada por la paulatina descomposición política de Roma, la población europea se concentra en las ciudades, ahora aisladas de la metrópolis imperial, o se hunde en los campos y en los bosques[6]. Dentro de los muros de las viejas ciudades de la ya extinta romanidad rige el hacinamiento y la desconfianza hacia todo lo foráneo. Dentro de los fuertes muros de las ciudades, la necesidad de sobrevivir asedios y ataques propició la reactivación o el establecimiento de huertos, como en las ciudades imperiales modeladas sobre la huella castrense. Son los primeros mercados itinerantes los que abren poco a poco un espacio común dedicado a la transacción comercial, y justo en ellos se levantarán, eventualmente, las primeras catedrales frente a las cuales volverá a surgir ese espacio en blanco donde la gente podía reunirse o ser convocada.[7] El control de la barbarie extramuros devendrá alegoría del “buen gobierno”, según lo representa Ambrogio Lorenzetti en sus famosos frescos sobre los efectos del buen gobierno en la ciudad y en el campo: la ciudad bien gobernada ya no tiene huertos en su interior, sino que se alimenta de la actividad agrícola que rodea sus muros. Así aparece también la ciudad en las ilustraciones de Les très riches heures du Duc de Berry (siglo XVI): una ciudad sin huertos dedicada a cultivar sus predios aledaños. Este ideal no se cumplió en toda Europa, y basta reconocer las plantas urbanas de varias ciudades que aún hoy preservan la huella de sus huertos.

Con el Renacimiento comienza a abrirse la ciudad[8]. Las ciudadelas —mescolanza laberíntica de calles estrechísimas, huertos pequeños, espacios baldíos usados para levantar el tinglado de los mercados— comienzan a pavimentar sus calles y los pequeños sembradíos dentro de las murallas ceden a la baldosa y se convierten en pequeñas piazze. Todavía en Venecia, estas pequeñas plazas —siempre inesperadas, siempre con formas que atentan contra la lógica y la geometría— se llaman campi, recuerdo de su uso anterior. En cada placita (campiello) hay una pequeña iglesia para servir a las pocas almas del vecindario en una Venecia eternamente fragmentada en islotes, apellidos y emblemas, delimitados por canales. Fue un complejo ejercicio de arquitectura e ingeniería “abrir” la ciudad de Venecia en el siglo XVI para dotarla de plazas más amplias.[9] Curiosamente, Venecia es quizás prototipo accidental y azaroso de la planta urbana de Londres, con sus cientos de squares, que no son otra cosa que la racionalización de una vieja ciudad que suplantó el huerto con la plaza. Estas plazas vecinales disgregaban el “pueblo” en barrios para desembocar en una comunidad fragmentada, esencialmente medieval en su manifestación.

La sed de espectáculo del Barroco, en su afán de convertir la ciudad en centro político y piadoso, amplía las plazas según la voluntad renacentista… que tardó bastante en transformar la ciudad a su gusto racional. La plaza barroca, rodeada de una arquitectura de fachadas impresionantes[10], reduce el uso del espacio al ir y venir de los tinglados comerciales, y al pase y pase de la gente en sus asuntos. Desprovista, como siempre, de lugares para sentarse —lo que comparte con todas las transformaciones anteriores del espacio público— podía en un instante acomodar, dada su monumentalidad, el mecanismo teatral de las fiestas de la realeza o, lo que es lo mismo, de las fiestas religiosas[11]. El fasto y el festín se daban la mano en este ejercicio de poder que se exhibía como lujo, y que contribuía aún más a separar las clases sociales según se dividían en actores o espectadores del poder. El poder se manifestaba en la amplitud de los espacios públicos, y en la fiesta que podía ocuparlos. Aún las ejecuciones públicas de criminales o herejes se estructuraban como enormes y complejas celebraciones.[12]

