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Esta ‘costa sin mar’ detiene al poeta en el límite.

Casa Poesía

 por Lilliana Ramos Collado

En realidad, el verso de Jorge Posada lee de otra forma: “Habité la casa hasta destruirla”. Pero, viendo que sin duda este poeta intenta en vano habitar la casa de la poesía, transformo deliberadamente su verso, para yo también destruir lo que es ya imposible de construir o de habitar: la poesía.

Como exaltación de la lengua, como promesa metafórica de un mundo más allá del mundo, como espacio invitante a las dichas de la filosofía, la poesía ya no es, y esa casa que fue, hoy tirita de ausencias. Los poetas se han ido a vivir a otra parte.

Sin rima ni razón, en esta “costa sin mar” —un mundo hecho de puro límite, de bordes sin cuerpo, de pieles vacías— el poeta deambula observando la inconsecuencia radical de sus actos, en general nimios, modestos, casi invisibles. Viviendo entre dudas y deudas, entre promesas y premisas, el poeta —o más bien su retrato apalabrado— insiste en mostrarnos sus manos huecas, sus poemas titubeantes.

Hay una admisión constante del carácter larvario del escritor, de su trashumancia esencial, de su enajenación asombrada, impenitente e indeseante, como si la observación constante de la falta de relación causal entre objeto, acontecimiento y persona apenas rindiera una desposesión que ni siquiera aspira a la esperanza.

Esta “costa sin mar” detiene al poeta en el límite. El mar —ese lugar proverbial de las huidas— ya no es. Advierte que el sujeto más peligroso es el que nada tiene que perder. Su poesía será, pues, terrorista.

Costa sin mar. Jorge Posada. México: UNAM (2012).

Costa sin mar. Jorge Posada. México: UNAM (2012).

[Publicado originalmente en El Nuevo Día el 6 de abril de 2014]

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