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por Lilliana Ramos-Collado

El 25 de noviembre de 1980, Sugar Ray Leonard asesta un golpe en la cara a Roberto “Mano de Piedra” Durán…

Dos memorias anclan mi relación con el ruido y la ciudad: el 25 de noviembre de 1980, caminaba hacia mi casa por la calle 23 en la ciudad de Nueva York, a eso de las 9:30 pm. Era una noche clara, pero singularmente desierta a una hora en que la ciudad solía ser todavía bulliciosa. Me desconcertó escuchar el eco de mis propios pasos, discernir claramente alguno que otro taxi en la distancia, y sentir vagamente el temblor del subway como ruido táctil entrarme por los pies. No había casi nadie en la calle.

Avanzando el tiempo, ya casi alcanzando la 5ta Avenida en dirección a Lexington, noté uno que otro transeúnte detenido mirando hacia arriba, hacia las ventanas que, me percaté ahora, estaban casi todas iluminadas. De ellas emanaba el sonido confuso de una conversación acalorada, intervenida por la estática típica de la televisión. La misma conversación ininteligible en todas partes. Llegando ya a Lexington, veía más y más transeúntes anclados en la acera mirando hacia las ventanas de los apartamentos encima de las tiendas, y más se iba saturando la noche con la cháchara televisiva. Casi llegando a mi casa  cerca de Gramercy Park estalló un enorme vocerío. Desde las casas y en las aceras la gente gritaba. Era un raro espectáculo en el cual personas solas, paradas unas al lado de las otras, saltaban gritando de alegría o de zozobra sin dirigirse la palabra, y sin dejar de mirar hacia arriba. Cuando llegué a casa entendí el misterio: Sugar Ray Leonard acababa de derrotar a Roberto “Mano de Piedra” Durán. El panameño había abandonado el ring, había decidido no seguir peleando con el norteamericano. Durante la pelea, las calles de Nueva York estuvieron singularmente desiertas, estáticas, cada transeúnte pendiente del ruido de las palabras ininteligibles que se desbordaban a chorros por las ventanas de la ciudad.

Pórtico del Teatro de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras.

Mi segunda memoria es local y universitaria. A principios de la década de 1980, el gran guitarrista Alirio Díaz visitó el Teatro del Recinto de Río Piedras con un repertorio sosegado de clásicos españoles. Versiones en guitarra del Sombrero de Tres Picos, de Manuel de Falla, standards de Fernando Sor, una versión para guitarra sola del Concierto de Aranjuez, pasajes selectos de Las Noches de la Alhambra… A medio concierto, el sistema de aire acondicionado dejó de funcionar. El silencio detrás de la guitarra se hizo penetrante, casi insoportable. Luego de una breve pausa perpleja, los ujieres caminaron hacia las puertas laterales. Las abrieron de par en par, y comenzó a entrar la brisa nocturna. El guitarrista continuó como si nada.

Alirio Díaz, el gran guitarrista venezolano, visitó el Teatro de la Universidad de Puerto Rico en río Piedras a principios de la década de 1980.

De pronto la sala, hasta ahora invadida sólo por los sonidos de la guitarra y las tosecillas de rigor, se saturó de coquíes,  del murmullo del viento en las hojas de los árboles, de los ronquidos mecánicos de autobuses de la AMA, de voces atenuadas, de pasos apresurados por la acera contigua, de automóviles lejanos, de una que otra ambulancia volando a todo escape hacia el Hospital Auxilio Mutuo: la ciudad de Río Piedras había entrado al teatro y servía de acompañamiento al guitarrista. Lo que amenazó con ser la fractura de un bello concierto, se convirtió en un “Concierto para guitarra y ciudad” que, jugando con consonancias imprevistas y las disonancias de siempre resaltó a un tiempo el hecho de que estamos todos hundidos en el ruido, que la música no es otra cosa que un aire frágil ante el poder formidable de la cacofonía aleatoria del escarceo urbano. Como si hubiera sido parte de un plan, la conjugación de la guitarra y el ambiente aural de Río Piedras tomó la escena de nuestro Teatro para aleccionarnos sobre la posibilidad de aceptar, como espectáculo válido y netamente nuestro, la varia disonancia que nutre la compleja banda sonora de la urbe.

