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Nada de sencilla tiene esta voz que lucha en todo momento por acercarse a una coherencia literaria, que constantemente abandona.

OBRA POÉTICA. Julia de Burgos. San Juan: ICP (1961).

OBRA POÉTICA. Julia de Burgos. Estudio preliminar de José Emilio González. San Juan: ICP (1961).

por Lilliana Ramos Collado

Quizás el asunto que más me llama la atención sobre Julia de Burgos es su muerte a destiempo. En una sociedad curiosa y metiche que prefiere fijarse en el melodrama de los amores frustrados, de las mujeres “perdidas”, y de las muertes crueles, poco ha llamado la atención el hecho de que Julia murió demasiado joven y que quizás su obra apenas comenzaba a afincarse en sus formas literarias definitivas.

Su muerte a los 39 años, festinada y tristísima, orlada por abandono y anonimato en la ciudad de Nueva York, ha tentado a la gran mayoría de sus lectores a interpretar su obra desde ahí, retrospectivamente, como si cada verso de Julia estuviera predicado en ese oscuro final.

Pero pensemos en cuántas mujeres han tenido vidas intensas, fuera de ruta, complejas, hasta escandalosas, y nunca escribieron poesía, mucho menos la poesía extraordinaria de Julia de Burgos. La poesía nunca es la vida, sino un cuidadoso destilado de lo que el escritor imagina como su ser vital visto a través del prisma de un imaginario literario. Todo poeta que dice “yo” o que escribe desde su nombre, inventa una personalidad ficticia, apta para decirse como “poeta”.

El lenguaje siempre se queda corto para recoger la experiencia humana. Ante la vida, una se suele quedar sin palabras suficientes para “decirse entera”. Y así, cuando Julia titula su más famoso poema “A Julia de Burgos”, reconoce esta brecha dura y compleja no sólo entre dos Julias —una, grifa, y la otra, señorona—, sino entre la Julia que escribe y la Julia que es. La vida en ocasiones tumultuosa de la Julia mujer fue recogida por la Julia poeta como motivo literario en el momento en que esas pasiones vertieron su realidad en el molde exigente de la poesía.

Desde esa brecha insoslayable, leo por un momento a la Julia que murió “en la flor de la edad”. La metáfora de hoy: mi maltrecho ejemplar de la primera edición de la obra poética de Julia de Burgos que publicó en 1961 el Instituto de Cultura Puertorriqueña. Aquí, en esta página digital, pueden ver mis lector@s la foto que atestigua cuánto he manoseado yo este tomo que me ha acompañado por más de 40 años. La obra de Julia es, en el mejor sentido y todavía, un libro en pedazos.

Julia de Burgos publicó en vida sólo dos de sus libros. Poema en veinte surcos (1938), publicado a los 24 años, contiene la feroz voluntad de establecer una voz y una persona literarias al sondear constantemente la pregunta por el “yo” que escribe. Desde el pórtico mismo del libro vemos en “A Julia de Burgos” la batalla entre las dos Julias que se manifiesta en el vaivén entre el “tú” y el “yo no”. Ese “yo no” se construye desde la negación a la sombra de un “tú” que es máscara y error. Enemiga de sí misma, la Julia fragmentada será la que escriba una obra igualmente fragmentada. Por ejemplo, “Tú eres de tu marido, de tu amo; yo no…”

Al afirmar la persona poética desde una negación… ese “yo no” que escribe se subleva, no admite quietud, titubea entre negaciones, y así admite que en esa refutación constante que trata de definirla, late una libertad: la libertad de nunca ser una “alguien” ya codificada y explicada por la sociedad. Ese “yo no” como voz poética niega la identidad dura y certera, y prefiere irse fuera de ruta mediante especulaciones, aproximaciones, derrames: “peregrina de mí misma”. Siempre emborronada de su propio yo, la escritora siempre se escapa.

Versos como “Yo, dentro de mí misma, / siempre en espera de algo / que no acierta mi mente” declara esa eterna ambulación, la posposición de las esperas, la incapacidad de la mente literaria de convertirse en sujeto del poema, o su decidirse por ser sujeto borroso, inestable, en busca de forma, o en abandono de ella. Esta vena ambigua recrudece en su segundo libro, Canción de la verdad sencilla (1939), que contiene muchos poemas que asedian el asunto espinoso del “yo no”, y cuyos primeros versos son “Nadie./Iba yo sola”.

Nada de sencilla tiene esta voz que lucha en todo momento por acercarse a una coherencia literaria, que constantemente abandona. Lo que solemos leer como un amor intenso y devoto, es en el poema la negación de todo lenguaje: “¡Y pensar que allá abajo nos espera la forma!”. Como si el poema recogiera la propia imposibilidad de enunciar la experiencia y el sujeto que la padece y que la goza. El amado “es”, quizás, porque no puede asentarse en el lenguaje. La ironía que se afirma es que la poeta insista siempre en haber sido “la más callada”.

Los libros que quedaron inéditos a la muerte de Julia de Burgos siguen explorando, de manera fragmentada y perpleja, este tema del “yo no”. La presencia disolvente del agua, el constante proyecto de “no ser”, la conciencia del silenciamiento ante la experiencia, el apocamiento de las palabras, el presentimiento de una muerte cercana como muerte de la voz… poesía experimental, primaria, que explora en mayor profundidad la renuncia a la palabra.

Creo que esta obra es demasiado vasta, compleja, fragmentaria, como para achocarla diciendo que estamos ante sentimientos exaltados de un loco amor. No olvidemos que, al imaginar su propia muerte, Julia de Burgos no se refirió a la muerte física, sino a la transmutación de su vida en palabras. Por eso hoy, según ella misma predijo, le llamamos “poeta”. Lamentablemente, nuestro homenaje se ha quedado esperándola. Y digo yo: ¡Que viva Julia de Burgos! ¡Que viva!

Obra poética. Julia de Burgos. Consuelo Burgos y Juan Bautista Pagán, recopiladores; Ivette López Jiménez, prólogo; José Emilio González, estudio preliminar. San Juan: ICP (2004).

Obra poética. Julia de Burgos. Consuelo Burgos y Juan Bautista Pagán, recopiladores; Ivette López Jiménez, prólogo; José Emilio González, estudio preliminar. San Juan: ICP (2004).

[Publicado en el periódico El Nuevo Día el 23 de febrero de 2014]