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por Lilliana Ramos Collado

Neysa Jordán nos va enseñando, francamente a tropezones, a crear un lenguaje auroral: nos lanza a la aventura de leer las palabras como por primera vez.

Cuica. Neysa Jordán. San Juan. Colección Maravilla (2011)

Cuica. Neysa Jordán. San Juan. Colección Maravilla (2011)

Recuerdo dos momentos iluminadores en A Writer’s Diary de Virginia Woolf: mientras escribe The Voyage Out (su primera novela), la escritora oye que tocan a su puerta y se pregunta, “¿cómo quién abriré la puerta? ¿como Virginia, o como la escritora?” Varios años después, Woolf reformula la pregunta: “¿Quién soy cuando escribo? ¿Serán éstas mis palabras?”

Para estudiosas del género como Luce Irigaray y Catherine Clement, las mujeres habitamos un lenguaje ocupado totalmente por la voz patriarcal. Nos toca la laboriosa tarea de escribir en contra de la convención lingüística, traicionar el diccionario y sublevar las metáforas cotidianas. Cuando una mujer se lanza al proceloso mar de la palabra, debe desafiar los límites del lenguaje porque, si quiere realmente decirse a sí misma, debe abrirse paso en una lengua que resiste acogerla. Por eso  un “primer libro” es tan importante. Es ahí donde te decides a “decir lo mismo”, o “decir otra cosa”, es decir, “lo nuevo”.

Por eso, para la mujer, la pregunta por el ser la escritora es tan dura y desconcertante. Al carecer de historia, de tradiciones claras y de contextos, ante ella se yergue la duda identitaria y una legítima desconfianza en la inteligibilidad de su primera incursión en las letras. Ese momento quijotesco en que una se lanza a la sopa de letras de la cultura es rito de umbral: el “viaje de salida” es una apuesta tipo todo-o-nada.

Leí por primera vez Cuica, de Neysa Jordán, en 2011, cuando salió. Me llamó la atención la portada confusa y me molestó el amarillo de la tipografía, aunque me gustó el título tan simple y sugerente: Cuica. En casa, lo leí de un tirón y no capté bien la propuesta poética. Lo abandoné en el tope de una pila de libros por leer, pero me daban vuelta muchos de sus versos. Meses después, al agarrar de nuevo el libro, éste me agarró a mí.

Comencé por atender mi propio desconcierto ante la abundancia de versos tan memorables como refranes aún por acuñar. Por ejemplo: “Yo tampoco he sabido ir a favor del viento”; “Huyo. Se harta una de lo insólito”; “La lotería es un desierto”; “Hay que dar un shut down cuando hay que darlo”; “Llegué temprano a la ausencia”; “Me confundí de mí”; “en otro intento descarrilado / de pintar sin salirme de la línea”; “Soy un color favorito”; “En las palabras tiembla el silencio / al saberse medido”; “Me sobra lo que basta —todo es—”; “Déjate temblar”.

Los poemas despliegan el constante descarrilamiento del proceso poético. Jordán comienza por trastocar la lengua, y va sugiriendo una guía de nuevos significados hasta condensar ese verso espléndido que nos fuerza a regresar al inicio del poema. Es en la relectura que catamos plenamente su discurrir poético, siempre a contrapelo de la lengua conocida. Jordán nos va enseñando, francamente a tropezones, a crear un lenguaje deliberadamente auroral: nos lanza a la aventura de leer las palabras como por primera vez. Y así nos consuela y nos alienta cuando nos dice: “Es caviar ver / como por primera vez / todos los días. / ¿A dónde se va la vista / del que mira?” Y digo yo: salirse de la lengua es un lujo delicioso: es puro “caviar” colocarse todos los días en el origen.

Neysa Jordán es arriesgada al negarle al lector una vía simple para entrarle al libro. Pero es generosa al lanzarnos un gancho mediante esos versos tan y tan llenos de sentido para ayudarnos a fundar, junto a ella, una nueva manera de hablar.

No es ocioso, además, que Jordán haya escogido el tema amoroso para vertebrar poemas que nos obligan a dar saltos como quien brinca una cuica semántica. Para ella, su primera entrada a la poesía es como un primer amor: puro desconcierto, puro intento de apalabrar lo inefable. Nos lo advierte en el primer poema del libro, “Calígrafo”: “Para sumarle delicadeza al abecedario / despuntas el filo de tu lengua / sobre mí”. Claro, no sabemos si quien nos invita al descarrilamiento es la escritora o Neysa Jordán… o el amor. Por eso te digo, lector@: “déjate temblar” .

[Esta reseña se publicó originalmente en el Suplemento ¡Ea! de El Nuevo Día el 9 de junio de 2013]

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