Fachada del Teatro de la Universidad de Puerto Rico.

La noche del triunfo de Sugar Ray Leonard sobre Roberto “Mano de Piedra” Durán estableció, en la ciudad más ruidosa del mundo, un espacio para la voz humana, si bien callosa e indistinta. Se desarrollaba el agón trágico entre el norte y el sur. La ciudad entera, espacio del drama cotidiano entre gringos y latinos, esperaba en vilo el resultado, seguía sin siquiera suspirar la dirección de los puños, bebía a grandes tragos, por las orejas, los gritos entusiastas de los locutores deportivos. Una ciudad callada respetó esa cháchara exaltada. Todo lo demás era estática. En la apoteosis del silencio neoyorquino, los gritos se elevaron con el estruendo de la herida bestia latina en medio de una jungla insondable.: la jungla de la ciudad.

Escena nocturna en la ciudad de Nueva York.

En ninguna de estas ocasiones había algo que mirar. La ciudad replegó su enorme oferta sensorial, constante y machacona, cifrada sobre todo en la mirada, para dejarnos escuchar el drama político entre gringos y latinos que en ella se desarrollaba, por un lado, y la música improbable que puede surgir de la fusión imprevista entre una elegante guitarra española y los ruidos peregrinos que nos asedian todo el día. Nunca antes, en Nueva York, los ruidos fueron tan elocuentes; nunca antes, en Río Piedras, los ruidos fueron tan benévolos.

En la literatura, lo aural suele estar preterido a la escena ominosa, a un sentido narrativo de desasosiego de corte gótico, como emanación de lo desconocido y peligroso. El ruido se considera ataque, fractura de la paz, destructor de la armonía, sublevador de toda estabilidad, elemento de distracción que desluce lo que se ofrece a la mirada.  Aviso de una otredad desconcertante, los ruidos de la ciudad en la novela suspenden en vilo al personaje que escruta con sus oídos los misterios de la ciudad cifrados en su oferta de ruidos. La ciudad, en general representada con el monstruo que niega o aplasta lo humano, tiene una banda sonora inhumana, que sólo en ciertas ocasiones irónicas, puede retomar su humanidad. De ahí lo importante del rescate de la voz humana y de la música en La noche que volvimos a ser gente, de José Luis González, y en el ritmo salsero que marca el compás de la trama en Letra para salsa y tres soneos por encargo, de Ana Lydia Vega. La vida fenomenal a la que nos invitó hace tantos años Luis Rafael Sánchez es una vida aural, donde la oferta sonora todo lo empapa del ritmo y el orden de lo íntimo. La mirada nos aleja: el ruido nos acerca.

La letra escrita sobre la página es también oferta para los ojos, y se subyuga al dominio de lo visual. La llamada “ciudad letrada” se imagina como una urbe silenciosa, culta. El ruido es iletrtado, amenaza la letra, la perturba. En la urbe tardomoderna, la fachada, como oferta visual predominante, marca el énfasis en el valor de lo visual, y anticipa silenciosos interiores, donde el ruido de la urbe habrá sido domesticado por materiales amortiguadores. En la ciudad, el edificio está reñido con el ruido, que en ella signa la intemperie desordenada, irrestricta. Cuánto han trabajado escritores como Ana Lydia Vega, Luis Rafael Sánchez, Urayoán Noel, los raeguetoneros de moda, para obligarnos a escuchar la ciudad, para vivirla desde el yunque y el martillo de los tímpanos. Escuchar el jadeo del sexo en los parques oscuros, tararear la copla del tapón de las cinco, seguir el ritmo de la ola playera que subsume en un solo antiacorde todo el hit parade del momento, implican la ostentación de lo íntimo en el espacio público. Si bien el ruido de la calle no me deja pensarme, sí me deja pensar en lo interpersonal, en la vida del afuera, en cómo la ciudad nos habla y en cómo ya es hora de escucharla.

20 de noviembre de 2008