Etiquetas

, , , , ,

La propuesta de Tavárez sobre el hastío va directo al plato: la mujer no tiene ‘derecho’ al hastío pues su condición de mujer le asigna tareas sociales que excluyen las tareas intelectuales.

AmarilysBaudelaire

por Lilliana Ramos Collado

 

Recuerdo a Charles Baudelaire diciendo “Soy como el rey de un país lluvioso” en una sección de su famoso poemario Las flores del mal, titulada “Spleen e ideal”, en la cual el poeta lamentaba el hastío que le producía la inutilidad de su talento y de su acervo intelectual. Desde esa pérdida del ideal letrado, deseo leer este pequeño gran libro de Tavárez sobre el hastío.

En nuestra isla habíamos tenido ya nuestra dosis de “esplín”, como lo llamaban los latinoamericanos: nuestro esplenético escritor —Luis Rechani Agrait— no fue muy famoso, pero dijo “equivocan mi gesto, me llaman compatriota”. El gesto que habíamos equivocado era el gesto crítico, su mueca de aburrimiento.

Baudelaire sabía de esto: el esplín pertenece a los hombres, pues nosotras las mujeres tenemos siempre demasiado que hacer. Según Thomas Carlyle en su famoso On Heroes and Hero Worship, cuando el intelectual perdió su arraigo en la vida política y perdió su liderato en la comunidad, se quedó en la prángana moral, cayó en desuso y su calidad intelectual solo valía la pena si le servía para vender sus libros.

Pero el libro de Tavárez Vales nos toma por la sorpresa de encontrar una mujer aburrida, una poeta harta de su vivencia, una intelectual tomada por asalto por el esplín. En vez de luchar por sus derechos (los derechos de La Mujer, con mayúscula, por los derechos de los Niños, ídem, y por los derechos de la Naturaleza), escribe todo un libro sobre la vida hueca, estúpida, sin sentido, que le ha tocado vivir en una sociedad post-intelectual donde no hay lugar ni para la intelectual ni para la mujer.

Contrapunteo la poesía de Tavárez con la de Emily Dickinson, por ejemplo: la modesta solterona de Amherst que escribió en la sombra y todavía anda ganando lectores. La vida de Dickinson fue encerrada, desabrida, coartada por las buenas costumbres y limitada a la observación aislada de las cosas. Lo que nos choca siempre es la precisión de su mirada, y cómo las cosas más mínimas adquirían, en sus brevísimos poemas, una altura filosófica impresionante. Dickinson retó su situación social con su inteligente intuición de lo real. Por eso nunca se aburrió: no se cansó de mirar, de auscultar, de comentar, de escribir. Pero nos enteramos de esto cuando murió.

HASTÍO. Amarillis Tavárez Vales. Isla Negra Editores: San Juan-Santo Domingo (2014).

HASTÍO. Amarillis Tavárez Vales. Isla Negra Editores: San Juan-Santo Domingo (2014).

La propuesta de Tavárez sobre el hastío va directo al plato: la mujer no tiene “derecho” al hastío pues su condición de mujer le asigna tareas sociales que excluyen las tareas intelectuales. Por lo tanto, al perder además las tareas de la vigilancia familiar que nos han tocado a través de la historia de la humanidad, al quedarnos sin nuestra parcela de acción en la familia, por ejemplo, sobreviene un hastío que nos signa, no como intelectuales frustradas cuyo valor ha desaparecido, sino como mujeres desnaturalizadas, pues ya no acudimos al constante y natural llamado de Natura.

La situación es bastante perversa, y así la elabora Tavárez en su libro. Hay una dejadez, un estado de abandono en la mujer que es previo a su hastío. La sensación de callejón sin salida no tiene tanto que ver con no poder ir a parte alguna —en general, nosotras las mujeres todavía no tenemos razón para ir a parte alguna—, de modo que estar “caídas” del paraíso del orden social que a cada cual asigna su lugar significa para la poeta que su hastío está repleto de vacío, es intrascendente, no hay que fijarse en él, pues es un hastío torpe, narcisista, inútil: su falta de lugar es, simplemente, un no-ser. Como dije, la mujer no tiene derecho al hastío.

Nos dice Tavárez: “en el principio fue el dolor / y en el dolor el miedo / y en el miedo el germen inmortal / del hastío.” O “no hay nada nuevo bajo el cielo / exhibo en estos papeles / todas las ásperas formas de contar la vida.”

Tavárez sabe que su “oscuro viaje” es un lugar y no un ir. No le ha tocado en suerte (en género) ser la viajera. Ninguna verdad aguarda todas sus cosas. En vez de bostezar, muerde sus uñas y escribe un libro perfecto.

[Esta reseña se publicó originalmente en la sección Tinta Fresca del periódico El Nuevo Día el 27 de abril de 2014.]