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por Lilliana Ramos Collado

 ¿Cómo recuperarnos de la muerte de tantas editoriales, de tantas librerías hoy desaparecidas?

Ann Hamilton. "Book Ball", de la instalación "Lineament".

Ann Hamilton. “Book Ball”, de la instalación “Lineament” (1994).

Liber mundi le llamaban en la Edad Media a nuestro enorme entorno lleno de misterios, y valía la pena para aquellos humanos, hundidos en la incertidumbre y la pobreza material, escrutar su mundo para conocerlo. Mientras el saber se fue reforzando con los siglos, ese libro planetario se fue haciendo menos ajeno. Lo que sí estaba claro es que ese libro hecho de árboles, de cielos oscuros, de mares enormes y de catástrofes, se iba haciendo más cercano, más fácil de leer. Pero sin duda, era necesario aprender a leerlo, buscar sus claves. Los habitantes de ese espacio-tiempo del Medioevo tenían que hacerse buenos lectores para aprovechar la sabiduría del libro del mundo.

Pocos podían, no obstante, echar mano de los libros verdaderos. Copiados a mano, eran tesoros guardados en unas pocas bibliotecas. En el siglo XI, la biblioteca de Cluny se enorgullecía de tener unos 200 libros, y los tenían amarrados con cadenas a atriles enormes, pues sus páginas eran enormes. Había que cruzar el Pirineo o viajar desde el norte de Francia para poder hojear las enormes páginas de estos códices tan codiciados.

Sabemos que todo esto cambió con la invención de la imprenta porque Gutenberg, su inventor, inventó también la democracia de la lectura. Gutenberg literalmente desencadenó el libro, lo volvió “universal”, lo lanzó a la intemperie procelosa de un público lector naciente, ávido de conocimiento y entusiasmado con tener en la mano lo que antes estaba encarcelado en bibliotecas religiosas.

Ann Hamilton. "Tropos".

Ann Hamilton. “Tropos” (1994).

Desde ahí se fue expandiendo el mundo del libro. Autores, mercaderes, críticos, traductores, lectores, se convirtieron en un equipo de trabajo, lo que Walter Benjamin, en un hermoso ensayo titulado “El autor como productor”, llamó aptamente el “medio literario”. Y lo llamó así no porque se publicara solamente literatura, sino porque este medio atañía a la letra y a lo que se hace con las letras: un saber que se mantiene ahí aún después de que cierras la tapa del libro. Siempre disponible a recibir nuestra mirada y a darnos su sabiduría, el libro es un cofre disponible para aquellos que van aprendiendo a leer y a comprender lo que leen.

El mundo del libro se ha vuelto gigante, está en todas partes. Las vías de comunicación física —barcos, trenes, aviones— lo han ido llevando a todas partes, y casi puede decirse que las páginas de los libros arropan nuestro planeta. Hoy con el libro digital, nos llega aún más rápido a los ojos, y con el audiobook, también rápidamente a los oídos. Se acabaron los tiempos en que había que andar muchos días en pos de un libro. Ahora el libro es ubicuo, está en la punta de nuestros dedos… siempre.

Pero las cosas están cambiando. La comercialización del libro y la digitalización han creado la crisis del libro impreso. Las editoriales están reconsiderando los modos de producción y de circulación de sus mercancías, las librerías están muriendo, muchos autores ya no pueden vivir de su talento. Pasarse un libro de mano en mano para no tener que comprarlo se ha vuelto usual, y a veces pienso que estamos regresando a la Edad Media y a la biblioteca pública a leer a ratitos. Se le echa la culpa al libro digital que, irónicamente, a los pocos años de haberse inventado, ha demostrado no ser tan bueno para la lectura ya que el lector apenas recuerda lo que lee. Pedagógicamente hablando, el libro digital ha sido un enorme fracaso. De alguna forma, ese bloque de papel impreso atesorado entre tapas es mejor para leer y recordar que la letra fosfórica del libro digital.

Pero, ahora, ¿cómo recuperarnos de la herida de muerte que le ha dado el libro digital al libro impreso? ¿Cómo recuperarnos de la muerte de tantas editoriales, de tantas librerías hoy desaparecidas? Benjamin lo decía: el medio literario depende de todos sus elementos: escritores, editores, distribuidores, libreros, críticos, publicistas, reseñistas. La vía directa de lo digital ha abolido un medio que funcionaba, y si bien hacer papel nos costaba el árbol y su bosque, hubiera sido menos pernicioso para la lectura seguir sembrando bosques y mejorar la biología del árbol para mantener vivas las páginas del libro.

Ann Hamilton. "Stone Book", de la instalación "

Ann Hamilton. “Stone Book”, de la instalación “Tropos” (1994).

Sé que los conservacionistas me echarán las chinches encima, pero el sabio manejo de los recursos naturales que son la base del libro hubiera mantenido la democracia de ese objeto gracias al cual la humanidad se ha vuelto más sabia. Después de todo casi puede decirse que el libro impreso es un recurso natural, pues nos independiza en nuestra propia educación como individuos y nos permite regresar a él, a nuestras anotaciones en el margen, y hasta legar nuestras bibliotecas —grandes o pequeñas— a nuestra familia, a nuestros amigos, a quien sea.

Creo que no hay sustituto del libro impreso. Y que vengan las chinches, que me las sacudiré contenta.