Empujé la puerta de cristal…

La plaza ilustrada fue, en realidad, una plaza “teórica”, sobrepuesta en la plaza barroca. Fueron los arquitectos de la Ilustración —en especial Etienne-Louis Boullée— los que soñaron la nueva plaza[13] —amplia, vacía y cercada por líneas de árboles— en medio de su ciudad ideal como regreso paulatino al espacio abierto y participativo de la democracia antigua imaginada por los enciclopedistas y por los estudiosos de la Antigüedad clásica que tornaban sus ojos hacia la Grecia dorada. Pero tuvieron que esperar un hito histórico que sacudiera el tejido urbano, abigarrado por la planta urbana medieval que subsistía como rémora de un pasado hacinado a pesar de las toneladas de dibujos arquitectónicos que imaginaban una nueva ciudad. Fueron la toma y la demolición de La Bastilla lo que permitió fundar en acto esa plaza democrática. En París, la Plaza de la Bastilla es importante precisamente porque existe gracias a la ausencia de la Bastilla. Es esa conciencia comunitaria del before & after lo que da sentido renovado a la plaza multitudinaria en la cultura europea. París, como punta de lanza de un nuevo urbanismo construido sobre las ruinas del viejo urbanismo, se lanzó a la recreación de su trama urbana dejando siempre espacio para la multitud, principal actriz en el drama político de los nuevos tiempos: la explanada embaldosada de esta plaza es el emblema de la Revolución Francesa[14], su espacio natural… sin podio y sin bancos para sentarse.

El Siglo XIX, alentado por estos vientos revolucionarios, pero temeroso a su vez de sus consecuencias políticas, va formando un híbrido urbano que mantiene las plazas de barrio mientras configura plazas “centrales” de gran extensión, que a veces aprovechan —como en Roma— la existencia de una enorme plaza antigua (e.g., la Piazza Navona o el Campo dei Fiore). La literatura decimonónica europea asume la plaza amplia como espacio de modernidad en el imaginario colectivo, y el square o la placita de barrio como espacio de la novela gótica, llena del ominoso misterio medieval. Mientras se van elaborando ciudades industriales abiertas (y a la vez panópticas), sobre todo en Inglaterra, el Siglo XIX regresa al huerto en la ciudad, promoviendo la dedicación de vastos espacios a jardines o parques públicos, restos de jardines palaciegos que se fueron integrando a la vida de la ciudad y al imaginario de la nostalgia. La ciudad de Nueva York, producto de esa imaginación decimonónica que trata de aunar el barrio y la ciudad, posee esas plazas de barrio (e.g., Washington Square), pero substituye la plaza multitudinaria por un Central Park.

Son los franceses los  que vuelven a la carga y sacuden de nuevo la idea de espacio público con la invención de la tienda por departamentos. Peregrina que soy en busca de plazas, asistí hace unos años a la debacle de la benemérita tienda por departamentos llamada La Samaritaine, enclavada en el mismo centro de París —cerca del Museo del Louvre, antiguo palacio y pied-à-terre del Rey en la ciudad—, digna hija populachera de los distinguidos pasillos de Arcadas parisinas[15] de principios del siglo XIX. La Samaritaine —y su versión baratita, Le Bon Marché— convertía el espacio comercial en un entorno doméstico: cada tienda deseaba crear en los parroquianos la idea de estar en una casa e invitarle a decorar y habilitar la casa propia a imitación de las vitrinas y los escenarios construidos con las mercancías[16].

Y me recibió la “Ley del Padre”. ¡Uff!

La invención del mall en el siglo XX hereda la teatralidad de esas tiendas decimonónicas, con el resultado de aglomerar estas casas en un espacio continuo: si la tienda por departamentos imitaba el espacio doméstico, el mall debía imitar la ciudad, en tanto exhaustiva y autocontenida. Por su creciente tamaño, el mall fue empujado poco a poco hacia fuera de la ciudad, hasta convertirse en una ciudad satélite[17], que poco a poco ha ido cobrando centralidad psicológica en lo que hoy se considera una “cultura del mall”. Fragmentada en suburbios y distanciada por portones que cierran las urbanizaciones, la ciudad ha perdido su centro, y el mall se ha convertido en “el centro de todo”, como dice el lema de Plaza Las Américas[18] en San Juan, Puerto Rico.

