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por Lilliana Ramos Collado

TRILCE. César Vallejo. Edición de Raúl Hernández Novás. Lima: Lustra Editores (2012).

TRILCE. César Vallejo. Edición de Raúl Hernández Novás. Lima: Lustra Editores (2012).

El título de esta reseña no es mío. Lo llevó primero uno de los mejores ensayos de nuestra Concha Meléndez, amante de la literatura peruana, quien, en su Entrada en el Perú, narró su viaje al corazón de América que la llevó a conocer Los heraldos negros, de César Vallejo, acurrucada debajo de un poncho de alpaca en 1940.

Para nosotros en Puerto Rico, la poesía de César Vallejo ha sido fundamental. Desde la intuición de Meléndez de que se encontraba ante una de las voces más estremecedoras de América Latina, hasta su captura por los poetas puertorriqueños José María Lima y Ángela María Dávila en su poemario a cuatro manos titulado Homenaje al Ombligo (1966), Vallejo fue nuestro poeta paradigmático desde donde la poesía puertorriqueña se elevaría impulsada por el doble compromiso con lo humano y con la innovación poética como las dos alas sin las cuales no podríamos abandonar la chatura de la consigna política mal rimada que aquejó la poesía característica de la llamada Generación de 1960.

De hecho, la poesía puertorriqueña que arranca con la década de 1970 fue ”vallejiana”. Varios rasgos de Vallejo me vienen a la mente de inmediato, y que aptamente describe Raúl Hernández Novás en su nota introductoria a la más reciente edición comentada de Trilce (1922). Primero que nada, Vallejo nunca abrazó el gesto consolador de las consignas, sino que desde su certidumbre de vivir en un mundo catastróficamente injusto y desolador, comprendió que valía la pena actuar desde la esperanza.

Esa desconcertante esperanza vallejiana, se alza desde sus páginas como fundamento desde donde la poesía construye una nueva subjetividad que, a pesar del malestar ante el mundo, se fija en las múltiples oportunidades de celebrar la vida. El caos, en Trilce, es ocasión de probar las destrezas humanas contra la barbarie del miedo y la intemperancia, de la violencia contra el otro, del abandono de los deberes filiales y familiares.

Hay en Vallejo una constante actitud de apechar los golpes de la vida, sabiendo que duelen, fortaleciendo así, desde la dura realidad, el temple crítico y la solidaridad humana.  A eso le llama Vallejo ”entereza, dignidad, y orgullosa altivez”. Claro que hay en este peruano excepcional la fuerza para sobrellevar su papel de testigo golpeado por la existencia de indiano pobre, de ”burro” americano, y a la vez de amigo entrañable de todo el mundo. A la hora de la verdad, el canto de la lluvia atenúa la cacofonía cotidiana, la cena en familia cura todos los silencios, y la lavandera puede “azular y planchar todos los caos.”

De los principales textos de Vallejo –Los heraldos negros (1919), Trilce (1922), Poemas humanos y España, aparta de mi este cáliz (publicados ambos póstumamente en 1939)–, sacamos los puertorriqueños un lenguaje poético signado por la sorpresa del neologismo, el feísmo de lo diario, el escándalo de la situacionalidad, la sordidez de la expresión atenuada por el juego verbal, la minuciosidad de las descripciones de las situaciones límites de un sujeto poético que se sentía marginal y a la vez testigo doloroso de los hechos del mundo. El desapego a los modos tradicionales de la poesía, y su echar mano de ellos y traérnoslos por la cocina (como quien dice), son rasgos vallejianos.

Sin Vallejo, no podemos catar a profundidad la poesía de Lima o de Dávila, ni la de Vanessa Droz, la de Ivonne Ochart, la de Joserramón Melendes, la de Mayda Colón, o la de Rafael Acevedo. Vallejo nos dio una base firme sobre la cual reconstruir el verso, y ser, quizás por primera vez, nosotros mismos. Nos parecemos a Vallejo, sobre todo, en nuestra libertad expresiva.

Encontrar, entre los miles de estantes en la Feria International del Libro en Lima, Perú, una magnífica edición reciente de Trilce –el libro ”vanguardista” de Vallejo– ha sido motivo para recordar cuánto le debe la poesía puertorriqueña de los últimos cincuenta años a César Vallejo. Lo celebro hoy y les invito a celebrarlo conmigo.

[Publicado originalmente en el Suplemento ¡Ea! de El Nuevo Día el 4 de agosto de 2013]

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