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por Lilliana Ramos Collado

Lo dijo una vez Mario Benedetti: “La crítica es el ejercicio del criterio”. Esta hermosa redundancia lo expresa todo: estamos ante el arte y la ciencia de juzgar con ánimo claro, sobre bases conocidas y sin prejuicio o pasión. Nada que ver con el “gusto” que, siendo pariente pobre del juicio, obedece a nuestras apetencias y deja correr rampantes nuestros prejuicios, es decir, los juicios inmaduros y aún sin afinar. Existe una pedantería entre muchos de nuestros pretendidos críticos, y es empujarnos su gusto a la trágala con la excusa de que, como saben más que nosotros, su gusto es la versión vistosa e idiosincrática de su juicio. Pero eso no es verdad: el juicio debe ser juicio y, en lo posible, nunca mero gusto caprichoso e inane.

CucharaDicho esto, pensemos en la crítica. Primero que nada, a pesar de que el juicio debe estar fundamentado en la razón (la crítica comienza, en realidad en el Siglo de las Luces, con su exacerbado ideal de raciocinio), lo cierto es que esas razones cambian mientras vamos aprendiendo más y más acerca del comportamiento con frecuencia imprevisible de los objetos culturales. Kant lo sabía. Su “Crítica de la razón pura” es mucho más sistemática que su “Crítica del Juicio”, siendo ésta última dedicada a la indagación del fenómeno estético, cuya naturaleza misma lo coloca en nuestro aparato sensorial, y rara vez en nuestra inteligencia. Lo estético parece destinado a darnos gusto, y por eso es tan difícil de juzgar, de criticar.

Para nosotros hoy día, la cuestión se va haciendo más simple, dada la gran cantidad de escuelas críticas que se han desarrollado en los últimos 300 años. Podemos seleccionar el ángulo crítico que mejor permita aflorar el valor del objeto cultural que deseamos comentar, y casi casi casi puedo decir que el resultado del ejercicio es predecible. Es una pena esta forma de acercarse al comentario crítico. Lo ideal sería siempre que el propio objeto cultural te diga cómo debe ser comentado para que dé lo mejor de sí.

Nos enfrentamos hoy a una crítica cultural con un énfasis ideológico demasiado crudo, y a la cual se le ven las costuras. Precisamente porque hemos cedido a la tentación de simplificar el fenómeno cultural desde bases antropológicas: me explico.

TenedorTenemos dos ideas de la cultura que suenan armónicas, pero que no lo son. Tenemos una visión antropológica de la cultura que nos habla de nuestros bienes colectivos, de nuestras costumbres y de otros rasgos identitarios del grupo humano al que pertenecemos. Desde ahí podemos ver cómo nos relacionamos con otros grupos y explorar de qué forma mantendremos esa identidad colectiva. Si juzgamos los objetos culturales desde esta visión que se nutre del anonimato colectivista en la producción cultural, estamos abocados a examinar lo tradicional, lo distintivo del colectivo, y no la aportación cultural del individuo. Esta forma de ver la cultura no nos sirve bien para analizar a Myrna Báez en su singularidad, por ejemplo.

Y está la otra cultura, que pertenece a la producción individual y que es juzgada por la otra cultura como elitista y deformante. Esa se dedica a examinar los fenómenos culturales desde la óptica de las tendencias y estilos que exhiben los productores de cultura desde su individualidad, y cómo se dispersan las diferencias a través del colectivo, que se va enriqueciendo con esta floración de diferencias.

Lo cierto es que la visión antropológica de la cultura nos impide valorar y aquilatar la producción de los individuos, e incluso sospecha del valor de dicha producción supuestamente elitista. Por otra parte, la producción individual lucha contra las tradiciones culturales colectivas e identitarias, pues se propone que la libertad del artista reside precisamente, en tomar distancia de esas tradiciones que se perciben como repetitivas. Pero no hay revolución sin tradición. Recordemos a T. S. Eliot cuando nos hablaba de las tensiones entre “tradition and the individual talent”…

Y esta es la guerra por la cultura: uno contra todos, y todos contra uno. Y para hacer la crítica, hay que tomar el riesgo de que te tiren piedras. Anyway, los bandos contrarios siempre serán feroces.

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