Interesante es observar que la estructura de estas nuevas plazas comerciales es estrictamente medieval: autocontenidas en sus propias paredes, todo les queda dentro. Aunque tiene un espacio “central” de mayor tamaño, contiene pequeños squares o campi hacia donde abren sus puertas grupos de tiendas o de pequeñas boutiques. Equipadas con algunos pocos bancos para sentarse a descansar de la ardua tarea del consumo bajo magros arbustos sembrados en tiestos, las “avenidas” principales de estos malls, y las placitas que dan descanso al atareado consumidor, son falsos espacios públicos[19] que alientan la atemporalidad —no hay relojes y no se siente el paso del sol o las variaciones del clima—[20] y a la vez inducen la esperanza de cambio al promover un placentero imaginario de movilidad y de trasformación psíquica[21]. Siendo un interior controlado en tanto se trata, no de verdadero espacio público, sino de propiedad corporativa y privada, el mall es lugar “seguro”, para que nada perturbe el consumo de mercancías[22].

Dos gestos fundamentales apuntalan la experiencia del mall: el consumir (mercancías, alimentos) y el mirar (otra forma, más sutil, de consumo). Orientado a una actividad de necesidad básica (consumo) y a la pasividad de la mirada, el mall es lugar neutro cuyos gestos básicos proponen una contradicción entre lo individual y lo colectivo: comer es acto colectivo inmemorial, si bien la escena de la mesa en familia se ha vuelto obsoleta; y mirar es el acto individual por excelencia. De ahí la frase “desde mi punto de vista”. La ausencia de espacio donde sentarse socava la conversación extendida que puede crear vínculos de convivencia. Las conversaciones furtivas frente a las góndolas de las tiendas o entre los racks de zapatos y las perchas de ropa nada tienen que ver con la creación de comunidad.

Moroso ascenso por la escalera eléctrica hacia La Terraza de Plaza…

La Terraza de Plaza, creada tardíamente en Plaza Las Américas, viene a remediar un poco la carencia de un espacio comunal verosímil. Destinada a invitar al consumidor de alimentos a una variante costosa del comedor escolar, la Terraza pervierte a la vez la idea de la mesa como espacio de concordia comunitaria, y de la fiesta campestre como celebración de la buena cosecha. Los alimentos que expenden los puestos de comida rápida nada tiene que ver con celebrar la generosidad del agro, y las mesas pequeñas colocadas en estrechas hileras poco alientan la conversación grupal. El ruido ensordecedor de este lugar cerrado, las sillas y mesas incómodas, y la mera cantidad de gente apresurada que desea comer y seguir su camino, acallan todo sentido de colectividad. La mesa en la Terraza es, privilegiadamente, observatorio, y desde allí sólo puede hacerse antropología social.

La Terraza de Plaza, signada por la diversa oferta de alimentos —al igual que el mall tiene una variada oferta de mercancías—, intenta, quizás, rememorar los mercados medievales y las kermeses locales de antaño. Pero no realmente. La multitud congregada en Plaza Las Américas, y que va a comerse un bocado rápido en su Terraza, nada tiene que ver con la colectividad pensante de las plazas antiguas, que dividían su énfasis entre el consumo de lo necesario, el evento político y la ceremonia religiosa. En Plaza Las Américas, el consumo altamente individualizado ha devenido otro ritual “político” más, otro ritual “religioso”: el tarjetazo, como manifestación de nuestro respaldo reiterado de la propiedad privada (irónicamente, puesto que apenas somos dueños de nuestra deuda, y no de la mercancía gracias a la cual nos endeudamos…), constituye un contrato privado y desigual entre el consumidor y su institución de crédito; la visita constante a Plaza se vuelve misa solemne (aunque dispersa) en el consumo de la carne y la sangre del capital (la mercancía).

