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Francesco Primaticcio, "Odiseo y Penélope" (1545).

Francesco Primaticcio, “Odiseo y Penélope” (1545).

por Lilliana Ramos Collado

Cada vez te despides mejor”
—José Liboy, del cuento homónimo

“¡Forastero! Hay sueños inescrutables y de lenguaje oscuro y no se cumple todo lo que anuncian a los hombres. Hay dos puertas para los leves sueños: una, construida de cuerno, y otra, de marfil. Los que vienen por el bruñido marfil nos engañan, trayéndonos palabras sin efecto, y los que salen por el pulimentado cuerno anuncian, al mortal que los ve, cosas que realmente han de verificarse.”
—Homero, La Odisea

 

Así hablaba Penélope al narrar su sueño profético a un mendigo. Especulaba ella cuán falaz sería el sueño que augurara el retorno de su esposo, partido de Itaca veinte años antes y probablemente muerto en el mar. El mendigo insistía en que Ulises, el esposo, volvería. Para ella, el sueño había entrado por la puerta de marfil. Para él, por la de cuerno. Pero la profecía, que ella veía borrosa en el futuro, ya era cumplida: ese mendigo era Ulises.

Luego de muertos los 108 pretendientes a manos del esposo, el retorno del héroe se cumple en el lecho, un lecho nupcial. Mientras Ulises y Penélope copulan, Telémaco y los esclavos de la casa hacen ruidos y música de bodas para engañar al pueblo, para encubrir la masacre, para posponer la noticia, para crear el tiempo y el espacio que añoran los amantes. Penélope al fin le ha dado su mano a un pretendiente, pensarán los itaquenses. Ulises es ese pretendiente. Y luego del estremecimiento carnal por veinte años postergado, Ulises le cuenta a Penélope, otra vez, su Odisea. Sobre el lecho nupcial vuelve a trazarse el mapa de su aventura. Él narra. Penélope escucha al querido esposo con los ojos abiertos como platos. Ahí está el esposo, tangible, deseante y deseado; y está también el relato fabuloso de sirenas, cíclopes, hechiceras y domadores de vientos. Sobre el lecho se conjugan, pues, las dos puertas: cuerno y marfil, cuerpo y cuento.

En su narración, Homero nos propone un corte nítido entre los géneros: el hombre es el héroe que viaja, el que sale del hogar en aventura, el que ha “conocido ciudades y el genio de innúmeras gentes”. Es el que se resiste a la quietud; es el arriesgado, el ingenioso, el valiente, el guerrero. Por el contrario, la mujer espera. Circe, las sirenas, Calipso, Nausicaa, Penélope son las arañas tejedoras, islas imantadas ante cuyas playas el héroe se resiste al naufragio; son los lazos que el héroe debe vencer, las vaginas dentatas cuyas fauces amenazan su esencia efímera de máscara y de nadie. Islas-cuerpos que son trampas de las cuales la huída del héroe constituye la aventura. Es así que Ulises y Penélope se excluyen, o, si acaso, se complementan para fundar la inteligibilidad del relato homérico como pugna o como viaje de retorno de lo diferente a lo similar.

El lecho nupcial es la escena primitiva de la enunciación. Semen y palabra sobre el cuerpo de la isla afortunada —Itaca— como lecho propicio. Así, pues, la mujer es invadida por dos rutas: la vulva y el oído. Por la puerta de cuerno y la puerta de marfil entra Ulises al lecho, a la página.

Odiseas de la Odisea

La Odisea, propongo yo (y quizás el Ulysses de Joyce, aunque pálidamente y no tanto…), constituye la osamenta de la poesía de Manuel Ramos Otero: El libro de la muerte, de 1985, e Invitación al polvo, de 1991.  El primer verso de El libro de la muerte lo proclama: “Esta es la segunda parte del Ulysses”. Ulises y Penélope son las figuras formadoras, con y contra las cuales traza Manuel su itinerario. Pero otra es la escena primitiva en la cual se enuncia esta poética. ¿Qué hacer si Ulises y Penélope comparten el mismo cuerpo? ¿Cómo deslindar estos arquetipos cuya pugna tradicionalmente conforma el relato del retorno? ¿Qué hacer cuando el género se vuelve ininteligible, cuando lo diferente y lo similar se hacen inconveniente magma indiferenciada? ¿Quién cuenta? ¿Quién escucha? ¿Quién retorna? ¿Quién espera?

