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Aquí en Puerto Rico no hemos vivido la guerra. Nuestras “masacres” son icónicas y han sido dolorosas, pero no lo suficientemente horrorosas como para dejar una herida indeleble en la memoria colectiva. Por eso la importancia de tener entre nosotros el portafolios Desastres de la guerra, de Francisco de Goya y Lucientes…

Francisco de Goya y Lucientes, Desastres de la guerra #65

Francisco de Goya y Lucientes, Desastres de la guerra #65″ (ca. 1810-1815).

por Lilliana Ramos Collado

Bringing the War Back Home: House Beautiful es el título de una de las series fotográficas más recordadas de la época de Vietnam. Los collages, construídos por Martha Rosler entre 1967 y 1972, contraponían a la estética de la “casa bella” las fotos de los soldados norteamericanos en Vietnam, creando una especie de quiasmo visual que adviertía que, mientras decorábamos la casa, olvidábamos que cada norteamericano participaba de una Guerra imperialista al otro lado del mundo, un mundo distante que no veíamos asomándonos a nuestras ventanas. Con esta serie, Rosler nos obligó a ser testigos de una guerra, hoy remota en tiempo y en espacio.

Aquí en Puerto Rico no hemos vivido la guerra, no se ha asomado a nuestras ventanas. Nuestras “masacres” son icónicas y han sido dolorosas, pero no multitudinarias, no lo suficientemente horrorosas como para dejar una herida indeleble en la memoria colectiva. Para nosotros, las guerras no sólo son remotas, sino que son guerras de otros contra otros, con nuestra participación mínima y no siempre recordada por la población completa. En suma, hasta ahora nos hemos librado de la guerra, carecemos de memorias de la guerra, nuestra guerra es un feature de televisión, o un acto de ficción en el cine. Por eso la importancia de tener entre nosotros el portafolios Desastres de la guerra, de Francisco de Goya y Lucientes, traído al Museo de Arte de Puerto Rico gracias a la generosidad de la Fundación MAPFRE, que lo ha adquirido para su colección institucional. El ejemplar que está a la vista en el MAPR pertenece a la edición de 1907, realizada en la Calcografía Nacional a base de las planchas originales que forman parte de la colección de la Academia de San Fernando. Compuesto de 80 grabados en aguatinta, Desastres de la guerra es una experiencia desasosegante. Realizados por Goya a plena vista de la guerra, los grabados proponen una ejecución testimonial aparentemente llevada a cabo entre 1810 y 1815: su visión de los estragos (la palabra es de Goya) causados por la presencia francesa en suelo español y la llamada Guerra de Independencia.

El formato diminuto de las imágenes delata no sólo la estrechez de medios que padeció el artista para elaborarla, sino la pobreza general de un tiempo en que la vida se vio suspendida y toda labor creativa quedó larvada por el terror de una deshumanización casi universal. La cuestión del “testigo” es esencial. Aunque la crítica de arte se ha ocupado de localizar, en la obra de Goya, muchos de los gestos que los personajes exhiben en los Desastres, y los grabados pueden agruparse según composiciones repetitivas —el amontonamiento de muertos, la mutilación y exhibición de los cadáveres, las escenas de hambre, las mujeres heroicas, las ejecuciones—… sentimos que el ojo del testigo regresa, una y otra vez, a los motivos más desasosegantes que revelan un mundo fuera de quicio o, como dicen muchos, un “mundo al revés”: gente amontonada hecha carroña, mujeres reaccionando como hombres, la naturaleza dando como fruto brazos, torsos y cabezas, y por doquier hambre abyecta que iguala a los humanos con aves de rapiña. Continúa leyendo este artículo en Visión Doble