Los líderes políticos y religiosos han intuido esto y  por eso han asumido este espacio como lugar para adelantar sus consignas. Los mensajes políticos y religiosos han adoptado las formas publicitarias que alientan el consumo dictadas por la estructura del mall, y así consumimos la sangre y la carne de Dios o del político de turno. Esta  transformación ha sido ingeniosamente planteada por Urayoán Noel en su poemario Las flores del mall.[23] Claro está, en Plaza, el colectivismo de los actos políticos y religiosos se ha vuelto banal, en el sentido que le da a la palabra Hannah Arendt cuando habla de la banalidad del mal (¿la banalidad del “mall”?). En Plaza, el poder se encuentra tras bastidores, detrás de las perchas y de los exhibidores de la mercancía. Nadie en Plaza asume a conciencia que en cada moneda que gasta, que en cada tarjetazo, se allana ciegamente a la obediencia a un poder que se encuentra siempre volatilizado detrás de una pequeña tarjeta plástica, de una moneda que siempre es falsa.

Nelson, ¿cuál será, entonces, el performance tuyo en Plaza Las Américas? ¿Sentarte en la Terraza a consumir alimento (acto solidario con el gesto mandatario de consumir), o a mirar (acto solidario con el gesto mandatario de consumir), o a mirar mientras se consume, o viceversa (actos solidarios con el gesto mandatario de consumir)? Quizás la redundancia misma de estos actos conscientes y deliberados nos dé el giro irónico que aliente, finalmente, una actitud crítica ante este lugar hiporreal. Pero será, por supuesto, un acto solitario, nunca solidario. No se me ocurre qué acto pueda realizarse en Plaza Las Américas que no implique una teatralidad destinada al consumo de los transeúntes, acostumbrados a enfrentarse a cualquier cosa en un espacio que ofrece una variedad infinita de ocasiones de consumo, y en el cual lo inesperado es, siempre, parte de un  consumo posible, incluso necesario…  O tal vez vayas a asumir pasivamente el rol activo del consumidor: no comer y no mirar. Ser el ayunador y el ciego en Plaza Las Américas sería una opción contestataria, en tanto mecánicamente opuesta a la conducta esperada y alentada por el entorno que nos fuerza a conformarnos con el consumo.

Daniel Lind me vio primero… y seguí caminando hacia la mesa…

Regresar al espacio de la democracia, volver a levantar la mano en señal de pertenencia, conversar todo el día sobre asuntos graves o livianos, saber que cada acto en el lugar público es a la vez íntimo y colectivo, memorable y único, común y ritual, hoy me parece imposible. Por eso, pienso en cuál debe ser mi performance hoy en Plaza cuando te vaya a ver. Quizás yo no deba ir, y así no consumiré tu performance de entre todas las ofertas de consumo de Plaza. Pero… me pica la curiosidad.  Iré a verte a La Terraza de Plaza, aunque no estés acompañado de Frieda Medín! Me intriga saber qué vas a hacer —o a dejar de hacer— en el centro de todo.

Saludos, Lilliana

**

[Llegué a La Terraza de Plaza a eso de las 8:00 p.m. del día 21 de julio. Allí estaba Nelson Rivera, sentado frente al restaurant vegetariano Mother Earth, mirando hacia Sears. Lo acompañaba el pintor Daniel Lind. Poco después otros amigos fueron llegando: los escritores Rey Andújar y Carmen Zeta, y el performero y filósofo Bernat Tort. El performance de Nelson Rivera—según me enteré cuando llegué al lugar— consistiría en estar sentado en una mesa de La Terraza de Plaza durante 12 horas, desde que el magno centro comercial abriera sus puertas en la mañana hasta que las cerrara por la noche, e invitó a sus amigos a compartir con él esa experiencia. Conversamos en la mesa hasta pasadas las 9:00 p.m., un rato más de lo pautado por Nelson para su performance: estar sentado hasta el cierre de las tiendas. Y allí parloteamos de cualquier cosa, todo el mundo hablando a la vez. Finalmente Nelson, exhausto, dio fin a su espectáculo, se puso de pie, y abandonó la mesa: eran las 10:05 de la noche del día más largo de su vida…]

 

E-mail #2 a Nelson Rivera, 22 de julio de 2009, 8:00 a.m.

