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El sueño del sueño da mucha sed, esa sed que uno imagina sienten los que han recorrido un desierto interminable y perecen rendidos de sueño.

Henri Rousseau, "El gitano dormido" (1897).

Henri Rousseau, “El gitano dormido” (1897).

por Lilliana Ramos Collado

Muchas veces he soñado que sueño. Y me despierta el desasosiego de —finalmente— perder el arraigo entre mis cosas. No es que mis cosas me quieran o me necesiten —pues en el sueño las cosas suelen avivarse, tener deseos, desamores, iras y ciertos modos de referirse a mí que no me gustan—, sino, literalmente, perder mi lugar. La firmeza o el carácter definitivo de mi lugar. De ese sueño sobre el sueño me despierto enmohecida, renuente a calzar los zapatos, a beber un poco de agua. El sueño del sueño da mucha sed, esa sed que uno imagina sienten los que han recorrido un desierto interminable y perecen rendidos de sueño.

Sueño que el desierto que sueño debe ser escaparate de mi estufa, de mi bolígrafo favorito y de algunos discos Lp que regalé hace tiempo. En ese sueño, me sueño rodeada de sombras duras que contienen la cafetera vieja y otra desconocida que quizás sea la que deseo y aún no lo sé. Y entonces pienso —dentro del sueño— que vivo un sueño premonitorio y que debo salir del sueño para que se vuelva realidad. Y luego pienso que nunca reconoceré, durante la vigilia, esa cafetera por venir pues nunca la vi y nunca la reconoceré cuando la vea por primera vez. Pero me sentiré forzada a buscarla.

Los sueños donde sueño que sueño son historias desesperadas pobladas de objetos familiares, es decir, de esos que son mi familia, aunque no los ame. Casi todos son regalos, recuerdos de novias de hace tiempo, de mi mamá o de mi hermana. La desesperación viene de perder lo que, a fin de cuentas, son materias producto del amor, fetiches que mantienen el hechizo, representantes de mis viejas novias, de mamá o de mi hermana, como si ellas se quedaran a vivir en casa para siempre para poblar a la fuerza su distancia espacial y temporal. Soñar que las sueño en esas prótesis de su amor es como admitir que, aunque no amo todos los objetos, amo el amor que representan. Y luego me sorprendo de la lucidez que una puede encontrar en un sueño cuyo motivo es el sueño mismo. Y aprendo que el amor es intermitente pues algunos objetos se han vaciado de su amor.

Yo, soñando.

Yo, soñando.

Y me doy cuenta de que esta “mise en abîme”, este sueño lleno de sueño, revela una sospecha, la detección de una burla y la negación del descanso. Quizás la certidumbre de que no hay utilidad ni revelación ni pertinencia en soñar, sino un retorno eterno y machacón a cosas que no tienen respuesta y que ya se han dado por perdidas. El sueño del sueño, pura metanarrativa, me lleva a negar el sueño libre, despreocupado, el sueño que me lanza a la deriva y me permite ser otra de la que soy, descansar de mí misma. El sueño del sueño me condena a protagonizar un sueño fracasado que, para colmo, pormenoriza ese fracaso.

Quizás por esa redundancia que se manifiesta en el sueño del sueño odio la confesión, la autobiografía, el selfie. Mirarse siempre en el ombligo es una trampa. El mundo es enorme. Si me quedo encerrada en misma, me condeno a repetirme.