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por Lilliana Ramos Collado

Báez, dominicano viajero, nos espeta su cháchara asombrada de tanto desarraigo. Sus poemas son una constante y detallada noticia de lo que ocurre irremediablemente en un mundo desgajado donde los individuos, en general, no saben dónde están parados.

Postales. Frank Báez. Río Piedras: Erizo Editorial (2013).

Postales. Frank Báez. Río Piedras: Erizo Editorial (2013).

Lo sabemos desde siempre. La poesía nunca ahoga la tentación del autorretrato. Ese song of myself whitmaniano está ahí, esperando ser cantado a puro pulmón, o susurrado con cierta timidez, dependiendo de cuánto el o la poeta piense que su tema será su propio yo como caja de resonancia del universo entero.

La teoría es ésta: hablo de mí porque soy ejemplo, porque mi cuerpo es el que siente lo que siento, porque soy voz autorizada acerca de quien soy. Incluso, mi yo-como-otro soy yo. Mi yo está, literalmente, al alcance de mi mano. ¡Y dale!

Quizás de esa facilidad e inmediatez surja la avalancha incontenible de poesía confesional que se publica hoy día, en general, bastante mala y aburrida. A veces da miedo tanto yo-y-yo: tan omnipresente es la cháchara de tant@s poetas que, para demostrar su excepcionalidad, cantan, como Walt Whitman, su song of themselves.

Pero hay otros yoes, un chin indolentes, perplejos ante el mundo. Son l@s poetas que no entienden nada, que andan por ahí escrutando la realidad sin poder descifrarla. L@s que no tienen ni idea de dónde están, l@s inciert@s, l@s confundid@s, l@s que no saben si vienen o si van. Es@s son l@s que escriben para paliar la desazón de descubrir que este mundo fallido no sirve ni para hacer poesía. Uno de esos lúcidos al garete es Frank Báez.

Lo que le ocurre a Frank Báez con vida y poesía le ocurrió hace un par de milenios a Catulo, hace unos cuantos siglos a Quevedo, hace doscientos años a Baudelaire, el otro día a Vallejo y a Cortázar, y hoy, aquí al ladito, en la República Dominicana, a Báez, poeta extraordinario que, cuando habla de su yo, en realidad habla siempre de otra cosa. Su libro reúne “postales” que son, en realidad, postcards from the edge, pues vienen desde aquella parte del mundo —el límite— donde la vida ya no es lo que era, si alguna vez fue.

Báez, dominicano viajero, nos espeta su cháchara asombrada de tanto desarraigo. Sus poemas son una constante y detallada noticia de lo que ocurre irremediablemente en un mundo desgajado donde los individuos, en general, no saben dónde están parados. Es un mundo urbano, donde la ciudad misma subraya la ajenidad de todo el que intenta habitarla. Mirándola siempre desde el borde, para el poeta tiempo y espacio urbanos no cuentan, y sus viajes constantes no logran acercarle a la materia del mundo. El reto mayor: escribir de esa nada. El tema preferido: el constante fracaso de encontrar el tema. Estamos ante una crónica del poema que no logra dar consigo mismo.

Si acaso, Báez habla de su dominicanidad espléndidamente malversada, siendo esa malversación su principal rasgo definitorio. Báez, quien nunca es escogido, ni tomado en cuenta, ni comprendido, ni leído, ni escuchado, se alimenta de la banalidad irrefrenable de su propia invisibilidad. De modo que sus constantes descripciones del mundo, recogidas por su ojo siempre desplazado, nunca constituyan una afirmación, o nos lleven a una consecuencia. Báez es un inmigrante puro: siempre, estando aquí, está en total extranjería, y delira, como los alocados, como los que están siempre descubriendo que no son “de aquí”.

Enfermos, deambulantes, prostitutas, desamparados, dominicanos, son, en el ojo de Báez, desdoblamientos veloces de donde colgar sus no-afirmaciones. Sus poemas hemorrágicos se construyen con versos inconexos. Recordando al Georges Perec de Tentativa de agotar un lugar parisino (1975), como el mundo está infinitamente lleno, es imposible agotarlo con palabras. Como Perec, Báez nunca puede adueñarse de un lugar, y a fin de cuentas se da cuenta de que carece de lugar.

Puedo decir, con bastante frialdad, que la de Báez es una “temporada en el paraíso”, y no en el “infierno” rimbaudiano. Báez no siente ni padece: sólo carece. Su nadie escribe para nadie. Sus postales, enviadas sin destinatario desde el borde del abismo de la otredad, sólo afirman la noticia de que “allá” tampoco hay mundo del que hablar.

[Publicado originalmente en El Nuevo Día el 29 de septiembre de 2013]

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