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por Lilliana Ramos Collado

 

EL PAJARO LOCO. Yván Silén. San Juan: Colección Maravilla (2013). Edición facsímil de El Pájaro Loco Río Piedras: Ediciones Librería Internacional (1972).

EL PAJARO LOCO. Yván Silén. San Juan: Colección Maravilla (2013). Edición facsímil de El Pájaro Loco Río Piedras: Ediciones Librería Internacional (1972).

Mientras leía, en 1969, su Puerto Rican Obituary en la Primera Iglesia Metodista de East Harlem —que, al ser tomada por los Young Lords, se convertiría en la Primera Iglesia Metodista del Pueblo—, Pedro Pietri no anticipó cómo su poesía preformativa revolucionaría el imaginario literario de la generación inmediatamente posterior.

No sé si, durante su estadía en Nueva York (1967-1970), Iván Silén escuchó a Pietri leer en público su Obituario, aunque dijo haberlo conocido. Pero las similitudes en dicción, temática y estilo entre ellos son tan innegables como para detectar la presencia de Pietri en El Pájaro Loco (1972) de Silén, hoy un clásico que cambiaría el rumbo de nuestra poesía.

Lo común entre estos dos titanes de nuestra poesía de la década de 1970: la idea de la ciudad como infierno, como laberinto del anonimato del sujeto, la inequidad y la injusticia, como antes de ellos lo propusieron Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud y Federico García Lorca; el sentido de destierro; el problema de la raza o de la edad; la necesidad de una revolución política; y la urgencia de cambiar la dicción poética.

Este libro anaranjado, más ancho que alto, que rompió y rasgó la nueva década, hablaba de otra cosa y de otra forma, pues le habla a otros. Venía a destruir una escuela literaria: la escuela del realismo socialista de la Generación del ’60 —los “guajanos”— que hacía tiempo había agotado su vitalidad y redundaban ya en la repetición de consignas embotadas que no decían nada a nadie. Silén propuso, con su verbo y con su ejemplo, rescatar la lírica, desatar el individualismo poético, y hurgar, en el inconsciente colectivo, nuestra razón de ser en sociedad en pos de una verdadera renovación de la poesía. Silén venía volando como un “loco”, es decir, venía desde otro lado a reconfigurar el mundo.

Los Setentosos, como nos llaman ahora, fuimos afortunados. Gracias a “El pequeño manifiesto” que inaugura las páginas de El Pájaro Loco, no hubo más que hablar. Nuestra poesía, nuestras revistas, nuestras lecturas y nuestras filiaciones serían otra cosa. Y perdóneseme la autobiografía pues, para mí, haber sido testigo de ese cambio cultural extremo fue un privilegio. El Pájaro Loco fue para nosotros un libro fundacional.

Hoy, 41 años después de la primera edición de El Pájaro Loco, la Colección Maravilla lanza una edición conmemorativa y facsimilar del libro de Silén para  remarcar el hito que fue y sigue siendo este libro en nuestras letras.

El nuevo tomo añade un prólogo incisivo de Francisco Cabanillas Taúle, que sitúa el libro en su contexto literario y político, y propone su importancia para el presente, y un ensayo del propio Silén que parece replantear los axiomas originales en un nuevo manifiesto. Digo, con cierto pesar, que el manifiesto original rezumaba un optimismo que parece atenuado en el nuevo ensayo, aunque termina con la proclama de que “La guerra todavía es posible”. Sin duda, la vieja juventud está algo cansada y desdorada, y carece de la frescura y la novedad de antaño.

Si la destrucción como gesto fundacional condicionó la actitud performativa de la primera salida de El Pájaro Loco, hoy lo visitamos como un museo de las virtualidades perdidas. La locura ya no es el espacio de la libertad: un nuevo racionalismo surge del propio Silén al situarse ante la historia como ante un fracaso político. Es lamentable que Silén no parezca disfrutar de la revolución que definitivamente causó en nuestra literatura.

La lección para mí es obvia: los nuevos modos literarios son nuevos paisajes de lo sensible, y esas nuevas sensibilidades ven, oyen y sienten de otra forma. Somos nuevos individuos desde que se publicaron, en 1972, los revolucionarios poemas de Silén. No son esos ángeles de 1972 los que siguen armados, como afirma Silén en su nuevo ensayo: son otros. Cuarenta años de poesía puertorriqueña siguen atestiguando lo mucho que aprendimos, y seguimos aprendiendo, de Iván Silén.

 

 

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