Nelson:

Es curioso que mirar, en Plaza Las Américas, sin intención de consumir, se interprete como el foreplay del hurto.  Siendo el consumo una especie de therapeía o de pharmakos, consumir poco en consideración del presupuesto personal es beneficioso para la economía, pero consumir mucho, sin recurrir al presupuesto propio… es decir, robar… es, según los comerciantes, el extremo dañino del consumo. Lo que supuestamente delata al ladrón es, precisamente, la intensidad de una mirada sin propósito aparente. Por eso, la gerente de Mother Earth te vigilaba (claro, pensaba que tú la estabas vigilando a ella).

A la izquierda, Nelson Rivera, y a la derecha Daniel Lind y Rey Andújar, todos en ánimo divertido…

Milagrosamente, la gente de Sears no llamó a la policía para que te sacaran de allí como sospechoso de planificar un robo. El artículo 14 del Código de Conducta de Plaza Las Américas contiene una restricción contra el loitering o merodeo que reza: “Merodear, regodearse o mantenerse en los predios del Centro Comercial sin tener un propósito específico o legítimo”. Esta prohibición tiene todo que ver con la inseguridad de Plaza, lugar que sólo es seguro si la gente se dedica a consumir ritualmente en un gesto individual. Se presupone que al no hacer consumo del bueno, estás a punto de hacer consumo del malo!

Pero, a fin de cuentas, considera cuán mal nos portamos anoche en Plaza: nos robamos el aire acondicionado[24], nos robamos el tiempo de ocupación de una mesa por 12 horas (incluso las horas pico), le robamos la paz al lugar, le robamos la ganancia. Considerando que Sears es la única tienda por departamentos “antigua” que nos queda (ya hace tiempo sucumbieron las elegantes Velasco, Belk Lindsay González Padín, e incluso las cafres, como Bargain Town), te situaste ante una imagen emblemática, simbólica, sagrada, del consumo. A fin de cuentas, y secretamente, comprendes los códigos: fuiste el ayunador y el ciego en La Terraza de Plaza.

… sobre todo Daniel Lind…

Estoy segura de que presenciar el encendido de las lámparas temprano en la mañana, y su ocaso al final de una dura jornada de expendio y dispendio, constituirá en tu memoria un hito del saber sobre Plaza Las Américas, una comprensión profunda que, abocada a sofocar la pensée sauvage del consumo mágico, te habrá convertido en su más íntimo y desconocido antropólogo social, en un insider dedicado a distanciarse del “centro de todo”. Mientras… para nosotros, tus amigos e incidentales compañeros de performance, conversar fue el regreso al círculo del fuego y de la palabra, aquel del que te hablé en mi e-mail anterior. En la Terraza de Plaza, sentados en desafío del consumo y entregados a la conversación, regresamos al espacio primitivo, vacante para poder ser poblado por pares en una comunidad —si bien frágil y efímera— ciertamente auroral. Qué sé yo… los chistes mongos sobre el próximo Festival de la Pana en el Barrio Mariana de Humacao nos llevaron a reinventar el lenguaje, y del panapén surgieron bellos neologismos: panograma, panóptico de pepitas, empanadilla, panocracia… Y luego, votamos con las manos levantadas, y nos hundimos en la fiesta barroca ante fachadas no tan monumentales, imaginamos la ciudad ideal mientras ponderábamos derribar esta Bastilla del consumo puertorriqueño, y reemplazarla por un jardín urbano.

Te lo dije ayer por la mañana: no hay ocupación sin un espacio vacante. Al final del día, justo al entrar la noche (que no pudimos apreciar en este lugar comercial totalmente ciego al exterior), el vacío que representa La Terraza de Plaza se convirtió en la ocasión de revisitar el origen, sentados alrededor del fuego simbólico de la mesa del mall, para desde allí ordenar el caos del presente e invocar —idealizado— el orden pasado.

A las nueve en punto de la noche, Nelson, que había estado allí desde las nueve de la mañana, simplemente se puso de pie y se fue, dando fin a su performance “Coge pa’Plaza y siéntate en La Terraza”.

