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che2

por Lilliana Ramos Collado

En la otorgación de Premios del PEN Club
San Juan, Puerto Rico
17 de marzo de 2002

Hace años, Ché me decía que nuestra generación de poetas, la del ’70, tenía tal cohesión, que la “tarea” de hacer la poesía podía dividirse entre todos. “Tarea” era —y es— para él una palabra muy grande: hacer la poesía puertorriqueña, hacer la poesía de Puerto Rico, hacer la poesía de nuevo, después de devastada en los años ’60, hacer el quehacer poético. Unos, la poesía social; otros, la lírica; otros, la Otra poesía, la que todavía estaba por hacerse. Para Ché, Aurea María Sotomayor, Vanessa Droz, Ivonne Ochart, Etnairis Rivera, Jorge Morales Santo Domingo y yo, entre varios otros, podíamos hacer de la poesía un trabajo colaborativo, comunal, aunque nunca homogéneo ni consensual, cada uno desde su voz propia, desde su manera.

Su comentario me pareció en aquella ocasión pretencioso, quizás hasta opresivo. Hoy, después de tener en mano tantos libros de mis compañeros y coetáneos, veo aquello como profecía, y comprendo mejor la amplitud de la obra de Ché, calibro mejor su importancia radical, su calidad reveladora. Además de servir de base a uno de los cuerpos poéticos más importantes de nuestras letras, la convicción colaborativa ha hecho de Ché uno de nuestros mejores y más dedicados editores y antólogos, un crítico fundamental, un pensador en cuyo trabajo resuena siempre ese pensamiento que, surgiendo de una feroz individualidad, sirve de resonador de todas nuestras voces.

Labor poética, labor editorial, labor de publicitar la obra literaria puertorriqueña aquí y fuera de la isla, esa ha sido la meta insistente de Ché. Como editor, sentó la pauta de la antología generacional y de la antología de ocasión con dos tomos esenciales:  Poesía oi, antolojía de la sospecha y Puño de poesía. La primera, con la quizás ambigua humildad de la profecía, exploraba la promesa de una poesía naciente, y apostaba a unas voces en cuyos primeros tanteos veía la cartografía de un nuevo paisaeje literario. El ojo crítico de Ché se vio afirmado por las publicaciones sucesivas que él bien había “sospechado” con modestia sibilina. Con su Puño de poesía propuso una versión actualizada del Aguinaldo puertorriqueño: una colección de poesía de afirmación nacional que permitía trazar la historia de la lucha puertorriqueña por crear una voz poética distintiva al fragor del establecimiento de una identidad nacional.

Como editor, su labor en la editorial qeAse no sólo creo el espacio de la poesía OTRA, sino que creo espacios alternos para el libro. Walter Benjamin nos ha dicho que el verdadero productor de arte no sólo produce obras de arte sino que altera irreversiblemente los medios de producción, distribución y recepción de sus productos culturales, e impacta la estructura misma del medio cultural, y exactamente eso fue lo que hizo Ché con su labor editorial: su diseño del producto libro, su red informal de distribución, sus estrategias de divulgación, todo colaboró a una difusión amplia y numerosa de libros cimeros como Animal fiero y tierno, de la poeta Angela María Dávila, La sílaba en la piel, de José María Lima, y desimos désimas, del propio Ché; el tomo Laurel negro, que recoje los ensayos periodísticos sobre literatura de Juan Antonio Corretjer, así como el tomo titulado Primeros libros poéticos de Francisco Matos Paoli. Sus ediciones críticas de Yerba bruja, de Juan Antonio Corretjer, y Primeros libros poéticos, de Matos Paoli, sentaron la pauta de la edición crítica en nuestros medio. Su trabajo equilibrado, informadísimo, y formal hasta el exceso da cuenta de dos cosas fundamentales: su certeza cabal de la calidad de nuestros escritores y su compromiso con reivindicar la labor del lector. El lector puertorriqueño merece tener acceso a lo mejor de nuestras letras y de la mejor forma. A su labor editorial se le suma una labor crítica aguda, con frecuencia incómoda, siempre polémica y desgreñante, que se recoge en varios tomos, entre ellos, los tomos de ensayos Para Delfín, Postemporáneos, Secretum, y el extraordinario Borges, el espía.

