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por Lilliana Ramos Collado

Castaldi nos invita a imaginarnos en la orilla, de cara a lo incierto, valientes navegantes del tiempo, puertorriqueños iluminados por la historia.

Los faros de Puerto Rico. Norma Castaldi. San Juan: ICP (2012).

Los faros de Puerto Rico. Norma Castaldi. San Juan: ICP (2012).

… más doce segundos de oscuridad son necesarios para comprender cómo el contraste de luz y oscuridad da sentido a un faro, según nos propone Jorge Drexler en una bella canción, y añade: “Un faro quieto / nada sería. / Guía, mientras no deje de girar…” El poder evocador del bello libro de Norma Castaldi es así de urgente. A la mente vienen tantos libros, poemas, cuentos, películas, obras de arte…

De Charles Baudelaire, el poema “Los Faros” (1857); de Julio Verne, la novela de aventuras El faro en el fin del mundo (1905); de Virginia Woolf, la novela filosófica To the Lighthouse (1927); de Richard Marquand, el bello filme de traición y guerra  The Eye of the Needle (1981) y la producción puertorriqueña dirigida por Edmundo Rodríguez, Hugo, Paco y Luis y tres chicas de rosa (2013) de Ann Hamilton, la obra de arte público titulada Línea, colocada en el interior de nuestro Faro de los Morrillos de Cabo Rojo (2005); y, claro, la canción de Drexler “Doce segundos de oscuridad” (2006), entre tantas otras obras alusivas a los faros que apuntalan una mitología de la subjetividad humana ante el límite.

Y digo “ante el límite” porque el bello libro de Castaldi en gran formato, producto de una larga investigación entusiasta que atañe a la historia de nuestros faros, se ocupa de hilvanar el collar de luz que orla nuestra isla al anochecer, collar destinado a colocarnos en el mapa de navegación del Atlántico caribeño.

Luego de una prolija introducción histórica, la autora nos lleva de la mano a visitarlos gracias a espléndidas fotografías. Castaldi va explicando, faro tras faro, cómo se decidió su ubicación, el orden de la construcción —el Faro del Castillo de San Felipe del Morro fue el primero—, y su estado actual. Incluidos en el Registro Nacional de Lugares Históricos de los Estados Unidos, y luego ungidos como patrimonio por una ley de nuestra Legislatura, nuestros faros son, no sólo hitos en el mar y estrellas en la oscuridad, sino marcas indelebles en el discurrir de nuestra historia.

Desde su descubrimiento, nuestra pequeña isla al este de las Antillas ocurría ante los navegantes como un peligroso tropezón, casi a la deriva de los imaginarios de piratas y otros bandidos del mar, olvidada por las cada vez más prósperas rutas del comercio entre Europa y América. Nuestros faros nacen al abrigo del peligro de ser otro peñón oscuro más en el Atlántico caribeño, enorme pedregal de pequeñas islas, archipiélago con frecuencia inesperado. Y con los faros lentamente Puerto Rico comenzó a existir y a prosperar.

Regado entre las interesantes cápsulas históricas, y las anécdotas y entrevistas que prepara Castaldi para este libro, me llamó la atención aquello que ha seducido la imaginación de escritores y artistas plásticos en torno a los faros, y que la autora captura contundentemente en las excelentes fotografías que acompañan su libro. Sobre todo la soledad de los faros y el carácter agreste de su entorno, de cara al mar.

Al definir binomios como peligro/seguridad, luz/oscuridad, y tierra/mar, los faros son lugares extraños, eternamente extranjeros del curso habitual de la vida humana. Los faros son umbrales monumentales entre el origen y el final, entre la vida y la muerte. Levantados sobre naufragios que han sido el motivo de su existencia, con su hilo de luz los faros amarran al náufrago de hoy y lo traen a buen puerto, en este caso, al “puerto rico” en que vivimos. Estando ante un mar siempre enorme, casi infinito ante nuestros sentidos, el faro es percha donde colgar nuestras inquietudes sobre la eternidad: tierra, cielo y mar, los tres territorios que habitamos, se dan cita en el faro.

Pero lo más importante es la belleza de estos monumentos útiles, su apariencia “sagrada” en parajes aislados, la gallardía con la cual se carean con cielo, tierra y mar. Castaldi nos brinda una extraordinaria invitación a imaginarnos en la orilla, de cara a lo incierto, valientes navegantes del tiempo, puertorriqueños iluminados por la historia.

[Esta reseña se publicó originalmente en El Nuevo Día el 9 de febrero de 2014]

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