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El poder está lejos de nosotros, tanto física como políticamente. Hay una enorme sensación de orfandad en la ciudadanía. Y ello porque hemos aceptado el papel de infantes, y pedimos diariamente al Poder que sea nuestro padre… y quizás sea tiempo de matar al padre.

por Lilliana Ramos Collado

Hace años leí un cuento de Kafka que terminó engastado en mi memoria como ningún otro. Es un cuento brevísimo, y esa brevedad aumenta la náusea que me provoca. Nadie como Kafka para hablarnos del mal en el mundo y colocarlo donde va: en nuestro oscuro corazón. El cuento dice así:

“COMUNIDAD: Somos cinco amigos, hemos salido uno detrás del otro de una casa; el primero salió y se colocó junto a la puerta; luego salió el segundo, o mejor se deslizó tan ligero como una bolita de mercurio, y se situó fuera de la puerta y no muy lejos del primero; luego salió el tercero, el cuarto y, por último, el quinto. Al final formábamos una fila. La gente se fijó en nosotros, nos señalaron y dijeron: «Los cinco acaban de salir de esa casa». Desde aquella vez vivimos juntos. Sería una vida pacífica, si no se injiriera continuamente un sexto. No nos hace nada, pero nos molesta, lo que es suficiente. ¿Por qué quiere meterse donde nadie lo quiere? No lo conocemos y tampoco queremos acogerlo entre nosotros. Si bien es cierto que nosotros cinco tampoco nos conocíamos con anterioridad y, si se quiere, tampoco ahora, lo que es posible y tolerado entre cinco, no es posible ni tolerado en relación con un sexto. Además, somos cinco y no queremos ser seis. Y qué sentido tendría ese continuo estar juntos. Tampoco entre nosotros cinco tiene sentido, pero, bien, ya estamos juntos y así permanecemos, pero no queremos una nueva unión, y precisamente a causa de nuestras experiencias. ¿Cómo se le podría enseñar todo al sexto? Largas explicaciones significarían ya casi un a acogida tácita en el grupo. Así, preferimos no aclarar nada y no le acogemos. Si quiere abrir el pico, lo echarnos a codazos, pero si insistimos en echarlo, regresa.”

Casa Taft 169, antes y después

Casa Taft 169, antes y después

Pienso en nuestro país al borde del abismo e insistiendo en procesos de exclusión. Ahora mismo la comunidad puertorriqueña entera está de pie haciendo el papel del sexto kafkiano, excluida de las deliberaciones sobre nuestro futuro, a punto de perder derechos, bienes materiales, vida. Nuestra Constitución nos promete un derecho a la felicidad que ninguna otra constitución en el mundo promete o legisla, sin embargo, vivimos de espaldas a esas promesas porque esas promesas nos están dando la espalda. La pregunta es simple: ¿podremos recuperar nuestro derecho a la felicidad, poderlo ostentar como una verdad, como un camino, como un método para organizar nuestras vidas?

El poder está lejos de nosotros, tanto física como políticamente. Hay una enorme sensación de orfandad en la ciudadanía. Y ello porque hemos aceptado el papel de infantes, y pedimos diariamente al Poder que sea nuestro padre… y quizás sea tiempo de matar al padre.

Colectivo de vecinos va transformando una casa abandonada en una casa comunitaria: la Casa Taft 169.

Colectivo de vecinos va transformando una casa abandonada en una casa comunitaria: la Casa Taft 169.

¿Qué alternativas tenemos para dejar de ser ese sexto excluido por otros cinco que, igual, como dice Kafka, tampoco se conocen entre sí y que sólo los une la ambición de tener y de excluir de la tenencia a los demás? Excluirnos de un techo seguro, de una comida caliente?

Nos dice Jacques Rancière, en un texto especialmente honesto, que el mundo está tan descoyuntado que es imposible casi realizar un movimiento enorme de reivindicación y que estamos destinados, por ahora, a comenzar en pequeño, a realizar actos cotidianos mínimos para ir haciendo grupo poco a poco, comenzando por uno y añadiendo al dos y al tres y al cuatro y al cinco hasta abrazar al sexto. Esa sabiduría de comenzar por lo mínimo, aunque trabajosa, es la estrategia que proponen los amigos de la Casa Taft 169: agregar poco a poco a individuos que quieran interactuar juntos bajo un mismo techo.

Una labor en común: por un mejor vecindario.

Una labor en común: por un mejor vecindario.

La casa en la Calle Taft Núm. 169 estuvo abandonada por casi 40 años propiciando un lugar de encuentro para el trasiego de drogas, para la acumulación de basura de todo tipo y para la propagación de sabandijas. Los vecinos se congregaron para atenuar los peligros provocados por la propiedad abandonada, comenzaron estableciendo un huerto casero, y eventualmente ocuparon la propiedad, formalizaron el grupo bajo el nombre Casa Taft 169 y comenzaron a transformar la casa en un centro de reunión para la comunidad. Están trabajando para que se elimine una deuda enorme en impuestos a bienes raíces y lograr que los herederos de la propiedad cedan sus derechos al grupo comunitario. Han tenido éxito en casi todo lo que se han propuesto, y han incitado proyectos legislativos para que las propiedades abandonadas en la ciudad de San Juan tengan “dueños” que las pongan al servicio de la comunidad.

El mal no está en el mundo: está en nosotros. Pero nosotros también albergamos el bien en nuestro corazón. Por eso respondo con la alegría de ver, en los síntomas pequeños de nuestra realidad enferma, que esa comunidad de Kafka se está transformando en su opuesto: en proyectos como Casa Taft 169. Ya pronto ese sexto excluido tendrá su cama, su silla y su comida caliente. A eso vamos, lentamente, pero vamos.

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