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Para el Oller artista y maestro, el arte ya no obedecería
ni al plomo ni al nivel.

Francisco Oller, "Cocos"

por Lilliana Ramos Collado

Vivimos en tiempos de libertad. Sobre todo para el arte, pues percibimos que los artistas han abandonado todo asomo de academicismo, que ya no importan la proporción, ni la perspectiva ni el conocimiento del color. La espontaneidad parece ser la orden del día, y sin duda en muchos casos es así, con resultados diversos e impredecibles.

Pero lo cierto es que el arte no es fruto del accidente, sino de un proyecto. La obra de arte se piensa, se ensaya, se emborrona, puede incluso perderse en el camino o fracasar, para luego reencontrarse igual o diversa que lo esperado. Incluso lo accidental —hasta el fracaso— es integrado a una manera de concebir —o de cuestionar— la obra como proyecto. Detrás de todo el pensamiento, la exploración, las tentaciones y las rutas abandonadas, en la raíz del proceso hubo un sentido de propósito. Hasta improvisar es gesto deliberado del artista. El famoso “objeto encontrado” surrealista es también “una forma de ver”.

“Una forma de ver”… ésa es frase la esencial para comprender los cambios dramáticos en el arte occidental. Entre las propuestas extremas —la mímesis (imitación de la naturaleza) y la abstracción (la abolición de la figura natural)— se debate el artista para componer su labor. La mayoría de las obras de arte oscilan entre estos extremos que, probablemente, sean objetos teóricos, pues ni la abstracción absoluta ni la mímesis perfecta existen en el repertorio del arte. Son metas hacia las que vamos a ir, y a las que no llegaremos jamás.

Conocimientos necesarios para dibujar de la naturaleza. Francisco Oller. Presentación de Luis Moisés Pérez Torres. San Juan: Beta Local Inc. (2012).

Conocimientos necesarios para dibujar de la naturaleza. Francisco Oller. Presentación de Luis Moisés Pérez Torres. San Juan: Beta Local Inc. (2012).

Cuando Francisco Oller y Cestero redactó, en 1869, un manualillo para l@s estudiantes de su recién inaugurada Academia Gratuita de Dibujo y Pintura en el viejo San Juan, sabía que sus más de 200 estudiantes —muchos de ellos probablemente desprovistos de conocimientos acerca del arte del dibujo y la pintura— necesitaban directrices para poder aprovechar su tiempo y avanzar en el aprendizaje. La precisión en las explicaciones y el orden del manual revelan el claro propósito pedagógico de Oller.

Rescatado del olvido gracias a la iniciativa de Beta Local —una organización dedicada a apoyar y promover la práctica y el pensamiento estético situada en el Viejo San Juan, Puerto Rico— y presentado por Luis Moisés Pérez Torres en una aguda reflexión sobre la trayectoria de artística y pedagógica de Oller— tenemos hoy la ocasión de catar el pensamiento de nuestro Maestro del Paisaje, sus trucos y propuestas, es decir, su cajón de herramientas pictóricas. También nos asomamos a su gran generosidad al comandar academias de arte gratuitas y su afán de repartir su conocimiento entre la comunidad de los más jóvenes.

Salta a la vista el carácter mecánico, casi árido, de su prosa didáctica. El primero de los tres capítulos, titulado “Conocimientos básicos para dibujar” es, en realidad, un brevísimo tratado de geometría como base del dibujo. El segundo, “Varios preceptos para la práctica del dibujo”, ya se acerca a la práctica artística frente a la naturaleza y subraya la dinámica corporal del artista frente al objeto de su mirada. Y el tercero, “Tratado elemental de perspectiva”, introduce al novicio a la forma “correcta” de ordenar el plano pictórico para que los objetos parezcan reales, es decir, para crear la ilusión de lo real.

La prosa tersa y precisa de Oller revela, sin embargo, algunos detalles que los estudiosos de su tratado no han subrayado suficientemente. Primero, el fundamento formal de la geometría que ayuda al estudiante a saltar del plano bidimensional a la superficie pictórica ilusionista. Como sus precedentes en la historia del desarrollo de la perspectiva —desde Brunelleschi hasta los enciclopedistas— es la matemática del número lo que rige el trabajo del artista.

Por otra parte, aludir en el título que el manual trata del dibujo “del natural”, apunta, por un lado, a las pocas oportunidades que había en nuestra isla de ver dibujos o pinturas para copiar de ellas y así aprender las nociones básicas del oficio: había que salir a la naturaleza para enfrentarse al reto de dibujarla. Y por otro lado, la urgencia que tenía Oller de representar pictóricamente nuestro paisaje, nuestros objetos, nuestro ambiente que, para él eran ejemplos de la “industria” en tanto siempre prefirió registrar con su pincel la laboriosidad de nuestra gente, incluso en su magna obra El velorio, en la cual critica duramente la “vagancia” y la “barbarie” de los que no colaboran en el trabajo campesino.

Por último, el manual subraya una y otra vez el profundo individualismo del arte al insistir en la posición del estudiante frente al espacio natural y en la importancia de colocarse ante el “punto principal” para representar lo natural a mayor ventaja, y añade: “Téngase muy presente que al dibujar no se debe representar lo que verdaderamente es, sino lo que parece ser: pues en un cuadro representaremos la misma figura de distinta manera, según el plano donde está colocada.”

A pesar del aparente academicismo, su tratado ya estaba plenamente en sintonía con el creciente individualismo de la pintura europea del siglo XIX, que iba desde un Turner hasta un Manet, pasando por un Courbet. Para estos artistas, el arte estaba, no en la naturaleza, sino en el ojo del artista: en su forma de ver. Para el Oller artista y maestro, el arte ya no obedecería ni al plomo ni al nivel.

[Esta nota es una versión ampliada de mi reseña titulada “Francisco Oller, maestro de arte”, que se publicó originalmente en la sección “Tinta Fresca” del periódico El Nuevo Día el 25 de mayo de 2014.]