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por Lilliana Ramos Collado

El cadáver es la prueba última de la fragilidad de nuestra casa material, y si esa casa de carne abandonada es el único testigo de la existencia del alma, habrá que decir que no hay nada más despreciable que lo humano.

MORGUE. Gottfried Benn. Edición bilingüe alemán/español, trad. Jesús Munárriz. ZUT-El Gaviero Ediciones: Almería (2011).

MORGUE. Gottfried Benn. Edición bilingüe alemán/español, trad. Jesús Munárriz. ZUT-El Gaviero Ediciones: Almería (2011).

El médico novelista tiene todo que ver con aquella leyenda del naturalismo según la cual el verdadero escritor era un cirujano cuyas palabras anatomizaban el mórbido cuerpo social. Esa tarea moral del naturalismo gobernó la escritura de Gustave Flaubert y de Émile Zola, la de nuestro Manuel Zeno Gandía y la de doña Emilia Pardo Bazán. ¿Quién no recuerda “el mundo enfermo” de Zeno o el cadáver purulento de la Naná de Zola? Por eso, toparse con Gottfried Benn, un médico militar que fue a la vez poeta, despertó en mí una gran curiosidad.

La tradición literaria adjudica a la novela el deber de narrar tanto lo extraordinario como lo cotidiano en tono “real”, y de lo “real” en tono crudamente inquisitivo (el novelista naturalista escribía, como quien dice, con un bisturí en mano), mientras la poesía debe tratar con belleza verbal tanto lo hermoso como lo horrible. Gottfried Benn se apartó rudamente de ese ideario del poema.

Benn comenzó su carrera profesional como médico del ejército alemán a principios del siglo XX, y su carrera poética arrancó en la morgue de los campamentos militares. Morgue y otros poemas (1912) es uno de los poemarios más nauseabundos e inhumanos que he leído en mi vida. Una intuición me hace atenderlo aquí: nuestros últimos 100 años como humanidad están agarrados a la muerte, como si no tuviéramos nada más “real”.

En Morgue, el médico poeta recorre las vísceras muertas —aún lozanas o ya corruptas— de hombres y mujeres en las posturas más rotas y alejadas de nuestra idea cotidiana del cuerpo. Extremidades trastocadas, cara desfigurada, cuerpo no identificable como cuerpo o como humano, son aquí la orden del día. Al rechazar toda metáfora para halagar el cuerpo humano ágil, hermoso o deseable, el médico poeta nos hace ver lo que su endeble materia es. Como miramos sin “poesía” el cadáver, mirar nos vuelve inhumanos.

Tomar como poema un informe de autopsia es —tanto en 1912 como hoy— violar el pudor que, como espectadores “civilizados”, le debemos al cuerpo. Hace años, cuando entrevisté al excelente fotógrafo Andrés Serrano acerca de sus fotografías espléndidas tomadas en la morgue, me decía que mirar el cadáver con ojo atento y en su materialidad podía tomarse como repudio o como homenaje. Y le decía yo: “Nada más cruel que olvidar que ese cadáver fue una persona”… En esa despersonalización reside el gesto bestial de Gottfried Benn. Y Benn lo sabía.

Durante la preparación del cadáver de una prostituta, un enterrador le arranca de la boca una muela de oro, y se va para una fiesta diciendo “No todo regresa al polvo”. En el corazón del cadáver de una jovencita abandonada en un pastizal, la autopsia revela un nido de ratas. Por doquier, cadáveres abiertos, vísceras derramadas de los vientres rajados a escalpelo, tres bandejas al lado de cada uno en las mesas para echar las tripas, los genitales, los sesos. Dice el médico poeta: “Lo que va al ataúd es el resto.”

Sobrevolando los pesados vapores de la muerte, la hediondez y la purulencia del cadáver maduro, haciéndose camino en el cuerpo con afilado bisturí y soberana indiferencia, el médico poeta medita sobre la vida en el espacio viciado de la morgue: el cadáver es la prueba última de la fragilidad de nuestra casa material, y si esa casa de carne abandonada es el único testigo de la existencia del alma, habrá que decir que no hay nada más insignificante que lo humano.

Por eso, según Benn, nuestra vida es una sarta de días bestiales: “Soy una hora de agua. / Por la tarde se adormece mi párpado como bosque y cielo. / Mi amor sólo sabe pocas palabras: / se está tan bien junto a tu sangre…” Porque, claro, nada menos necesitado de palabras que el muerto. De esa intuición del límite surge la vida como algo que acaba de partir, como eso perdido gracias a lo cual fuimos una vez humanos.

[Publicado en el Suplemento ¡Ea! de El Nuevo Día el 8 de septiembre de 2013]

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