Penélope

Penélope (ca. s. VI d.C.)

Nos lo advierte Manuel Ramos Otero una y otra vez cuando nos habla como Ulises; una y otra vez cuando nos habla como Penélope. Cuando avanza y cuando espera. Ulises y Penélope son los dos rostros de Jano en este corpus poético, penetrante y penetrado:

He cambiado de ciudades como el que cambia de islas.
Enterrándome a veces en diferentes tumbas
….
He sido Penélope y no lo entiendo.
(Lm, p.21)[1]

pero también,

La actriz está cansada del mismo rol de Ulises.
De regreso a regreso del ombligo
envenenando a veces a su amante.

Tsuchigumo es marido de su imagen.
(Lm, p. 33)

Como en Homero, el lecho, la página, desempeñan aquí un papel primordial: si en la epopeya marcaban la jerarquía de lo masculino y lo femenino, de lo extraño y lo familiar, de lo móvil y lo quieto, del que narra y el que escucha; en los poemas de Ramos Otero esta jerarquía queda abolida: el del héroe es un cuerpo-isla, inmóvil en su movilidad. La heroína-isla es una máscara de Ulises, marida de su imagen, de la que, en Invitación al polvo se dice: “que sabe que es otra condenada a ser la misma” (p.14). Y desde el lecho que la definiría, teje ella misma el periplo del héroe:

Por más que no la quiera Penélope soporta 
su soledad de aguja ensangrentada 
torniquete del brazo que vomita su barco 
tejemeneje alfombras del mapa interminable
del nuevo laberinto para el perfecto esclavo 
vuélvese la vigilia tecata de la estatua 
despellejada en olas que la vejez regresa 
pero ahora es la hora que estremece la vena 
la misma vena que sueña del futuro 
entre cuatro paredes pintadas de azul índigo.
(Lm, p.41)

Es Penélope quien espera y detenta la aguja ensangrentada, el pene, la pluma que, al ser exprimida con la fuerza de un torniquete, expele el barco, la aventura escrita con el semen oscuro que es la tinta. Es ella quien funda el mapa interminable, el laberinto. Desde su cárcel, desde su lecho, hace y deshace su mortaja, la mortaja que, en la epopeya, era para Laertes, que moriría sin hijo, que moriría sin ser padre, su dinastía irreversiblemente interrumpida. Pero en la poesía de Manuel, es Penélope quien narra el retorno del héroe que es ella misma cuando es otra, como cada mujer que habita el cuerpo del poeta:

Te esperé día tras día 
en las horas de la nada. Bordé collares de algas 
para el obrero por quien vive mi poesía. 
Nacieron pájaros negros augurando madrugadas 
que no te vieron llegar ni habitar mi soledad. 
Y de repente la puerta es frontera en la locura 
y ya no queda ternura con su máscara de calma, 
solamente queda un alma y tal vez queda la tuya. 
Y al desmantelar las carpas, qué negro se ha puesto 
el mar. Cada isla nos seduce, nos obliga a naufragar, 
a llegar, llegar, llegar, a inventar un verbo nuevo. 
(Ip, p. 15)

Naufragio y verbo nuevo. Isla, poema, lecho, lecho del mar, muerte, poema. Con collares, trampas de algas, con la espera-trampa, Penélope recuerda que su abrazo es una tumba, un ataúd. La isla es móvil y funérea, pero se inventa en el naufragio que es un verso, que es un verbo. La figura del héroe que al arribar a la isla muere al cancelar el movimiento, es la misma Penélope-ataúd, que construye la muerte y el poema:

Ahora lo sé que tenemos cuatro orillas 
equidistantemente muertas 
del ataúd perfecto. 
…. 
El tiempo es territorio. 
Si no, 
llovieran sombras detrás de la ventana d’esta casa; 
ni el olor fantasmoso de orinadas cunetas 
nos persiguiera el rastro de nuestro laberinto: 
amigos por el cuatro inevitable 
de ser uno y el otro doblemente 
dos sombreros iguales a dos sombras 
dualidad de aguaceros en la niebla 
de dos noches que mueren separadas. 
(Lm, p.36-37)

Y es, precisamente, esa separación la que se narra. Es la epopeya del cuerpo desgarrado: un cuerpo cuya dinastía es el relato de la dinastía imposible. ¿Qué podrá nacer de un cuerpo separado que sólo puede hablarnos de cómo no puede inseminarse a sí mismo? Dice la voz poética hablando para sus adentros: “La prueba es el poema que has escrito” (Ip, p.41). Como la de Sócrates en El banquete, la descendencia de Manuel son sus poemas, escritos sobre un lecho que es la muerte. Pero, ¿es legítimo tener esta esperanza?