En un lugar ajetreado como Plaza Las Américas —donde las reglas de conducta prohíben el merodeo—, perder el tiempo de forma ostensible es la amenaza mortal. Cerrados en círculo, mostrando ceguera total ante el consumo circundante, refiriéndonos a Plaza como una ajenidad, hicimos… nada. ¡Merodeamos!

Te agradezco la invitación. Lo pasé súper.

Lilliana

 

*Este artículo se publicó originalmente como “Lilliana Ramos Collado. ‘Coge pa’Plaza y siéntate en La Terraza: dos e-mails a Nelson Rivera’. Julio 2010, Revista (in)forma (Escuela de Arquitectura UPR Río Piedras).


[1] M. Christine Boyer. The City of Collective Memory. Its Historical Imagery and Architectural Entertainments. Cambridge: The MIT Press (1996): 46.

[2] Eamonn Canniffe. The Politics of the Piazza. The History and Meaning of the Italian Square. Aldershoot: Ashgate (2008): 258-259.

[3] Cindy Katz. “Power, Space, and Terror: Reproduction and the Public Environment.” En Setha Low and Neil Smith, eds. The Politics of Public Space. New York: Routledge (2006): 105-121.

[4] Conocidas por siglos en la literatura, en la política y en la administración de la justicia, las “narrativas conflictivas” oponen el gesto totalizante de la “historia oficial” a la aglomeración heteróclita y fragmentadora de los testimonios individuales. ¿A quién creer? ¿De dónde sale la “historia oficial”? ¿Se trata de un consenso espontáneo o de una conveniente imposición “desde arriba”? Me vienen a la memoria dos lecturas de juventud: una famosa novela en verso (¡!) de Robert Browning —The Ring and the Book (1868-69)—, que trata de reconstruir un crimen a base de las declaración de varios testigos irreconciliables, y repasa las voces del chisme en la ciudad. Y, claro, la Apología de Sócrates, de Platón, que coloca al anciano filósofo en la posición de defenderse del chisme y de los testimonios conflictivos de sus amigos y de sus enemigos. Tanto el protagonista de Browning como Sócrates terminan siendo declarados culpables, sin que se haya establecido de forma inequívoca su culpabilidad. En 1988, en un artículo memorable, el etnógrafo Karl Heider utilizó el filme Rashomon (1950), de Akira Kurosawa, para explicar el concepto de estas narrativas conflictivas en los estudios de campo en la antropología y acuñó el término “efecto Rashomon”: cómo la existencia de testimonios irreconciliables hace imposible alcanzar la “verdad”. “The Rashomon Effect: When Ethnographers Disagree”. American Anthropologist 90 (1) ( marzo 1988): 73–81. Agradezco a Julia Sagebién la referencia a Heider en una conversación reciente sobre estas “narrativas conflictivas” que —digo yo— apenas se descubren hoy en el discurso antropológico, a pesar de su larga prosapia en el discurso literario y en el jurídico. La idea de Heider ya había sido propuesta por Clifford Geertz en varios ensayos de la década de 1970 sobre el “punto de vista narrativo” de los antropólogos, y se concreta en uno de sus libros más hermosos: Works and Lives: The Anthropologist as Author. Stanford: Stanford University Press (1988).

[5] Georges Balandier. “El drama”. El poder en escenas. Barcelona: Paidós (1994): 11-43.

[6] Jacques Le Goff. La civilización del Occidente medieval. Barcelona: Paidós (2003), Capítulo I.

[7] Otto Von Simpson. “The Palace of the Virgin”. The Gothic Cathedral. Origins of Gothic Architecture & the Medieval Concept of Order. Princeton: Princeton U Press (1989): 159-182. Georges Duby. “Les féodaux”. Le Temps des catedrales. L’art et la société 980-1420. Paris: Gallimard (1976): 44-71. Roland Recht. Le croire et le voir. L’art des cathédrales IIe – XVe siècle. Paris: Gallimard (1999).

[8] Manfredo Tafuri. “Princes, Cities, Architects”. Interpreting the Renaissance. Princes, Cities, Architects. New Haven: Yale U Press (2006): 59-98. Canniffe, “Early Renaissance; Perspective, Representation and the Ideal”, op. cit., pp. 75-93.

