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por Lilliana Ramos Collado

Eduardo Lalo pondera las realidades del castigo y las ficciones de la rehabilitación; y anatomiza cuidadosamente el cuerpo del delito social.

El deseo del lápiz. Castigo, urbanismo, escritura. Texto y fotografías por Eduardo Lalo. San Juan: Editorial Tal Cual (2011).

El deseo del lápiz. Castigo, urbanismo, escritura. Texto y fotografías por Eduardo Lalo. San Juan: Editorial Tal Cual (2010).

Cuando abrimos El deseo del lápiz. Castigo, urbanismo, escritura, de Eduardo Lalo, hay cosas imposibles de olvidar: nuestra Prisión Estatal que llamamos “Oso Blanco” alude a ese “oso polar” y, por consecuencia, a la idea de la nevera carcelaria como “Fortaleza de la Soledad” de un Supermán prisionero de su propia incompatibilidad con  la raza humana. Ese apartado lugar es escenario de aventuras de héroes extraños—el Dr. Victor Frankenstein, por ejemplo— cuyas gestas “solitarias” les proponen escapar de la prisión de su propio secreto. Oigan, amig@s, sólo en el polo norte Supermán no tiene que disfrazarse de Clark Kent.

Y ese lugar también nos recuerda un espacio precivilizado, y de ahí que Eduardo Lalo trate los graffiti de los presos como si fueran “arte rupestre”. Quizás su interés subyacente al fotografiar exhaustivamente estos graffiti sea referirnos a esa vida apartada, prehumana, que de muchas maneras proponen tanto la apartada Fortaleza de Superman como esta enorme prisión. “El deseo del lápiz” aprovecha esa doble mitología: la fortaleza que protege al ser excepcional, pero alienado por su diferencia; y al criminal, cuyo apartamiento en la prisión está diseñado para proteger al resto de la sociedad.

Una reja en el Oso Blanco

Lalo escribe su libro indagando el por qué de la prisión y lo que ésta significa en nuestra sociedad. Pondera las realidades del castigo, las ficciones de la rehabilitación y anatomiza cuidadosamente el cuerpo del delito social. De hecho, se pregunta lo inefable: si el crimen del criminal es conmensurable con el crimen social. ¿Quién será peor? ¿Podemos pasar por alto las condiciones de vida que llevan a un ciudadano a una carrera de crimen e intemperancia?

Por eso el libro enfoca el habla del criminal: los graffiti en las paredes interiores del “Oso Blanco”, su naturaleza insistentemente impúdica, casi pornográfica, y el alocamiento de un erotismo sin objeto cuyas imágenes reiteran la desgarradura de lo social y el acallamiento de los placeres más básicos. El libro de Lalo, al teorizar sobre la prisión, y fotografiar impecablemente los graffiti en las celdas y en otros espacios de esta enorme cárcel, explora por qué los prisioneros prefieren usar el lápiz —ilegal en la cárcel— como un arma que, en vez de formular palabras, formula imágenes de los cuerpos que están prohibidos en la prisión.

Para Lalo, la prisión es, más bien, una ciudadela, es decir, una ciudad amurallada cuyas murallas están hechas para defender a sus habitantes contra el enemigo. Pero se trata de una ciudadela al revés, pues el que es internado en ella es el que se ha quedado afuera de lo social. La prisión es, entonces, un “afuera”, no un adentro: el que se encuentra en prisión ha quedado fuera de lo social. Esta terrible paradoja es tan insoportable que los propios prisioneros son ciegos a ella, y se habla del encierro, de la privación del movimiento, de la falta de libertad. Y es esa paradoja lo que convierte a la prisión en una ciudad invisible, insoportable, inhumana e inhumanizadora.

Una vidriera rota en el Oso Blanco

Una vidriera rota en el Oso Blanco

Dentro de la prisión, el peso de la ley no es físico, el tiempo pierde su arraigo, el espacio queda anulado al carecer de un “afuera”. En fin, el universo se viene abajo en la prisión. Y sus habitantes no tiene otra opción de alterar sus muros, reescribir sus ambulaciones, desafiar sus límites gracias a un lápiz que, sobre la piel del muro, dibuja otra realidad.

Al final del libro, luego de tratar de hablar del “Oso Blanco” y de verbalizar las intensas imágenes que tanto el edificio como sus graffiti nos ofrecen, el autor no tiene alternativa que admitir: “Escribir sobre esta cárcel ha equivalido a hacerlo sobre la de las palabras. Y es aquí que éstas dejan de bastar para abarcar la realidad.” De momento advertimos que el autor, como el prisionero, viven en la cárcel del lenguaje.

[Esta reseña se publicó en El Nuevo Día el 3 de noviembre de 2013]

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