Un cuerpo doble y el mismo

Sobre el mar proceloso flota un cuerpo. Un cuerpo doble y el mismo, que en su semejanza-diferencia muere como mueren dos noches separadas, negras como la tinta del relato que se hace, del relato que se deshace. Dice en otra parte el poeta: “Niño, poeta, mujer: sin nosotros nada es negro” (Ip, p. 14). Sin ellos, sin su capacidad demoledora al invadir el cuerpo masculino, al sembrarlo de indecibilidad, no puede haber este relato que Manuel quiere contarnos, o, más bien, este relato que le cuenta su Penélope a su Ulises, de espaldas uno al otro, en noches oscuras, separadas, sobrenadando la tinta negra de la página. Así la llama Manuel, “la sábana sucia”. Lo berrendo sobre el blanco es el poema.

Y el lecho es ataúd, la isla es muerte. La isla es la página en que se funda el verbo nuevo. Ese verbo que no mueve: esperar. Ese sustantivo que no mueve: la espera. El doble personaje, el Jano-cuerpo de rostros excluyentes, Ulises-Penélope, cara y culo, se espera a sí mismo que viene navegando por un mar que es un espejo:

¿Qué soy que no eres tú si tú no eres 
espejismo de piedra quel mar quiebra 
si al ser menos divino más perduras 
si al sobarnos los cuerpos menos queda? 
…. 
Vamos contando las islas desde el barco 
adivinando puertos en los que nadie espera 
(Ip, p.21)

Ulises y las sirenas

Odiseo y las sirenas, Vaso, s. V a.C.

¿Dónde hablar de lo que se vive elusivamente, en confusión, en conflagración del sentido? ¿Cuál la tierra firme, si la isla es barco que se mueve a la deriva? Dice el poeta: “Para eso es la cama que ahora te reclama” (Ip, p. 20), y más adelante, “Dejemos a los otros con la vida/soñando la utopía de la muerte” (ibid., p. 49). Son los otros los que leerán el poema, que comprarán el libro, no por la fama de Manuel Ramos Otero, poeta, (ibid., p. 30), sino por el relato de la disolución, de la desilusión. Hablándose a sí misma, dice la voz poética:

Escribes cuentos de cuerpos con alas 
escondidos en las arrugas del lecho 
bajo el polvoriento abanico de aspas. 
Te ha sido dado un adelanto de la muerte. 
Juras que no amarás jamás, 
tu escritura será la salvación o el castigo. 
(Ip, p. 39)

pero también afirma:

amo la realidad que nos reúne en la cama 
…. 
cuando te vuelvas un hombre de papel 
un espíritu atrapado en el poema 
y ya no pueda volver a definirte en la palabra 
que ahora azota toda la nada
recordaremos como nunca nos amamos 
hurgaremos en tumbas de tristeza 
hasta encontrar la libertad intacta 
para que el tiempo restaure lo perdido.
(Ip, p.13)

La cama-página es la realidad: el hombre de papel es lo tangible. Sólo el cuento cuenta. Sólo el cuento se cuenta. Sólo se puede “vivir del cuento”. Perdurar es narrar el cuento. Es el cuento que Penélope teje en su menáge à personne  consigo misma, que es Ulises (nadie).

Epitafios

Pero, volvamos a una idea anterior: “la actriz está cansada del mismo rol de Ulises”. ¿Cuál es ese rol? El Ulises de Homero nos dijo que era Nadie, para después clamar su nombre ante un cíclope desesperadamente ciego. Decir su nombre en retirada, ocultarlo en la llegada, era su modus operandi. Así lo hace también en el país de los feacios: después de cubrir su rostro con el manto para llorar su haber sido aquél sobre quien Demódoco, el aedo, narra las hazañas, descorre el velo y narra la aventura que prueba su identidad —la Odisea—, después de habérsele asegurado el medio para volver a Itaca. Fecundo en ardides, el rostro de Ulises es la máscara. El ingenioso Ulises para engañar usa su labia: los dos labios que usa para persuadir a un rey que le de un barco, para explicarle a Penélope sus diez años de errancia.  Así, claro está, Penélope duda ante el rostro amado y teme engaño. Al poner a prueba a su esposo, dice:

Encuentro entre Penélope y Ulises

Encuentro entre Penélope y Odiseo, figura en terracota s. V a.C.

