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Si el trabajo del sueño es trampear el significado de nuestra psiquis profunda, nuestro arduo trabajo es interpretarlos, traer sus contenidos de regreso a eso que llamamos “la vida real”.

René Magritte,

René Magritte, “La victoria” (1939).

por Lilliana Ramos Collado

“To sleep, perchance to dream…”
William Shakespeare, Hamlet

Ya estaba dicho. Y lo ha estado siempre: los sueños, sueños son. Es decir, se diferencian de la vigilia en un aspecto crucial: mientras lo real de la vigilia suele ser evidente a los sentidos, y su materialidad declara lo real como verdadero, los sueños se nos escapan, rara vez los recordamos completos: su carácter fragmentario y confuso nos desconcierta. Pero sobre todo nos desconcierta el hecho de que pertenezcan a nuestra intimidad intransferible, por eso nos causa problemas reconstruirlos para poder narrarlos. Si el trabajo del sueño es trampear el significado de nuestra psiquis profunda, nuestro arduo trabajo es interpretarlos, traer sus contenidos de regreso a eso que llamamos “la vida real”.

Es una cultura desconfiada la que proclama que “los sueños, sueños son”. Es esa cultura que atribuye a los sueños un carácter fantasioso, frívolo, turbado, contrario al ideal realista que fuerza a los individuos a atenerse a aquello que podemos esperar del discurrir de la cotidianidad concreta. Ese que llamamos “soñador” no es confiable, y esperamos que en algún momento de su vida caiga en tiempo, es decir, se tropiece con la dura materialidad de lo real.

René Magritte,

René Magritte, “La invención colectiva” (1934).

Pero ese desdén del valor del sueño es un mito del primer cientificismo que se enfrentó a los extraordinarios desmanes del barroco. No creo que sea pura casualidad que, en sus Meditaciones metafísicas, Descartes nos diga que hasta en el sueño, la matemática sigue siendo “real y confiable”, y que, en La vida es sueño, Calderón de la Barca lleve a Segismundo a despertar a su realidad de heredero a un trono, a pesar de que nos diga que “la vida es sueño”. Segismundo, de hecho, despierta y reinará.

La Antigüedad era más curiosa y atrevida que Descartes: desde los sueños de Enquidú en el Gilgamesh, pasando por los diversos Libros de los muertos de la cultura egipcia, llegamos a esa bellísima escena en la Odisea donde Penélope le narra su sueño a un mendigo quien, en realidad, es Odiseo cautelosamente disfrazado. El supuesto mendigo le asegura a Penélope que, en su interpretación del sueño, Odiseo regresará a su casa, y ella le contesta con magistral inteligencia:

Son los sueños ambiguos y oscuros y lo que muestran no siempre se cumple en la vida, pues sus visiones nos llegan a través de dos puertas distintas: una puerta es de marfil, y la otra es de cuerno. Los sueños que nos llegan por la puerta de marfil no se harán realidad; los que nos llegan por la de cuerno se cumplirán al mortal que los vea mientras duerme.

René Magritte,

René Magritte, “El mes de la cosecha de la uva” (1959)

Con su concepto de los sueños, Penélope se convierte en la primera teórica de los sueños en Occidente. Para ella, la vida humana está pespunteada de sueños que nos obligan constantemente a repasar nuestras vidas mientras batallamos por descifrar su sentido.

Sueños falsos, sueños verdaderos son los que discute Artemidoro de Daldis, cuyo libro titulado, en griego, Oneirocrítica (“Interpretación de los sueños”), del siglo II de nuestra era, es una extensa recopilación de los sueños que él fue interpretando mientras se ganaba la vida como mago de feria. Si bien Artemidoro condensa, en sus primeras páginas, su teoría del sueño basada en el interés de lucro y bienestar, reconoce, como Penélope, que hay sueños verdaderos y sueños falsos, y son difíciles de separar pues los sueños suelen ser confusos.

A pesar del cientificismo que duda de los sueños, el Romanticismo regresa a ellos con gran entusiasmo, según lo atestigua Albert Beguin en su hermosísimo y enjundioso libro El alma romántica y el sueño: literatura y filosofía se abrazan en su fascinación por esa vida arcana de la noche, y nada de raro tiene que de ahí lo agarre Freud y replantee críticamente a la tipología que ya había armado Homero con su Penélope. Aunque Freud titula su magistral La interpretación de los sueños con idéntica frase que Artemidoro y nos hable de la precariedad del trabajo del sueño, del trabajo del analista y del trabajo del soñador, si algo tienen en común Freud y Artemidoro es cifrar el sueño en el deseo del soñador y en cómo ese deseo se traviste de relato para escamotear, ocultar, cifrar su significado. En algo importante se diferencia Freud de Artemidoro y de Penélope: para el psicoanalista, no hay sueños verdaderos ni falsos: en el sueño se rumian los acontecimientos de la cotidianidad, los deseos, los miedos y la idea del porvenir. Para Artemidoro y la reina de Ítaca, los sueños son proféticos, y es por eso que pueden ser verdaderos (se cumplirán) o falsos (no se cumplirán).

René Magritte,

René Magritte, “La reproducción prohibida” (1937).

Quizás Freud mismo no era otra cosa que un “mago de feria de los últimos días”, tan rudimentario como Artemidoro, pues probablemente otro intérprete de sueños un día vendrá a cuestionar y replantear la teoría freudiana. Quizás nos hemos quedado atascados en la definición que da Penélope con sus puertas de cuerno y de marfil, y me pregunto si con ello la humanidad protege su derecho de soñar, de apartarse, de separarse de sí misma para ser personaje en el escenario de su propia psiquis. Y a lo mejor nos ayuda que sea así, y que nos veamos obligados a seguir trabajando con el sueño.

Démonos cuenta: el sueño es un trabajo complejo, desconcertante, agotador, como construir castillos en el aire, un trabajo nocturno de doble jornada que no sabemos si paga bien. Se entra al sueño con el aturdimiento de no ser “yo” y de no estar “aquí”. Desplazados, nos vemos como personajes de un relato que no tiene autor y cuyo narrador nos juega al escondite. Somos los arqueólogos que intentamos recomponer los trozos dispersos de que están hechas las metáforas. El sueño es nuestra más ardua batalla por la inteligibilidad. Sigamos librando la batalla de los sueños. Ése es el relato que nos toca urdir y descifrar: el nuestro.

René Magritte,

René Magritte, “El castillo en los Pirineos” (1959).