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En Santurce tenemos un ejemplo inquietante y singular del ‘in-between’.

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Por Lilliana Ramos Collado

Unos le llaman “no lugar”, otros le llaman “periferia”, aún otros le llaman simplemente “instersticio”, pero todos se refieren al carácter otromundano de algunos sectores de la urbe tardomoderna. El “in-between”, lo “intersticial”, va al alma de lo excéntrico, lo fuera de ruta, o, para Freud, lo ominoso pues sus rasgos son aquellos de una Otredad forzada e ideada desde una mismidad hegemónica, cuya propia identidad ha sido vaciada y se encuentra, como quien dice, semánticamente disponible. En el “in-between” puede ocurrir cualquier cosa, y ese “happenstance” provoca desazón, intranquilidad, porque esa apertura al azar de lo no cartografiado invita al disloque de las tramas y al desamparo de perder la ruta en la jungla de la ciudad.

Lo intersticial opera como cesura entre los ámbitos público y privado , si bien dicha separación nunca está llanamente clara. Para Hannah Arendt, por ejemplo, el espacio público no es más que el espacio de las apariencias, una máscara conformada y sostenida a base de rituales impuestos por los poderes que gobiernan la ciudad. Ese espacio detrás de la máscara de lo público es probablemente lo intersticial, la sorpresa que nos espera detrás de esa cotidianidad harto conocida. El lugar de lo ominoso lleva la máscara engañosa de la “normalidad”. El terror entra en escena cuando el mundo conocido colapsa debido a una crisis de las categorías, siempre que hay un revuelco o una borradura de la línea fina entre las esferas de acción. Son los monstruos los que patrullan ese límite en extinción, ese borde intersticial donde habrán de surgir nuevos lenguajes y nuevas formas.

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Todas las fotos son de Claudia Cornejo Amaya.

Por su parte, el espacio privado no es tan privado realmente, pues está igualmente gobernado por instancias externas. La vida privada, que ya lleva una máscara para protegerse de la mirada entrometida del afuera, puede retirarse aún más dentro del aislamiento, puede volverse cada vez más reacia a quedarse en lo intermedial y preferir dejar que el mundo se caiga en pedazos. Esa ciudad, aquejada por múltiples ampollas intermediales, innumerables tumores indescriptibles habitados por monstruos y caldo de cultivo de nuevas y temibles formas y lenguajes, es lo que Paul Virilio llama “la ciudad del pánico”, la urbe que se ve enredada en el rizo interminable de una misma imagen que retrata el “desastre”.

En Santurce tenemos un ejemplo inquietante del “in-between”. La imagen repetida que la atasca en el “desastre” es la imagen de la dilapidación: la piel podrida y pelada de las fachadas; las caras tapiadas de los edificios; las tachaduras del graffiti; los ángulos desiertos, despoblados; los edificios abandonados y, por lo tanto, siniestros; la habitabilidad furtiva que caracteriza esa zona de varia arquitectura, de urbanismo desigual y de recia reglamentación sobre una comunidad entre moribunda y efímera, entre ilegal y paupérrima.

Sitiado por el deterioro, el barrio de Santurce no hace más que repetir la dilapidación como una alucinación que nos promete, además, la corrupción de su entraña: las leyendas urbanas de Santurce así lo promueven al proclamar que el barrio está habitado por negros, homosexuales y trans, prostitutas y adictos a drogas. Se nos dice que a todos los une la pobreza económica y moral, la falta de proyecto de vida y de propósito social. Se nos dice que por culpa de estos seres visibles sólo a deshoras en la calle, los bienes raíces han tocado fondo e incluso la venta de propiedades restauradas en estilos atractivos de principios de siglo XX está prácticamente detenida.

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