No te enojes conmigo, Odiseo, ya que eres en todo el más circunspecto de los hombres; y las deidades nos enviaron la desgracia y no quisieron que gozásemos juntos de nuestra mocedad, ni que juntos llegásemos al umbral de la vejez. Pero no te enfades conmigo, ni te irrites si no te abracé, como ahora, tan luego como estuviste en mi presencia; que mi ánimo, acá dentro del pecho, temía horrorizado que viniese algún hombre a engañarme con sus palabras, , pues son muchos los que traman perversas astucias. (Homero, La Odisea, Madrid, Aguilar, 1970, p. 847-48.)

Penélope conoce que los hombres engañan, Penélope conoce que su ingenioso esposo lo es, por la astucia de su palabra, retórica falaz de la que son capaces los hombres para entrar en el lecho, en el pecho de la mujer, en la isla, para luego abandonarla. La Penélope de Manuel Ramos Otero, su Ulises, ha ensayado también estas máscaras de las cuales está ya cansada: la máscara de Ulises es las máscaras, las otras retóricas falaces, otras poéticas que el poeta-Jano aquí rechaza.

¿Qué malacostrumbrada soledad
vuelve a llevarme
al cementerio aquel?
(Lm, p. 43)

Las máscaras retóricas que han cansado a esta Penélope son las poéticas de Federico García Lorca, Oscar Wilde, Tenessee Williams, Yukio Mishima, Rimbaud y Verlaine, Lezama Lima, Pessoa, Huysmann, Kavafis, René Marqués, escritores homosexuales que buscaron la conciliación, o que se avergonzaron de no hallarla. A ellos dedica Manuel sucesivos poemas que son epitafios incluidos en el Libro de la muerte, en este cementerio (o sementerio[2]) de palabras. Sucesivamente son estos epitafios los poemas posibles que depone esta Penélope. Porque el rostro de este Ulises es Penélope, y es ella, “la que siendo otra es la misma”, la que hace el cuento. Hombre-mujer indiferenciado, no andrógino sino magma que elude definición, que escribe el poema sobre la abolición del poema:

No era Mongolia, no era Tombuctú, no era Castilla, 
el punto de partida del dolor es otra dinastía, 
híbrido amor de tálamos y tumbas calcinados, 
puentes de sándalo en guerra con los vientos alisios, 
barcos de filigrana ahogándose en la lluvia del olvido, 
un código cabal que intenta descifrar los manuscritos 
de todos esos libros nunca escritos para que nadie sepa. 
(Ip, p. 54)

y luego,

¡Oh delicioso lodazal terrestre, cama prohibida 
de los ángeles perversos, costra olorosa de quesos 
genitales, manos labriegas surcando en entretelas 
la libertad mortal que nadie entiende!
(Ibid., p. 64)

El híbrido es el poema, del que, en su libertad, nada se sabe, del que nadie conoce la dinastía, que acaso no la tiene, porque no se puede justamente localizar a su padre y a su madre, porque el lugar del parto se sabe apenas por el rastro, por la sábana sucia. Ulises-Penélope ha matado a sus padres (Federico García Lorca, Oscar Wilde, Tenessee Williams, Yukio Mishima, Rimbaud y Verlaine, Lezama Lima, Pessoa, Huysmann, Kavafis, René Marqués) y los “remata” con epitafios, los recuerda en el gesto fijo de la muerte, en la escritura sobre la lápida.

No hay manera de establecer distancia en el cuerpo-Jano, cuerpo doble que doblega el sentido. Dice la voz poética:

Hombre he sido y a los hombres he amado. 
Mujer he sido y a todas las mujeres he amado.

