Etiquetas

, , , , , , , , ,

Acevedo nos invita a desear perder para poder desear. Leer sobre el deseo da deseos de leer…

Elegía Franca. Rafael Acevedo. San Juan: La secta de los perros (2014).

Elegía franca. Rafael Acevedo. San Juan: La secta de los perros (2014).

por Lilliana Ramos Collado

Nos dice Ítalo Calvino que un clásico es un libro que nunca acaba de decir lo que tiene que decir. Esos libros antiguos que rara vez manoseamos en la librería, están disueltos y aún presentes en nuestras formas de leer y de escribir. Aunque están —según nosotros— cerca del origen, allá, perdidos en el pasado, producen una interpelación nunca clausurada. Nos siguen recibiendo entre sus páginas, como obras para siempre abiertas.

Lector, si le das una oportunidad al clásico, verás como ante ti ese clásico se esponja, se expande, pierde sus bordes, abole las definiciones duras, cancela todo intento de constitución cierta del autor como conciencia determinante y nos permite reposicionarlo ad infinitum. Por eso es fácil decir que el clásico es un texto en constante renovación: siempre insólito e inédito; siempre original, originario, originante. Y hoy confirmo esto de nuevo mientras mis ojos gozan devorando las páginas del más reciente poemario de Rafael Acevedo: Elegía franca.

Este poemario es, deliberada y abiertamente, un libro sobre la belleza:

La belleza arde.
El amor es la belleza.
Quema.

Este sentimiento, que pulula siempre rondando el presente, que, de hecho, funda un presente de intimidad e inmediatez entre cuerpos, que vive del tacto, del aliento compartido, de las puras ganas de quemarse, es, aquí, una “elegía”.

Me detengo ante el primer poema y mis ojos arden. Pero regreso a la portada y leo Elegía franca. No es cualquier título ni cualquier nombre de forma poética. Una elegía es un treno, un poema mortuorio, una invitación a recordar lo pasado ya sepulto e inaccesible. No es nuevo toparse con la fuerza vibrante que en la poesía cobra el amor recordado. Safo, Corina, Catulo, Tibulo, Propercio y el extraordinario Ovidio dieron forma a un poema de amor perdido que vino a llamarse “elegía erótica latina.” Más cerca de nosotros Garcilaso, Shakespeare, Donne, Wordsworth, Villaurrutia, Neruda, José María Lima (entre otros muchos), abrazaron esta elegía erótica oscilante entre el recuerdo y el deseo.

Rafael Acevedo

Rafael Acevedo

¿Eros pasado? Acevedo lo toma con cierta amargura feliz —perdóneseme la paradoja— y lo sabemos porque, en la contraportada de este librillo diminuto, está, sola y en el centro, la mancha del fondo de una taza de café sobre una superficie blanca. En la noche del presente, vapuleado por la cafeína, el poeta Rafael Acevedo recuerda. Y el recuerdo quema, como si aún ese amor estuviera presente, como si el recuerdo fundara un nuevo hoy:

Recuerdo amarte
de la misma forma que los soldados ante sus carros
uncieron sus caballos y la paz era tu boca
cerrada como un palacio en la madrugada.
Miraba con ojos incrédulos
y mi deseo quiso ser tus veloces corceles.

La pregunta quema: Eros pasado, ¿es Eros feliz? Acevedo transita los parajes poéticos de la poesía antigua grecolatina como por su casa, excava sus motivos, exhuma sus presupuestos, abraza sus estigmas, consume su hiel memoriosa. Para ser feliz, ese Eros siemprevivo necesita la carencia, el desencuentro, la pérdida. Hijo de Poros (la riqueza) y de Penia (la pobreza), Eros halla en su carencia su abundancia. Para Eros, el tener mata el deseo. En la pobreza, florece.

Cada poema de este libro conversa con los clásicos: a los ya mencionados, añado a Píndaro, a Homero, y todas esas viejas voces quedan conflagradas en la memoria del fuego que fue (y entonces es) Eros: este fuego que es memoria como una ausencia que aviva al poeta y le “hace sentir en casa y lejano al mismo tiempo.”

Lector@s querid@s, este pequeño libro guarda una belleza que nuestra poesía reciente ha soslayado. Regresa a la memoria incendiada del amor, y nos recuerda que el sufrimiento de lo perdido rinde una poética que, por fuerza de la circunstancia, nos hace desear perder para poder desear. Y vale decir que, a fin de cuentas, leer sobre el deseo da deseos de leer…

[Esta reseña fue publicada originalmente en El Nuevo Día, edición del 9 de marzo de 2014.]

Anuncios