[9] Ver, sobre esta tarea formidable, Manfredo Tafuri. Venice and the Renaissance. Cambridge: The MIT Press (1995), en especial los dos capítulos finales dedicados a la reestructuración del Bacino di San Marco y a la construcción de las Fondamenta Nouve, pp. 139-196.

[10] Canniffe, “Baroque: Scale, form and meaning”, op. cit., pp. 133-150.

[11] Gloria Martínez Leiva. “Fiestas cortesanas en Versalles y en Madrid”. En Fernando Checa Cremades. Cortes del Barroco. De Bernini y Velázquez, a Luca Giordano. Madrid: Seacex (2003): 318-331.

[12] Roy Strong. “El estudio de la magnificencia”, en Arte y poder. Fiestas del Renacimiento (1450-1650). Madrid: Alianza Editorial (1988): 17-71. Hermann Schreiber. “El otoño dorado de Venecia. Desposorios barrocos con el mar.” En Uwe Schultz, ed. La fiesta. Una historia cultural desde la Antigüedad hasta nuestros días. Madrid: Alianza Editorial (1993): 211-224

[13] Helen Rosenau. “Las aportaciones francesas”. La ciudad ideal. Su evolución arquitectónica en Europa. Madrid: Alianza Editorial (1986): 93-122. Richard Sennett. “The Body Set Free.” Flesh and Stone. The Body and the City in Western Civilization. New York: W.W. Norton & Company (1994): 282-316.

[14] Sigo aquí, en general, las propuestas de Sennett, op. cit.

[15] Según Walter Benjamin, estas Arcadas son las precursoras de las tiendas por departamentos, aunque se dedicaban, en un admirable entorno arquitectónico de cristal y hierro, a la venta de objetos de lujo. “Paris, the Capital of the Nineteenth Century ”. En The Arcades Project. Cambridge: Harvard U Press (2002): 4, 18.

[16] Rachel Bowlby, “Commerce and Feminity.” Just Looking. Consumer Culture in Dreiser, Gissing and Zola. London: Routledge (1985): 18-35.

[17] Ver, entre otros, Margaret Crawford. “The World in a Shopping Mall.” En Michael Sorkin, ed. Variations on a Theme Park. The New American City and the End of Public Space. New York: The Noonday Press (1993): 19.

[18] Ver, en general, Rubén Dávila Santiago. El mall: del Mundo al Paraíso. San Juan: Ediciones Callejón (2005).

[19] “Shopping malls privatize public space, perpetuate suburban sprawl, provoke unsustainable forms of consumption, and promote the displacement of authentic things by simulacra.” Peter Clanfield. “Passing the Time in West Edmonton Mall.” En Tanfer Emin Tunc and Anessa Ann Babic. The Globetrotting Shopoholic: Consumer Space, Products and Other Cultural Places. London: Routledge (2008): 153.

[20] Joe Moran. Reading the Everyday. London: Routledge (2005): 128.

[21] Anne Friedberg. Window Shopping. Cinema and the Postmodern. Berkeley: The U of California Press (1993): 120.

[22] Según Benjamin, las tiendas por departamentos promueven —siguiendo el efecto que produce la exhibición de bienes de consumo en las Exposiciones Universales— “la glorificación del valor de cambio de las mercancías.” Benjamin, op. cit., p. 18. La traducción del inglés es mía.

[23] Brooklyn: Editorial Alamala (2000). “Ahora compraremos ropa cara / con la tarjeta American E’pré. / Ahora compraremos ropa cara / con la E’pré, con la E’pré / arpa eólica de plástico, / ebrio junjún fantástico / o puñado de pesos que suena fric-fric, / chequera, chékere, chévere, chic.” p. 14.

[24] Es lo que sugiere el arquitecto ambientalista Fernando Abruña que debemos hacer en Plaza Las Américas: disfrutar de un fresco caro por el cual no tenemos que pagar… Fresco gratis. San Juan (1980).