Poeta he sido y no distingo a la mujer ni al hombre. 
Y sin embargo sé que los dos cultivan amapolas en los labios. 
(Lm, p. 66)

Genealogías

En la epopeya homérica, el héroe regresa a su lecho, a su isla. Reconoce a su hijo Telémaco y acude a la casa de su padre Laertes para recomponer un relato que cobra la forma de una genealogía. Son, han sido, o serán, los reyes de Itaca, la isla domeñada, la Penélope que ha esperado y ahora escucha estas hazañas. Pero esta historia no se narra en el mar. Necesita de una isla para componerse, necesita del lecho, del hogar, para narrarse, necesita el ojo y el oído presto del que ve y escucha al héroe hacer su cuento. Pero ¿qué si, como asegura Manuel, “no hay otro más allá que todo es isla”? ¿Qué si la aventura nunca tuvo lugar, porque era acaso la lucha de Ulises y Penélope por el mismo lugar de enunciación? ¿Y qué si a ninguno le fue dado por entero el lecho, la página, o la paz para hablar y ser escuchado, para leer y ser leído, para copular el cuento? ¿Y qué si el personaje que habla se habla a sí mismo en el espejo del mar?

Padres e hijos: encuentro de Ulises y Telémaco

W. Tischbein, “Odiseo y Telémaco” (1819).

He aquí, pues, una poesía del desencuentro, una utopía de la abolición. Para el uno y para el otro (que son el mismo), el lecho tiene sentidos indiferenciables entre sí y ambiguos con respecto a cada uno de ellos mismos. El libro de la muerte, porque narra la muerte, es perdurable. No es ni partida ni retorno, ni espera ni desesperación. Es palabra. La invitación al polvo es eso: tálamo y tumba, los dos lechos.

Aún hay otro contexto que vale la pena mencionar. En su Alabanza en la Torre de Ciales, Juan Antonio Corretjer invoca también su empresa como una nueva Odisea. Regresa la voz poética a una Itaca que no es Itaca, ya que él es un Ulises verdadero y no un mero “Ulises de gramática”. Su empresa es liberar la isla asediada por malignos pretendientes, y a su llegada también invoca su genealogía: el taíno es su antepasado y los obreros son su futuro. Desde el río de Corozal fluye la sangre, la savia, que es gloria de la patria. Su poema es una alabanza que espera saltar de la página a la realidad, del barco-verso a la tierra-isla.

No hay duda de la masculinidad de este proyecto. Correjter es un nuevo Ulises que retorna de su exilio añorando su patria que adormilada le espera para que se cumpla la profecía de liberación. En su cuaderno anota Corretjer otra epopeya. El hombre-héroe-poeta cuenta su retorno, sus aventuras, el sinsabor del naufragio y el orgullo de la proeza. Regresa a hacer la patria, a escribir la patria.

No así Manuel Ramos Otero, que va de isla en isla a la deriva, sin nada que fundar, sin proyecto heroico alguno. No hay tálamo que lo espere si no es la tumba, no hay polvo de amor que no sea el polvo de la muerte. La patria, en este texto mortal, es imposible. De hecho, no hay lugar para un poeta que no sabe cómo alinearse, y así lo excluyen de las antologías, lo olvidan recordando sus cuentos, le miran como a un enmudecido. Nadie desea escuchar a este “Maricón del Mundo” (Lm, p.45). Pero él no cesa de hablar y de fundar el desconcierto. Ni hombre ni mujer: es otro su proyecto. Sin duda un proyecto doloroso cuyas velas se hinchan al golpe de aire de la muerte.

Final

Ulises-Penélope reposa sobre la sábana sucia. Ni hombre ni mujer, que ningún género le cala como anillo al dedo. Nadie ha logrado poseer el cuerpo-Jano. El que narra y el que escucha es uno y es nadie. Es una y es todas. Sobre el lecho, las puertas de cuerno y de marfil están cerradas. Porque “En el libro de la muerte / el verbo de amor nunca fue carne” (LM, p.23). Al repasar estos poemas, diríase del sentido que todo lo fija, que todo lo vuelve engaño: “Cada vez te despides mejor”. De esto, lo que he dicho aquí es apenas una glosa.

(1993)


[1] Cito de las siguientes ediciones: El libro de la muerte. New York (Waterfront Press: 1985), que se citará en el texto como Lm; e Invitación al Polvo. San Juan (Playor: 1991), que se citará como Ip.
[2] La palabra es de Antonio Martorell.

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