La labor editorial de Ché ha sido una verdadera labor amantísima. Sin depender de la amistad, sin hacer caso de la enemistad, sin importarle las limitaciones económicas del medio literario ni el ostracismo oportunista de las academias o los cotilleos de los grupúsculos de moda, Ché ha trazado el contorno de nuestras letras, sobre todo de nuestra poesía. A esto se le suma una labor poética propia de calidad extrema, obra rica, compleja, que se ha regido por la exploración de la forma poética predicada en un decir político sin trabas, de sinceridad desusadamente insoportable. Con desimos désimas, Ché repostuló la actualidad de la décima, forma anquilosada bajo el peso insufrible del criollismo cursi de los ’60. La reciente edición del vigésimo aniversario, que incluye un CD con la versión musical de Andrés Jiménez confirma cuán urgente era el cambio de voz de la décima desde la irrealidad estúpida de los folkloristas aspirantes a novotroveros y la importancia de replantearnos el reclamo social latente en la decima producida en su medio original. Este ejercicio poético de devolverle la pertinencia a la forma poética fue secundado con su colección La casa de la forma, un asedio a la forma del soneto: la casa de la casa o la forma de las formas. Este libro, un reto de actualización y reescritura de la tradición poética más acendrada de las letras occidentales desde Petrarca el florentino hasta el Río Piedras florido de Francisco Matos Paoli, explora los límites de la contención formal para convertirse, creo yo, en el libro de poesía más sobresaliente de los últimos veinte años en nuestra isla.

Bajo la pluma de Ché la poesía se recupera, se solivianta, se asusta de sí misma, regresa y parte. Si, como dice Corretjer, en la vida todo es ir, y, como nos recuerda Lorca, no vamos a llegar, pero vamos a ir, distingue a la poesía de Ché su naturaleza proyectual, su fundamental inestabilidad, su reconocerse como un eterno borrador. Las ediciones sucesivas de desimos désimas y de La casa de la forma así lo atestiguan. Son significantes fugaces, siempre interinos, sometidos a constante reconsideración. En esto, la honestidad de Ché es implacable: nunca se llega al final del poema, ni a la versión final. Quizás la manera más elocuente en que Ché nos comunica esta radical fluidez de su significante poético esté en su lenguaje mismo, en esa ortografía suya que atormenta la nuestra y nos obliga a requedarnos con los ojos fijos en sus palabras para sorprender en ellas el gesto del habla que nos distingue, ahí registrado indeleble sobre la página, con sus propios pelos y señales. Y esta ortografía que hace la mímica del habla permite aquello que Barthes llamaba “meter el cuerpo anónimo del autor en la oreja del lector”.

Lo que hace Ché no es mera parodia fonológica ni afectación poética pueblerina —como muchos académicos proponen para descartar la profundidad política de su gesto—, sino colocarse en la oreja y en el ojo del lector, para que el lector cate mejor esta “escritura en alta voz”, que es la de Ché, una escritura en alta voz de crítica, una voz en la altura de la conciencia, un gesto de escritura peraltada, escrita sobre un cuerpo, escrita como un corpus que nos vincula con las tradiciones en las cuales nos hemos abrevado. Su ortografía es un cierto tono, no siempre de buen tono, siempre con el buen tino de invocar la fiereza de una voz en alta voz. Si lo que echamos de menos es la carne y la vida en la página poética cuando agarramos un poema cualquiera, cualquier poema, otra experiencia es la que nos espera en las páginas de Ché. Quizás le debería estar prohibido leer su propia poesía en voz alta, para que siempre pueda dejar su página gritando sola y así cumplir la más íntima ambición de los poetas: estar siempre de cuerpo presente.

Atormentar la tradición para que dé lo mejor de sí, atormentar la lengua para que diga lo indecible, lo indecidible, exprimir la página “para que el blanco siempre regrese”, como quería Mallarmé y cita Ché en su Casa de la forma, de eso se ha tratado siempre esta obra enorme, con frecuencia demasiado incómoda, siempre genial, que homenajeamos hoy. Saludo a Ché y le doy las gracias por lo mejor que hay entre nosotros.

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