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Una novela excelente.

Lilliana Ramos Collado

Comienzo ofendiendo: madre sólo hay ninguna. Su mito y, entonces, su inexistencia, explican nuestra pasión por los orígenes, nuestro intento de que la coincidencia fortuita revele un destino, nuestro apego a las ficciones de la herencia. La biología, biología es, pero es hueso escaso para vertebrar la enorme cultura de la madre, el caudal de sus metáforas, la vagina envy, el impulso de ir hacia atrás para explicarnos, cada cual, por qué somos como somos. El origen es esperanza, siempre futura, de dar con nosotros mismos.

Sabemos que, de muchas maneras, la madre medra con nuestra desazón, la madre se hace más grande por la pequeñez a la que nos destinaría la historia sin la investidura que llevamos de la madre.

Al decir, “Andromaque, je pense a toi” (“Andrómaca, pienso en ti…”), Baudelaire nos invitó a pensar en Andrómaca, no como la esposa de Héctor o la madre de su hijo —lanzado por los aqueos desde lo alto de la muralla de Troya para que Héctor, ya muerto, no tuviera heredero—, sino como una esclava vendida, como una pobre emigrante sin importancia. Quizás la idea freudiana de que la mujer derive su importancia de tener un hijo venga, para variar, de esos griegos edípicos que querían doblegar el cuerpo de la madre y regresar a ella como se regresa a ser padre. Y quizás por eso, porque en un mundo de hombres una hija carece de importancia, es que Electra ayuda a su hermano Orestes a matar a su madre Clitemnestra. Todo, en realidad, trata del padre, verdadero signo válido en el macharrán panteón familiar de Occidente.

Contrario a Baudelaire, yo diría mejor “Medée, je pense à toi” (“Medea, pienso en ti…”), porque Medea crea su propio escándalo al matar a sus hermanos y luego a sus hijos siempre usando ese gran arte de los venenos, de los ensalmos, de la magia más negra de todas: la que empodera a la mujer en el manejo de un arte. Su rebelión será imparable.

La novelista y ensayista puertorriqueña Marta Aponte Alsina

La novelista y ensayista puertorriqueña Marta Aponte Alsina

Esa es la rebelión de la cual nos habla, con moroso e implacable empeño, Marta Aponte Alsina en su magnífica novela La muerte feliz de William Carlos Williams. Pero se trata de una rebelión doble: por un lado la de Raquel Hélène Hoheb, pintora real y desconocida, al mantener el cuerpo propio para sí misma, vis a vis el testimonio de su hijo, el famoso poeta William Carlos Williams, en su libro sobre ella titulado Yes Mrs. Williams. Por otro la rebelión de la autora, Marta Aponte Alsina, al escribir una novela donde replantea la vida de Raquel como un proceso de liberación y venganza: la venganza de la artista al apropiarse de sus propias imágenes mediante su pericia en el manejo los verdes y venenosos pigmentos que usa para pintar el paisaje. La novelista aprovecha su novela sobre la madre de Williams para una rebelión personal: Marta Aponte escribe contra el texto del hijo William Carlos Williams sin proclamarse hija, sino compinche artista mujer que busca desafiar el chiquiteo de las artistas del pasado al designárselas como madres, esposas, hijas y negárseles una vida artística valiosa en sí misma.

Marta quizás busca, con la memoria doble y problemática del “linaje de las mujeres” —que progresa desde Hesíodo, que odiaba a las mujeres e inventó el mito de Pandora; hasta, por ejemplo, el filme de Marleen Gorris titulado Antonia’s Line (1995)—, esa secuencia de mujeres que define una búsqueda de la libertad de creación —más allá de la forzosa creación biológica— y la búsqueda de una satisfacción personal que no proviene de los múltiples deberes antropológicos que las mujeres nos vemos forzadas a cumplir. A la generosidad obligatoria de la mujer, Marta Aponte opone un egoísmo heroico en defensa de su propio proyecto personal de sí misma.. y valgan todas estas redundancias.

Quizás por esa guerra emancipadora que traba Marta Aponte, los capítulos más intensos de la novela sean aquellos en que Raquel ocupa todo el campo: su visita a la Exposición Universal en París en 1878, y el capítulo 20 donde la novelista explora, desde dentro de la voz de Raquel, el proceso de crear una obra de arte. En vez de hablarnos del hijo poeta o del parto de este chico, los únicos dos partos a los cuales asistimos en la novela son al parto sensorial de Raquel en la Exposición Universal y el parto de la obra de arte misma, que implica el de la artista que nace de sí ante nuestros ojos mientras imagina su obra.

El hijo Carlos lo reconoce al final, cuando se da cuenta de que es hora de devolver el cuerpo de la madre que ha tomado prestado por tantos años. Y es por eso: la madre no lo es, pues ella es, ante todo, la otra de la madre. Y quizás el título secreto de esta novela tan excelente sea, a fin de cuentas, Habeas corpus, es decir, “ten aquí el cuerpo”, cuyo cuerpo no es el cuerpo del delito, sino el cuerpo del deleite, que es de ella y solamente de ella. Y punto.

Léanla, caramba. Esta novela está brutal.